Su
escape por la ventana lo llevó a caer sobre una terraza que presumía las
puertas cerradas. Desde ahí quedaba una caída libre al desfiladero, seguido por
los riachuelos provocados por la lluvia. Santiago contuvo la respiración para
pensar por un momento. Mientras tanto la tormenta le lanzaba gotas en la
cabeza. A unos metros de la terraza quedaba tierra firme. De ninguna manera la
alcanzaría de un salto. Hizo sus cálculos y parándose en el pasamano de madera,
advirtió que en todo caso podría atinar a una inmensa piedra, siempre y cuando
el torrente del agua no lo arrastrase. Después de ello sólo tendría que escalar
un par de peñascos y llegaría a la superficie. Ya no tenía intenciones de poner
pie dentro de la mansión, estaba convencido que de hacerlo, difícilmente podría
salir de la casa.
Optó por saltar, aunque al caer se
lastimó la rodilla, golpeándola contra la roca. El incidente logró provocarle
una herida sangrante y un punzón que le obligaba a morderse los labios. Aferrado
a su estirpe militar, se armó de arrestos y escaló a pesar del dolor y el golpeteo
del agua que caía a manera de cascada por entre las piedras. Alcanzada la
proeza el cielo le reclamó con un relampagueo que intensificó la lluvia,
oscureciendo el sol como si la tarde hubiese caído a plomo. Nubes negras
lanzaban gotas gordas con desplante. Santiago las miró con desdén y arrastrando
la pierna lastimada, comenzó a caminar. Había un sendero más adelante que
bajaba hacia el bosque. Por el momento se asemejaba más a un tobogán por donde
la arcilla comenzaba a pigmentar el agua, llevándose consigo hojarasca y
delgadas ramas. Presuroso se acercó, temiendo que la gente de Kurtz viniera
tras de él.
Se adentró en el bosque lo más que
pudo, sirviéndose de los árboles para sostenerse y evitar que los hilos de lodo
lo confinaran a caer. Parecía que bajaba desde un cerro prominente, una
pendiente muy inclinada sin fin aparente. Continuamente volteaba la mirada. Al
principio le costaba diferenciar más allá de la naturaleza y el agua. Pero pronto
pudo distinguir a lo lejos, un trío de luminarias incandescentes. Prestó oído y
en un desliz del viento, escuchó su nombre, pronunciado por la voz del anciano
Beleth. Lo maldijo sintiendo en su corazón el despertar de ese miedo que lo
acompañó mientras el helicóptero caía. Como pudo apretó el paso.
Siguió su errático andar, caminando
cuesta bajo, aferrándose a la línea que dibujaba el camino. Por momentos lo
perdía de vista. Era bastante agua la que caía y las imperfecciones del sendero
a veces lo hacían lucir igual que la misma tierra revuelta y húmeda del bosque.
Tras de él seguía escuchando su nombre. En ocasiones le creía distinguir la voz
de Erika, llamándolo con la voz entrecortada. De inmediato la recordaba
desnuda, y a regañadientes se reprendía por revivir ese tipo de memorias que le
sembraban duda y le sugerían que tal vez exageraba al huir de esa manera.
Finalmente sus piernas no
resistieron el bajante y le hicieron caer. Trató de mantener la cabeza erguida,
pero la tormenta lo terminó mellando a golpe de tronco, tierra y piedras. Lo
arrastró rodando por las faldas del sendero, raspándole el uniforme, llenándole
de rasguños los brazos y piernas. Obtuvo descanso al aterrizar sobre un escueto
charco que se formaba en lo que parecía ser una carretera de tierra rojiza.
Aulló de dolor volteando el rostro al cielo. Toda la piel le ardía y su pierna lesionada
comenzaba a resentir las viejas lesiones. Apenas si pudo levantarse y seguir
caminando. Prefería morir en medio de la lluvia, que dar marcha atrás y volver
a la mansión. Estaba convencido de que la playa no estará lejos. Ahí se echaría
en la arena a descansar y después vería la manera de continuar.
Se siguió por la carretera hasta que
su vista lo detuvo. Al parecer había llegado hasta las faldas de la montaña y
justo ahí, en un claro pantanoso, aguardaba una cerca que resguardaba cuatro
lápidas. Se acercó para mirarlas de cerca. Las tres primeras tenían los nombres
erosionados y difícilmente se podía distinguir más allá de algunas letras. La
última fue la que lo dejó inmóvil, helándole el cuerpo de por si mojado y atacado
por el frió del agua pluvial. Esa sí mostraba el epíteto completo. Las palabra
Herr Adler Kurtz le provocaron un calor en la cabeza y el pecho, pero más la
fecha que aguardaba debajo, 1885-1940. Limpiándose el agua que le escurría por
la cara tragó saliva. Encontró otra lápida, esperaba a cuestas, parcialmente
hundida. Acercándose trató de leerla. Tuvo que arrodillarse para limpiar la
tierra y apartar por momento el agua. No fue necesario gastar tanto tiempo en
leerla, el grabado a bajo relieve revelaba su nombre y la fecha, se mantenía
expectante, pues sólo tenía el año 1985 dibujado. Con eso tuvo. Le escupió a
manera de repudio e irguiéndose siguió su camino.
Deambuló bajo el acoso de la lluvia,
el frío y el soplo vehemente del viento. Su rodilla dejó de moverse, así que
tuvo que arrastrar el pie. Hacía lo que podía para mantener los brazos
cruzados, para preservar algo de calor. Sin embargo llegaba el momento en que
su única pierna lúcida pedía clemencia y debía de recargarse en algún árbol
para tomar aliento. Cada momento de respiro propiciaba un mayor despliegue de
gotas vertiginosas. Trató de ignorarlas tanto como su cuerpo se lo permitió.
Pasó horas caminando, aunque el paisaje seguía mostrándose sombrío. Por fin
pudo ver algo de cordura, cuando distinguió que el suelo dejaba de ser de
tierra rojiza, para presumir arena entremezclada. Apresuró el paso y pronto sus
ojos encontraron la costa. Parándose en una escueta loma lanzó mirada. El
helicóptero seguía ahí, golpeado por la lluvia y parcialmente tragado por la
playa. Sobre el agua de mar descansaba una delgada capa de neblina, pero a él
lo que le llamó la atención, fue ver un bulto acostado cerca de la carcasa
retorcida.
De manera atropellada abandonó la
loma, acercándose a aquel cuerpo que reposaba acosado por cangrejos de coraza
rojiza. Atacaban la piel pálida de un hombre vestido de militar y cuyo
semblante representaba la viva imagen de Santiago. Al verlo los labios le
comenzaron a tiritar y en un arranque de furia comenzó a espantar a los crustáceos.
A gritos y manotazos trató de ahuyentarlos, pero ellos le replicaron alzando
las tenazas, atacándole las manos o en su defecto, apartándose ligeramente. No
podía creerlo, a penas si lograba hilar recuerdos. Verse ahí, tirado en la
playa, blanco y amoratado, con pedazos de carne faltante en el rostro y los
brazos. No podía ser él. Debía tratarse de alguno de sus compañeros, ¿pero
quién? Ni siquiera recordaba sus caras.
Fúrico inició embestida contra el
difunto. Como pudo lo pateó, aunque eso le costó caer repetidas veces. A base
de gritos le instaba a despertar. Lo abofeteó y tomándolo de las comisuras del
chaleco antibalas, lo sacudió mientras le gritaba. Sin advertirlo lloraba,
prefería pensar que se trataba de gotas de lluvia que le recorrían las mejillas
y la nariz. Desesperado terminó por maldecirse a sí mismo, negar aquel cuerpo
que lo representaba en la playa. Él estaba vivo, no había muerto en la arena.
Fue sacado, llevado a una cama y curado de sus heridas.
Arremetió por última vez. De rodillas
juntó las manos entrelazando los dedos y formado el proyectil, golpeó el pecho
del cadáver. Recibió respuesta. Súbito abrió los ojos lanzando un gemido casi
afónico que le hizo llenarse de terror y pedir disculpas. Retrocedió de
inmediato y los cangrejos volvieron a terminar el trabajo. Santiago permaneció
de pie, viéndose ser devorado. Escuchó un estruendo. Volteó la vista a la
playa, una bengala centellaba y entre la estela gris, una balsa de color negro
se aproximaba.
-¡Buen
día! –escuchó tras de sí y al voltear mirada se encontró con el anciano Beleth.
Traía ceñida la cuerda que jalaba la carreta, pero está vez prefirió no
responderle. Negó con la cabeza y comenzó a caminar en dirección a playa.
-¿A
dónde vas Santiago? –Gritó el anciano entre risas-. ¿Ya no quieres vivir?
-¡Lárgate!
–Le contestó faltando a su palabra, deteniéndose al momento en que el mar le
bañó los pies-.
-El
mar es grande muchacho –dijo liberándose la cintura-. No sabes a donde te
llevará
Quiso contestarle, pero volteando
mirada vio a la distancia a Erika, caminaba desnuda hacia él, con los brazos
extendidos y los ojos rojizos de tanto llorar. Retrocedió para evitarla. En el
mar seguía la balsa. Notó que abordó viajaban sus compañeros, le hacían señas
pidiéndole se adentrase en el mar. A ellos sí los escucharía, pero en el acto
sus heridas de antes volvieron, derribándolo sobre la arena. Las piernas le
fallaron llenándolo de dolor y por dentro sintió el ardor de su propia sangre
corriéndole en libertinaje entre las entrañas. El oleaje, aunque paupérrimo, le
atacaba azotándole el rostro.
-¡Pídelo
y te vuelvo a salvar! –gritó Beleth entre risas y Erika lo tomó de los brazos.
Se sacudió liberándose de sus finas manos y en consecuencia cayó de cara contra
el mar. Le costó erguir el cuello y retomar aire. Prosiguió su camino,
arrastrándose permitía que el océano lo tragara. Mientras Beleth se ahogaba
también entre risas cavernosas. Erika comenzó a llorar y con cada lágrima su
bello cuerpo se vio revelado, llenándose de arrugas y manchas cafés.
Llegado el punto su cuerpo comenzó a
flotar y con las manos remó acercándose a la balsa. Sus compañeros le arrojaron
un salvavidas. Terco lo alcanzó y al tomarlo agachó la mirada mientras era
jalado hasta la embarcación. No voltearía la mirada. Se sentía fallecer, el
cuerpo enteró se engarrotaba acompañado de un discreto tiritar. A lo mucho
logró alzar la vista y de entre las nubes de lluvia pudo ver un rayo de sol,
que se abría paso clareando el cielo.