miércoles, 30 de octubre de 2013

Hugo, el jardinero

Daniel Arturo Guerrero


Recuerdo muy bien el día que Hugo llegó. Vivíamos en un coto que tenía todo un parque en la parte del centro. Por supuesto que había quien se encargaba de atenderlo: un equipo de tres jardineros, bien uniformados y –dentro de lo que cabe- discretos. Aún así, éste peculiar individuo: mudo, de piel oscura, delgado en extremo y pocos dientes tras los labios gruesos; se apareció una tarde y comenzó a barrer las hojas, como parte de una labor “rutinaria”. No tardó en llamar la atención.
            Al poco tiempo –y a pesar de no poder hablar- expresó su situación. Además de extraño, Hugo no tenía casa, ni dinero, sólo sus utensilios de jardinería y la lástima como protectora. Se acordó darle trabajo, pagándole el mínimo y permitirle dormir en la bodega. Yo dudé de él en el primer momento que lo vi, desde que barrió las hojas; solitario y con esa inquietante sonrisa que a lo lejos se puede notar, presumiendo el par de dientes y unos ojos amarillentos. Por suerte nos mudábamos, en menos de tres meses ya no tendría que lidiar con su oscura presencia, y no lo digo por el color de piel.
            Hugo –de quien habrá que decir, supusimos tal nombre, pues lo tenía tatuado en el brazo; no contaba con ningún tipo de identificación-, se hizo popular entre los inquilinos gracias a la calidad de su trabajo. Lo que sea de cada quien. Pero esa sonrisa chimuela y esos ojos amarillos me ponían nervioso, procuraba apartar la mirada cuando se encontraba cerca de la casa.
            Una noche mis sospechas ganaron peso, aunque no de la manera que yo hubiese querido. El perro de la familia Moreno desapareció. Yo de inmediato pensé en Hugo, ya sabes, por lógica, ¿quién más podría ser el culpable si no el recién llegado? Pronto todo se llenó de anuncios con la foto del perro y visitas incómodas que pedían información. De entre lo que cabe, algunos sí nos dimos a la tarea de buscar al animalito. Y lo encontré, muerto, mal enterrado en el jardín de la familia Aguilar. Estaba seguro que Hugo lo había hecho, no el enterrarlo, sino el haberlo matado y mal cubrirlo de tierra. Podía hasta jurarlo; pero nadie me hizo caso. Además de que, al ser mudo, Hugo no pudo ni deslindarse, ni declararse culpable. Lo que sí, mantenía la sonrisa que evidenciaba los huecos en la dentadura y resaltaba los ojos. ¿Qué más necesitaban como prueba? El sólo verlo era suficiente.
            Faltaba un mes para la mudanza y respecto a Hugo, sólo yo seguía en pie de lucha, pero ni en mi casa me apoyaban. Mi mamá hasta me acusó de racista. En mi defensa diré que a la mañana siguiente, varios vecinos estaban reunidos afuera de la casa. Esperaban más audiencia. Resulta que de un día para otro, todos habían perdido a sus mascotas. Fue mi momento, por alguna razón nadie hacía por mencionar a Hugo, así que lo hice y fuimos a buscarlo. Lo encontramos en el inmenso jardín, a mano limpiaba una a una las hojas de un árbol. Tras escuchar la acusación, Hugo sonrió de nuevo –y más de uno se sintió aturdido; el ímpetu disminuyó un poco-. Uno de los jardineros salió en su defensa. No fue suficiente, pues otro nos dio el aviso que esperábamos, habían encontrado a las mascotas pérdidas.
            Todas yacían mal enterradas en el lado opuesto del jardín, bajo pequeños montículos de tierra y pasto: perros, gatos y algunos canarios. Hasta la tarántula de Jaime –el menor de los Rivera-. Como no hubo manera de culpar a Hugo, lo mucho que logramos fue despedirlo. Pero cuando intentamos correrlo se rehusó; aferrándose a la pala permaneció inmóvil, con la sonrisa desaparecida y el sudor corriéndole por su oscura piel. No pudimos moverlo, así que lo dejamos ahí.
            A la mañana siguiente, de nuevo los vecinos esperaban. La cosa se puso fea. El señor Maldonado tuvo un percance –por así decirlo-. Creyó que alguien se había metido a robar. Entonces la experiencia de un añejo secuestro se mezcló con el terror de ver a su familia afectada, así que bajó a la cocina, tomó un cuchillo y defendió a sus seres queridos. Hugo terminó al fondo de las escaleras, con la espalda agujereada, la sonrisa en los labios, sus ojos amarillos abiertos, más redondos que nunca, y una bolsa negra con sus utensilios de jardinería. Dios sabe qué intenciones tenía, lo que sí, su cuerpo pronto comenzó a despedir olores fétidos que invadieron el lugar y el coto, aún lo tengo en mi memoria.
            Nadie culpó de homicida al señor Maldonado, pero el hecho de tener un cadáver en la sala complicaba las cosas. Los jardineros propusieron enterrarlo, ahí junto a las mascotas muertas. Sé lo estúpido que suena, pero en ese momento no nos pareció así, al contrario lo vimos como la mejor opción. Yo no quise ayudar, sea lo que sea, los nervios nunca me lo hubieran permitido, ni siquiera podía acercármele, temía que despertase, que en realidad no estuviera muerto, verlo sonriente de nuevo. No, del trabajo sucio que se encargue quien tenga estómago fuerte. Dejamos que los jardineros lo hicieran.
            Una vez Hugo encontró sepultura –que debó decir, fue profunda y bien disfrazada por un arbusto trasplantado-, recibimos con sorpresa la noticia de que nos quedábamos sin personal para los jardines, todos decidieron renunciar. Alegaban sentirse “intranquilos” y temían que el alma de Hugo viniera a perseguirlos. Los dejamos marchar, pero bajo promesa de silencio, ahí el señor Ortega se encargó de las cuestiones legales. En secreto le dijo a mi papá, que si nos traicionaban, él los haría ver como los culpables y los encerraría de inmediato. No sería cosa difícil.
            Finalmente nos mudamos, llegó la hora y que mejor momento para hacerlo. La noche anterior llovió mucho, yo digo que la tormenta –de alguna forma- fue quien desenterró a Hugo y las mascotas, arrastrándolos por la corriente y ya después quién sabe, el punto es que sólo quedaron las improvisadas sepulturas. Debe de haber sido eso. Por mi parte no quería estar más tiempo allí. Lo siento por los vecinos, y es que lo admito, estoy más que nervioso; el que un cadáver y las mascotas hayan desaparecido… no los sé, igual los jardineros volvieron y lo desenterraron, no quiero pensar en ello. La señora Morales no fue de mucha ayuda, dijo que en la noche vio a un individuo, delgado, parecido a Hugo, desenterrando los cuerpos. Yo no le creo, la vieja siempre quiere llamar la atención, desde que se divorció no para de andar inventando cosas. Los muertos sólo reviven en las películas y gracias a virus extraños.
            Ha pasado una semana, se suponía que en ese periodo, el comprador de nuestra antigua casa dejaría todo listo y se mudaría al coto. En lugar de ello ha cancelado. Dijo llamarse Julián, ser viudo –a pesar de verse tan joven- y que de ninguna manera compraría la casa, sin antes conocer a los jardineros. Mi papá no supo bien a bien explicarle la situación, ignoraba si ya se habrían contratado nuevos. Eso sí, le mencionó que los últimos fueron despedidos, según eso por incompetentes.
-¿Alguno de ellos se llamaba Hugo?
            La pregunta no requirió respuesta por parte de mi papá, el silencio fue suficiente. Entonces Julián decidió cancelar, se marchó y ya no contesta el celular, mails… nada. 
           Pero eso ya no importa, desde hace dos días no puedo dormir. Lo que pasa es que en la casa de enfrente acaba de aparecer un sujeto que arregla el jardín, desde temprano hasta la noche, limpiando una por una las rosas. Puedo jurarlo, aunque no quiero, pero se parece mucho a Hugo, igual de escuálido y negro. No quiero acercármele, no vaya ser que sonría y pueda ver su dentadura incompleta o esos ojos amarillentos. Creo que mamá también lo ha visto y mi hermana igual, pero no decimos nada. Incluso mi papá parece guardarse secretos. Por lo pronto, comemos en silencio y prometimos no comprar ningún tipo de mascota, además de tapar con concreto el jardín.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Sra. Rodríguez

Daniel Arturo Guerreo

Antes que nada, aclaro que estos registros nacen a petición de un amigo. Fuera de eso, encuentro agrado empezar con el relato de la señora Rodríguez. Una mujer que conocí afortunadamente, cuando ella ya retozaba en una cama de hospital. Apegado a mi experiencia, supuse que sólo tendría que estirarle la mano y ella aceptaría irse conmigo. No fue así. Dio la sorpresa de que aquella mujer de abultadas caderas y tobillos raquíticos, resurgió de entre las sábanas y volvió a su vieja casa. Un recinto amplio, decorado por polvo y recuerdos. Una de sus hijas puso empeño en cuidarla durante las tardes. Transformándose en una pesada compañera que entorpecería mi labor. Yo por mi parte, consciente de cuál sería el desenlace, me dediqué a otros asuntos. Luego nos veríamos las caras. 
            Sucedió pronto. En alarde de exactitud, dos semanas y media después. Durante la tarde gris de un martes acudí a casa de la señora Rodríguez. Forcejeaba en el piso consigo misma. Cada aliento significaba un esfuerzo tal, que lo interpreté como un llamado de auxilio. Le estiré mi mano, y contra todo pronóstico, la anciana me volvió a rechazar. Después de eso la internaron en el mismo hospital. Dos habitaciones a la izquierda de la anterior. Un séquito de familiares lanzaba plegarias y reclamos. Mientras tanto, comenzaba a creer que Rodríguez se aferraba demasiado. A lo mucho me habían despechado tres veces seguidas. Hice apuesta conmigo mismo, así que la visité en la fría habitación del nosocomio. Dormía apacible, con respiración lenta y un olor a humedad que me hizo suponer, que ya no soportaría negarme una tercera vez. Le hablé al oído y como respuesta despertó agitada, al grado de estresar en demasía su maltrecho corazón. Perdió lucidez por un instante. Saboreé el calor de su mano acariciando mis frugales dedos. De nuevo habría algo tibio que rodear con mis brazos. Desgraciadamente tuve que encontrar consuelo en el aire. Lleno de amargura volví al olvido. Tarde o temprano, ella debía venir a mí. 
            Pasé una de las semanas más estresantes de toda mi vida. Absorto en nerviosismos, paranoico ante la idea de quizá haberme topado con un ser empecinado por seguir respirando. Nunca conocí a alguien con tal terquedad en contra mía. Bueno, hubo uno, pero eso fue más una trampa, una vil treta que me dejó en ridículo hace miles de años. En tanto a Rodríguez, cada que podía prestaba atención, esperanzado en escuchar su llamado. Eso sucedió hasta un miércoles. Entré por la puerta trasera. La hija de mi querida Rodríguez, yacía envuelta en reclamos al el teléfono. Gritaba mientras las lágrimas le recorrían las mejillas. Al final de las escaleras que llevaban al segundo piso, la incauta señora aguardaba. La cadera fracturada, un tobillo falseado, la clavícula derecha dislocada y una hemorragia interna la mantenían en su lecho mortuorio. Por cuarta vez le extendí mi mano. Inclusive sonreí, como nunca antes sentía un placer autentico al realizar mi labor. A los pocos segundos, ese mismo sentimiento fue intercambiado por una ira propia de los demonios. Un calor visceral me calentó el estómago. Rodríguez volvió a negarme su mano. 
            De nuevo en el hospital. Ese día no pude visitarla, pues tenía asuntos que atender. Aún así, hablé con demonios y otros seres oscuros. Les comenté que ella, la señora Rodríguez, me pertenecía y que nadie tenía derecho a molestarla, merecía un poco de respeto. 
            Volví tres días después. Ella seguía internada. Rompí el protocolo y la hostigué durante toda la noche. Cada momento que pude la acosé con mi mirada y le hablé mediante susurros al oído. Llegué incluso a soplarle mi aliento. Sólo obtuve desplantes. Miré al cielo entonces. Ni soy ángel ni demonio como para sufrir semejante tortura. El cuerpo de aquella anciana representaba una afrenta directa a mi trabajo. Un reto artero que por derecho me era imposible superar. Yo no decido a quien visitar. Tampoco tomo partido en su juicio, tan sólo soy un hilo conductor. ¿Por qué entonces me llenaban de falsas esperanzas, haciéndome creer que ella pronto tomaría mi mano y juntos marcharíamos al mundo atemporal que tanto temen los vivos? Sencillamente incomprensible. En contraste, durante esos tres días visité a un centenar de personas. Ninguna de ellas me negó. Es más, hubo quienes ya me esperaban. Habían adelantado el camino, sin dejarme más gloría que abrirles la puerta. En ese momento tuve que admitirlo. Nunca comprenderé a los humanos. 
           Para bálsamo de mis nervios, la historia de la señora Rodríguez concluyó un sábado. El peor de todos. Tuve que aguardar dos años. Días enteros en donde presencié los casos más pueriles y como compañía, el sentimiento hostil de saber que sólo ella me había negado más de tres veces. De nuevo entré a su casa. Para ser sincero, había perdido la emoción de antaño. Si me volvían a rechazar, ¿qué más daba? Afuera había millones de personas más. Subí con parsimonia las escaleras. Tarde caí en cuenta de que sólo estábamos ella y yo. La casa poseía un aroma a soledad que se impregnó en mis ropas. Me dirigí a la habitación pertinente y tras abrir la puerta me encontré a Rodríguez, acostada, aún con la ropa de noche puesta.
-¿Otra vez tú? –peguntó sin dirigirme la mirada, como si hablara con alguien más.
En una rauda inspección comprobé que seguíamos solos. Estiró la mano y abrió sus gelatinosos ojos. Supe entonces que había llegado el momento. Entrelacé mis dedos con los de ella y salimos juntos mientras su hija irrumpía en la casa. Había decidido hacer una visita matutina, le acompañaban sus dos hijos. Los vi subir las escaleras y exhalé aliviado.

jueves, 30 de mayo de 2013

VI. Herr Adler Kurtz



Su escape por la ventana lo llevó a caer sobre una terraza que presumía las puertas cerradas. Desde ahí quedaba una caída libre al desfiladero, seguido por los riachuelos provocados por la lluvia. Santiago contuvo la respiración para pensar por un momento. Mientras tanto la tormenta le lanzaba gotas en la cabeza. A unos metros de la terraza quedaba tierra firme. De ninguna manera la alcanzaría de un salto. Hizo sus cálculos y parándose en el pasamano de madera, advirtió que en todo caso podría atinar a una inmensa piedra, siempre y cuando el torrente del agua no lo arrastrase. Después de ello sólo tendría que escalar un par de peñascos y llegaría a la superficie. Ya no tenía intenciones de poner pie dentro de la mansión, estaba convencido que de hacerlo, difícilmente podría salir de la casa.   
            Optó por saltar, aunque al caer se lastimó la rodilla, golpeándola contra la roca. El incidente logró provocarle una herida sangrante y un punzón que le obligaba a morderse los labios. Aferrado a su estirpe militar, se armó de arrestos y escaló a pesar del dolor y el golpeteo del agua que caía a manera de cascada por entre las piedras. Alcanzada la proeza el cielo le reclamó con un relampagueo que intensificó la lluvia, oscureciendo el sol como si la tarde hubiese caído a plomo. Nubes negras lanzaban gotas gordas con desplante. Santiago las miró con desdén y arrastrando la pierna lastimada, comenzó a caminar. Había un sendero más adelante que bajaba hacia el bosque. Por el momento se asemejaba más a un tobogán por donde la arcilla comenzaba a pigmentar el agua, llevándose consigo hojarasca y delgadas ramas. Presuroso se acercó, temiendo que la gente de Kurtz viniera tras de él.
            Se adentró en el bosque lo más que pudo, sirviéndose de los árboles para sostenerse y evitar que los hilos de lodo lo confinaran a caer. Parecía que bajaba desde un cerro prominente, una pendiente muy inclinada sin fin aparente. Continuamente volteaba la mirada. Al principio le costaba diferenciar más allá de la naturaleza y el agua. Pero pronto pudo distinguir a lo lejos, un trío de luminarias incandescentes. Prestó oído y en un desliz del viento, escuchó su nombre, pronunciado por la voz del anciano Beleth. Lo maldijo sintiendo en su corazón el despertar de ese miedo que lo acompañó mientras el helicóptero caía. Como pudo apretó el paso.
            Siguió su errático andar, caminando cuesta bajo, aferrándose a la línea que dibujaba el camino. Por momentos lo perdía de vista. Era bastante agua la que caía y las imperfecciones del sendero a veces lo hacían lucir igual que la misma tierra revuelta y húmeda del bosque. Tras de él seguía escuchando su nombre. En ocasiones le creía distinguir la voz de Erika, llamándolo con la voz entrecortada. De inmediato la recordaba desnuda, y a regañadientes se reprendía por revivir ese tipo de memorias que le sembraban duda y le sugerían que tal vez exageraba al huir de esa manera.
            Finalmente sus piernas no resistieron el bajante y le hicieron caer. Trató de mantener la cabeza erguida, pero la tormenta lo terminó mellando a golpe de tronco, tierra y piedras. Lo arrastró rodando por las faldas del sendero, raspándole el uniforme, llenándole de rasguños los brazos y piernas. Obtuvo descanso al aterrizar sobre un escueto charco que se formaba en lo que parecía ser una carretera de tierra rojiza. Aulló de dolor volteando el rostro al cielo. Toda la piel le ardía y su pierna lesionada comenzaba a resentir las viejas lesiones. Apenas si pudo levantarse y seguir caminando. Prefería morir en medio de la lluvia, que dar marcha atrás y volver a la mansión. Estaba convencido de que la playa no estará lejos. Ahí se echaría en la arena a descansar y después vería la manera de continuar.
            Se siguió por la carretera hasta que su vista lo detuvo. Al parecer había llegado hasta las faldas de la montaña y justo ahí, en un claro pantanoso, aguardaba una cerca que resguardaba cuatro lápidas. Se acercó para mirarlas de cerca. Las tres primeras tenían los nombres erosionados y difícilmente se podía distinguir más allá de algunas letras. La última fue la que lo dejó inmóvil, helándole el cuerpo de por si mojado y atacado por el frió del agua pluvial. Esa sí mostraba el epíteto completo. Las palabra Herr Adler Kurtz le provocaron un calor en la cabeza y el pecho, pero más la fecha que aguardaba debajo, 1885-1940. Limpiándose el agua que le escurría por la cara tragó saliva. Encontró otra lápida, esperaba a cuestas, parcialmente hundida. Acercándose trató de leerla. Tuvo que arrodillarse para limpiar la tierra y apartar por momento el agua. No fue necesario gastar tanto tiempo en leerla, el grabado a bajo relieve revelaba su nombre y la fecha, se mantenía expectante, pues sólo tenía el año 1985 dibujado. Con eso tuvo. Le escupió a manera de repudio e irguiéndose siguió su camino.
            Deambuló bajo el acoso de la lluvia, el frío y el soplo vehemente del viento. Su rodilla dejó de moverse, así que tuvo que arrastrar el pie. Hacía lo que podía para mantener los brazos cruzados, para preservar algo de calor. Sin embargo llegaba el momento en que su única pierna lúcida pedía clemencia y debía de recargarse en algún árbol para tomar aliento. Cada momento de respiro propiciaba un mayor despliegue de gotas vertiginosas. Trató de ignorarlas tanto como su cuerpo se lo permitió. Pasó horas caminando, aunque el paisaje seguía mostrándose sombrío. Por fin pudo ver algo de cordura, cuando distinguió que el suelo dejaba de ser de tierra rojiza, para presumir arena entremezclada. Apresuró el paso y pronto sus ojos encontraron la costa. Parándose en una escueta loma lanzó mirada. El helicóptero seguía ahí, golpeado por la lluvia y parcialmente tragado por la playa. Sobre el agua de mar descansaba una delgada capa de neblina, pero a él lo que le llamó la atención, fue ver un bulto acostado cerca de la carcasa retorcida.
            De manera atropellada abandonó la loma, acercándose a aquel cuerpo que reposaba acosado por cangrejos de coraza rojiza. Atacaban la piel pálida de un hombre vestido de militar y cuyo semblante representaba la viva imagen de Santiago. Al verlo los labios le comenzaron a tiritar y en un arranque de furia comenzó a espantar a los crustáceos. A gritos y manotazos trató de ahuyentarlos, pero ellos le replicaron alzando las tenazas, atacándole las manos o en su defecto, apartándose ligeramente. No podía creerlo, a penas si lograba hilar recuerdos. Verse ahí, tirado en la playa, blanco y amoratado, con pedazos de carne faltante en el rostro y los brazos. No podía ser él. Debía tratarse de alguno de sus compañeros, ¿pero quién? Ni siquiera recordaba sus caras.
            Fúrico inició embestida contra el difunto. Como pudo lo pateó, aunque eso le costó caer repetidas veces. A base de gritos le instaba a despertar. Lo abofeteó y tomándolo de las comisuras del chaleco antibalas, lo sacudió mientras le gritaba. Sin advertirlo lloraba, prefería pensar que se trataba de gotas de lluvia que le recorrían las mejillas y la nariz. Desesperado terminó por maldecirse a sí mismo, negar aquel cuerpo que lo representaba en la playa. Él estaba vivo, no había muerto en la arena. Fue sacado, llevado a una cama y curado de sus heridas.
            Arremetió por última vez. De rodillas juntó las manos entrelazando los dedos y formado el proyectil, golpeó el pecho del cadáver. Recibió respuesta. Súbito abrió los ojos lanzando un gemido casi afónico que le hizo llenarse de terror y pedir disculpas. Retrocedió de inmediato y los cangrejos volvieron a terminar el trabajo. Santiago permaneció de pie, viéndose ser devorado. Escuchó un estruendo. Volteó la vista a la playa, una bengala centellaba y entre la estela gris, una balsa de color negro se aproximaba.
-¡Buen día! –escuchó tras de sí y al voltear mirada se encontró con el anciano Beleth. Traía ceñida la cuerda que jalaba la carreta, pero está vez prefirió no responderle. Negó con la cabeza y comenzó a caminar en dirección a playa.
-¿A dónde vas Santiago? –Gritó el anciano entre risas-. ¿Ya no quieres vivir?
-¡Lárgate! –Le contestó faltando a su palabra, deteniéndose al momento en que el mar le bañó los pies-.
-El mar es grande muchacho –dijo liberándose la cintura-. No sabes a donde te llevará
            Quiso contestarle, pero volteando mirada vio a la distancia a Erika, caminaba desnuda hacia él, con los brazos extendidos y los ojos rojizos de tanto llorar. Retrocedió para evitarla. En el mar seguía la balsa. Notó que abordó viajaban sus compañeros, le hacían señas pidiéndole se adentrase en el mar. A ellos sí los escucharía, pero en el acto sus heridas de antes volvieron, derribándolo sobre la arena. Las piernas le fallaron llenándolo de dolor y por dentro sintió el ardor de su propia sangre corriéndole en libertinaje entre las entrañas. El oleaje, aunque paupérrimo, le atacaba azotándole el rostro.
-¡Pídelo y te vuelvo a salvar! –gritó Beleth entre risas y Erika lo tomó de los brazos. Se sacudió liberándose de sus finas manos y en consecuencia cayó de cara contra el mar. Le costó erguir el cuello y retomar aire. Prosiguió su camino, arrastrándose permitía que el océano lo tragara. Mientras Beleth se ahogaba también entre risas cavernosas. Erika comenzó a llorar y con cada lágrima su bello cuerpo se vio revelado, llenándose de arrugas y manchas cafés. 
       Llegado el punto su cuerpo comenzó a flotar y con las manos remó acercándose a la balsa. Sus compañeros le arrojaron un salvavidas. Terco lo alcanzó y al tomarlo agachó la mirada mientras era jalado hasta la embarcación. No voltearía la mirada. Se sentía fallecer, el cuerpo enteró se engarrotaba acompañado de un discreto tiritar. A lo mucho logró alzar la vista y de entre las nubes de lluvia pudo ver un rayo de sol, que se abría paso clareando el cielo.

jueves, 23 de mayo de 2013

V. Herr Adler Kurtz


Los ojos de Santiago se abrieron de golpe, mostrándole una oscuridad que comenzaba a ceder paso al sol.
Respiraba agitado, víctima de un sueño donde él y Erika, de nuevo deshacían la cama. Pronto cayó en cuenta de que no se trataba de un evento onírico, sino de un recuerdo. Igual que la mañana anterior, Erika yacía desnuda a un costado suyo, mostrándole la espalda, acurrucada y completamente dormida. Para colmo a él le dolía el vientre bajo y tenía demasiadas ganas de orinar. No le quedó más opción que irrumpir en el baño y liberar la presión en su vejiga. Mientras lo hacía, su consciencia comenzó a molestarlo. Sencillamente no encontraba explicación, hacía tiempo que sus heridas habían sanado y de que Adler le había promedito dejarle partir. Aún así, seguía ahí, prometiéndose huir, pero en lugar de eso, pasaba las noches teniendo sexo con Erika. Ella era lo único que no le provocaba sentirse atrapado, pero tampoco le servía de aliciente para quedarse, olvidarse de sí mismo y fingir que la extraña realidad en la que habitaba, no merecía mayor atención. 
            Salió del baño y recuperó el uniforme. Trató de vestirse a pesar de la parquedad luminosa y el rostro apacible de Erika. Se calzó las botas, lanzando miradas escuetas a la ventana, tratando de intuir la hora. Ignoraba el momento exacto en el que sol se asomaba por el horizonte en la tierra de Kurtz. Aunque podía verlo en su intento por lanzar rayos más potentes, las nubes de lluvia le complicaban leer la hora. Le pareció increíble que siguiera lloviendo. 
            Se dispuso a salir de la habitación, dudó en el momento en que puso mano en el cerrojo, pues nacía en él un deseo por despedirse de Erika o en todo caso, convencerla de huir con él. Mejor no. Ella era muy peculiar para el mundo real, además, sería injusto dejar a Adler sin su hija. Ya de por sí le pesaba no poder ayudarle desposándola. Tal conclusión le golpeó la memoria, haciéndole recordar la reunión que sostuvo ayer con Herr Adler. Ahí fue cuando el doctor le inyectó quien sabe que basura que le adormiló el cerebro y le sirvió de estímulo para entregarse a los brazos de Erika. Pensándolo bien, saldría de la alcoba en silencio e iría a visitar la morada de Adler. Le sacaría la verdad de una buena vez. 
            Caminó por el corredor, en silencio, sigiloso hasta detenerse ante la habitación de Adler. A pesar de la similitud entre puertas, pudo distinguirla. En cuanto la vio, también en su mente se materializó el rostro de aquel anciano, a quien persiguiera por toda la casa. El maldito viejo que lo trajo acuestas en la carreta. Si lo volvía a ver, le preguntaría más que el nombre. 
            Abrió la puerta con delicadeza. Como lo supuso, el sol viajaba con rapidez y la luz de mañana comenzaba a superar por completo a la oscuridad. Así le fue más fácil advertir la presencia de Adler, recostado en la cama. Se veía distinto. Su abultado cuerpo lucía raquítico, el cabello pintado de blanco y la respiración susurrante. Igual que cuando lo vio reflejado en el espejo. El cual dicho sea, esperaba a un costado de la cama, colgado de la pared, presumiendo el reflejo de Santiago. No pudo evitar dirigirle la mirada y atónito, verse a sí mismo. En el cristal sus heridas seguían vigentes, la pierna rota, el brazo diezmado y cortadas en la frente. Llevaba inclusive rastros de arena en las ropas. Tuvo que dejar de ver, Adler le hablaba en voz baja. Se arrodilló ante su lecho para poder escucharlo.
-Beleth –dijo entre susurros, repitiéndolo un par de veces-.
-Perdón, pero no entiendo –dijo Santiago y gracias al silencio de la casa, pudo escuchar una serie de pasos. Buscó escondite, encontrándolo finalmente en el armario, donde se encerró. Afortunadamente el marco de la puerta dejaba una pequeña abertura que le permitía ver dentro de la habitación. 
            El doctor y la mucama entraban. De nuevo él con su maletín y el mandil ceñido, y ella con el tazón abrazado al pecho. Pasaron a sentar el maltrecho cuerpo de Adler en la silla que precedía a la cama, y respingándole las mangas, le conectaron la sonda para sacarle otra poca de sangre. Siguieron el procedimiento cual lo mandaba la rutina y ambos bebieron el plasma del señor Kurtz. Después lo regresaron a su lecho, arropándolo como si de nuevo fuera a dormir. 
            En cuando la habitación quedó despejada, Santiago salió de su escondite. Adler insistía repitiendo la misma palabra.
-El anciano –agregó en un esfuerzo por elevar la voz y con ello logró sacudir la mente de Santiago-.
-¿Habla del anciano que me trajo en la carreta?
-Beleth –repitió Adler con un leve asentimiento de cabeza. Mismo que provocó un escalofrío en Santiago, haciéndole recordar el día que conoció a Herr Kurtz. Le preguntó por sus pertenencias y él le respondió, que Herr Beleth las tenía.
-¿Qué sucede con él? –preguntó acercándose tanto como pudo. Inclusive le sostuvo la mano, que no dejaba de tiritar-.
-La casa –dijo susurrante- todo, no existe. Es él, sólo es él… vete, sal de aquí. 
            Tuvo que dejar de escuchar, Erika gritaba, su escandalosa voz invadía toda la casa y de paso, alimentaba el miedo que crecía en Santiago. Se sentía igual de aterrado como cuando el helicóptero comenzó a desplomarse. Podía escuchar la alarma, parcialmente silenciada por las aspas girando erráticamente. 
            Dejó en la cama a Adler y salió disparado por el corredor. Supuso que Erika corría peligro, que quizá el doctor y la mucama le echaban mano. A los dos los vio subiendo por las escaleras. Le pidieron calma y les respondió con palabras altisonantes. Erika seguía gritando, acusándose de haber sido abandonada. 
            Al llegar a la habitación cerró la puerta y la atrancó con la silla. Después buscó a Erika. Esperaba de pie, parada justo ante la ventana, mostrando la espalda. Se había cubierto el cuerpo con aquel vestido escotado. Ahora que la veía ahí, impávida y en silencio, le pareció una mala idea haberse encerrado. Lanzó una mirada rauda. Buscaba algún objeto que pudiera servirle de arma. No encontró nada útil.
-Usted no me ama –dijo Erika sin voltear la mirada-. Admítalo, piensa abandonarme. 
            Trató de pensar bien su respuesta. Por desgracia el doctor llamaba a la puerta. La golpeaba con desesperación. Mientras Raquel con palabras melosas, pedía a Santiago un poco de calma, pues ellos sólo querían atender a la hija de Herr Kurtz.
-Dígame –continuó Erika-, ¿por qué me detesta?, ¿qué hice para merecerme su desprecio? Velé por usted en las noches, le hice compañía, le entregué mi cuerpo y aún así no está satisfecho… ¿qué más necesita?
-Nada –respondió sin querer expresarse de esa manera. Su pecho le exigía más espacio, de lo contrario el corazón le rasgaría la piel, palpitando con vehemencia.
La puerta se azotaba con cada golpe, pero por más que lo hiciera, no se animaba a contenerla. Se mantenía helado, viendo como la silla temblaba, esperando el momento para ceder.
-¿Nada? –Prosiguió Erika, acompañada por las voces del doctor y Raquel, quienes pedían entrada libre-. Eso no fue lo que me dijo cuando lo encontré en la playa. ¿Ya lo ha olvidado? Me pidió vivir, ¿lo recuerda? 
            Los ojos de Santiago abandonaron la puerta y se fijaron en Erika, sólo a ella la escucharía. Ya no habría golpes a la puerta, ni siquiera el susurro de las gotas de lluvia golpeando en el cristal de la ventana. Nada se oiría a excepción de su voz.
-Tú no estabas en la playa –dijo mientras en su mente repasaba desde el instante en que la alarma sonó, hasta el momento en que el impactó lo lanzó fuera del helicóptero, haciéndolo rodar por la arena, rompiéndole la pierna y provocándole heridas internas que lo adormilaron, dejándolo inconsciente.
-Yo lo salvé de la muerte –dijo Erika acelerando aún más las palpitaciones de Santiago-. Y ahora huye de mí, me niega. ¿Qué no desea vivir por siempre?, ¿qué no fue eso lo que me pidió antes de cerrar los ojos, vivir? 
            Las palabras de Erika las recordaba como simples deseos que expresó en su mente, a decir verdad nunca los tomó en serio. Fue el delirio de sentir el cuerpo pesado y somnoliento, a sabiendas que en medio de la playa nada había más seguro que la muerte.
-¿Quién eres? –preguntó y el golpe seco en la puerta le hizo estremecerse. Erika se dio vuelta. Su rostro había sido suplantado, no era juvenil, ni femenino o terso. Si no la fiel estampa de aquel anciano que lo sacó de la arena. 
            La puerta cedió finalmente, la silla quedó tirada en el suelo y Gilbert entraba acompañado de Raquel. Sin embargo sus rostros sufrían del mismo mal que aquejaba la tez de Erika. Presumían marcadas arrugas y una papada alicaída. Aunque sus voces seguían siendo las mismas. No vio más opción que perder el habla y en un despertar de sus músculos, encerrarse en el baño. Ahí pudo recobrar el aliento y de pasó, vomitar en el lavamanos, un líquido blanquecino que le lastimó la garganta. Sin notarlo hablaba solo y en voz baja, repitiéndose que lo que había visto, no podía ni debía ser real. Se lavó la cara y mientras el agua le escurría por la barbilla, los tres llamaron a la puerta, a razón de delicados golpecitos. Apresuradamente puso mano en la perilla y la sostuvo con fuerza, soltando maldiciones, llenándose de sudor por el esfuerzo. Desesperado buscaba una salida. Había una ventana en la pared contigua. Pequeña, pero lo suficientemente espaciosa para permitirle salir.
-Déjame entrar Santiago –se escuchó la voz del anciano, pudo reconocerla. Nunca olvidaría ese timbre aguardentoso-. 
            Como respuesta golpeó la puerta, intentaba con eso silenciar su mente, escuchar sólo el propio golpeteo. Desahogó la desesperación que lo dominaba con impactos secos a la madera y maldiciones, improperios que condenaban a la mansión, al anciano y cada persona que habitaba la casa. Finalmente, cuando se hubo cansado, descubrió que ya nadie llamaba. Escéptico pegó oreja. Aunque no escuchó nada más allá de la lluvia, podía jurar que alguien esperaba en la habitación. Prefirió mejor aprovechar la oportunidad, abrir la ventana y salir, en lugar de averiguar de quien se trataba.