lunes, 29 de abril de 2013

I. Herr Adler Kurtz



Quizá el Sargento Rodríguez y sus compañeros debieron haber pensado mejor la situación antes de actuar. La idea de tomar un helicóptero sin pedir permiso, volar con la radio apagada (o cualquier dispositivo de identificación) y escoltar a personal no autorizado, seguramente sólo podría traer desenlaces desafortunados. Sobre todo sí para empeorar las cosas, el clima decidiera ponerse en contra. En el fondo las intenciones de los militares eran más que bondadosas. Sin embargo eso poco le importó al destino y gracias a vehementes ráfagas de viento, terminó por hacerlos desplomar sobre la costa.
            La suerte, muy a su sarcástica manera, le sonrió al Sargento. Despertó recostado en la arena. La cual gracias al mal tiempo, estaba parcialmente húmeda y fría. Acompañada por destellos de naturaleza que desafiaban al contrastante clima que, suponía, debía imperar en tierras africanas. Por mucho tiempo había andado entre la sabana y el calor preponderante del continente negro. Aún así, se sentía igual que en costas europeas, con un aire frió refrescándole las ropas. Pero también soplándole las heridas en el hombro y en ambas piernas. Una de ellas, aunque la tenía unida al cuerpo, le daba la impresión de lo contrario. La otra, rota por completo. A tal grado que el dolor sólo podía manifestarse mediante un delicado temblor en todo el cuerpo. A un costado suyo, el helicóptero. Las hélices despedazadas y la carcasa molida tras golpear directo sobre la playa. Buscó con la mirada a la Doctora que trasladaban de incognito. La llevarían de regreso a aquella paupérrima aldea, donde decenas de mal alimentados sobrevivientes de la revolución, la esperaban con los brazos abiertos. No sería así. A lo mucho recibirían la noticia de su muerte un unos días.
            Prefirió permanecer recostado. Nadie de su unidad había sobrevivido y él se sentía tan cansado, que le daba igual morir ahí que combatiendo contra soldados de piel oscura y de nombres impronunciables. Como compañía, las nubes le obsequiaron un rocío de gotas introvertidas. Abrió la boca para enjuagarse. Después de eso cerró los ojos hasta quedarse dormido y esperar a que la muerte llegase para auxiliarlo. Lo mejor sería aguardar ahí, que arrastrase hasta perder el conocimiento.
-¡Buen día! –Lo despertó la mañana siguiente una voz avejentada y un tanto aguardentosa-.
            De inmediato abrió los ojos e hizo intento por desenfundar la pistola, pero está yacía bajo su espalda, entre el cinturón y la arena.
            Un anciano le hablaba. De piel blanca y herencia anglosajona, demasiado peculiar para andar por costas africanas. A lo mucho hubiera esperado ser interrumpido por alguien de tez oscura y dientes al aire.
El anciano portaba una desgastada boina café. En la cintura traía ceñida una soga, con la cual jalaba una carreta que contenía madera y algunos sacos empolvados.
-¡Dios santo! –dijo desviando la mirada a donde el helicóptero esperaba-. Que barco tan extraño…
-Es un helicóptero –gruñó el Sargento, resintiendo el dolor de sus heridas…
-¡Oh perdone! –Dijo el anciano quitándose la correa y sin más se fue a la carreta para tomar una cuerda y atarla alrededor del torso del soldado-. Déjeme ayudarle.
            Rodríguez no dijo nada. Se dejó llevar. Tenía hambre, estaba exhausto y un tanto desilusionado. Al parecer moriría primero de inanición, antes de que la gangrena u otra infección se adentrase por su pierna lacerada. Nunca imaginó que despertaría en un nuevo día y el destino lo recibiría con la oportuna estampa de un viejo de piel pálida. 
            El anciano lo sacó de la arena y arrastrándolo lo llevó hasta la carreta. Para subirlo se sirvió de una rampa (una vil tabla). Una vez hecho esto, se ciñó la correa y retomó el camino. Rodríguez cayó pronto bajo hechizo. La falta de alimento, las lesiones de su cuerpo, el ánimo alicaído, el vaivén  de la carreta y la canción tarareada que emanaba de la boca del anciano. Lentamente le cerraron los ojos, impidiéndole advertir del todo el cambio en el paisaje. La costa se había alejado y en su lugar quedaba un camino de hojarasca, custodiado por enormes árboles de ramas prominentes.
            Volvió a despertar de golpe, víctima de la algazara protagonizada por un rechinar metálico y el sacudir de gruesas cortinas. Igual que la vez pasada buscó el arma, pero en vez de eso encontró que sus ropas habían sido cambiadas por ataduras blanquecinas. Le dejaron en ropa interior. El brazo unido al  torso mediante vendajes y las piernas entabladas, envueltas también en gazas. Impávido advirtió que la arena había quedado en el olvido y que ahora descansaba sobre una acogedora cama, inundado entre sábanas y almohadones. La sola dimensión de la alcoba lo aturdió por completo.
-Buen día –dijo una voz femenina. Una mucama le daba la bienvenida, mientras terminaba de sujetar las cortinas.
            La miró detenidamente. Las ropas de aquella mujer le hicieron pensar que estaba inmenso en melodrama de los años cuarenta.
-Espero haya dormido bien –continuó la mujer dirigiéndose a la salida-. Descuide, en seguida el doctor estará con usted.
            En cuanto ella abandonó la habitación, un sudor propio de escalofrió le recorrió el cuerpo. En un principio decidió darle cuerda suelta a la suposición de que quizá, había caído cerca de un hospital británico. Desgraciadamente la memoria no se lo permitió. De inmediato le cobró factura. El accidente con el helicóptero y el viaje en la carreta del anciano, le llenaban de nerviosismo. Musitadamente repetía la palabra, Sudán. A lo que recordaba, él había sido enviado a dicho país como reserva militar, por parte de una unidad Americana. Sin embargo el clima y sitio donde ahora se encontraba, le revolvían la cabeza. Dirigió mirada a la ventana. Desde ahí quedaba un paisaje compuesto por un bosque profundo, parcialmente cubierto de neblina. Inclusive sentía algo de frío. Se arropó y dejó que la gigantesca almohada le cubriera parcialmente la cabeza.
            No le dieron tiempo para meditar, pasos presurosos hacían escándalo sobre el piso de madera. Una voz masculina y serena, condicionaba a una más dulce e imprudente. Después de eso la puerta se abrió, permitiendo la entrada a un hombre de traje y bigote espeso, con maletín en mano y estetoscopio al cuello.
-Buen día –dijo aproximándose. Como respuesta Rodríguez se relamió los labios. Comenzaba a experimentar odio contra la recurrente expresión matutina-. Veo que se encuentra mejor.
-Sí –respondió. Mentalmente se preguntaba por qué todo el mundo se empecinaba en hablar de forma tan poco usual-.
-¿Cómo está su pierna, mejor?
-Sí –volvió a decir. Para ser honestos ya no sentía dolor, pero prefirió callar.
-Me alegro. Le recomiendo té –continuó el galeno-. Té de Kurtz. Tiene suerte, sólo se da en estas tierras. Y, dos gotas de esto –agregó sacando del maletín, un frasco metálico con tapa de gotero-, antes de cada alimento. Ya verá. En un par de días quedará repuesto.
            Agradeció mientras veía al doctor depositar el frasco sobre la mesa de noche. Tras la puerta, una voz juvenil y femenina pedía entrar. El doctor recompuso la postura, recogió sus cosas y lanzó sonrisa hacía su paciente.
-Trate de descansar –dicho esto dio media vuelta dirigiéndose a la salida. Al abrir la puerta apareció una joven, te pelo rubio y lacio, sujetado por un listón blanco. Llevaba puesto un vestido tan característico, que le recordó a la película infantil de Alicia En el país de la maravillas.
-Listo Erika –dijo el doctor permitiéndole el paso-. Todo tuyo.
            El doctor se despidió y el Sargento quedó a merced de la curiosidad de aquella joven. Ella de inmediato acercó una silla y se sentó a un lado de la cama. Respiraba agitada y sus ojos no dejaban de admirar el rostro de aquel extraño postrado en la cama.
-Perdóneme –dijo de improvisto y le retiró la mirada-. Tiene todo el derecho de pensar mal de mí.
            Él no supo que decir, sencillamente meneó la cabeza, preguntándose por qué demonios todos hablaban tan extraño. Hasta el momento sólo una cosa le quedaba clara, que no estaba en Sudán y que no entendía nada de lo que sucedía.
-¿Dónde estoy? –soltó sin querer. Después recompuso, pidió disculpas y llevándose la mano libre de ataduras al rostro, se talló los ojos.
-¿Qué pregunta es esa? –Respondió la joven-. ¿Qué no sabe qué lugar es este?
-No –replicó de manera grosera-. ¡No tengo ni puta idea! ¿Dónde está el anciano?
-¿A quién llama puta? –Gruñó Erika poniéndose de pie. Sin más lanzó bofetada contra el Sargento, para después cruzarse de brazos, dándole la espalda. Inmediatamente comenzó a recriminarle, quejándose exigía un poco de respeto. A él no le quedó más que gruñir y soltar dos golpes contra el colchón.
-Ok, ok –gritó silenciando a la joven-. Está bien, perdón… lo siento, ¿ya?
-No es suficiente –rezongó Erika-. No para una mujer de mi clase. Me ha ofendido.
            Entendió que de seguirle el juego pasaría toda la mañana escuchándola parlotear sin obtener nada útil. Necesitaba respuestas y aunque las piernas ya no le dolían como antes, sí las sentía pesadas como para despegarlas de la cama.
-¡Tú ganas! –dijo, mientras la joven seguía de espaldas. Fija en su papel de autentica indignación-. Te pido perdón, soy un imbécil, me merezco la cachetada, también tu despreció y todo el odio del mundo. Ahora, por favor, ¿quieres decirme dónde estoy?
            La respuesta fue silencio. Incómodos segundos que le permitieron escuchar el sutil respirar de la mansión, acompañada por el discreto susurro del viento que golpeaba los cristales de la ventana. Exhaló como señal de rendición. Ya le dolía la cabeza. Ojalá las gotas o el té lo ayudasen con eso.
-Dígame su nombre –dijo la joven sin darse vuelta-. Si quiere mi respuesta, eso dependerá del nombre.
-Santiago –dijo de mala gana-. Sargento Santiago Ramírez.
            Tras decirlo soltó maldiciones silenciosas y una mirada ominosa hacia el techo.
-Está bien –respondió Erika después de aguardar otro momento de silencio y girándose miró directo a los ojos de Santiago-. Por hoy sólo eso obtendrá de mí.
-Gracias –dijo Santiago juntando las manos-.
-Pero quiero que sepa que sigo muy ofendida. Tendrá que hacer algo más que gritar su nombre –Santiago asintió con la cabeza, comenzaba a creer que su petición sería ignorada.
-Está usted en la mansión Kurtz –prosiguió la joven y la mirada de Santiago se llenó de sorpresa-. Es de mi padre, Herr Adler Kurtz. Sólo eso sabrá. Sentíase agradecido. No merece tal suerte.   
            En cuanto lo dijo rompió filas y se dirigió a la salida. A punto estuvo de abrir la puerta, cuando decidió retractarse, dar marcha atrás y sin previo aviso, besar los labios de Santiago. Él ni siquiera pudo disfrutarlo. Se trató de un beso fugaz y cargado de confusión, que lo dejó con la boca abierta, viendo como Erika de nuevo le daba la espalda, ahora sí, marchándose de la habitación.