jueves, 25 de octubre de 2012

Pesadilla entre comidas

Daniel Arturo Guerrero Álvarez

 
Sencillamente, todo lo que tenía ante la mesa era verdaderamente demasiado alimento. De entrada sopa de fideos y después filete con zanahorias, calabazas y champiñones cocidos, acompañados por una coqueta ensalada. Ésta última, la única que le llenaba el ojo y afortunada de entrar en la categoría de “autentica comida”. Nada más deseaba que ingerir cualquier cosa menos carne, grasas y harinas. Seguramente el exagerado bufet, formaba parte de un concienzudo complot por parte de su madre. Ella no la entendía. Acababa, según palabras de la báscula, de subir cien gramos y su adolecente cintura comenzaba a ser interpretada como destino predilecto para cúmulos de tejido adiposo. Así nunca podría ser delgada y nadie se figaría en ella. De por sí que no había mucho que hacer contra la herencia familiar. Tenía que aceptarlo, bonita, así lo que se entiende por modelo estándar de belleza, no era. Por lo tanto la última carta que le quedaba dependía de que también cuidara su figura. Sin embargo con aquellos atracones dispuestos por su madre, sería muy difícil. Ella estaba empecinada en acercarle comida, so pretexto de notarla demasiado delgada, cosa que, según eso, podría traerle complicaciones de salud. Tener un peso de 50 kilogramos, para una jovencita de 16, estaba justo en el límite de los riesgos permitidos, a decir de expertos que prestaban opinión en programas de televisión y revistas de chismes. Supuestamente, un peso tan parco podría provocarle diversos padecimientos, desmayos y Dios no lo quiera, pero hasta un infarto. Al final de cuentas, palabras más o menos, comida abundante o no sobre la mesa, la constante dictaba que tanto madre como hija terminarían disgustadas, pues ninguna daba brazo a torcer. Por lo tanto, al ver el enorme trozo de carne y la inmensa cantidad de zanahorias, decidió no comer, mejor reñir y salirse con la suya, escapándose a su recamara para gastar las horas en la computadora y más tarde bajar por cualquier confitería que le ayudara a dormir sin reclamos intestinales.
            La mañana siguiente, siguió la costumbre y muy temprano esperaba sentada a la mesa, no sin antes lanzar una mirada animosa a su madre, quien comía un par de rebanadas de pan con mantequilla. Sencillamente le fue repulsivo, con razón estaba tan gorda. De ninguna manera permitiría que su ejemplo la arrastrara, así que prefirió irse sin desayunar. Y aunque su madre reclamó, le dejó en claro que no aceptaría consejos de mujeres con evidente sobrepeso.
            Pasó fuera de casa toda la mañana, en la escuela, estudiando arduamente. Al regresar encontró a su madre sentada frente al televisor, comiendo directamente de un frasco de mantequilla de maní, algo verdaderamente nuevo y fuera de lo imaginable. Le sorprendió demasiado, sobre todo al escucharla reír a carcajada escandalosa, conteniéndose sólo para seguir comiendo, ayudándose con la mano. Le peguntó si todo estaba bien y ella le contestó pidiéndole le contara sobre su día en la escuela. Sin embargo no pudo responderle, la sonrisa manchada de cacahuate molido, le llenó de asco, provocándole un escalofrió.
Más tarde las dos esperaban, sentadas con la mesa como intermediario, la llegada del esposo y padre. La hija cuidando la postura y la esposa comiendo pan de caja, casi de manera compulsiva. No necesitaba hilar tantos hechos para darse cuenta de que algo andaba mal con su madre. Si bien siempre fue de huesos anchos, nunca había demostrado tal obsesión con la comida, al grado de lucir desesperada por llevarse algo a la boca, lo que fuese. “Es para matar el hambre”  dijo al sentir la mirada de su hija y ella le contestó con una falsa sonrisa. Finalmente comieron los tres, en familia y en silencio, ligeramente interrumpidos por el estrepitoso ruido de las vehementes mandíbulas de su madre, quien dicho sea, había cocinado demasiado. Un poco de pasta, pastel de carne, papas de guarnición, ensalada, crema, pollo empanizado, etc. Por otro lado el jefe de familia se limitaba a asentir con la cabeza, a cada reclamo o sugerencia venidos de su hija. “Sí, sí. Ya lo noté” decía sin mostrar el menor interés y por lo tanto ella prefirió sólo comerse la crema, despacio para no llamar la atención. 
            Por la noche la despertaron la preocupación, el hambre y un ruido inusual permeándose por toda la casa, algo pernoctaba en la cocina. Temerosa se asomó, encontrándose con la luz que emanaba del refrigerador. Sentada en una silla, la abultada figura de su madre consumía huevos crudos, leche, salchichas, todo lo que no requiriera ser lavado o cocinado. De un día para otro se había transformado en una gigantesca masa que apenas si encontraba cabida en el asiento, desbordándose por los lados. “¿Todo bien?” preguntó aquella figura amorfa, repleta de ondulaciones y sudor “¿no puedes dormir?”. Le contestó con respeto, como si todo estuviera bajo control y mejor dio media vuelta para dar aviso a su padre. Alguien debía poner un alto a la situación. No lo encontró en la habitación, sino en la sala, acababa de llegar de una travesía nocturna, cargado de bolsas y cajas repletas de comida del supermercado. “Tu madre tiene hambre” dijo haciendo esfuerzo para dejar las últimas bolsas sobre el sillón más cercano, “espero que sea suficiente, ya no tengo dinero. Tendré que sacar más o hacer algo”.
            Al día siguiente tenía miedo de regresar a casa. En cuanto sonó el timbre, deseó haber dado cualquier cosa por pasar la tarde con alguna de sus amigas, pero su padre la sorprendió. Argumentó tener tiempo de sobra, ya que había renunciado a su empleo; por qué ahí no ganaba lo suficiente para poder comprar el alimento que su esposa necesitaba. Cualquier explicación hubiera dado lo mismo, estaba tan aturdida que sencillamente se limitó a subir al auto y angustiada pidió un poco de orden. Al llegar a casa nada mejoró, había una fila en la entrada. Todos los vecinos esperaban y vitorearon la llegada de su padre, quien desde la ventanilla alzó el puño en señal de éxito. Adentro había más personas, sentados en la sala, manteniendo la puerta abierta. “¿Qué sucede?” preguntó aferrándose al brazo de su padre. “Tú madre tiene hambre” contestó un señor asomándose desde la cocina y sin esperar respuesta, comenzó a desvestirse. “Ve a tu habitación” le dijo su padre colgándose un mandil blanco y haciendo una seña, un muchachillo de brazos delgados se apresuró con trapeador y cubeta. Lucía la ropa manchada de sangre y poseía una sonrisa sátira, así como un caminar inquieto, con decoro de una ligera joroba.
            Antes de correr a su cuarto decidió dar un vistazo a la cocina. Aquel hombre corpulento yacía completamente desnudo, recostado sobre la mesa con la cabeza al aire esperando ser cortada. “Vamos, vete” le dijo su padre “tengo gente esperando”. Obedeció, completamente pálida perdió el habla y se dirigió a la habitación de sus padres, sólo para lanzar otra mirada fugaz. Sobre la cama, abarcándola por completo espera su madre, envuelta entre sábanas, pues ya no había ropa que pudiera cubrirla. Apenas si podía distinguirle la cara, estaba sumida en un capullo de piel bofa y sus brazos parecían ridículas extensiones, ya inservibles, incapaces de moverse de manera autónoma. “¿Todo bien?” preguntó esbozando una sonrisa sardónica. Ella mejor cerró la puerta para no mirar. El mundo se había desquiciado. Escuchó gritos, una algazara entorno al ruido de un objeto contundente impactando sobre el piso. Presurosa llegó hasta la cocina, la cabeza de su vecino había rodado y aquel muchachillo la levantaba, para después limpiar la sangre que se esparcía por el piso. Dos hombres se aproximaron y ayudaron a su padre a cargar el cuerpo. Alentados por el público lo llevaron hasta la habitación de la hambrienta. “Te dije que te fueras a tu cuarto, ándale”. Insistió su padre al advertir la presencia de su hija, quien no pudo objetar, pues al ver el machete retrocedió temiendo poder ser alcanzada.
            Finalmente obedeció encerrándose entre cuatro paredes. Toda la tarde vivió en silencio el bullicio de los vecinos vitoreando cada muerte. Así fue hasta la mañana siguiente, cuando todo quedó en paz, siendo así la señal clara para poder salir. “Mi amor” escuchó la voz ronca de su madre “ven”. De ninguna manera acataría dicha orden. Un súbito temblor hizo cimbrar toda la casa y a ella le provocó ahogar un grito de pánico. “Cariño… ven”. No lo haría, a lo mucho saldría corriendo para nunca volver. Abrió la puerta con cuidado, molestándole el olor ferroso proveniente del camino de sangre seca que llegaba hasta la recamara de sus padres. “Ven”, volvieron a llamarla “tengo hambre”. Con lágrimas corriéndole por las mejillas trató de caminar sin hacer ruido. Sus pasos resultaron inciertos y cada uno provocaba un estruendo tal que le aturdía, quizá arrastrándose aminoraría el bullicio. Sin embargo no fue necesario hacerlo, pues sorpresivamente su padre la envolvió en brazos y su escuálido ayudante hizo presencia, acercándose para abrir la puerta donde la esposa de su patrón esperaba. “La encontré” gritó ante las suplicas y forcejeos de su hija. Tras la puerta yacía aquella masa sudorosa, cuyo único rasgo humano quedaba representado por una diminuta cara, a punto de desaparecer por tantas capas de grasa. Se había volcado pansa abajo, pues su cuerpo ocupaba por completo la recamara. “Así déjala”  gruñó cuando vio al escuálido muchacho traer el machete. Después abrió ampliamente la boca. Tanto comer le había ensanchado los labios, al grado de colgarle casi al ras del piso y su mandíbula expandido, permitiéndole tragar sin tener que usar los molares. Su hija pidió piedad, lloriqueando apeló a los ojos de su padre, cuyo mandil ensangrentado lo mantenía hipnotizado con mórbidas ideas. “Tu madre tiene hambre” dijo a regañadientes “no seas grosera”. Sin decir más la levantó, arrojándola a las inmensas fauces de su esposa, quien tragó sin chistar y con ello dio señal de que él sería el siguiente. Se deshizo del delantal e hincándose se puso a disposición de su mujer, quien estirando el cuello alcanzó la cabeza y en un raudo movimiento llevó el resto del cuerpo hacia la garganta. Satisfecha eructó y aquel escuálido muchachillo rió al darse cuenta que tenía el camino libre. Sin más se despidió, acompañado por los reclamos de ella, quien a pesar de advertirlo delgado deseaba comerlo; sólo para ver si con ello lograba tranquilizar el hambre. Desgraciadamente ya no podía salir de la habitación, a no ser que se comiera las paredes, pero estaban demasiado resecas y le provocarían mucha sed.

jueves, 18 de octubre de 2012

Sólo un sueño

Daniel Arturo Guerrero Álavarez
 
Parado ante el espejo del baño, trataba de encontrar en su rostro algo más que la misma gris estampa de siempre: despeinada y con el vello desarreglado. Más tarde, vestido de saco y corbata, caminaba en silencio por la calle, hasta llegar a una vieja puerta de grueso metal, misma que hizo sonar a sazón de ligeros golpes con los nudillos. Lo sentaron en una silla maltrecha, crujiente sobre piso de madera, oscurecida por la falta de laca. Tras el escritorio esperaba un hombre, de semblante abultado, calvo y sonriente, quien reía sin compartir la razón. “Toma una” dijo conteniendo la risa, pero no vio objeto o insinuación alguna que atender. Tan sólo estaba la silla y el escritorio en blanco. Quiso contradecirle, pero aquel hombre respondió con escandalosas carcajadas.
            Despertó a grito de despertador, seguía escuchando las risas que lo atacaron durante el sueño. Al entrar al baño se miró en el espejo, desaprobando aquella barba incipiente. Bajo destreza de rastrillo la retiró por completo y más tarde estacionaba su vehículo, enfrente del imponente edificio de oficinas donde trabajaba. Como siempre lo recibieron con los buenos días. Tras varias horas de trabajo su jefe le interrumpió, recordándole debía visitar al señor Madrigal. Debían aclarar ciertas correcciones pertinentes a los planos de un edificio que tenía ya, dos semanas de retraso en el programa. Así lo hizo. No encontró al susodicho en su oficina, hubo que viajar en auto hasta la construcción. Al llegar lo condujeron por caminos de tierra y ruido hasta un remolque, cuya puerta le pareció del todo singular. Adentro esperaba Madrigal, quien le ofreció tomar asiento, mientras terminaba de acomodar algunas cosas en su escritorio. “Toma una” dijo, señalándole el par de sillas ante sí. Agradeció el gesto y vigilando los alrededores, esperó paciente a ser atendido.
            Pasó la noche pensativo, fantaseando en coincidencias y deseoso de volver a vivir alguna, más profunda y vaticinadora. El ruido en su casa no ayudaba, el chasquido de los trastes y el televisor le impedían concentrarse. Prefirió irse a dormir. 
            Hacía frío, sus pies descalzos le reclamaron, una capa de hielo cubría la superficie de concreto, todas las calles parecían tener la misma alfombra de agua congelada. La garganta le comenzó a incomodar y creyó enfermaría. Caminó para escapar, llegando a una vieja casa, azotada por vientos invernales. La sala estaba vacía, igual que el comedor, y la cocina. Un pequeño cuarto emanaba parpadeos luminosos. Asomándose descubrió un recinto provisto de piso alfombrado y un sillón emparentado con un televisor, quien mostraba la transmisión de un partido de futbol. Pero no había nadie. Dándose vuelta escuchó un perro ladrar desde afuera, empecinado en destruir el silencio. Acercándose a la ventana logró divisar al animal, sentado en medio del césped, agitando la cola en cada ladrido. Comenzó a llover, sin que eso inmutara al canino. “Adiós” le dijo sin que hubiera sido su intención y como respuesta la ventana se reventó, obligándolo a cubrirse el rostro. Tras el accidente descubrió un hilo de sangre en sus manos y afuera, el perro ya no ladraba.
            Al abandonar la cama sus pies resintieron el frío del suelo. No era algo nuevo, siempre dormía descalzo, pero aquel día el tacto directo con el azulejo de su recamara, le provocó cierta incomodidad en la garganta. Maldijo en voz baja, seguramente enfermaría. Pasó la mañana y parte de la tarde en la oficina. Atendió además una incómoda reunión sobre los planos, pues al aparecer Madrigal no hizo caso y dejó todo como estaba, argumentando haber tenido acuerdo con el licenciado. Prefirió no contradecir nada, aborrecía las discusiones. Al salir condujo hasta una vieja tienda de antigüedades. Debía comprar una absurda tetera china que su padre anhelaba adquirir, pero por decidía anteponía pretextos para comprarla. Desafortunadamente el local había cerrado y el cielo se tornaba lluvioso empujado por fuertes ráfagas de viento. Asomó la mirada por el cristal de la puerta. No vio a nadie, y al retroceder divisó el reflejo de un televisor, que trasmitía el previo del partido de futbol. Dándose la vuelta descubrió un restaurante, de donde provenía el reflejo. Apresurado abordó el auto y condujo al límite de velocidad, con la esperanza de llegar a casa antes que el encuentro empezara. Lo interrumpió su novia al hablarle al celular. Contestó de manera breve y anteponiendo disculpas, tenía prisa. “Adiós” dijo en cuanto vio la luz verde del siguiente cruce encenderse, y pisó a fondo el acelerador. Un perro se cruzó de improviso y para esquivarlo cometió el error de girar el volante, impactándose de lleno contra un poste de alumbrado público.
            Despertó en cama de hospital, su madre dormía en el sillón contiguo. La iluminación era pobre, provenía del pasillo, filtrada por las cortinas de la ventana. Decidió no dormir, ya no quería coincidencias. Comenzó a buscar distracciones, desde contar el tiempo hasta hablar consigo mismo. Le pareció empresa complicada, así que mejor abandonó la cama y vestido de bata blanca, salió de la habitación para dar un paseo. Afuera había poco movimiento, apenas un par de enfermeras de pies presurosos o un doctor recorriendo el pasillo sin mostrar el rostro. Reconoció entonces su error, no había advertido el número de la habitación y por tanto le sería imposible volver. Pidió ayuda a una enfermera, pero ella se limitó a sonreírle. Probó suerte con un médico, pero éste ni siquiera le hizo caso. Llegó hasta el recibidor del hospital, un par de mujeres, avejentadas y ganadas en peso, reían incansablemente. Las interrumpió sin lograr cambiarles el semblante y les preguntó si sabían cuál era su habitación. La respuesta fueron escandalosas carcajadas. Decidió dar marcha atrás y según sus recuerdos, regresar por el camino recorrido. Finalmente llegó a un pasillo custodiado por una decena de puertas. Una corazonada le hizo aproximarse a la última, la del número 102 y sin perder tiempo la abrió. Encontró una habitación oscura, en el sillón dormía su madre y en la cama esperaba él, dormido profundamente.

jueves, 11 de octubre de 2012

Días de discreción



Todas las noches me despertaba el ruido provocado por mi vecino de al lado. Por alguna extraña razón solía trabajar durante la madrugada, sin poder precisar en qué, pero al aparecer empleaba madera, martillo y serrucho. Los primeros días no me afectó tanto, me parecía una extraña distracción y útil compañía durante las noches de insomnio. Creí que duraría poco, unos cuantos días y él dejaría de trabajar en Dios sabe qué cosa. Por las mañanas, cuando salía al trabajo, caminaba por el pasillo deteniéndome frente a la puerta de mi vecino, fantaseaba con la idea de irrumpir, descubriendo por fin sus intenciones. Un par de veces él me sorprendió, abrió la puerta, asomándose como si sospechara que alguien yacía ante la entrada. Un simple buenos días y una sonrisa, fueron mi respuesta, para luego seguir mi camino. Por las tardes era distinto, yo siempre salía a la misma hora, pero al parecer él no. A decir verdad nunca supe a que se dedicaba. Sabía que salía cercano al medio día y regresaba a la hora que le placía, a veces cercano a las ocho de la noche o hasta la madrugada. Sin importar la hora, siempre se ponía a tallar madera, cortarla, apuntalarla; lo que fuese, a la misma hora, después de la una o dos de la mañana. Traté de medirle tiempo, pero por cansancio terminaba vencido, como a eso de las cuatro o cinco, sin poder darme cuenta del tiempo destinado a sus nocturnas costumbres.
            Mi prejuiciosa investigación me llevó un día a levantar el teléfono y hablar con la verdadera dueña del departamento de mi vecino, una señora de voz chillona, a quien imaginé de baja estatura, robusta y piel oscura; ignoro por qué. Al final de cuentas ella se limitó a decirme que él “señor Rodríguez”, era un hombre tranquilo, confiable, que pagaba a tiempo la renta y que si me molestaba, lo más que podía hacer era sugerirle más discreción. Le agradecí el gesto, aunque seguía igual de intranquilo.
            Pasé una dos o tres semanas padeciendo del mismo mal: golpes a madera, pedazos cayendo al piso, clavos perdidos, cierras de dientes gastados rasgando madera y pequeños momentos de silencio, quienes en un principio me dieron noción de paz y luego de preocupación. Temía que por fin hubiera terminado, sin poder enterarme de que se trataba. Pero de nuevo continuaba y entraba en mí una tranquilidad enfermiza. Los vecinos, me miraban extraño, al parecer yo era el único que detectaba la nocturna vida del “señor Rodríguez”. Muchos mencionaron siquiera haber hablado con él y otros afirmaban que trabajaba en un taller mecánico. En lo único en que congeniamos, fue que todos llegamos al edificio después de él. Al parecer él venía de agregado. Sospeché sería familiar de algún personaje de relevancia social o criminal, quien veía conveniente mantenerlo oculto, por alguna oscura razón.
            Una noche reuní algo de agallas y abandoné mi cama para poner fin a todo. Sorpresivamente su puerta estaba abierta, la luz amarilla escapaba inundando parte del corredor. Discreto asomé la mirada, su departamento lucía vacío, más bien abandonado. Había café caliente sobre la mesa y algunos sobres abiertos con violencia. Me adentré mientras orquestaba excusas, en dado caso de ser descubierto. La recamara tenía huellas de haber sido saqueada, no quedaba nada, sólo un paquete de papel café, de envoltura maltrecha, sujetada con cordel grueso y un pedazo de papel con algunas palabras. Pensativo decidí levantarlo y averiguar cuál sería el mensaje. Noté entonces que el piso había sido barrido de manera improvisada, pues aún había destellos de aserrín. “Para ti” decía la leyenda, “por mantener tu discreción”. Me pareció correcto quedarme con aquel paquete, nadie más que yo cumplía con aquel requisito.
            De vuelta en mi habitación rompí la envoltura encontrándome con una bien tallada marioneta, carente de hilos, pero cuya estampa era mi viva imagen, con todo y el traje sastre en color negro que llevaba todas las mañanas al trabajo. Es más, poseía la misma expresión hierática, que por momentos daba la idea de una sonrisa; la cual a su vez guardaba el misterio de su artífice y creador, un tal Rodríguez de quien semanas después, lo único que supe fue que la casera lo buscaba para cobrar la renta.