Daniel Arturo Guerrero Álvarez
Al
igual que todas las mañanas, después de alistar el portafolio, duchase y
vestirse, justo en el momento en que los restos del desayuno eran retirados de
la mesa, él, el entendido como hombre de la casa, disfrutaba de una taza de café.
La panacea prometida para poder reactivar su organismo y permitirle conducir al
trabajo sin sufrir los estragos del mal dormir. Después, pasaba a despedirse
con un beso en la tersa mejilla de su mujer y ella le correspondía con una
sonrisa, aunada al deseo de volverlo a ver con bien. Acto seguido recogía el
portafolio del sillón, tomaba las llaves colgadas a un lado de la puerta y
bajaba las escaleras para abordar el compacto que lo llevaría hasta el trabajo.
Acompañado por una sensación de plena confianza con la vida y por supuesto, con
su mujer. Ella también tenía una rutina, según él, perfectamente establecida
sin posibilidad de cambió y encaminada a fundamentar más y más las bases de su
sólido matrimonio. Por ello prefería no interrumpirla con llamadas esporádicas,
sino limitarse a preguntarle cómo había sido su día, una vez la volviera a ver.
Un día la mal llamada casualidad,
trajo consigo un hecho trascendental que trastocaría las ignoradas sospechas de
años pasados. Sucedió que un compañero de trabajo había decidió ausentarse,
destrozando así su perfecto record de asistencia. Lo recordaba como un hombre
acosado por la calvicie, con el rostro carente de la frescura que suele atraer
miradas agradables. Todo a culpa de las abultadas arrugas, producto de los
estragos del trabajo y la vocación al servicio de sus seres queridos. Ni
siquiera enfermo llegó a faltar a la oficina, pero aquel día falló; inclusive
su peculiar carácter se vio trastocado y en vez de hablar directamente con su
jefe inmediato, mejor se excusó con él, su amigo o mejor dicho, rutinario
compañero del despacho. Las explicaciones fueron parcas, denotando un ligero
tono de decepción con la vida y una advertencia disfrazada de reproche “ella no
era como yo pensaba”. Seis palabras y con ellas la balanza hizo tambalear la
máscara que recubría la rutinaria y aparentemente perfecta realidad. Prometió
informar los pormenores de su ausencia al jefe, como amigo se lo debía. Él le
agradeció y sin más dio por terminada la conversación.
Al regresar a casa encontró todo
como debía, la cena lista, el departamento impecable y ella esperándolo, tan
fresca y sonriente como siempre.
No pudo evitar pasar la noche entre pensamientos redundantes y parpadeos. Así, la mañana siguiente cometió un error, quizá consiente, el primer paso de un plan que le rebelaría la verdadera rutina de su mujer. Se olvidó de preparar el portafolio y por tanto, vio prudente esconderlo tras el escritorio de la recamara. Tomó la ducha gastando los minutos pertinentes, se vistió con la camisa y pantalón correspondientes al día y desayunó lo que dictaba el menú matutino de los viernes, simple fruta picada con yogurt, algo fácil de preparar. Después bebió el café, se despidió de su esposa, notándola no tan feliz y fresca como siempre. Se veía distinta, la curvatura de sus labios podría engañar a cualquiera, pero no a él, evidenciaban nerviosismo. Sus ojos manifestaban un temblor casi imperceptible, para un hombre que vive las mañanas bajo la ilusión de que todo está bien. Por fin lo había notado, era el mismo tiritar que ella anteponía cuando él deseaba acariciar su cuerpo. Hacía mucho que anhelaba pasar una noche diferente con ella, como cuando novios, cuando él atendía más los placeres carnales que el trabajo.
No pudo evitar pasar la noche entre pensamientos redundantes y parpadeos. Así, la mañana siguiente cometió un error, quizá consiente, el primer paso de un plan que le rebelaría la verdadera rutina de su mujer. Se olvidó de preparar el portafolio y por tanto, vio prudente esconderlo tras el escritorio de la recamara. Tomó la ducha gastando los minutos pertinentes, se vistió con la camisa y pantalón correspondientes al día y desayunó lo que dictaba el menú matutino de los viernes, simple fruta picada con yogurt, algo fácil de preparar. Después bebió el café, se despidió de su esposa, notándola no tan feliz y fresca como siempre. Se veía distinta, la curvatura de sus labios podría engañar a cualquiera, pero no a él, evidenciaban nerviosismo. Sus ojos manifestaban un temblor casi imperceptible, para un hombre que vive las mañanas bajo la ilusión de que todo está bien. Por fin lo había notado, era el mismo tiritar que ella anteponía cuando él deseaba acariciar su cuerpo. Hacía mucho que anhelaba pasar una noche diferente con ella, como cuando novios, cuando él atendía más los placeres carnales que el trabajo.
Asimismo ella notó en sus ojos un
destello de desconfianza, sintió sus labios rosarle con cierto desdén
y en la sonrisa divisó un temblor que evidenciaba, el tremebundo esfuerzo por
no dejar caer el semblante. Sin más, él se dio vuelta para tomar las llaves y
ella volteó la mirada, pues debía continuar con las labores domesticas.
Mientras bajaba las escaleras
comenzó el ataque férreo de un nudo en la garganta y junto con él una pregunta
puntual. ¿Cómo?, ¿cómo podía ella mostrarse siempre tan feliz, tan agradecida y
faltada de reproches, si hacía tanto que ambos vivían la agónica rutina de
compartir el colchón y nada más? Ni siquiera miradas de deseo, nada, un simple
buenas noches y dormir apartados en la misma cama. ¿Cómo no lo entendió antes?
Contuvo el llanto mientras el motor del compacto rugía, mas al salir de la
cochera las lágrimas ya le brotaban. Condujo un par de calles mientras
recordaba las palabras de su amigo y al no poder soportar la situación, se
estacionó en el primer espacio que encontró. Dejó salir en gotas saladas, todo
ese desprecio almacenado tras tantas noches gastadas en fantasías simples que
su esposa no quiso satisfacer. En la cajuela había herramienta, no sólo la
pertinente para cambiar una llanta, sino un martillo que días atrás le prestó
su hermano y que no había devuelto por desidia. Qué triste coincidencia que
justo esa mañana le encontraba otro uso, aparte de golpear clavos.
Decidió apagar el motor y sacar el
martillo, no iría al trabajo, tenía cosas que arreglar en casa y si al final,
todo resultaba producto del estrés y una aventurada intuición, ahí estaba el
portafolio, escondido tras el escritorio. Caminó sin sentir por completo el
peso de las miradas de los demás, quienes encontraban fuera de lo común, ver a
un hombre de traje caminando por la calle con martillo en mano. Silbó para
disimular y más de uno quiso detenerlo, pero no fueron más allá de la
intención. Llegó al edificio de departamentos, dejó de silbar y acompañado de
un nerviosismo esquizofrénico, alzó la vista hacia la ventana correspondiente a
su hogar. Las cortinas estaban corridas, quizá para que la luz del sol no
entrara o para que nadie pudiera ver lo que ahí sucedía. Lentamente subió uno a
uno los escalones, temeroso de que algún vecino lo viera y preguntara por el
martillo. Dio la casualidad, de que nadie salió a incomodarlo. Con mano
temblorosa colocó la llave en el cerrojo y antes de abrir se acercó cuanto pudo
para escuchar lo que ya temía. Aquellos gemidos disimulados por el grosor de la
madera, le dieron la fuerza para sujetar sin vacilación el mango del arma.
La puerta se abrió con discreción,
evidenciando la voz de su esposa y la de un extraño. Mientras se aproximaba a
la recamara comenzó a silbar, despacio, para hacerse notar y así poder ver el
rostro de su esposa al ser descubierta. Un golpecito y la puerta de la recamara
alertó a los dos amantes. Absurdamente él se puso de pie buscando el pantalón,
mientras ella se ocultaba el cuerpo desnudo con las sábanas. Al ver a su esposo
no supo que decir, sin embargo la vergüenza le duró poco, pues la presencia del
martillo le palideció el rostro. “Olvidé el portafolio” dijo mientras se
acercaba y ella retrocedió temiendo lo peor. Ni siquiera hizo por buscarlo, en
un arranque de ira blandió el mazo contra la cara de su mujer, sonriéndole como
muestra del desahogo anhelado tras tantos años de engaño. Un golpe certero a la
cien que la hizo desvanecerse sin poder gritar. No la dejaría así, golpe tras
golpe destruía aquella sonrisa de todas las mañanas. Qué importarse la sangre y
el sonido de los huesos al quebrarse. Tenía que desaparecer esos ojos
mentirosos y destruir la seductora tentación de besarle los labios y las
mejillas. Tuvo que detenerse al oír al intruso correr. Sin dirigirle palabra
pronto le dio alcance, justo enfrente del sillón de la sala. Golpeándole la
espalda lo hizo caer y a la primera oportunidad comenzó la embestida al cráneo.
A él no lo conocía, pero igual no dejaría que su rostro volviera aparecerse por
el departamento.