jueves, 27 de septiembre de 2012

Adiós


Daniel Arturo Guerrero Álvarez 

Al igual que todas las mañanas, después de alistar el portafolio, duchase y vestirse, justo en el momento en que los restos del desayuno eran retirados de la mesa, él, el entendido como hombre de la casa, disfrutaba de una taza de café. La panacea prometida para poder reactivar su organismo y permitirle conducir al trabajo sin sufrir los estragos del mal dormir. Después, pasaba a despedirse con un beso en la tersa mejilla de su mujer y ella le correspondía con una sonrisa, aunada al deseo de volverlo a ver con bien. Acto seguido recogía el portafolio del sillón, tomaba las llaves colgadas a un lado de la puerta y bajaba las escaleras para abordar el compacto que lo llevaría hasta el trabajo. Acompañado por una sensación de plena confianza con la vida y por supuesto, con su mujer. Ella también tenía una rutina, según él, perfectamente establecida sin posibilidad de cambió y encaminada a fundamentar más y más las bases de su sólido matrimonio. Por ello prefería no interrumpirla con llamadas esporádicas, sino limitarse a preguntarle cómo había sido su día, una vez la volviera a ver.
            Un día la mal llamada casualidad, trajo consigo un hecho trascendental que trastocaría las ignoradas sospechas de años pasados. Sucedió que un compañero de trabajo había decidió ausentarse, destrozando así su perfecto record de asistencia. Lo recordaba como un hombre acosado por la calvicie, con el rostro carente de la frescura que suele atraer miradas agradables. Todo a culpa de las abultadas arrugas, producto de los estragos del trabajo y la vocación al servicio de sus seres queridos. Ni siquiera enfermo llegó a faltar a la oficina, pero aquel día falló; inclusive su peculiar carácter se vio trastocado y en vez de hablar directamente con su jefe inmediato, mejor se excusó con él, su amigo o mejor dicho, rutinario compañero del despacho. Las explicaciones fueron parcas, denotando un ligero tono de decepción con la vida y una advertencia disfrazada de reproche “ella no era como yo pensaba”. Seis palabras y con ellas la balanza hizo tambalear la máscara que recubría la rutinaria y aparentemente perfecta realidad. Prometió informar los pormenores de su ausencia al jefe, como amigo se lo debía. Él le agradeció y sin más dio por terminada la conversación. 
            Al regresar a casa encontró todo como debía, la cena lista, el departamento impecable y ella esperándolo, tan fresca y sonriente como siempre. 
No pudo evitar pasar la noche entre pensamientos redundantes y parpadeos. Así, la mañana siguiente cometió un error, quizá consiente, el primer paso de un plan que le rebelaría la verdadera rutina de su mujer. Se olvidó de preparar el portafolio y por tanto, vio prudente esconderlo tras el escritorio de la recamara. Tomó la ducha gastando los minutos pertinentes, se vistió con la camisa y pantalón correspondientes al día y desayunó lo que dictaba el menú matutino de los viernes, simple fruta picada con yogurt, algo fácil de preparar. Después bebió el café, se despidió de su esposa, notándola no tan feliz y fresca como siempre. Se veía distinta, la curvatura de sus labios podría engañar a cualquiera, pero no a él, evidenciaban nerviosismo. Sus ojos manifestaban un temblor casi imperceptible, para un hombre que vive las mañanas bajo la ilusión de que todo está bien. Por fin lo había notado, era el mismo tiritar que ella anteponía cuando él deseaba acariciar su cuerpo. Hacía mucho que anhelaba pasar una noche diferente con ella, como cuando novios, cuando él atendía más los placeres carnales que el trabajo.
Asimismo ella notó en sus ojos un destello de desconfianza, sintió sus labios rosarle con cierto desdén y en la sonrisa divisó un temblor que evidenciaba, el tremebundo esfuerzo por no dejar caer el semblante. Sin más, él se dio vuelta para tomar las llaves y ella volteó la mirada, pues debía continuar con las labores domesticas.
            Mientras bajaba las escaleras comenzó el ataque férreo de un nudo en la garganta y junto con él una pregunta puntual. ¿Cómo?, ¿cómo podía ella mostrarse siempre tan feliz, tan agradecida y faltada de reproches, si hacía tanto que ambos vivían la agónica rutina de compartir el colchón y nada más? Ni siquiera miradas de deseo, nada, un simple buenas noches y dormir apartados en la misma cama. ¿Cómo no lo entendió antes? Contuvo el llanto mientras el motor del compacto rugía, mas al salir de la cochera las lágrimas ya le brotaban. Condujo un par de calles mientras recordaba las palabras de su amigo y al no poder soportar la situación, se estacionó en el primer espacio que encontró. Dejó salir en gotas saladas, todo ese desprecio almacenado tras tantas noches gastadas en fantasías simples que su esposa no quiso satisfacer. En la cajuela había herramienta, no sólo la pertinente para cambiar una llanta, sino un martillo que días atrás le prestó su hermano y que no había devuelto por desidia. Qué triste coincidencia que justo esa mañana le encontraba otro uso, aparte de golpear clavos.
            Decidió apagar el motor y sacar el martillo, no iría al trabajo, tenía cosas que arreglar en casa y si al final, todo resultaba producto del estrés y una aventurada intuición, ahí estaba el portafolio, escondido tras el escritorio. Caminó sin sentir por completo el peso de las miradas de los demás, quienes encontraban fuera de lo común, ver a un hombre de traje caminando por la calle con martillo en mano. Silbó para disimular y más de uno quiso detenerlo, pero no fueron más allá de la intención. Llegó al edificio de departamentos, dejó de silbar y acompañado de un nerviosismo esquizofrénico, alzó la vista hacia la ventana correspondiente a su hogar. Las cortinas estaban corridas, quizá para que la luz del sol no entrara o para que nadie pudiera ver lo que ahí sucedía. Lentamente subió uno a uno los escalones, temeroso de que algún vecino lo viera y preguntara por el martillo. Dio la casualidad, de que nadie salió a incomodarlo. Con mano temblorosa colocó la llave en el cerrojo y antes de abrir se acercó cuanto pudo para escuchar lo que ya temía. Aquellos gemidos disimulados por el grosor de la madera, le dieron la fuerza para sujetar sin vacilación el mango del arma.
La puerta se abrió con discreción, evidenciando la voz de su esposa y la de un extraño. Mientras se aproximaba a la recamara comenzó a silbar, despacio, para hacerse notar y así poder ver el rostro de su esposa al ser descubierta. Un golpecito y la puerta de la recamara alertó a los dos amantes. Absurdamente él se puso de pie buscando el pantalón, mientras ella se ocultaba el cuerpo desnudo con las sábanas. Al ver a su esposo no supo que decir, sin embargo la vergüenza le duró poco, pues la presencia del martillo le palideció el rostro. “Olvidé el portafolio” dijo mientras se acercaba y ella retrocedió temiendo lo peor. Ni siquiera hizo por buscarlo, en un arranque de ira blandió el mazo contra la cara de su mujer, sonriéndole como muestra del desahogo anhelado tras tantos años de engaño. Un golpe certero a la cien que la hizo desvanecerse sin poder gritar. No la dejaría así, golpe tras golpe destruía aquella sonrisa de todas las mañanas. Qué importarse la sangre y el sonido de los huesos al quebrarse. Tenía que desaparecer esos ojos mentirosos y destruir la seductora tentación de besarle los labios y las mejillas. Tuvo que detenerse al oír al intruso correr. Sin dirigirle palabra pronto le dio alcance, justo enfrente del sillón de la sala. Golpeándole la espalda lo hizo caer y a la primera oportunidad comenzó la embestida al cráneo. A él no lo conocía, pero igual no dejaría que su rostro volviera aparecerse por el departamento.

jueves, 20 de septiembre de 2012

La Agencia


Daniel Arturo Guerrero


Era uno de esos días en los que la felicidad decide tomar un respiro y salir a buscar desdichados a quienes curvarles los labios. Sin embargo para Julia eso significaba lidiar con una jornada de trabajo en compañía de una incómoda sensación, un permanente nudo en la garganta que no desaparecía, pero insuficiente como para dar pie al llanto. Para colmo tendría que disimularlo y regalar a cualquiera que se cruzase en su camino, una sonrisa convincente. De lo contrario la señalarían, y los agentes no tardarían en aislarla, mandándola a rehabilitación.
            Superó con dificultad el viaje en el metro, así como los primeros encuentros febriles con los compañeros del trabajo. Por un momento le pareció que más de uno sufría como ella, de la misma ausencia momentánea de felicidad. Quizá e inconscientemente, decidieron cubrirse las espaldas. Más tarde una reunión con el jefe, un tipo de facciones duras, pero siempre al tanto de sonreír al inicio y fin de cada encuentro. Por fortuna él tampoco distinguió la falsa sonrisa de Julia, a decir verdad ni la notó. El problema vino más tarde, de camino a casa. El cansancio suele traicionar a los labios y los hace caer evidenciando la falta de endorfinas en la sangre. Mientras Julia subía las escaleras del subterráneo, para salir de las oscuras inmediaciones del metro, una anciana le fijó la mirada. Aquellos ojos impávidos y cafés la observaron librar uno a uno los escalones; le alentaron las piernas mediante el peso de la acusación y aumentaron el calor en la sangre con agitadas palpitaciones. A grito estridente de “¡deprimida!” la señalaron con su arrugado dedo y en respuesta una alarma comenzó a chillar. De la nada se aparecieron cuatro hombres de lentes oscuros, traje sastre y discretos auriculares en cada oreja izquierda. Sin preguntar tomaron a Julia de los brazos; uno le colocó una venda en los ojos, mientras los otros tres, con discretos tirones, se la llevaron de ahí.
            No pudo precisar cuánto tiempo pasó, pero después de varios ajetreos y movimientos bruscos, le permitieron ver de nuevo. Descubrió así que sus ropas habían sido cambiadas por un conjunto de una sola pieza en color naranja, el cual le incomodaba en la entrepierna. Asimismo estaba descalza y con la cabeza desprovista de cabello, a culpa de corte celoso de máquina. Ante ella quedaba una oficina compuesta de paredes color olivo, un escritorio y tras de éste una mujer de traje, lentes y cabello recogido; sentada en compañía de una carpeta, que presumía fotos de la vida cotidiana de Julia. Lo siguiente era superar una molesta entrevista, compuesta de preguntas sobre su vida personal, familia; pero ante todo, fundamentar las sospechas de infelicidad. Honestamente Julia no encontraba diferencia entre su rostro y la de aquella mujer, es más, se veía más sería y triste que el suyo. Al final de cuentas la clasificaron con el número S-0158, correspondiente al mes de septiembre, y la confinaron a una terapia de “rehabilitación personal”.
            El siguiente paso dictaba tomar un baño comunitario, rodeada de decenas de mujeres desnudas, sollozantes y apáticas; muchas de ellas de cuerpos abultados, lacerados por el tiempo o prejuicios vanidosos, que evidenciaban rostros repletos de cirugías o inyección de toxinas. Al parecer solamente ella y su escueta figura manifestaban vergüenza, tratando de ocultarse los senos y genitales. Aunque a decir verdad, nadie gastó mirada alguna en ella, todas parecían empecinadas en ver sin observar.
Después de recuperar la indumentaria, seguía un confinamiento en un cuarto oscuro y tenebrosamente silencioso. Los primeros minutos los pasó preguntándose si en realidad estaba triste o simplemente confundida. No recordaba alguna razón que le molestara en sí, tan sólo había despertado sin el mismo ánimo de siempre, no por ello tenían derecho de encerrarla sin pedirle opinión. Al poco tiempo fue interrumpida por una grabación de voz femenina, que comenzó a atosigarla repitiéndole que debía ser feliz, y manifestarlo con una sonrisa perpetua y convincente. Por lo oscuro del recinto aquella incógnita voz no tardó en malhumorarla por completo, al grado de a ciegas buscar la bocina y al no encontrarla, golpear las paredes pidiendo la dejasen salir. Por dos semanas vivió bajo tortura. Le hicieron compañía la grabación y un recurrente rechinido metálico de una diminuta escotilla, por la cual le dejaban un plato de comida grumosa y de carácter viscoso, misma que despertaba diferentes suposiciones. La comía solamente para apaciguar el dolor en el estomago y las agruras que le emanaban desde las entrañas.
            Mal alimentada y con el cabello ligeramente crecido, de nuevo sufría de un baño colectivo. La diferencia estuvo en que sus compañeras presumían sonrisas, inclusive hablaban entre sí, lanzándose cumplidos vanidosos. Para Julia era molesto. No estaba triste, ni deprimida, sino fastidiada: fue acusada por una vieja recalcitrante, quien debía estar ahí en su lugar.
De nuevo en la entrevista, con la misma mujer y el mismo trato. Las preguntas: cancinas y condicionadas a un sí o no; sin abarcar los temas que Julia deseaba, sino que iban dirigidas a hablar sobre ella y su evidente falta de felicidad. Cada dos interrogantes le pedían que mostrara una sonrisa, para poder evaluarla, y así lo hacía, aunque la difuminaba al instante. Quería preguntar sobre su madre, saber sobre su hermana y también entender que sería de su condición laboral. Le había costado conseguir aquel trabajo, el cual consideraba un sueño logrado de mucho esfuerzo y ahora obstaculizado por una estúpida terapia. “Yo no la veo feliz” dijo la mujer poniendo sello a la carpeta, justo en el apartado de “confinada a rehabilitación”. “Dos semanas más de terapia”, sentenció y con un movimiento de mano le pidió que abandonara la oficina.
            De nuevo en la ducha, pero con caras distintas, al parecer las otras habían sido reintegradas en la sociedad. Durante las dos siguientes semanas pasó malas comidas y el mismo mensaje resonando en la oscuridad. Ya no le perturbaba, lo había escuchado tantas veces que las palabras habían perdido relevancia; su mente se reusaba a escucharlas al grado de que si le preguntasen, le sería imposible repetir la frase. Pasados los días y la ducha: otra vez de frente con la funcionaria, quien la recibió con una mueca nefasta. Antes de empezar el interrogatorio le recordó la importancia de aparentar felicidad, pues la depresión era la base del suicidio, crímenes pasionales y muy probablemente, padecimientos cancerígenos. Julia asintió con la cabeza y pidió le permitiesen salir de una buena vez. No quería pasar otro baño en multitud, a eso nunca lograría acostumbrarse, no soportaba las miradas vacías y cualquier roce con otra piel, la ponía en alerta. “Yo no la veo feliz” dijo la mujer como respuesta y levantó la mano que sujetaba el sello, como amenaza para estamparlo con suma rudeza. “Yo tampoco la veo feliz” interrumpió Julia y con ello, sin intención, desencajó el rostro de la mujer. Los ojos se le tornaron vidriosos y el cuerpo le comenzó a sudar. De inmediato Julia se sintió culpable, pidió disculpas, pero fue inútil, pues una alarma comenzó a gritar: dos agentes interrumpieron en la oficina. Con sobria actitud la despojaron de sus ropas y se la llevaron dejando a Julia a solas, con la carpeta abierta y el sello sobre el escritorio. Aunque sabía que la espiaban por la cámara de vigilancia, sonrió con la idea de sabotear el sistema y puso sello en el apartado de “rehabilitada”. A los pocos segundos entró otra mujer, con semblante serio y nulos modales, inclusive se abstuvo de saludar. Tras revisar los papeles se disculpó con Julia, declarándola lista para regresar al mundo cotidiano.
            Le costó improvisar peinados, su cabello aún no recuperaba el tamaño ideal. Por otro lado, el gusto por la comida pronto le hizo temer un sobrepeso, pero logró contenerlo. Aunque perdió su trabajo, la reasignaron a otro igual, en unas oficinas ubicadas en las cercanías de su casa; gracias a ello su reencuentro con el transporte público tardó más tiempo. Asimismo nunca pudo mantener una sonrisa perpetua y convincente. Había días en los que no le era placentero sonreír y en condescendencia prefería ignorar los semblantes alicaídos de sus compañeros o conocidos. Sin embargo cuando alguien la acusaba de “deprimida” o “infeliz”, les sonreía sarcásticamente y repetía la frase que la hizo salir de la Agencia.