Daniel Arturo Guerreo
Antes que nada, aclaro que estos registros nacen a
petición de un amigo. Fuera de eso, encuentro agrado empezar con el relato de
la señora Rodríguez. Una mujer que conocí afortunadamente, cuando ella ya
retozaba en una cama de hospital. Apegado a mi experiencia, supuse que sólo
tendría que estirarle la mano y ella aceptaría irse conmigo. No fue así. Dio la
sorpresa de que aquella mujer de abultadas caderas y tobillos raquíticos,
resurgió de entre las sábanas y volvió a su vieja casa. Un recinto amplio,
decorado por polvo y recuerdos. Una de sus hijas puso empeño en cuidarla
durante las tardes. Transformándose en una pesada compañera que entorpecería mi
labor. Yo por mi parte, consciente de cuál sería el desenlace, me dediqué a
otros asuntos. Luego nos veríamos las caras.
Sucedió
pronto. En alarde de exactitud, dos semanas y media después. Durante la tarde
gris de un martes acudí a casa de la señora Rodríguez. Forcejeaba en el piso
consigo misma. Cada aliento significaba un esfuerzo tal, que lo interpreté como
un llamado de auxilio. Le estiré mi mano, y contra todo pronóstico, la anciana
me volvió a rechazar. Después de eso la internaron en el mismo hospital. Dos
habitaciones a la izquierda de la anterior. Un séquito de familiares lanzaba
plegarias y reclamos. Mientras tanto, comenzaba a creer que Rodríguez se
aferraba demasiado. A lo mucho me habían despechado tres veces seguidas. Hice
apuesta conmigo mismo, así que la visité en la fría habitación del nosocomio.
Dormía apacible, con respiración lenta y un olor a humedad que me hizo suponer,
que ya no soportaría negarme una tercera vez. Le hablé al oído y como respuesta
despertó agitada, al grado de estresar en demasía su maltrecho corazón.
Perdió lucidez por un instante. Saboreé el calor de su mano acariciando mis
frugales dedos. De nuevo habría algo tibio que rodear con mis brazos.
Desgraciadamente tuve que encontrar consuelo en el aire. Lleno de amargura
volví al olvido. Tarde o temprano, ella debía venir a mí.
Pasé una
de las semanas más estresantes de toda mi vida. Absorto en nerviosismos, paranoico
ante la idea de quizá haberme topado con un ser empecinado por seguir
respirando. Nunca conocí a alguien con tal terquedad en contra mía. Bueno, hubo
uno, pero eso fue más una trampa, una vil treta que me dejó en ridículo hace
miles de años. En tanto a Rodríguez, cada que podía prestaba atención,
esperanzado en escuchar su llamado. Eso sucedió hasta un miércoles. Entré por
la puerta trasera. La hija de mi querida Rodríguez, yacía envuelta en reclamos
al el teléfono. Gritaba mientras las lágrimas le recorrían las mejillas. Al
final de las escaleras que llevaban al segundo piso, la incauta señora
aguardaba. La cadera fracturada, un tobillo falseado, la clavícula derecha
dislocada y una hemorragia interna la mantenían en su lecho mortuorio. Por
cuarta vez le extendí mi mano. Inclusive sonreí, como nunca antes sentía un
placer autentico al realizar mi labor. A los pocos segundos, ese mismo
sentimiento fue intercambiado por una ira propia de los demonios. Un calor
visceral me calentó el estómago. Rodríguez volvió a negarme su mano.
De nuevo
en el hospital. Ese día no pude visitarla, pues tenía asuntos que atender. Aún
así, hablé con demonios y otros seres oscuros. Les comenté que ella, la señora
Rodríguez, me pertenecía y que nadie tenía derecho a molestarla, merecía un
poco de respeto.
Volví
tres días después. Ella seguía internada. Rompí el protocolo y la hostigué
durante toda la noche. Cada momento que pude la acosé con mi mirada y le hablé mediante
susurros al oído. Llegué incluso a soplarle mi aliento. Sólo obtuve desplantes.
Miré al cielo entonces. Ni soy ángel ni demonio como para sufrir semejante
tortura. El cuerpo de aquella anciana representaba una afrenta directa a mi
trabajo. Un reto artero que por derecho me era imposible superar. Yo no decido
a quien visitar. Tampoco tomo partido en su juicio, tan sólo soy un hilo
conductor. ¿Por qué entonces me llenaban de falsas esperanzas, haciéndome creer
que ella pronto tomaría mi mano y juntos marcharíamos al mundo atemporal que
tanto temen los vivos? Sencillamente incomprensible. En contraste, durante esos
tres días visité a un centenar de personas. Ninguna de ellas me negó. Es más,
hubo quienes ya me esperaban. Habían adelantado el camino, sin dejarme más
gloría que abrirles la puerta. En ese momento tuve que admitirlo. Nunca
comprenderé a los humanos.
Para
bálsamo de mis nervios, la historia de la señora Rodríguez concluyó un sábado.
El peor de todos. Tuve que aguardar dos años. Días enteros en donde presencié
los casos más pueriles y como compañía, el sentimiento hostil de saber que sólo
ella me había negado más de tres veces. De nuevo entré a su casa. Para ser
sincero, había perdido la emoción de antaño. Si me volvían a rechazar, ¿qué más
daba? Afuera había millones de personas más. Subí con parsimonia las escaleras.
Tarde caí en cuenta de que sólo estábamos ella y yo. La casa poseía un aroma a
soledad que se impregnó en mis ropas. Me dirigí a la habitación pertinente y
tras abrir la puerta me encontré a Rodríguez, acostada, aún con la ropa de noche
puesta.
-¿Otra vez tú? –peguntó sin dirigirme la mirada, como si
hablara con alguien más.
En una rauda inspección comprobé que
seguíamos solos. Estiró la mano y abrió sus gelatinosos ojos. Supe entonces que
había llegado el momento. Entrelacé mis dedos con los de ella y salimos juntos
mientras su hija irrumpía en la casa. Había decidido hacer una visita matutina, le
acompañaban sus dos hijos. Los vi subir las escaleras y exhalé aliviado.