jueves, 20 de diciembre de 2012

V. Escarabajo de plata



Acepté la recomendación de los médicos y decidí pasar mi rehabilitación dentro de una habitación de hospital. Así por lo menos alguien me cocinaría y podría volver a dormir entre sábanas limpias y un colchón cómodo. El incidente con Laura y la muerte de Ricardo me dejó con una férula en el brazo, atándolo a mi cuerpo en compañía de vendajes y antibióticos. Nada de gravedad. Si mi atacante hubiera poseído algo más de fuerza y un poco de técnica, la cosa hubiera sido diferente. Aunque para ser honestos, en ese momento no me habría molestado tener que enfrentarme a una herida de mayor profundidad. Eso quizá me hubiera librado de la visita de Raúl.
            El muy imbécil entró sin darme tiempo de terminar el desayuno. Alegó estar sumamente molesto, indignado por mis acciones. Le parecía una completa estupidez el que hubiera dejado morir a Ricardo, sin sacarle nada de provecho.
-Contrata a otro –dije empecinado en terminar con la gelatina de limón, el postre patrocinado por el hospital-. Alguien menos estúpido.
            Raúl contestó como era de esperarse, altanero y egocéntricamente atinado. Yo no desconocía el “convenio” que existía entre los dos. Tan sólo quería tiempo para pensar en Laura. En primer lugar tenía que cerciorarme de que en realidad, la baratija en su cuello fuera el escarabajo y no una insulsa imitación. Por lo mismo me reservé el derecho de mencionarla. Con abogados o sin ellos, necesitaba extremar precauciones.  Raúl y su séquito de colegiados se tornarían más agresivos conforme pasara el tiempo. Y a no ser que tuvieran a alguien más investigando, podrían llamarlo y arruinarme el trabajo. Tenía una corazonada respecto a Laura, lo de ella adquirió tintes personales en cuanto me encajó el cuchillo.
-¿Qué va hacer? –preguntó de forma altiva-. ¿Dígame cómo piensa resolverlo si ya inmiscuyó a la policía?
            Reí, esa fue mi respuesta. Algo me decía que el recatado léxico del mayordomo de la difunta Verónica, iba más allá que de ser una característica de su profesionalismo. Ese cabrón fingía. Podía apostar que nunca en la vida había hablado con tal amaneramiento. Me faltaban fundamentos para validar mi teoría, pero no los necesitaba.
-Visitaré al doctor que atendió a Ricardo en el, ahora quemado hospital –dije alzándome en hombros, la gelatina de limón me sabía a gloria.
-¿Se refiere a Ezequiel?
            Los dos nos quedamos en silencio. Sobre todo él. Por mi parte, mencioné lo del doctor sólo para calmar los ánimos, no tenía intención de volverlo a ver. Pero el hecho de que Raúl lo mencionara, con todo y nombre de pila, me dejó entrever que por lo menos, una pequeña visita al curioso loquero no estaría de más. El mayordomo fingió demencia, volteó discretamente la cara y continuó con su palabrería. Mencionó me quedaba poco tiempo y que de lo contrario los abogados caerían encima de mí como buitres sobre carroña. Asentí con aire exagerado.
-¿Cómo conoció al doctor, a Ezequiel? –pregunté mientras escarbaba con la cuchara los últimos pedazos de gelatina verde.
            Raúl aguardó, se tomó tiempo para contestarme, con eso sólo apuntalaba mis suposiciones. Difícilmente él y el doctor pudieron haberse conocido en circunstancias alejadas al secuestro de Lucía y por tanto, a la desaparición del escarabajo. Además de que Raúl parecía ser un hombre aún con algo de juventud en las piernas. Alguien como él difícilmente habría estado en compañía de Verónica tanto tiempo, mucho menos veinte años como para haber sabido tanto de Ricardo y el titular del nosocomio. El maldito anhelaba algo más que cumplir cabalmente el último deseo de su patrona.
-No es relevante –dijo al final de cuentas y honestamente hice un esfuerzo tremebundo para evitar reírme.
            Me dejó con la palabra en la boca y disculpándose se retiró, no sin antes recordarme que el tiempo seguía su curso y por tanto el mío se agotaba. Asentí de nuevo y sarcásticamente me despedí de Raúl, pidiéndole permiso para terminar mi desayuno. Él se marchó tras esbozar una mustia sonrisa. Más tarde, después de llegar a un par de conclusiones, tracé los pasos que debía seguir. En primer lugar la visita al galeno resultaba obligatoria. Pero dadas mis condiciones físicas, no me podía permitir otro furibundo encuentro. El tal Ezequiel muy seguramente opondría resistencia. De ninguna manera celebraría visita con él dentro del hospital. Decidí que lo mejor sería caerle de improvisto en su decorosa morada. Tenía la dirección, lo que me faltaba era una coartada, quería hablar con él a solas, sin terceros. La esposa debía de darnos un poco de espacio. Lo segundo que me mantenía pensativo era Laura. Necesitaba despejar dudas.
            Levanté la bocina y marqué al teléfono de un viejo amigo. Su nombre, Víctor. Él desgraciado me ayudó tiempo atrás. Distaba mucho de ser un detective, pero poseía un talento único para encontrar gente “desaparecida”. Mejor dicho, su vida entre lo más bajo y deplorable de la sociedad, le había permitido hacerse de buenos contactos.
-Necesito que busques a alguien –le dije después de saludarlo. Víctor gastaba su tiempo como prestamista, adicto a las mujeres y algunas drogas de carácter poco pernicioso, si así se le quiere ver. Aunque ultimadamente comenzaba a retirarse del negocio.
-Laura –continué mientras lanzaba un vistazo al closet de la habitación. Ahí habían dejado mis pertenencias, todo menos el revólver- ven por la identificación, la tengo aquí en la habitación.
            Laura cometió el error de haberme dado su credencial y aunque no fuese suya, con eso bastaba para que Víctor pudiera buscar algún indicio. Por lo menos y a lo que recordaba, la fotografía sí concordaba con el rostro de Laura.
-Habitación 102 –continué mientras esculcaba en el closet. En efecto, ahí estaba la identificación-. Perfecto desgraciado, tu apresúrate y luego me cuentas sobre lo obeso que estás, ¿de acuerdo?
            Colgué tras sentir un poco de alivio. La mañana siguiente me darían de alta, según eso algo de reposo y buena alimentación bastarían para dejarme como nuevo. Al parecer la comida rápida y constantes viajes en automóvil surtieron el mismo efecto.
            Si bien consideraba a Raúl un completo imbécil, eso no quitaba el punto de que podía encerrarme en la cárcel y todo gracias a un viejo homicidio imprudencial en mis años mozos. En aquellos días mi orgullo estaba demasiado elevado y se me hizo fácil amenazar a un pobre borracho que impactó por detrás mi auto. Creí que el revólver estaba vació y apreté el gatillo con la intención de asustar al incauto. La bala le dio justo en el la frente. De no haber cobrado algunos favores, eso habría acabado con mi carrera. Al fin y al cabo el recuerdo volvía para meterme en problemas.