lunes, 30 de septiembre de 2013

Sra. Rodríguez

Daniel Arturo Guerreo

Antes que nada, aclaro que estos registros nacen a petición de un amigo. Fuera de eso, encuentro agrado empezar con el relato de la señora Rodríguez. Una mujer que conocí afortunadamente, cuando ella ya retozaba en una cama de hospital. Apegado a mi experiencia, supuse que sólo tendría que estirarle la mano y ella aceptaría irse conmigo. No fue así. Dio la sorpresa de que aquella mujer de abultadas caderas y tobillos raquíticos, resurgió de entre las sábanas y volvió a su vieja casa. Un recinto amplio, decorado por polvo y recuerdos. Una de sus hijas puso empeño en cuidarla durante las tardes. Transformándose en una pesada compañera que entorpecería mi labor. Yo por mi parte, consciente de cuál sería el desenlace, me dediqué a otros asuntos. Luego nos veríamos las caras. 
            Sucedió pronto. En alarde de exactitud, dos semanas y media después. Durante la tarde gris de un martes acudí a casa de la señora Rodríguez. Forcejeaba en el piso consigo misma. Cada aliento significaba un esfuerzo tal, que lo interpreté como un llamado de auxilio. Le estiré mi mano, y contra todo pronóstico, la anciana me volvió a rechazar. Después de eso la internaron en el mismo hospital. Dos habitaciones a la izquierda de la anterior. Un séquito de familiares lanzaba plegarias y reclamos. Mientras tanto, comenzaba a creer que Rodríguez se aferraba demasiado. A lo mucho me habían despechado tres veces seguidas. Hice apuesta conmigo mismo, así que la visité en la fría habitación del nosocomio. Dormía apacible, con respiración lenta y un olor a humedad que me hizo suponer, que ya no soportaría negarme una tercera vez. Le hablé al oído y como respuesta despertó agitada, al grado de estresar en demasía su maltrecho corazón. Perdió lucidez por un instante. Saboreé el calor de su mano acariciando mis frugales dedos. De nuevo habría algo tibio que rodear con mis brazos. Desgraciadamente tuve que encontrar consuelo en el aire. Lleno de amargura volví al olvido. Tarde o temprano, ella debía venir a mí. 
            Pasé una de las semanas más estresantes de toda mi vida. Absorto en nerviosismos, paranoico ante la idea de quizá haberme topado con un ser empecinado por seguir respirando. Nunca conocí a alguien con tal terquedad en contra mía. Bueno, hubo uno, pero eso fue más una trampa, una vil treta que me dejó en ridículo hace miles de años. En tanto a Rodríguez, cada que podía prestaba atención, esperanzado en escuchar su llamado. Eso sucedió hasta un miércoles. Entré por la puerta trasera. La hija de mi querida Rodríguez, yacía envuelta en reclamos al el teléfono. Gritaba mientras las lágrimas le recorrían las mejillas. Al final de las escaleras que llevaban al segundo piso, la incauta señora aguardaba. La cadera fracturada, un tobillo falseado, la clavícula derecha dislocada y una hemorragia interna la mantenían en su lecho mortuorio. Por cuarta vez le extendí mi mano. Inclusive sonreí, como nunca antes sentía un placer autentico al realizar mi labor. A los pocos segundos, ese mismo sentimiento fue intercambiado por una ira propia de los demonios. Un calor visceral me calentó el estómago. Rodríguez volvió a negarme su mano. 
            De nuevo en el hospital. Ese día no pude visitarla, pues tenía asuntos que atender. Aún así, hablé con demonios y otros seres oscuros. Les comenté que ella, la señora Rodríguez, me pertenecía y que nadie tenía derecho a molestarla, merecía un poco de respeto. 
            Volví tres días después. Ella seguía internada. Rompí el protocolo y la hostigué durante toda la noche. Cada momento que pude la acosé con mi mirada y le hablé mediante susurros al oído. Llegué incluso a soplarle mi aliento. Sólo obtuve desplantes. Miré al cielo entonces. Ni soy ángel ni demonio como para sufrir semejante tortura. El cuerpo de aquella anciana representaba una afrenta directa a mi trabajo. Un reto artero que por derecho me era imposible superar. Yo no decido a quien visitar. Tampoco tomo partido en su juicio, tan sólo soy un hilo conductor. ¿Por qué entonces me llenaban de falsas esperanzas, haciéndome creer que ella pronto tomaría mi mano y juntos marcharíamos al mundo atemporal que tanto temen los vivos? Sencillamente incomprensible. En contraste, durante esos tres días visité a un centenar de personas. Ninguna de ellas me negó. Es más, hubo quienes ya me esperaban. Habían adelantado el camino, sin dejarme más gloría que abrirles la puerta. En ese momento tuve que admitirlo. Nunca comprenderé a los humanos. 
           Para bálsamo de mis nervios, la historia de la señora Rodríguez concluyó un sábado. El peor de todos. Tuve que aguardar dos años. Días enteros en donde presencié los casos más pueriles y como compañía, el sentimiento hostil de saber que sólo ella me había negado más de tres veces. De nuevo entré a su casa. Para ser sincero, había perdido la emoción de antaño. Si me volvían a rechazar, ¿qué más daba? Afuera había millones de personas más. Subí con parsimonia las escaleras. Tarde caí en cuenta de que sólo estábamos ella y yo. La casa poseía un aroma a soledad que se impregnó en mis ropas. Me dirigí a la habitación pertinente y tras abrir la puerta me encontré a Rodríguez, acostada, aún con la ropa de noche puesta.
-¿Otra vez tú? –peguntó sin dirigirme la mirada, como si hablara con alguien más.
En una rauda inspección comprobé que seguíamos solos. Estiró la mano y abrió sus gelatinosos ojos. Supe entonces que había llegado el momento. Entrelacé mis dedos con los de ella y salimos juntos mientras su hija irrumpía en la casa. Había decidido hacer una visita matutina, le acompañaban sus dos hijos. Los vi subir las escaleras y exhalé aliviado.