jueves, 30 de agosto de 2012

Condenada


Daniel Arturo Guerrero

Se despertó quizá como siempre lo había hecho y como tal miró el reloj sobre la mesa de cama, absurdamente marcaba la una de la tarde. Para cerciorarse fijó la vista al segundero, sin embargo éste esperaba inmóvil, muerto. Entonces prefirió preguntar al que estaba en la pared, fue lo mismo, ninguna manecilla se movía, permanecían empecinadas en marcar la una de la tarde en punto. Un mórbido escalofrío le hizo compañía recorriéndole sensualmente la espalda. Hizo cuanto pudo para poder ignorarlo y aturdida, su vista quedó hipnotizada por la incómoda luz del sol que entraba a través la ventana. Era demasiado brillante, le hacía sentir la sangre golpeare las sienes. Sin abrir por completo los ojos, se sentó en el colchón para así inspeccionar la habitación, por alguna razón no la reconocía, tanto así, que dudaba haber vivido ahí anteriormente. Sus pies descalzos tocaron el gélido piso de azulejo blanco. Toda ella resintió el frío y para aminorarlo se talló los brazos. Al dar el primer paso pateó involuntariamente un frasco blanco de plástico que yacía en el suelo. Por un instante lo observó, mientras éste giraba y balanceaba sobre el piso, como si quisiera advertirle de algo. No le dio importancia, estaba vacío.
Al poco tiempo percibió un aroma peculiar, tabaco quemado que delicadamente viajaba por toda la habitación. Sintiéndose observada volteó la mirada topándose con un hombre vestido de traje sastre y sombrero. Esperaba recargado en la pared perpendicular a la puerta, impedía el paso y con fría naturalidad saludó a la joven levantando el cigarrillo, al mismo tiempo que liberaba el humo toxico de sus pulmones. Luego sujetó el cigarro con los labios, mientras dirigía los ojos a los de ella, mostrándole las oscuras pupilas y propagándole por la piel un frío que erizaba cada uno de sus vellos.
-¿Qué haces aquí? –preguntó ella sintiéndose tonta y asustada al mismo tiempo. Él respondió moviendo de lado a lado el dedo índice, para después retirarse el cigarrillo y arrojarlo al suelo.
-No puedo estar aquí –dijo sin animarse a encender otro-. Pude haber estado antes y estaré después, pero ahora y aquí, no puedo estar –continuó señalando discretamente a donde el reloj-. Aquí no es ningún lugar.
No pudo si no verlo con completa confusión y a manera de respuesta se acarició el cabello mientras veía aquel sujeto sonreír o por lo menos esa impresión le daba. Para disimular pestañó con la esperanza de perderlo de vista, pero era igual que las manecillas del reloj, él seguía ahí. Lentamente se aproximó a la puerta y consecutivamente él se hizo a un lado permitiéndole el paso sin objeción alguna. Ignoraba el porqué, pero sentía que al girar la perilla podría terminar con la pesadilla. Así lo hizo, mas para su sorpresa la puerta la condujo de nuevo a la misma recamara. Aquel hombre esperaba ahora sentado en la cama, recargado en la cabecera, con un cigarro encendido y una libreta en las manos.
-Ya es tarde –dijo él sonriéndole sin que ella pudiese sentir algo familiar o cálido en la funesta curvatura de sus labios.
Dominada por sus instintos miró de nuevo el reloj en la pared. El estómago se le revolvió, seguía siendo la una de la tarde. Las palabras se le acumularon en la garganta y la lengua se enredó consigo misma, acompañada por un jugueteo incierto de los dedos. Que al igual que ella, se revolvían en búsqueda de respuestas.
-Hubiera preferido un incendio –continuó él tras liberar el humo encerrado en sus pulmones- yo no puedo elegir la forma.
Impávida pasó el ajetreo de las manos al cabello, comenzó a revolverlo mientras mantenía la vista fija en el intruso. Para empeorar las cosas, le entró la duda de si debía mirar por la ventana, como si aquello significara una posible salida. Sin percatarse del dudoso proceder de sus dedos, éstos le llevaron los cabellos a la boca, para que pudiera morderlos y controlar así un poco la ansiedad que amenazaba por destruir la poca cordura que le quedaba. Él por su parte seguía consumiendo el cigarrillo y mantenía la vista fija en la libreta.
Todo se mantuvo en un tenso silencio; a ella le susurraba inteligibles ideas que cimbraban más y más su mente. Entonces buscó la respuesta en otro lugar, repasó sus movimientos al despertar y lentamente se sentó en el borde de la cama. Sus ojos viajaron hasta donde esperaba el frasco, de color blanco, diminuto y que en un principio creyó ver vacío. El suelo le evidenció el error, pequeñas pastillas color gis se perdían a la vista entre el azulejo blanquecino. Poco le faltó para liberar el llanto, tenía un nudo en la garganta y aunque sintió el golpe en la boca del estomago, los lagrimales no le respondieron. Era como querer meter a la fuerza una roca por una cavidad angosta, la sola idea resultaba absurda. La cama se hundió ligeramente, aquel sujeto se sentaba a su lado entregándole la libreta que, para su sorpresa, estaba en blanco, solamente tenía escrito su nombre. Antes de que pudiera hacer la pregunta recurrente, prefirió lanzar una interrogante más astuta, aunque resultó igualmente obvia para él.
-¿Eres…?
-No –dijo tras arrojar la colilla y dibujar un rostro de descontento- ella me dijo donde encontrarte. Ya es hora.
Aunque ya lo sabía, necia volteó de nuevo al reloj que esperaba en la pared, seguía marcando la una de la tarde. Sin advertirlo sintió una gota recorrerle la piel desde la nuca, acariciándole el cuerpo hasta la espalda baja. Tomó entonces la mano de aquel sujeto y al instante dejó de sentir ese pesar en el corazón, su voluntad se quebrantaba confirmando la condena que le impediría volver a despertar y con ello el sol comenzó a ocultarse tras nubes de lluvia. Llegaron a la puerta. Él, arrogante le mostró una pequeña llave que después insertó en la perilla. Tras retirarla la puerta cedió y ante los dos quedó un recinto oscuro, frío y sin retorno.
-Después de ti –dijo él.
Ella pensó que si se arrepentía podría, quizá, permanecer un tiempo en la habitación, pero ese deseo no fue lo suficientemente fuerte, sinceramente le pareció mezquino, de cualquier forma ya estaba condenada y nadie podría salvarla.

jueves, 23 de agosto de 2012

El Hada de Piedra


Daniel Arturo Guerrero Álvarez 

La casa de la vieja Ester siempre me llamó la atención cuando niño. Mi madre cada que podía miraba por la ventana hacia la imponente mansión de jardines descuidados y pasto crecido, para después decirme:
-No debes de jugar cerca de esa casa, ¿me entiendes? La gente mayor ya está muy cansada y lo mejor es no molestarla-. Yo nunca le contestaba, sinceramente aquella casa me daba miedo, sobre todo durante la época de lluvias.
Por mi ventana se podían ver los inmensos jardines, repletos de plantas desatendidas, caminos de piedra desquebrajados y varios árboles que impedían el paso de la luz del sol. Lo observaba todo desde lejos, pero nunca pude ver a la señora Ester, ni siquiera los domingos. Siempre, antes de ir a misa, forzosamente caminábamos mis padres y yo frente a la casa, pero ella nunca se dejó ver.
Un día, pasada una semana de mí cumpleaños número diez, una parvada de cuervos se posó en el techo de la vieja mansión. Todos en el vecindario los miramos con atención. Yo me encerré en mi cuarto y desde la ventana los observé. Me perdí al intentar admirarlos en silencio y por un instante desvié la vista a uno de los ventanales de la casa. Logré entrever una silueta; tal vez era ella.
-¡Aléjate de la ventana! –me ordenó mi madre, al abrir la puerta, mientras me sonreía junto con sus ojos tristes-. Más tarde escuché la sirena de una ambulancia: la señora Ester había muerto.
Pasaron varios días y a pesar de que ya nadie habitaba la gigantesca mansión, repetidas veces llegué a ver la luz encendida en algunas de las habitaciones.
-A los niños mentirosos se los lleva la hada de piedra –me decía mi madre cada que le contaba lo que veía. Nunca me creyó, solamente me sonreía y repetía lo mismo.
Una mañana desperté como siempre, me estiré en mi cama, bostecé, pero al pisar el suelo me encontré con un cuervo muerto. Vaya susto me dio, pegué un grito y enseguida mis padres subieron a toda prisa a ver lo que sucedía. Refugiado entre los brazos de mi madre, miré a mi padre recoger los restos del ave muerta.
Esa misma tarde salí a jugar con los niños de la cuadra, debía contárselo a alguien más.
-Yo también me encontré un cuervo muerto debajo de mi cama –me dijo Pablo-. También Luis y Mónica. Mi abuela dice que se trata de la hada de piedra y que debemos mudarnos de casa… lo ha escrito con gis en todas la paredes. Papá dice que está loca.
-Pero el hada sólo se lleva a los niños mentirosos –le dije convencido, aunque él meneó la cabeza para decirme que no.
-Mi abuela me dijo que el hada come niños y que para evitarlo hay que tragar las plumas de un cuervo… pero mi mamá no me deja.
La mañana siguiente, temeroso me asomé con cuidado debajo de mi cama; en efecto, había otro cuervo muerto. Lo levanté de un ala, olía horrible, aún así comencé a arrancarle una por una las plumas y a tragarlas. No pude engullir más de cinco. A punto de vomitar abrí la ventana y arrojé al pobre animal. En la tardé quise salir a jugar, pero al abrir la puerta me encontré con la mamá de Pablo, derramaba lágrimas, además de sollozos y lamentos.
-¿Está tu mamá? –le respondí que sí. Después mi madre llegó y enseguida atendió a la pobre señora que no paraba de llorar.
-¿Dónde está Pablo? –recibí como respuesta un grito de dolor.
Mi amigo había desaparecido, nadie sabía de él. Para el domingo dos niños más se habían perdido, entre ellos Mónica. Desde ese momento me dispuse a proteger mi alma, por lo que rezaba con mayor vehemencia antes de dormir.
Días después el número había ascendido a cinco: mis dos amigos y tres más que permanecían junto con ellos, sumidos en la nada. Aquella noche me desperté, había ruidos en mi habitación, como si alguien arrastrase piedras por mi recamara. Asustado me acurruqué bajo la sábana y comencé a rezar desde padres nuestros hasta oraciones improvisadas que ya no puedo recordar. Sin embargo me detuve al escuchar el rasposo canto de una anciana.

A los niños mentirosos
el alma les devoro yo
y a sus padres les regreso
solamente el cascaron.

Cansado y con el cuerpo temblándome de miedo perdí la noción del tiempo hasta quedarme dormido.
Amanecí con un nudo en la garganta, me sentía a ahogar. Comencé a toser hasta que logré vomitar una bola de plumas negras, una vil esfera blanda y babosa que se pegó cual goma en el piso.
Miré con atención, no estaba sólo, recargadas en la puerta de mí cuarto, cinco estatuillas de piedra me observaban con caritas tristes. En el suelo, escrito con tiza, había una leyenda:

Plumas de cuervo Ester, plumas de cuervo.