Por dentro la casa presumía un
descuido total. Entre polvo y muebles maltratados desenfundé la pistola y
cuidadosamente caminé. Las voces de José y Ricardo me sirvieron como guía,
mientras subía por unas escaleras. Me fue difícil entender lo que ambos decían.
Ricardo susurraba, casi inteligiblemente y José se limitaba a responder con
monosílabos. Al final de las escaleras logré entre ver la habitación donde los
dos esperaban. El loco sentado en el borde la cama y el custodio escondido de
mi vista, aunque su silueta se perdía entre el suelo y el colchón. Esperé
entonces el momento oportuno y con pistola en mano me entrometí entre los dos,
parándome bajo el marco de la puerta. José hizo intento nulo por desenfundar su
arma. Carecía de experiencia, podía apostar que nunca había utilizado alguna. Asimismo
debió conseguirla de contrabando, sería mucho que estuviera cargada.
-¡Yo no fui! –Dijo Ricardo poniéndose
de pie y con las manos levantadas-.
Se
disculpaba por el incendio.
Jugué mis cartas y mencioné haber
llamado a la policía. José reaccionó de inmediato. Un hombre como él carecía de
las agallas necesarias para soportar el sonido de la palabra “policía” y lo que
implicaba. Comenzó a lloriquear y atropelladamente mencionó ser sólo una
víctima y que todo era plan de Ricardo, quien le había prometido una paga
sustanciosa. No era necesario preguntar de dónde sacaría el dinero.
-¿Dónde está? –pregunté a Ricardo y él
meneó la cabeza, negándose a responder.
Como
lo pensé antes, él estaba loco, mas no estúpido. Se había guardado para sí la
ubicación del escarabajo o por lo menos esa impresión me dio. Lo amenacé con
regresarlo al hospital si no confesaba. Él insistió no saber y con hilaridad en
la voz, mencionó desconocer cualquier detalle sobre el escarabajo y que sólo lo
había utilizado para engañar a José. Al decirlo, el otrora guardia del hospital,
desenfundó el arma. Cosa que me hizo pensar que Ricardo decía la verdad. A tal
grado que correspondió a mis sospechas por medio de carcajadas. Riéndose como
lo que era, un desquiciado, y para colmo de José, aderezaba su risa repitiendo
la misma frase:
-¡Te engañé! –decía anteponiendo las
manos. La poca humanidad que le quedaba le hacía intuir que tarde o temprano
una bala le atravesaría el cráneo.
Decidí
arriesgarme y disparé primero, hacia el techo, gastando inútilmente la mitad de
mis balas. Por fortuna José reaccionó como esperaba. Asustado el arma se le
resbaló, permitiéndole a Ricardo reír plenamente. Ahí fue cuando mi plan falló.
A la altura de la nuca sentí le boquilla fría de una nueve milímetros,
dispuesta a volarme los sesos. Perdí mi arma y como consolación, vi el rostro
de mi atacante. Una mujer, seguramente la conductora del compacto. Reconocida
de inmediato por Ricardo, quien gritó su nombre.
-¡Lucía! –dijo y por primera vez
denotó verdadero terror en su desquiciado rostro.
Ella
pareció no inmutarse y sin bajar la amenaza contra mí, levantó el arma de José.
En
un acto repentino su pistola dejó de mirarme fijamente y sin más disparó cuatro
veces sobre Ricardo. Tomé aquello como una señal y me abalancé sobre de ella,
tirándola al suelo, sujetándole las manos tras la espalda. Dos disparos más se
escarparon durante el ajetreo sin encontrar objetivo. Todo ese tiempo José no
hizo más que llorar y pedir le perdonaran la vida. Una vez recuperé mi arma,
pregunté si en realidad “Lucía” era quien Ricardo dijo. Por mi mente circulaba
la idea errónea de que Verónica, de una u otra manera, se había burlado de mí.
-Sí –respondió sin mucho ánimo y
poniéndose de pie, accidentalmente me mostró lo que yo anhelaba ver.
El
escarabajo colgaba de su cuello. Al verlo deseché la verdad. La situación no
podía ser tan obvia y simple. Una persona como Lucía, de familia adinerada y en
su momento, futuro arreglado. De ninguna manera podría pasar desapercibida
tanto tiempo. Comencé con deducciones sencillas. Las fotos que encontré sobre
ella en los archivos, mostraban a una persona de complexión física distinta,
ligeramente más alta, según la proporción. La cara más alargada, la nariz
respingada y los ojos ligeramente juntos, enfatizados por un mentón discreto.
Aquella mujer enfrente de mí, sólo congeniaba en una cosa, el tono de piel.
Pedí me entregara algún tipo de identificación. Afortunadamente su nombre era
otro, Laura. Confesó no ser en realidad quien Ricardo dijo. Sino una burda
conocida de él, una antigua novia que buscaba venganza. Lo culpaba por una vida
perdida en la cárcel, tras haber cumplido una condena por asociación
delictuosa. Tenía apenas un par de meses libre.
-¿Y eso? –le pregunté, señalando el
escarabajo alrededor de su cuello.
-Es mío –dijo retrocediendo
ligeramente.
Tanto
su arma como la de José seguían en el piso. Decidí patearlas bajo la cama,
aunque después me pareció algo estúpido, yo sólo tenía una bala en mi revólver.
-Es evidencia –le dije y ella me
sonrió incrédula-. Lo necesito.
-Si lo quiere pague –refutó
levantándose en hombros y deliberadamente siguió retrocediendo.
José
me distrajo con sus lloriqueos y en el desliz de voltear a verle, Laura se abalanzó
sobre mí, enterrándome un cuchillo a la altura del pecho. Después salió
corriendo, acompañada por el grito de terror de José, escandalizado por la sangre
que me manchaba la camisa. Sentí cercana la muerte, pero en realidad fue el
miedo propiciado por la falta de experiencia. En toda mi carrera la única
herida que tuve fue por bala y en mi primer caso.
Asustado
abrí la ventana de aquella estrecha habitación, dispuesto a disparar en cuanto
el cuerpo de Laura se asomara. Por alguna razón los dedos no me respondieron y
desde ahí vi a Laura abordar el compacto, marchándose tras desaparecer en el
primer cruce. Me sentí un estúpido. En primer lugar ni siquiera tenía la
seguridad de que aquella baratija que colgaba en su cuello, fuse en realidad el
escarabajo plateado. Para colmo mi único hilo conductual yacía muerto sobre la
cama. La policía llegó a los pocos minutos, hice lo que pude para elaborar una
historia convincente, de ninguna manera permitiría que se supiese lo que en
realidad hacía allí. Al parecer no fue tan buena, pues sólo conseguí que se
llevaran a José esposado y un viaje al hospital. A él tendría que visitarlo, en
caso de ser necesario, mucho tiempo después, de lo contrario levantaría más sospechas.
Antes de eso me quedaba enfrentar doctores y vendajes. Si bien mi herida carecía
de la gravedad necesaria como para sacarme del caso, en ese momento hubiera
dado lo que fuera para agravarla. Ansiaba una excusa, el maldito escarabajo me
había metido en un laberinto de problemas.