Daniel Arturo Guerrero Álvarez
Sencillamente,
todo lo que tenía ante la mesa era verdaderamente demasiado alimento. De
entrada sopa de fideos y después filete con zanahorias, calabazas y champiñones
cocidos, acompañados por una coqueta ensalada. Ésta última, la única que le
llenaba el ojo y afortunada de entrar en la categoría de “autentica comida”.
Nada más deseaba que ingerir cualquier cosa menos carne, grasas y harinas.
Seguramente el exagerado bufet, formaba parte de un concienzudo complot por
parte de su madre. Ella no la entendía. Acababa, según palabras de la báscula,
de subir cien gramos y su adolecente cintura comenzaba a ser interpretada como
destino predilecto para cúmulos de tejido adiposo. Así nunca podría ser delgada
y nadie se figaría en ella. De por sí que no había mucho que hacer contra la
herencia familiar. Tenía que aceptarlo, bonita, así lo que se entiende por
modelo estándar de belleza, no era. Por lo tanto la última carta que le quedaba
dependía de que también cuidara su figura. Sin embargo con aquellos atracones
dispuestos por su madre, sería muy difícil. Ella estaba empecinada en acercarle
comida, so pretexto de notarla demasiado delgada, cosa que, según eso, podría
traerle complicaciones de salud. Tener un peso de 50 kilogramos, para una jovencita
de 16, estaba justo en el límite de los riesgos permitidos, a decir de expertos
que prestaban opinión en programas de televisión y revistas de chismes.
Supuestamente, un peso tan parco podría provocarle diversos padecimientos,
desmayos y Dios no lo quiera, pero hasta un infarto. Al final de cuentas,
palabras más o menos, comida abundante o no sobre la mesa, la constante dictaba
que tanto madre como hija terminarían disgustadas, pues ninguna daba brazo a
torcer. Por lo tanto, al ver el enorme trozo de carne y la inmensa cantidad de
zanahorias, decidió no comer, mejor reñir y salirse con la suya, escapándose a
su recamara para gastar las horas en la computadora y más tarde bajar por
cualquier confitería que le ayudara a dormir sin reclamos intestinales.
La mañana siguiente, siguió la
costumbre y muy temprano esperaba sentada a la mesa, no sin antes lanzar una
mirada animosa a su madre, quien comía un par de rebanadas de pan con
mantequilla. Sencillamente le fue repulsivo, con razón estaba tan gorda. De ninguna
manera permitiría que su ejemplo la arrastrara, así que prefirió irse sin
desayunar. Y aunque su madre reclamó, le dejó en claro que no aceptaría
consejos de mujeres con evidente sobrepeso.
Pasó fuera de casa toda la mañana,
en la escuela, estudiando arduamente. Al regresar encontró a su madre sentada
frente al televisor, comiendo directamente de un frasco de mantequilla de maní,
algo verdaderamente nuevo y fuera de lo imaginable. Le sorprendió demasiado,
sobre todo al escucharla reír a carcajada escandalosa, conteniéndose sólo para
seguir comiendo, ayudándose con la mano. Le peguntó si todo estaba bien y ella
le contestó pidiéndole le contara sobre su día en la escuela. Sin embargo no
pudo responderle, la sonrisa manchada de cacahuate molido, le llenó de asco,
provocándole un escalofrió.
Más tarde las dos esperaban, sentadas
con la mesa como intermediario, la llegada del esposo y padre. La hija cuidando
la postura y la esposa comiendo pan de caja, casi de manera compulsiva. No
necesitaba hilar tantos hechos para darse cuenta de que algo andaba mal con su
madre. Si bien siempre fue de huesos anchos, nunca había demostrado tal
obsesión con la comida, al grado de lucir desesperada por llevarse algo a la
boca, lo que fuese. “Es para matar el hambre”
dijo al sentir la mirada de su hija y ella le contestó con una falsa
sonrisa. Finalmente comieron los tres, en familia y en silencio, ligeramente
interrumpidos por el estrepitoso ruido de las vehementes mandíbulas de su
madre, quien dicho sea, había cocinado demasiado. Un poco de pasta, pastel de
carne, papas de guarnición, ensalada, crema, pollo empanizado, etc. Por otro
lado el jefe de familia se limitaba a asentir con la cabeza, a cada reclamo o
sugerencia venidos de su hija. “Sí, sí. Ya lo noté” decía sin mostrar el menor
interés y por lo tanto ella prefirió sólo comerse la crema, despacio para no
llamar la atención.
Por la noche la despertaron la
preocupación, el hambre y un ruido inusual permeándose por toda la casa, algo
pernoctaba en la cocina. Temerosa se asomó, encontrándose con la luz que
emanaba del refrigerador. Sentada en una silla, la abultada figura de su madre
consumía huevos crudos, leche, salchichas, todo lo que no requiriera ser lavado
o cocinado. De un día para otro se había transformado en una gigantesca masa
que apenas si encontraba cabida en el asiento, desbordándose por los lados.
“¿Todo bien?” preguntó aquella figura amorfa, repleta de ondulaciones y sudor
“¿no puedes dormir?”. Le contestó con respeto, como si todo estuviera bajo control
y mejor dio media vuelta para dar aviso a su padre. Alguien debía poner un alto
a la situación. No lo encontró en la habitación, sino en la sala, acababa de
llegar de una travesía nocturna, cargado de bolsas y cajas repletas de comida
del supermercado. “Tu madre tiene hambre” dijo haciendo esfuerzo para dejar las
últimas bolsas sobre el sillón más cercano, “espero que sea suficiente, ya no
tengo dinero. Tendré que sacar más o hacer algo”.
Al día siguiente tenía miedo de
regresar a casa. En cuanto sonó el timbre, deseó haber dado cualquier cosa por
pasar la tarde con alguna de sus amigas, pero su padre la sorprendió. Argumentó
tener tiempo de sobra, ya que había renunciado a su empleo; por qué ahí no
ganaba lo suficiente para poder comprar el alimento que su esposa necesitaba.
Cualquier explicación hubiera dado lo mismo, estaba tan aturdida que
sencillamente se limitó a subir al auto y angustiada pidió un poco de orden. Al
llegar a casa nada mejoró, había una fila en la entrada. Todos los vecinos esperaban
y vitorearon la llegada de su padre, quien desde la ventanilla alzó el puño en
señal de éxito. Adentro había más personas, sentados en la sala, manteniendo la
puerta abierta. “¿Qué sucede?” preguntó aferrándose al brazo de su padre. “Tú
madre tiene hambre” contestó un señor asomándose desde la cocina y sin esperar
respuesta, comenzó a desvestirse. “Ve a tu habitación” le dijo su padre
colgándose un mandil blanco y haciendo una seña, un muchachillo de brazos
delgados se apresuró con trapeador y cubeta. Lucía la ropa manchada de sangre y
poseía una sonrisa sátira, así como un caminar inquieto, con decoro de una
ligera joroba.
Antes de correr a su cuarto decidió
dar un vistazo a la cocina. Aquel hombre corpulento yacía completamente
desnudo, recostado sobre la mesa con la cabeza al aire esperando ser cortada.
“Vamos, vete” le dijo su padre “tengo gente esperando”. Obedeció, completamente
pálida perdió el habla y se dirigió a la habitación de sus padres, sólo para
lanzar otra mirada fugaz. Sobre la cama, abarcándola por completo espera su
madre, envuelta entre sábanas, pues ya no había ropa que pudiera cubrirla.
Apenas si podía distinguirle la cara, estaba sumida en un capullo de piel bofa
y sus brazos parecían ridículas extensiones, ya inservibles, incapaces de
moverse de manera autónoma. “¿Todo bien?” preguntó esbozando una sonrisa
sardónica. Ella mejor cerró la puerta para no mirar. El mundo se había
desquiciado. Escuchó gritos, una algazara entorno al ruido de un objeto
contundente impactando sobre el piso. Presurosa llegó hasta la cocina, la
cabeza de su vecino había rodado y aquel muchachillo la levantaba, para después
limpiar la sangre que se esparcía por el piso. Dos hombres se aproximaron y
ayudaron a su padre a cargar el cuerpo. Alentados por el público lo llevaron
hasta la habitación de la hambrienta. “Te dije que te fueras a tu cuarto,
ándale”. Insistió su padre al advertir la presencia de su hija, quien no pudo
objetar, pues al ver el machete retrocedió temiendo poder ser alcanzada.
Finalmente obedeció encerrándose
entre cuatro paredes. Toda la tarde vivió en silencio el bullicio de los
vecinos vitoreando cada muerte. Así fue hasta la mañana siguiente, cuando todo
quedó en paz, siendo así la señal clara para poder salir. “Mi amor” escuchó la
voz ronca de su madre “ven”. De ninguna manera acataría dicha orden. Un súbito
temblor hizo cimbrar toda la casa y a ella le provocó ahogar un grito de
pánico. “Cariño… ven”. No lo haría, a lo mucho saldría corriendo para nunca
volver. Abrió la puerta con cuidado, molestándole el olor ferroso proveniente
del camino de sangre seca que llegaba hasta la recamara de sus padres. “Ven”,
volvieron a llamarla “tengo hambre”. Con lágrimas corriéndole por las mejillas
trató de caminar sin hacer ruido. Sus pasos resultaron inciertos y cada uno
provocaba un estruendo tal que le aturdía, quizá arrastrándose aminoraría el
bullicio. Sin embargo no fue necesario hacerlo, pues sorpresivamente su padre
la envolvió en brazos y su escuálido ayudante hizo presencia, acercándose para
abrir la puerta donde la esposa de su patrón esperaba. “La encontré” gritó ante
las suplicas y forcejeos de su hija. Tras la puerta yacía aquella masa
sudorosa, cuyo único rasgo humano quedaba representado por una diminuta cara, a
punto de desaparecer por tantas capas de grasa. Se había volcado pansa abajo,
pues su cuerpo ocupaba por completo la recamara. “Así déjala” gruñó cuando vio al escuálido muchacho traer
el machete. Después abrió ampliamente la boca. Tanto comer le había ensanchado
los labios, al grado de colgarle casi al ras del piso y su mandíbula expandido,
permitiéndole tragar sin tener que usar los molares. Su hija pidió piedad,
lloriqueando apeló a los ojos de su padre, cuyo mandil ensangrentado lo
mantenía hipnotizado con mórbidas ideas. “Tu madre tiene hambre” dijo a
regañadientes “no seas grosera”. Sin decir más la levantó, arrojándola a las
inmensas fauces de su esposa, quien tragó sin chistar y con ello dio señal de
que él sería el siguiente. Se deshizo del delantal e hincándose se puso a
disposición de su mujer, quien estirando el cuello alcanzó la cabeza y en un
raudo movimiento llevó el resto del cuerpo hacia la garganta. Satisfecha eructó
y aquel escuálido muchachillo rió al darse cuenta que tenía el camino libre.
Sin más se despidió, acompañado por los reclamos de ella, quien a pesar de
advertirlo delgado deseaba comerlo; sólo para ver si con ello lograba
tranquilizar el hambre. Desgraciadamente ya no podía salir de la habitación, a
no ser que se comiera las paredes, pero estaban demasiado resecas y le
provocarían mucha sed.