Daniel Arturo Guerrero
Se despertó
quizá como siempre lo había hecho y como tal miró el reloj sobre la mesa de
cama, absurdamente marcaba la una de la tarde. Para cerciorarse fijó la vista
al segundero, sin embargo éste esperaba inmóvil, muerto. Entonces prefirió
preguntar al que estaba en la pared, fue lo mismo, ninguna manecilla se movía,
permanecían empecinadas en marcar la una de la tarde en punto. Un mórbido
escalofrío le hizo compañía recorriéndole sensualmente la espalda. Hizo cuanto
pudo para poder ignorarlo y aturdida, su vista quedó hipnotizada por la
incómoda luz del sol que entraba a través la ventana. Era demasiado brillante,
le hacía sentir la sangre golpeare las sienes. Sin abrir por completo los ojos,
se sentó en el colchón para así inspeccionar la habitación, por alguna razón no
la reconocía, tanto así, que dudaba haber vivido ahí anteriormente. Sus pies
descalzos tocaron el gélido piso de azulejo blanco. Toda ella resintió el frío
y para aminorarlo se talló los brazos. Al dar el primer paso pateó
involuntariamente un frasco blanco de plástico que yacía en el suelo. Por un
instante lo observó, mientras éste giraba y balanceaba sobre el piso, como si
quisiera advertirle de algo. No le dio importancia, estaba vacío.
Al poco
tiempo percibió un aroma peculiar, tabaco quemado que delicadamente viajaba por
toda la habitación. Sintiéndose observada volteó la mirada topándose con un
hombre vestido de traje sastre y sombrero. Esperaba recargado en la pared
perpendicular a la puerta, impedía el paso y con fría naturalidad saludó a la joven
levantando el cigarrillo, al mismo tiempo que liberaba el humo toxico de sus
pulmones. Luego sujetó el cigarro con los labios, mientras dirigía los ojos a
los de ella, mostrándole las oscuras pupilas y propagándole por la piel un frío
que erizaba cada uno de sus vellos.
-¿Qué haces
aquí? –preguntó ella sintiéndose tonta y asustada al mismo tiempo. Él respondió
moviendo de lado a lado el dedo índice, para después retirarse el cigarrillo y
arrojarlo al suelo.
-No puedo
estar aquí –dijo sin animarse a encender otro-. Pude haber estado antes y
estaré después, pero ahora y aquí, no puedo estar –continuó señalando
discretamente a donde el reloj-. Aquí no es ningún lugar.
No pudo si no verlo con completa
confusión y a manera de respuesta se acarició el cabello mientras veía aquel
sujeto sonreír o por lo menos esa impresión le daba. Para disimular pestañó con
la esperanza de perderlo de vista, pero era igual que las manecillas del reloj,
él seguía ahí. Lentamente se aproximó a la puerta y consecutivamente él se hizo
a un lado permitiéndole el paso sin objeción alguna. Ignoraba el porqué, pero
sentía que al girar la perilla podría terminar con la pesadilla. Así lo hizo,
mas para su sorpresa la puerta la condujo de nuevo a la misma recamara. Aquel
hombre esperaba ahora sentado en la cama, recargado en la cabecera, con un
cigarro encendido y una libreta en las manos.
-Ya es tarde
–dijo él sonriéndole sin que ella pudiese sentir algo familiar o cálido en la
funesta curvatura de sus labios.
Dominada por
sus instintos miró de nuevo el reloj en la pared. El estómago se le revolvió,
seguía siendo la una de la tarde. Las palabras se le acumularon en la garganta
y la lengua se enredó consigo misma, acompañada por un jugueteo incierto de los
dedos. Que al igual que ella, se revolvían en búsqueda de respuestas.
-Hubiera
preferido un incendio –continuó él tras liberar el humo encerrado en sus
pulmones- yo no puedo elegir la forma.
Impávida pasó el ajetreo de las
manos al cabello, comenzó a revolverlo mientras mantenía la vista fija en el
intruso. Para empeorar las cosas, le entró la duda de si debía mirar por la
ventana, como si aquello significara una posible salida. Sin percatarse del dudoso
proceder de sus dedos, éstos le llevaron los cabellos a la boca, para que
pudiera morderlos y controlar así un poco la ansiedad que amenazaba por
destruir la poca cordura que le quedaba. Él por su parte seguía consumiendo el
cigarrillo y mantenía la vista fija en la libreta.
Todo se mantuvo en un tenso
silencio; a ella le susurraba inteligibles ideas que cimbraban más y más su
mente. Entonces buscó la respuesta en otro lugar, repasó sus movimientos al
despertar y lentamente se sentó en el borde de la cama. Sus ojos viajaron hasta
donde esperaba el frasco, de color blanco, diminuto y que en un principio creyó
ver vacío. El suelo le evidenció el error, pequeñas pastillas color gis se
perdían a la vista entre el azulejo blanquecino. Poco le faltó para liberar el
llanto, tenía un nudo en la garganta y aunque sintió el golpe en la boca del
estomago, los lagrimales no le respondieron. Era como querer meter a la fuerza
una roca por una cavidad angosta, la sola idea resultaba absurda. La cama se
hundió ligeramente, aquel sujeto se sentaba a su lado entregándole la libreta
que, para su sorpresa, estaba en blanco, solamente tenía escrito su nombre.
Antes de que pudiera hacer la pregunta recurrente, prefirió lanzar una
interrogante más astuta, aunque resultó igualmente obvia para él.
-¿Eres…?
-No –dijo
tras arrojar la colilla y dibujar un rostro de descontento- ella me dijo donde
encontrarte. Ya es hora.
Aunque ya lo sabía, necia volteó de
nuevo al reloj que esperaba en la pared, seguía marcando la una de la tarde.
Sin advertirlo sintió una gota recorrerle la piel desde la nuca, acariciándole
el cuerpo hasta la espalda baja. Tomó entonces la mano de aquel sujeto y al
instante dejó de sentir ese pesar en el corazón, su voluntad se quebrantaba
confirmando la condena que le impediría volver a despertar y con ello el sol
comenzó a ocultarse tras nubes de lluvia. Llegaron a la puerta. Él, arrogante
le mostró una pequeña llave que después insertó en la perilla. Tras retirarla
la puerta cedió y ante los dos quedó un recinto oscuro, frío y sin retorno.
-Después de
ti –dijo él.
Ella pensó que si se arrepentía
podría, quizá, permanecer un tiempo en la habitación, pero ese deseo no fue lo
suficientemente fuerte, sinceramente le pareció mezquino, de cualquier forma ya
estaba condenada y nadie podría salvarla.