Quizá
el Sargento Rodríguez y sus compañeros debieron haber pensado mejor la
situación antes de actuar. La idea de tomar un helicóptero sin pedir permiso,
volar con la radio apagada (o cualquier dispositivo de identificación) y
escoltar a personal no autorizado, seguramente sólo podría traer desenlaces
desafortunados. Sobre todo sí para empeorar las cosas, el clima decidiera
ponerse en contra. En el fondo las intenciones de los militares eran más que
bondadosas. Sin embargo eso poco le importó al destino y gracias a vehementes
ráfagas de viento, terminó por hacerlos desplomar sobre la costa.
La suerte, muy a su sarcástica
manera, le sonrió al Sargento. Despertó recostado en la arena. La cual gracias
al mal tiempo, estaba parcialmente húmeda y fría. Acompañada por destellos de
naturaleza que desafiaban al contrastante clima que, suponía, debía imperar en
tierras africanas. Por mucho tiempo había andado entre la sabana y el calor
preponderante del continente negro. Aún así, se sentía igual que en costas
europeas, con un aire frió refrescándole las ropas. Pero también soplándole las
heridas en el hombro y en ambas piernas. Una de ellas, aunque la tenía unida al
cuerpo, le daba la impresión de lo contrario. La otra, rota por completo. A tal
grado que el dolor sólo podía manifestarse mediante un delicado temblor en todo
el cuerpo. A un costado suyo, el helicóptero. Las hélices despedazadas y la
carcasa molida tras golpear directo sobre la playa. Buscó con la mirada a la
Doctora que trasladaban de incognito. La llevarían de regreso a aquella
paupérrima aldea, donde decenas de mal alimentados sobrevivientes de la
revolución, la esperaban con los brazos abiertos. No sería así. A lo mucho
recibirían la noticia de su muerte un unos días.
Prefirió permanecer recostado. Nadie
de su unidad había sobrevivido y él se sentía tan cansado, que le daba igual
morir ahí que combatiendo contra soldados de piel oscura y de nombres
impronunciables. Como compañía, las nubes le obsequiaron un rocío de gotas
introvertidas. Abrió la boca para enjuagarse. Después de eso cerró los ojos
hasta quedarse dormido y esperar a que la muerte llegase para auxiliarlo. Lo mejor
sería aguardar ahí, que arrastrase hasta perder el conocimiento.
-¡Buen
día! –Lo despertó la mañana siguiente una voz avejentada y un tanto
aguardentosa-.
De inmediato abrió los ojos e hizo
intento por desenfundar la pistola, pero está yacía bajo su espalda, entre el
cinturón y la arena.
Un anciano le hablaba. De piel
blanca y herencia anglosajona, demasiado peculiar para andar por costas
africanas. A lo mucho hubiera esperado ser interrumpido por alguien de tez
oscura y dientes al aire.
El anciano portaba una desgastada
boina café. En la cintura traía ceñida una soga, con la cual jalaba una carreta
que contenía madera y algunos sacos empolvados.
-¡Dios
santo! –dijo desviando la mirada a donde el helicóptero esperaba-. Que barco
tan extraño…
-Es
un helicóptero –gruñó el Sargento, resintiendo el dolor de sus heridas…
-¡Oh
perdone! –Dijo el anciano quitándose la correa y sin más se fue a la carreta
para tomar una cuerda y atarla alrededor del torso del soldado-. Déjeme
ayudarle.
Rodríguez no dijo nada. Se dejó
llevar. Tenía hambre, estaba exhausto y un tanto desilusionado. Al parecer
moriría primero de inanición, antes de que la gangrena u otra infección se
adentrase por su pierna lacerada. Nunca imaginó que despertaría en un nuevo día
y el destino lo recibiría con la oportuna estampa de un viejo de piel
pálida.
El anciano lo sacó de la arena y
arrastrándolo lo llevó hasta la carreta. Para subirlo se sirvió de una rampa
(una vil tabla). Una vez hecho esto, se ciñó la correa y retomó el camino.
Rodríguez cayó pronto bajo hechizo. La falta de alimento, las lesiones de su
cuerpo, el ánimo alicaído, el vaivén de
la carreta y la canción tarareada que emanaba de la boca del anciano. Lentamente
le cerraron los ojos, impidiéndole advertir del todo el cambio en el paisaje. La costa
se había alejado y en su lugar quedaba un camino de hojarasca, custodiado por
enormes árboles de ramas prominentes.
Volvió a despertar de golpe, víctima
de la algazara protagonizada por un rechinar metálico y el sacudir de gruesas
cortinas. Igual que la vez pasada buscó el arma, pero en vez de eso encontró
que sus ropas habían sido cambiadas por ataduras blanquecinas. Le dejaron en
ropa interior. El brazo unido al torso mediante
vendajes y las piernas entabladas, envueltas también en gazas. Impávido
advirtió que la arena había quedado en el olvido y que ahora descansaba sobre
una acogedora cama, inundado entre sábanas y almohadones. La sola dimensión de
la alcoba lo aturdió por completo.
-Buen
día –dijo una voz femenina. Una mucama le daba la bienvenida, mientras
terminaba de sujetar las cortinas.
La miró detenidamente. Las ropas de
aquella mujer le hicieron pensar que estaba inmenso en melodrama de los años
cuarenta.
-Espero
haya dormido bien –continuó la mujer dirigiéndose a la salida-. Descuide, en
seguida el doctor estará con usted.
En cuanto ella abandonó la
habitación, un sudor propio de escalofrió le recorrió el cuerpo. En un
principio decidió darle cuerda suelta a la suposición de que quizá, había caído
cerca de un hospital británico. Desgraciadamente la memoria no se lo permitió.
De inmediato le cobró factura. El accidente con el helicóptero y el viaje en la
carreta del anciano, le llenaban de nerviosismo. Musitadamente repetía la palabra, Sudán. A lo que recordaba, él
había sido enviado a dicho país como reserva militar, por parte de una unidad
Americana. Sin embargo el clima y sitio donde ahora se encontraba, le revolvían
la cabeza. Dirigió mirada a la ventana. Desde ahí quedaba un paisaje compuesto
por un bosque profundo, parcialmente cubierto de neblina. Inclusive sentía algo
de frío. Se arropó y dejó que la gigantesca almohada le cubriera parcialmente
la cabeza.
No le dieron tiempo para meditar,
pasos presurosos hacían escándalo sobre el piso de madera. Una voz masculina y
serena, condicionaba a una más dulce e imprudente. Después de eso la puerta se
abrió, permitiendo la entrada a un hombre de traje y bigote espeso, con maletín
en mano y estetoscopio al cuello.
-Buen
día –dijo aproximándose. Como respuesta Rodríguez se relamió los labios.
Comenzaba a experimentar odio contra la recurrente expresión matutina-. Veo que
se encuentra mejor.
-Sí
–respondió. Mentalmente se preguntaba por qué todo el mundo se empecinaba en
hablar de forma tan poco usual-.
-¿Cómo
está su pierna, mejor?
-Sí
–volvió a decir. Para ser honestos ya no sentía dolor, pero prefirió callar.
-Me
alegro. Le recomiendo té –continuó el galeno-. Té de Kurtz. Tiene suerte, sólo
se da en estas tierras. Y, dos gotas de esto –agregó sacando del maletín, un
frasco metálico con tapa de gotero-, antes de cada alimento. Ya verá. En un par
de días quedará repuesto.
Agradeció mientras veía al doctor
depositar el frasco sobre la mesa de noche. Tras la puerta, una voz juvenil y
femenina pedía entrar. El doctor recompuso la postura, recogió sus cosas y
lanzó sonrisa hacía su paciente.
-Trate
de descansar –dicho esto dio media vuelta dirigiéndose a la salida. Al abrir la
puerta apareció una joven, te pelo rubio y lacio, sujetado por un listón
blanco. Llevaba puesto un vestido tan característico, que le recordó a la
película infantil de Alicia En el país de
la maravillas.
-Listo
Erika –dijo el doctor permitiéndole el paso-. Todo tuyo.
El doctor se despidió y el Sargento
quedó a merced de la curiosidad de aquella joven. Ella de inmediato acercó una
silla y se sentó a un lado de la cama. Respiraba agitada y sus ojos no dejaban
de admirar el rostro de aquel extraño postrado en la cama.
-Perdóneme
–dijo de improvisto y le retiró la mirada-. Tiene todo el derecho de pensar mal
de mí.
Él no supo que decir, sencillamente
meneó la cabeza, preguntándose por qué demonios todos hablaban tan extraño.
Hasta el momento sólo una cosa le quedaba clara, que no estaba en Sudán y que
no entendía nada de lo que sucedía.
-¿Dónde
estoy? –soltó sin querer. Después recompuso, pidió disculpas y llevándose la mano libre de ataduras al rostro, se talló los ojos.
-¿Qué
pregunta es esa? –Respondió la joven-. ¿Qué no sabe qué lugar es este?
-No
–replicó de manera grosera-. ¡No tengo ni puta idea! ¿Dónde está el anciano?
-¿A
quién llama puta? –Gruñó Erika poniéndose de pie. Sin más lanzó bofetada
contra el Sargento, para después cruzarse de brazos, dándole la espalda. Inmediatamente
comenzó a recriminarle, quejándose exigía un poco de respeto. A él no le quedó
más que gruñir y soltar dos golpes contra el colchón.
-Ok,
ok –gritó silenciando a la joven-. Está bien, perdón… lo siento, ¿ya?
-No
es suficiente –rezongó Erika-. No para una mujer de mi clase. Me ha
ofendido.
Entendió que de seguirle el juego
pasaría toda la mañana escuchándola parlotear sin obtener nada útil. Necesitaba
respuestas y aunque las piernas ya no le dolían como antes, sí las sentía
pesadas como para despegarlas de la cama.
-¡Tú
ganas! –dijo, mientras la joven seguía de espaldas. Fija en su papel de
autentica indignación-. Te pido perdón, soy un imbécil, me merezco la
cachetada, también tu despreció y todo el odio del mundo. Ahora, por favor,
¿quieres decirme dónde estoy?
La respuesta fue silencio. Incómodos
segundos que le permitieron escuchar el sutil respirar de la mansión,
acompañada por el discreto susurro del viento que golpeaba los cristales de la
ventana. Exhaló como señal de rendición. Ya le dolía la cabeza. Ojalá las gotas
o el té lo ayudasen con eso.
-Dígame
su nombre –dijo la joven sin darse vuelta-. Si quiere mi respuesta, eso
dependerá del nombre.
-Santiago
–dijo de mala gana-. Sargento Santiago Ramírez.
Tras decirlo soltó maldiciones
silenciosas y una mirada ominosa hacia el techo.
-Está
bien –respondió Erika después de aguardar otro momento de silencio y girándose
miró directo a los ojos de Santiago-. Por hoy sólo eso obtendrá de mí.
-Gracias
–dijo Santiago juntando las manos-.
-Pero
quiero que sepa que sigo muy ofendida. Tendrá que hacer algo más que gritar su
nombre –Santiago asintió con la cabeza, comenzaba a creer que su petición sería
ignorada.
-Está
usted en la mansión Kurtz –prosiguió la joven y la mirada de Santiago se llenó
de sorpresa-. Es de mi padre, Herr Adler Kurtz. Sólo eso sabrá. Sentíase agradecido.
No merece tal suerte.
En cuanto lo dijo rompió filas y se
dirigió a la salida. A punto estuvo de abrir la puerta, cuando decidió
retractarse, dar marcha atrás y sin previo aviso, besar los labios de Santiago.
Él ni siquiera pudo disfrutarlo. Se trató de un beso fugaz y cargado de
confusión, que lo dejó con la boca abierta, viendo como Erika de nuevo le daba
la espalda, ahora sí, marchándose de la habitación.