Mi escape del hospital fue un tanto
torpe, tortuoso y pueril. El gendarme que custodiaba la puerta, fue víctima de
un viejo engaño. La verdad me faltó creatividad, pero el tiempo me apretaba la
garganta. El límite de un mes había quedado descartado, Raúl echaría mano de
todo para obtener el paradero del escarabajo y después ponerme en prisión, sólo
por placer. Así que tras terminar el desayuno, aguardé sentado sobre la cama,
con la férula como compañía y mis ideas susurrándome posibles escenarios. Tomé
la bacinica y colocándome al lado de la puerta, di tres golpecitos a la misma.
Aguardé y volví a llamar. Al poco tiempo hubo respuesta, escuché la voz del
gendarme preguntando qué sucedía. Repetí la serie de golpecitos y la perilla
cedió. Escondido tras la abertura de la puerta, aguardé el momento justo,
sostuve con fuerza el inodoro portátil y solté golpe a la cabeza de mi incauto.
Un impacto seco en la nuca y el desdichado cayó fulminado.
Los
detalles siguientes los omito por cuestiones de decencia. Sólo diré que me fue
tremebundamente difícil quitarle el uniforme, ponérmelo y salir caminando como
si nada mientras él esperaba recostado en el piso y la habitación cerrada. Maniobrar
con una mano y a mi edad, no fue buena combinación. Logrado el objetivo, el
tiempo y mi paciencia entraron en conflicto. Aún así pude andar con naturalidad
y llegué hasta la parada del transporte público. Contaba con dinero, gracias a
la billetera del policía. Eso no aminoraba que todos me voltearan a ver. Me fue
difícil tranquilizarme y pensar. Trataba de entrever si podría volver a mi casa
e intuir en dónde estaría encerrada Laura, además, averiguar qué sería de la
salud de Víctor. En tanto al escondite del escarabajo, el bicho estaba seguro. De
ninguna manera lo hubiese dejado en casa. A pesar de ello deduje que Raúl
habría mandado un contingente a registrarla. Me jugué mis cartas y tomé camino
a mi hogar. Traté de pasar desapercibido. El uniforme complicó las cosas. Más
de uno lanzó mirada inquisitiva, ninguno de los esporádicos vecinos logró
reconocerme, en lugar de eso, hubo quien se acercó para lanzarme improperios.
Dentro de mi departamento, el cual en efecto había sido asaltado, me quité la
indumentaria para vestir más casual. Luego me senté a pensar. Cabe mencionar
que la puerta yacía desplomada, no tuve la privacidad necesaria.
Me
quedaba un revólver escondido, vació y sin tiempo como para ir a reabastecerlo.
Seguramente ya me estaban buscando. El arma esperaba dentro de una añeja caja
de herramientas. Después de tomarla busqué entre el desorden algo de dinero, lo
sumé con el restante del policía, y salí de mi hogar con la intención de nunca
volver. Pude haber huido con el escarabajo, venderlo en el mercado negro y
hacerme de suficiente dinero en efectivo como para salir del país. Pero la verdad
me entró un aire vengativo. Así que compré un celular desechable y saldo
suficiente como para gastármelo en un mes.
Llamé
a Raúl, le hice creer que de nuevo nos veríamos. Él alardeó, mencionó un montón
de estupideces acerca de la policía, la cárcel, amenazas de muerte y demás. Lo
callé con una puntual amenaza. Yo no le entregaría el escarabajo, sino que nos
veríamos de nuevo ante el rio, para decirle donde encontrarlo. Exigí mi paga y
la liberación de Laura, además de que el doctor Ezequiel también debía estar
presente. Nos veríamos a las ocho de la noche. Yo con el revólver apuntándome
en la sien y ante la menor amenaza, jalaría del gatillo y el escarabajo se iría
conmigo. Raúl accedió a todas mis peticiones. Yo por mi parte hice un par de
llamadas y en lugar de acudir al sitió, me fui directo a la casa de Verónica,
la célebre guarida del insulso ex mayordomo. Dos agentes viales me hicieron el
favor de crear una distracción en la entrada, así pude pasar. Debo mencionar
que aquel par se jugó bastante por culpa mía. Nunca pude agradecerles.
La
servidumbre prácticamente se había marchado. Sólo quedaba el ahora mayordomo de
Raúl, quien discutía con los agentes. Seguí el capricho que pulsaba en mi
cabeza y fui hasta el despacho. Estaba dispuesto a dejar un mensaje, una carta concisa
dónde plasmara todo mi pensar en menos de dos oraciones. Sin embargo, encontré
varios documentos. Había fotografías, carpetas repletas de archivos referentes
al caso del secuestro y muerte de Lucía. Encendí la computadora, una portátil
postrada en el escritorio. No es de sorprender que Raúl fuese un sujeto
bastante simple en cuestiones informáticas. Dentro de los diversos cajones una
libreta llamó mi atención, hojeé las páginas, la contraseña me saltó a los ojos,
mezclada entre anotaciones y tachones.
A
sabiendas de que mi tiempo era escaso. Abordé al mayordomo. Se deshizo
fácilmente de los policías. Pero al ver el revólver su semblante perdió
seriedad y como todos, pidió clemencia. Le di razones e interpreté el papel de
detective malo. Lo cual resultó bastante sencillo. Faltaban cinco minutos para
que Raúl llegase al punto de reunión y mientras tanto en su casa, su mayordomo
se ofrecía a darme todos los pormenores. Encerrado en el despacho del otrora
sirviente de Verónica, confirmó una de mis añejas y teorías. Hubo un detective
antes de mí. Según esto contratado por Verónica y quizá antes de la llegada de
Raúl. Lo único que pudo develar, fue que el tal Títere se quedó con la joya y
que supuestamente la dejó escondida mientras huía de la justicia. De inmediato
pensé en Laura.
-Murió –respondió el mayordomo cuando
pregunté por el paradero del susodicho secuestrador- en una riña o algo así,
lea la investigación –insistió lanzando una mirada a la computadora, pues las
manos las mantenía en alto, protegiéndose de la amenaza de aire y residuos de
pólvora.
Mi
capacidad para amedrentar y maniobrar la computadora, con una sola mano, me
obligó a confiar en el infeliz. Le pedí que reuniera toda la documentación y la
metiera en una maleta, junto con la computadora.
-El doctor hacia las llamadas –agregó
cuando me disponía a retirarme, ya tenía la maleta colgada al hombro. Las
palabras del mayordomo me hicieron pensar en las reiteradas amenazas
telefónicas que Laura recibió del supuesto Títere.
-¿Aquí? –pregunté, incrédulo.
-Sí –respondió con aire cansado, quizá
decepcionado de sí mismo-. Su paciente, el enfermo… le dijo sobre una joven…
-Él murió…
-¡Fue antes! –Gritó gracias a que le
acerqué el revólver a la frente-. Antes del incendio… ¡por favor!
El
tiempo se agotaba. Con el arma empujándole la espalda, salimos del despacho.
Afuera de la casa los oficiales me esperaban. Acordé que me sacarían de la
ciudad. Me quedaba un escape o mejor dicho un pariente. Se trataba de una tía
que vivía en un pueblo a no menos de cien kilómetros de la ciudad y a quien no
veía desde los doce. La verdad ni la recordaba y dudo que ella hiciese lo
propio. De cualquier forma tenía que salir. Dejé al mayordomo recostado bajo el
sillón de la sala y salí de la mansión.
Pasé la noche encerrado en la
habitación, sin hablar con nadie. Lo cual me costó reclamos por parte de mi
olvidada tía, la señora cargaba con bastantes años y un bagaje de relatos
familiares y achaques de la edad que ansiaba compartir. Por lo que leí, el
mayordomo de Raúl nunca mintió. No tuve manera de comprobar que en efecto
Ezequiel fue el encargado de amedrentar Laura y para ser sincero, nunca pude
escuchar esas llamadas ni saber qué fue de ella. Pero como dije antes, dudo que
ella se hubiese prestado. Encontré unos reportes donde el galeno informaba que
Ricardo, el difunto desquiciado, mencionó a la madre de Laura, así como unas
referencias. Por la fecha del archivo, los eventos concordaban. Resultase que
José, el custodio de Ricardo, estaba en contubernio con Ezequiel y éste le
pidió sacar al maniático para que encontrara a la madre de Laura. Le
permitieron hacer una llamada, pero él muy imbécil respetó su naturaleza. Según
lo que encontré en la libreta, Ricardo sería liberado bajo protección de José.
Sin embargo hubo incendio. Una nota periodística mencionaba las palabras
“provocado” y “escape”. Después recordé que el custodio seguía encerrado y la
concatenación con la aparición de Laura y la muerte del lunático. Había además
un número telefónico. A falta de información, me dejé llevar por mi intuición y
supuse que Ezequiel llamó buscando a quien debía portar con el escarabajo. Ahí
debió entrar Laura.
Tras
terminar de leer todo y tranquilizar mi mente, dejé que el fuego se ocupara de
la evidencia robada. Luego atendí a mí desconocida tía. Viví con ella un par de
meses, conocí a otros parientes, perfectos extraños de los cuales pongo en duda
el lazo sanguíneo, igual que el mío. Gente dedicada a la crianza y el campo.
Años después la anciana murió víctima de la edad y yo salí del Estado para
seguir viviendo a costa de mis apreciados parientes. En contubernio y furtivamente,
ninguna de las partes hizo por revisar el árbol genealógico. Preferimos confiar
en la apalabra de la difunta. Pasé unos ocho años cuidando vacas y vendiendo
confiterías en la carretera. Algo verdaderamente placentero y no me avergüenza
decirlo. Seguí leyendo periódicos, los pocos que llegaban. Supe que Vítor fue
encarcelado y eso gracias a una nota que denunciaba el escape de algunos reos
de alta peligrosidad, entre ellos él. Consideré eso una señal y decidí volver a
la ciudad. A recuperar el escarabajo antes de que la edad me alcanzara.
Lo
encontré exactamente donde lo dejé. Después de que Laura me lo entregó, me tomé
tiempo para asimilar el éxtasis y en cuanto tuve privacidad. Volví al panteón.
Como nunca escuché noticias al respecto, asumí que seguiría escondido. Lo
encontré bajo tierra, justo a un lado de la base de una lápida en forma de cruz,
colocada a contra esquina del primer escondite de la joya. El oxido de plata lo
cubría casi por completo, hacía falta trabajo de reconstrucción. Pude abrir las
alas y descubrir el reloj, permanecía inmóvil marcando las cuatro quince. Volví
a envolverlo en tela y salí de ahí.
Tantos años trabajando
en el campo moldearon las arrugas en mi cara, oscurecieron el color de piel y modificaron
mi semblante. Adquirí la complexión robusta propiciada por lo que hoy sería una
mala alimentación, cargada en harinas, carne y licores de alta graduación. Así
que no me preocupó andar con el rostro desnudo. Tuve que comprarme ropa nueva.
Me cambié en un motel de dudosa reputación y vestido de manera más decente,
navegué por la ciudad hasta llegar al camposanto donde Verónica descansaba.
Tuve problemas para entrar, el lugar era exclusivo. Pero el soborno funciona en
cualquier parte. Ya a solas con mi última clienta, hice lo mismo que aquella
vez que recibí el escarabajo. Rasgué la tierra y lo enterré a un lado de su
lápida. Al final de cuentas, ella cumplió su palabra, no como yo lo hubiese
imaginado. Pero mi vida volvió a ser apreciable