jueves, 30 de mayo de 2013

VI. Herr Adler Kurtz



Su escape por la ventana lo llevó a caer sobre una terraza que presumía las puertas cerradas. Desde ahí quedaba una caída libre al desfiladero, seguido por los riachuelos provocados por la lluvia. Santiago contuvo la respiración para pensar por un momento. Mientras tanto la tormenta le lanzaba gotas en la cabeza. A unos metros de la terraza quedaba tierra firme. De ninguna manera la alcanzaría de un salto. Hizo sus cálculos y parándose en el pasamano de madera, advirtió que en todo caso podría atinar a una inmensa piedra, siempre y cuando el torrente del agua no lo arrastrase. Después de ello sólo tendría que escalar un par de peñascos y llegaría a la superficie. Ya no tenía intenciones de poner pie dentro de la mansión, estaba convencido que de hacerlo, difícilmente podría salir de la casa.   
            Optó por saltar, aunque al caer se lastimó la rodilla, golpeándola contra la roca. El incidente logró provocarle una herida sangrante y un punzón que le obligaba a morderse los labios. Aferrado a su estirpe militar, se armó de arrestos y escaló a pesar del dolor y el golpeteo del agua que caía a manera de cascada por entre las piedras. Alcanzada la proeza el cielo le reclamó con un relampagueo que intensificó la lluvia, oscureciendo el sol como si la tarde hubiese caído a plomo. Nubes negras lanzaban gotas gordas con desplante. Santiago las miró con desdén y arrastrando la pierna lastimada, comenzó a caminar. Había un sendero más adelante que bajaba hacia el bosque. Por el momento se asemejaba más a un tobogán por donde la arcilla comenzaba a pigmentar el agua, llevándose consigo hojarasca y delgadas ramas. Presuroso se acercó, temiendo que la gente de Kurtz viniera tras de él.
            Se adentró en el bosque lo más que pudo, sirviéndose de los árboles para sostenerse y evitar que los hilos de lodo lo confinaran a caer. Parecía que bajaba desde un cerro prominente, una pendiente muy inclinada sin fin aparente. Continuamente volteaba la mirada. Al principio le costaba diferenciar más allá de la naturaleza y el agua. Pero pronto pudo distinguir a lo lejos, un trío de luminarias incandescentes. Prestó oído y en un desliz del viento, escuchó su nombre, pronunciado por la voz del anciano Beleth. Lo maldijo sintiendo en su corazón el despertar de ese miedo que lo acompañó mientras el helicóptero caía. Como pudo apretó el paso.
            Siguió su errático andar, caminando cuesta bajo, aferrándose a la línea que dibujaba el camino. Por momentos lo perdía de vista. Era bastante agua la que caía y las imperfecciones del sendero a veces lo hacían lucir igual que la misma tierra revuelta y húmeda del bosque. Tras de él seguía escuchando su nombre. En ocasiones le creía distinguir la voz de Erika, llamándolo con la voz entrecortada. De inmediato la recordaba desnuda, y a regañadientes se reprendía por revivir ese tipo de memorias que le sembraban duda y le sugerían que tal vez exageraba al huir de esa manera.
            Finalmente sus piernas no resistieron el bajante y le hicieron caer. Trató de mantener la cabeza erguida, pero la tormenta lo terminó mellando a golpe de tronco, tierra y piedras. Lo arrastró rodando por las faldas del sendero, raspándole el uniforme, llenándole de rasguños los brazos y piernas. Obtuvo descanso al aterrizar sobre un escueto charco que se formaba en lo que parecía ser una carretera de tierra rojiza. Aulló de dolor volteando el rostro al cielo. Toda la piel le ardía y su pierna lesionada comenzaba a resentir las viejas lesiones. Apenas si pudo levantarse y seguir caminando. Prefería morir en medio de la lluvia, que dar marcha atrás y volver a la mansión. Estaba convencido de que la playa no estará lejos. Ahí se echaría en la arena a descansar y después vería la manera de continuar.
            Se siguió por la carretera hasta que su vista lo detuvo. Al parecer había llegado hasta las faldas de la montaña y justo ahí, en un claro pantanoso, aguardaba una cerca que resguardaba cuatro lápidas. Se acercó para mirarlas de cerca. Las tres primeras tenían los nombres erosionados y difícilmente se podía distinguir más allá de algunas letras. La última fue la que lo dejó inmóvil, helándole el cuerpo de por si mojado y atacado por el frió del agua pluvial. Esa sí mostraba el epíteto completo. Las palabra Herr Adler Kurtz le provocaron un calor en la cabeza y el pecho, pero más la fecha que aguardaba debajo, 1885-1940. Limpiándose el agua que le escurría por la cara tragó saliva. Encontró otra lápida, esperaba a cuestas, parcialmente hundida. Acercándose trató de leerla. Tuvo que arrodillarse para limpiar la tierra y apartar por momento el agua. No fue necesario gastar tanto tiempo en leerla, el grabado a bajo relieve revelaba su nombre y la fecha, se mantenía expectante, pues sólo tenía el año 1985 dibujado. Con eso tuvo. Le escupió a manera de repudio e irguiéndose siguió su camino.
            Deambuló bajo el acoso de la lluvia, el frío y el soplo vehemente del viento. Su rodilla dejó de moverse, así que tuvo que arrastrar el pie. Hacía lo que podía para mantener los brazos cruzados, para preservar algo de calor. Sin embargo llegaba el momento en que su única pierna lúcida pedía clemencia y debía de recargarse en algún árbol para tomar aliento. Cada momento de respiro propiciaba un mayor despliegue de gotas vertiginosas. Trató de ignorarlas tanto como su cuerpo se lo permitió. Pasó horas caminando, aunque el paisaje seguía mostrándose sombrío. Por fin pudo ver algo de cordura, cuando distinguió que el suelo dejaba de ser de tierra rojiza, para presumir arena entremezclada. Apresuró el paso y pronto sus ojos encontraron la costa. Parándose en una escueta loma lanzó mirada. El helicóptero seguía ahí, golpeado por la lluvia y parcialmente tragado por la playa. Sobre el agua de mar descansaba una delgada capa de neblina, pero a él lo que le llamó la atención, fue ver un bulto acostado cerca de la carcasa retorcida.
            De manera atropellada abandonó la loma, acercándose a aquel cuerpo que reposaba acosado por cangrejos de coraza rojiza. Atacaban la piel pálida de un hombre vestido de militar y cuyo semblante representaba la viva imagen de Santiago. Al verlo los labios le comenzaron a tiritar y en un arranque de furia comenzó a espantar a los crustáceos. A gritos y manotazos trató de ahuyentarlos, pero ellos le replicaron alzando las tenazas, atacándole las manos o en su defecto, apartándose ligeramente. No podía creerlo, a penas si lograba hilar recuerdos. Verse ahí, tirado en la playa, blanco y amoratado, con pedazos de carne faltante en el rostro y los brazos. No podía ser él. Debía tratarse de alguno de sus compañeros, ¿pero quién? Ni siquiera recordaba sus caras.
            Fúrico inició embestida contra el difunto. Como pudo lo pateó, aunque eso le costó caer repetidas veces. A base de gritos le instaba a despertar. Lo abofeteó y tomándolo de las comisuras del chaleco antibalas, lo sacudió mientras le gritaba. Sin advertirlo lloraba, prefería pensar que se trataba de gotas de lluvia que le recorrían las mejillas y la nariz. Desesperado terminó por maldecirse a sí mismo, negar aquel cuerpo que lo representaba en la playa. Él estaba vivo, no había muerto en la arena. Fue sacado, llevado a una cama y curado de sus heridas.
            Arremetió por última vez. De rodillas juntó las manos entrelazando los dedos y formado el proyectil, golpeó el pecho del cadáver. Recibió respuesta. Súbito abrió los ojos lanzando un gemido casi afónico que le hizo llenarse de terror y pedir disculpas. Retrocedió de inmediato y los cangrejos volvieron a terminar el trabajo. Santiago permaneció de pie, viéndose ser devorado. Escuchó un estruendo. Volteó la vista a la playa, una bengala centellaba y entre la estela gris, una balsa de color negro se aproximaba.
-¡Buen día! –escuchó tras de sí y al voltear mirada se encontró con el anciano Beleth. Traía ceñida la cuerda que jalaba la carreta, pero está vez prefirió no responderle. Negó con la cabeza y comenzó a caminar en dirección a playa.
-¿A dónde vas Santiago? –Gritó el anciano entre risas-. ¿Ya no quieres vivir?
-¡Lárgate! –Le contestó faltando a su palabra, deteniéndose al momento en que el mar le bañó los pies-.
-El mar es grande muchacho –dijo liberándose la cintura-. No sabes a donde te llevará
            Quiso contestarle, pero volteando mirada vio a la distancia a Erika, caminaba desnuda hacia él, con los brazos extendidos y los ojos rojizos de tanto llorar. Retrocedió para evitarla. En el mar seguía la balsa. Notó que abordó viajaban sus compañeros, le hacían señas pidiéndole se adentrase en el mar. A ellos sí los escucharía, pero en el acto sus heridas de antes volvieron, derribándolo sobre la arena. Las piernas le fallaron llenándolo de dolor y por dentro sintió el ardor de su propia sangre corriéndole en libertinaje entre las entrañas. El oleaje, aunque paupérrimo, le atacaba azotándole el rostro.
-¡Pídelo y te vuelvo a salvar! –gritó Beleth entre risas y Erika lo tomó de los brazos. Se sacudió liberándose de sus finas manos y en consecuencia cayó de cara contra el mar. Le costó erguir el cuello y retomar aire. Prosiguió su camino, arrastrándose permitía que el océano lo tragara. Mientras Beleth se ahogaba también entre risas cavernosas. Erika comenzó a llorar y con cada lágrima su bello cuerpo se vio revelado, llenándose de arrugas y manchas cafés. 
       Llegado el punto su cuerpo comenzó a flotar y con las manos remó acercándose a la balsa. Sus compañeros le arrojaron un salvavidas. Terco lo alcanzó y al tomarlo agachó la mirada mientras era jalado hasta la embarcación. No voltearía la mirada. Se sentía fallecer, el cuerpo enteró se engarrotaba acompañado de un discreto tiritar. A lo mucho logró alzar la vista y de entre las nubes de lluvia pudo ver un rayo de sol, que se abría paso clareando el cielo.

jueves, 23 de mayo de 2013

V. Herr Adler Kurtz


Los ojos de Santiago se abrieron de golpe, mostrándole una oscuridad que comenzaba a ceder paso al sol.
Respiraba agitado, víctima de un sueño donde él y Erika, de nuevo deshacían la cama. Pronto cayó en cuenta de que no se trataba de un evento onírico, sino de un recuerdo. Igual que la mañana anterior, Erika yacía desnuda a un costado suyo, mostrándole la espalda, acurrucada y completamente dormida. Para colmo a él le dolía el vientre bajo y tenía demasiadas ganas de orinar. No le quedó más opción que irrumpir en el baño y liberar la presión en su vejiga. Mientras lo hacía, su consciencia comenzó a molestarlo. Sencillamente no encontraba explicación, hacía tiempo que sus heridas habían sanado y de que Adler le había promedito dejarle partir. Aún así, seguía ahí, prometiéndose huir, pero en lugar de eso, pasaba las noches teniendo sexo con Erika. Ella era lo único que no le provocaba sentirse atrapado, pero tampoco le servía de aliciente para quedarse, olvidarse de sí mismo y fingir que la extraña realidad en la que habitaba, no merecía mayor atención. 
            Salió del baño y recuperó el uniforme. Trató de vestirse a pesar de la parquedad luminosa y el rostro apacible de Erika. Se calzó las botas, lanzando miradas escuetas a la ventana, tratando de intuir la hora. Ignoraba el momento exacto en el que sol se asomaba por el horizonte en la tierra de Kurtz. Aunque podía verlo en su intento por lanzar rayos más potentes, las nubes de lluvia le complicaban leer la hora. Le pareció increíble que siguiera lloviendo. 
            Se dispuso a salir de la habitación, dudó en el momento en que puso mano en el cerrojo, pues nacía en él un deseo por despedirse de Erika o en todo caso, convencerla de huir con él. Mejor no. Ella era muy peculiar para el mundo real, además, sería injusto dejar a Adler sin su hija. Ya de por sí le pesaba no poder ayudarle desposándola. Tal conclusión le golpeó la memoria, haciéndole recordar la reunión que sostuvo ayer con Herr Adler. Ahí fue cuando el doctor le inyectó quien sabe que basura que le adormiló el cerebro y le sirvió de estímulo para entregarse a los brazos de Erika. Pensándolo bien, saldría de la alcoba en silencio e iría a visitar la morada de Adler. Le sacaría la verdad de una buena vez. 
            Caminó por el corredor, en silencio, sigiloso hasta detenerse ante la habitación de Adler. A pesar de la similitud entre puertas, pudo distinguirla. En cuanto la vio, también en su mente se materializó el rostro de aquel anciano, a quien persiguiera por toda la casa. El maldito viejo que lo trajo acuestas en la carreta. Si lo volvía a ver, le preguntaría más que el nombre. 
            Abrió la puerta con delicadeza. Como lo supuso, el sol viajaba con rapidez y la luz de mañana comenzaba a superar por completo a la oscuridad. Así le fue más fácil advertir la presencia de Adler, recostado en la cama. Se veía distinto. Su abultado cuerpo lucía raquítico, el cabello pintado de blanco y la respiración susurrante. Igual que cuando lo vio reflejado en el espejo. El cual dicho sea, esperaba a un costado de la cama, colgado de la pared, presumiendo el reflejo de Santiago. No pudo evitar dirigirle la mirada y atónito, verse a sí mismo. En el cristal sus heridas seguían vigentes, la pierna rota, el brazo diezmado y cortadas en la frente. Llevaba inclusive rastros de arena en las ropas. Tuvo que dejar de ver, Adler le hablaba en voz baja. Se arrodilló ante su lecho para poder escucharlo.
-Beleth –dijo entre susurros, repitiéndolo un par de veces-.
-Perdón, pero no entiendo –dijo Santiago y gracias al silencio de la casa, pudo escuchar una serie de pasos. Buscó escondite, encontrándolo finalmente en el armario, donde se encerró. Afortunadamente el marco de la puerta dejaba una pequeña abertura que le permitía ver dentro de la habitación. 
            El doctor y la mucama entraban. De nuevo él con su maletín y el mandil ceñido, y ella con el tazón abrazado al pecho. Pasaron a sentar el maltrecho cuerpo de Adler en la silla que precedía a la cama, y respingándole las mangas, le conectaron la sonda para sacarle otra poca de sangre. Siguieron el procedimiento cual lo mandaba la rutina y ambos bebieron el plasma del señor Kurtz. Después lo regresaron a su lecho, arropándolo como si de nuevo fuera a dormir. 
            En cuando la habitación quedó despejada, Santiago salió de su escondite. Adler insistía repitiendo la misma palabra.
-El anciano –agregó en un esfuerzo por elevar la voz y con ello logró sacudir la mente de Santiago-.
-¿Habla del anciano que me trajo en la carreta?
-Beleth –repitió Adler con un leve asentimiento de cabeza. Mismo que provocó un escalofrío en Santiago, haciéndole recordar el día que conoció a Herr Kurtz. Le preguntó por sus pertenencias y él le respondió, que Herr Beleth las tenía.
-¿Qué sucede con él? –preguntó acercándose tanto como pudo. Inclusive le sostuvo la mano, que no dejaba de tiritar-.
-La casa –dijo susurrante- todo, no existe. Es él, sólo es él… vete, sal de aquí. 
            Tuvo que dejar de escuchar, Erika gritaba, su escandalosa voz invadía toda la casa y de paso, alimentaba el miedo que crecía en Santiago. Se sentía igual de aterrado como cuando el helicóptero comenzó a desplomarse. Podía escuchar la alarma, parcialmente silenciada por las aspas girando erráticamente. 
            Dejó en la cama a Adler y salió disparado por el corredor. Supuso que Erika corría peligro, que quizá el doctor y la mucama le echaban mano. A los dos los vio subiendo por las escaleras. Le pidieron calma y les respondió con palabras altisonantes. Erika seguía gritando, acusándose de haber sido abandonada. 
            Al llegar a la habitación cerró la puerta y la atrancó con la silla. Después buscó a Erika. Esperaba de pie, parada justo ante la ventana, mostrando la espalda. Se había cubierto el cuerpo con aquel vestido escotado. Ahora que la veía ahí, impávida y en silencio, le pareció una mala idea haberse encerrado. Lanzó una mirada rauda. Buscaba algún objeto que pudiera servirle de arma. No encontró nada útil.
-Usted no me ama –dijo Erika sin voltear la mirada-. Admítalo, piensa abandonarme. 
            Trató de pensar bien su respuesta. Por desgracia el doctor llamaba a la puerta. La golpeaba con desesperación. Mientras Raquel con palabras melosas, pedía a Santiago un poco de calma, pues ellos sólo querían atender a la hija de Herr Kurtz.
-Dígame –continuó Erika-, ¿por qué me detesta?, ¿qué hice para merecerme su desprecio? Velé por usted en las noches, le hice compañía, le entregué mi cuerpo y aún así no está satisfecho… ¿qué más necesita?
-Nada –respondió sin querer expresarse de esa manera. Su pecho le exigía más espacio, de lo contrario el corazón le rasgaría la piel, palpitando con vehemencia.
La puerta se azotaba con cada golpe, pero por más que lo hiciera, no se animaba a contenerla. Se mantenía helado, viendo como la silla temblaba, esperando el momento para ceder.
-¿Nada? –Prosiguió Erika, acompañada por las voces del doctor y Raquel, quienes pedían entrada libre-. Eso no fue lo que me dijo cuando lo encontré en la playa. ¿Ya lo ha olvidado? Me pidió vivir, ¿lo recuerda? 
            Los ojos de Santiago abandonaron la puerta y se fijaron en Erika, sólo a ella la escucharía. Ya no habría golpes a la puerta, ni siquiera el susurro de las gotas de lluvia golpeando en el cristal de la ventana. Nada se oiría a excepción de su voz.
-Tú no estabas en la playa –dijo mientras en su mente repasaba desde el instante en que la alarma sonó, hasta el momento en que el impactó lo lanzó fuera del helicóptero, haciéndolo rodar por la arena, rompiéndole la pierna y provocándole heridas internas que lo adormilaron, dejándolo inconsciente.
-Yo lo salvé de la muerte –dijo Erika acelerando aún más las palpitaciones de Santiago-. Y ahora huye de mí, me niega. ¿Qué no desea vivir por siempre?, ¿qué no fue eso lo que me pidió antes de cerrar los ojos, vivir? 
            Las palabras de Erika las recordaba como simples deseos que expresó en su mente, a decir verdad nunca los tomó en serio. Fue el delirio de sentir el cuerpo pesado y somnoliento, a sabiendas que en medio de la playa nada había más seguro que la muerte.
-¿Quién eres? –preguntó y el golpe seco en la puerta le hizo estremecerse. Erika se dio vuelta. Su rostro había sido suplantado, no era juvenil, ni femenino o terso. Si no la fiel estampa de aquel anciano que lo sacó de la arena. 
            La puerta cedió finalmente, la silla quedó tirada en el suelo y Gilbert entraba acompañado de Raquel. Sin embargo sus rostros sufrían del mismo mal que aquejaba la tez de Erika. Presumían marcadas arrugas y una papada alicaída. Aunque sus voces seguían siendo las mismas. No vio más opción que perder el habla y en un despertar de sus músculos, encerrarse en el baño. Ahí pudo recobrar el aliento y de pasó, vomitar en el lavamanos, un líquido blanquecino que le lastimó la garganta. Sin notarlo hablaba solo y en voz baja, repitiéndose que lo que había visto, no podía ni debía ser real. Se lavó la cara y mientras el agua le escurría por la barbilla, los tres llamaron a la puerta, a razón de delicados golpecitos. Apresuradamente puso mano en la perilla y la sostuvo con fuerza, soltando maldiciones, llenándose de sudor por el esfuerzo. Desesperado buscaba una salida. Había una ventana en la pared contigua. Pequeña, pero lo suficientemente espaciosa para permitirle salir.
-Déjame entrar Santiago –se escuchó la voz del anciano, pudo reconocerla. Nunca olvidaría ese timbre aguardentoso-. 
            Como respuesta golpeó la puerta, intentaba con eso silenciar su mente, escuchar sólo el propio golpeteo. Desahogó la desesperación que lo dominaba con impactos secos a la madera y maldiciones, improperios que condenaban a la mansión, al anciano y cada persona que habitaba la casa. Finalmente, cuando se hubo cansado, descubrió que ya nadie llamaba. Escéptico pegó oreja. Aunque no escuchó nada más allá de la lluvia, podía jurar que alguien esperaba en la habitación. Prefirió mejor aprovechar la oportunidad, abrir la ventana y salir, en lugar de averiguar de quien se trataba.   

jueves, 16 de mayo de 2013

IV. Herr Adler Kurtz



Al despertar descubrió que la cabeza le punzaba, golpe a golpe lastimándole las sienes. Un dolor que por desgracia tuvo que posponer, pues le dolía más tener la memoria en blanco. De nuevo estaba en la cama, pero con la diferencia de haber perdido las vestiduras y navegado toda la noche entre las sábanas, desnudo y en compañía de Erika. Ella aún dormía. Su vestido escotado esperaba en el suelo, entremezclado con su uniforme militar.
            Tenía sed, recordó entonces la cena, pero más aún el aroma de Erika. Le agitaba los recuerdos, provocándole un escalofrío que lo llevaba a deshacer el semblante y agitarle la respiración. Maldijo en voz baja. Acto seguido abandonó la cama para recuperar el uniforme. No tenía otra prenda que ponerse. Apestaba a tabaco, alcohol y a ella. Ya lo había decidió, esa misma mañana se largaría de una buena vez.
            Al salir de la habitación procuró caminar despacio. Toda la mansión aguardaba apacible, sólo se escuchaba el tenue sollozar de la lluvia que continuaba azotando la región.
A punto estuvo de sobrepasar el último escalón y adentrarse en piso de azulejo monocromático, cuando escuchó pasos. Presuroso se escondió tras el barandal de mármol, musitando una plegaría. Raquel cruzaba la recepción. Llevaba en las manos un tazón de cerámica, grande y profundo. Desapareció junto con él al empujar un par de enormes y delgadas puertas. Al verse de nuevo en soledad, tuvo la pulsión de indagar sobre la rutina de la mucama. Salió pues de las escaleras y aguardó a un costado de aquellas puertas. Pudo escuchar la voz del doctor Gilbert. No les podía entender, hablaban una lengua extraña. En cuanto asomó mirada notó que ambos se aproximaban. Logró esconderse tras una gigantesca maceta que custodiaba la esquina. Desde ahí vio al galeno acompañado de la sirvienta, doblar a la izquierda y subir las escaleras. Ella con el tazón y él con su maletín de utensilios médicos. Pero también, con un mandil ceñido a la cintura.
            Esperó el momento oportuno para salir de su escondite y volvió a pisar escalones relucientes. La curiosidad lo dominaba. Ansiaba saber que se traían entre manos Gilbert y Raquel. En un principio supuso que planeaban algo en contra suya, para volverlo a dormir y confundirlo. De eso estaba seguro, el famoso té de Kurtz y todas las demás cosas con ese nombre, no eran sino drogas con las que buscaban desquícialo.
            Caminó por un corredor ancho, hacía la izquierda, alejándose de la habitación donde lo contenían. Lo recibieron, cuando menos, una decena de puertas. Afortunadamente supo ante cual detenerse, pues un gemido doloso le susurró. La entrada esperaba ligeramente abierta. Por la abertura pudo ver a Adler. Esperaba sentado en una silla frente a su cama. Le habían conectado una sonda al brazo, de donde le extraían sangre que caía en el tazón. Raquel esperaba a un lado y el doctor revisaba los signos viales de Herr Kurtz. Santiago trató de no exagerar las cosas, quizá lo que veía formaba parte de un procedimiento médico. Sin embargo, sus ojos lo pusieron en alerta. Ellos advirtieron que en la pared descansaba un espejo de cuerpo completo. En su reflejo se podía ver a Adler sentado, solo, sin nadie más que le revisase las pulsaciones o aguardara cerca. Además, la imagen que proyectaba el cristal, no mostraba a un hombre de cuerpo abultado, sino a un anciano raquítico con señales cadavéricas en el rostro. Parpadeó mientras la garganta se le secaba. Apartó la mirada del espejo y llenándose de terror, vio como Raquel bebía del tazón, la sangre de Herr Adler. Después Gilbert le hizo segunda.
            Dejó de mirar. De haber tenido el arma, habría entrado y vaciado el cargador agujerando el cuerpo del doctor. En lugar de eso, el destino le permitió ver de nuevo el rostro del anciano que lo trajo a la mansión, a cuestas de una maltrecha carreta. El viejo esperaba al inició del pasillo. Sorprendido de ver a Santiago husmeando. No le dio tiempo a preguntas, de inmediato se giró y salió corriendo. Santiago dio pie a la persecución. Hizo cuanto pudo por trotar en silencio, eso le aminoró el paso. En el fondo entendía que su intromisión, muy seguramente habría sido advertida por la mucama o el galeno.   
            El anciano bajó las escaleras a toda prisa. Para su edad y baja estatura, aún tenía celeridad en los pies. Santiago se vio en problemas de seguirlo. Apenas si lo pudo ver atravesar la recepción y llegar hasta la puerta principal, la cual abrió dejando paso libre al viento y gotas de lluvia. No lo dejaría escapar, estaba dispuesto a sacarle la verdad a base de golpes y torturas.
Afuera de la mansión la tormenta lo recibió, salpicándole lodo en las bostas. Los árboles se mantenían estoicos ante el azote de la tempestad. Mientras el suelo de piedra y tierra, yacía convertido en un sutil lago color café, que absorbía el golpeteo de las gotas, aminorando el sonido de los pies presurosos del anciano. Aún así pudo seguirlo. Lo persiguió por las laderas de la mansión, cruzando un estrecho sendero que por el costado presumía un abismo protagonizado por árboles y piedras prominentes. Creyó ver al viejo adentrarse por una puerta diminuta y de madera avejentada. Pero cuando la empujó, se encontró en la bodega de la casa, acompañado de vegetales y algunas gallinas enjauladas. Caminó en silencio. Encontró en una mesa un cuchillo y lo tomó, en caso de tener que defenderse. Otra puerta esperaba, entreabierta y permitiendo el paso de luz cálida.
Había llegado hasta la cocina. No había nadie, sólo los utensilios y el horno calentando el recinto.
-¿Qué hace usted aquí? –escuchó la voz de Raquel y de inmediato se puso en guardia.
            Ella entraba acompañada por un cuarteto de mujeres, quienes seguramente atendían la concina. Santiago supuso que lo mejor sería aparentar normalidad. Así que recompuso la postura y se sorbió la nariz. 
-Tenía sed –dijo entregándole el cuchillo a una mujer ganada en peso-. Baje buscando agua, pero alguien se metió y creí que, pues…
-Mire como está –continuó Raquel entregándole el tazón a una de sus ayudantes, quien de inmediato lo puso en el fregador-. Se ha empapado. Tendré que lavarle la ropa…
-No, no hay problema –dijo sacudiéndose con las manos-.
-Claro que lo hay –dijo ella, por primera vez mostrándose enérgica-. Herr Adler espera que lo acompañe para tomar el té de la tarde. Es inaceptable que se presente así.
            Aceptó despojarse del uniforme y tomar un baño. Cosa que hizo en su habitación, dentro de la tina, y con la mirada fija en la puerta. Hablaba solo, atendiendo sus pensamientos con la espera de trazar alguna conclusión asequible. Sin embargo su concentración estaba a prueba, sentía que la puerta del baño pronto se abriría y Raquel o el propio Gilbert entrarían. Aunque a decir verdad, temía más que fuese Erika la que cursase el umbral. Ante ella no sabría cómo actuaría. Afortunadamente ya no la encontró recostada, desnuda en su cama. Si no estaría junto con él en la tina.
En la noche escaparía. Pensándolo mejor, al amanecer, el clima lo mataría si se aventuraba a salir con la luna como testigo. Desconocía el terreno. Lo menos que deseaba era caer por alguna ladera o ser víctima de un riachuelo que arrastrase junto con él, ramas y piedras.
            Ya entrado el ocaso, cumplió los deseos de su anfitrión y esperó en una peculiar sala; con el uniforme limpio y planchado, observando las paredes recubiertas por un gigantesco librero, acompañado por un reloj de péndulo y una ventana que presumía las cortinas desplegadas. En la mesita de centro, el té, protagonizado por un juego de porcelana. Había también confiterías. Herr Adler entró a los pocos minutos, apoyándose en un bastón, caminando lento. Seguía robusto, pero con el rostro un poco pálido. Aún así, Santiago lo veía raquítico, con la carne aferrada al hueso. Le costó mirarlo a los ojos.
-Té de Kurtz –dijo una vez tomó asiento en un canapé. Sus palabras salieron sin la energía demostrada durante la cena de ayer, sonaron más a un susurro soltado con aire estridente-.
-No encontraré mejor –interrumpió Santiago con una sonrisa, aunque sus ojos buscaban ver entre las ropas de su anfitrión, señal alguna que le indicase que lo visto en la mañana, no fue una burda alucinación. Siguió el protocolo y también se sentó en otro mueble similar-.
-Así es Herr Santiago –dijo revolviendo un par de cubos de azúcar en aquel líquido verdoso. Santiago no bebería, lo tenía resuelto, nada entraría en su boca antes de huir-. Quiero ir directo al grano, ¿si me lo permite? Perfecto. Herr Santiago. Veo en usted un hombre inteligente, decente y singular. Y de la misma manera, usted ya debió ver en mí cualidades semejantes-.
-Bueno sí –dijo agitando el té, sólo para calmar la mirada de Adler, quien advertía que su invitado evitaba beber-. Lo normal.
-¿Lo ve? –dijo entre risas, aunque éstas sonaron lentas y cansadas-. Ahí está de nuevo. Usted es único, Herr Santiago. Igual que yo, sólo que con más suerte. Yo ya soy un viejo olvidado, sin nadie con quien compartir lo que tengo. Vivo ahogado por enfermedades y preocupaciones. Principalmente, temó por mí querida Erika.
            En cuanto lo dijo Santiago tragó saliva. Su mente se revolvió en concusiones aceleradas y recuerdos. Temió que Adler se hubiese enterado de que él y Erika habían dormido juntos. Así que balbuceó mientras buscaba una respuesta convincente.
-¿Estaría usted dispuesto? –Escuchó tras dejar el nerviosismo de lado-.
-¿Eh?, perdón, es qué no le puse atención –dijo con sonrisa discreta y Herr Adler le correspondió curveando los labios-.
-Le pregunto –dijo tras beber un poco de té-, si estaría dispuesto a desposar a mi hija. Convertirte en mi heredero y darle a un viejo como yo, la tranquilidad de poder dejar este mundo en paz.
            Su respuesta fue silencio, incómodos segundos en los que sólo el sonido de la lluvia hablaba. Hostigándolo a romper su promesa y en un arrebato, beber de la taza. Controló sus impulsos rascándose la cabeza.
-Bueno yo –dijo mientras Adler lo miraba fijamente-. Gracias, pero… yo no puedo quedarme. Lo siento. Te… tengo cosas que hacer…
-Le entiendo Herr Santiago –interrumpió con ecuanimidad-. Por eso me agrada. Es usted un hombre Honesto y responsable. Comprometido con su palabra. Mañana mismo cumpliré mi pacto. Arreglaré todo y pronto estará de vuelta en el frente de batalla.
            Santiago no pudo evitar estremecerse. Su memoria le advirtió, haciéndole recordar la cena y ver la imagen de Adler levantando su copa, brindando a su salud y garantizándole su libertad.
-¿No le ha gustado el té? –Preguntó Adler, sacándolo de sus pensamientos-. Comprendo –dijo antes de que Santiago pudiera expresarse-. Yo tampoco debí beberlo –dijo y una sensación extraña irrumpió en el estomago de Santiago-. Ya es tarde para mi… yo, en su lugar, no volvería a beber nada. 
          Súbito abandonó el canapé, mientras Adler se disculpaba anteponiendo las manos. No pudo reclamarle nada, algo le atacó el cuello. Una jeringa que el doctor Gilbert le encajaba con premura. Logró quitárselo de encima, pero la sustancia había alcanzado sus venas. Quiso defenderse, moler a golpes la cara del doctor, pero la vista se le nublaba y las piernas le fallaron haciéndolo caer contra el piso alfombrado.