Decir que el dinero no lo es todo, o que
resulta irrelevante a la hora en que la muerte decide aparecerse en el mundo de
los vivos. No es una gran revelación. Dicho esto, habrá quienes, con tal de ser
reiterativos, se jactarán de románticos y desenfundarán aquella frase de “nadie
sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido”. Frase célebre, que la verdad, Don
Everardo sabía de memoria. Es más, en varias ocasiones llegó a recurrir de tal
saber popular. El problema vino cuando la tragedia lo alcanzó un día y sintió
que alguien más vendría con la misma cantaleta. Eso le costó un par de ulceras.
En
resumidas cuentas, Don Everardo pasó de ser un exitoso empresario agricultor,
a un dolido, amargado, teológicamente
desilusionado y futuro exitoso empresario agricultor en banca rota. Su hijo,
heredero de su emporio. Vio propicio irse con unos amigos y pasar un fin de semana
de excesos en la casa de campo, ubicada a las orillas de un hermoso lago.
Palabras más o menos, terminó flotando bocabajo, con el alcohol luchando por suplantar
al plasma sanguíneo. Más allá del dolor de perder un hijo, Don Everardo se vio
en la problemática de ¿a quién heredar? Le quedaba su hija, pero ¿una mujer? De
ninguna manera, ellas no saben administrar. Sólo gastan, se quejan y lloran.
No. Punto final.
Después
de los eventos fúnebres y largas charlas con abogados, despilfarre de alcohol y
meditaciones con la almohada. Decidió que su legado estaría en buenas manos,
siendo estás las de uno de sus asistentes. Un joven que parecía entender bien
el negocio. Lo que Don Everardo no contó, fue que aquel padecimiento llamado
depresión, atacaría a su esposa. Hundiéndola en el encierro más gris y misántropo
que cualquiera en su familia podría haber atestiguado jamás. Él, hizo lo que
correspondía. Le pagó tratamiento, medicinas, doctores, curanderos, sacerdotes.
De todo. ¿Quién iba a pensar que también el agua se le presentaría como cura?
Ella decidió visitar el mismo lago donde su hijo perdió más que la herencia. Acompañada
de la soledad, caminó lentamente por la costa hasta adentrase en las
profundidades y salir a flote cuando buzos y personal de protección civil
realizaban una copiosa búsqueda.
La
hija de Don Everardo no soportó la perdida. Reunió fuerzas y anunció el amor
que le tenía a un joven, un muchachillo escuálido, cuya familia poseía un
emporio de fracasados negocios y franquicias mal implementadas. En resumen, contaba
casi con el mismo dinero que el de Don Everardo, cuando plantó su primera
parcela. Eso significaba, que prefería ver a su hija flotando en el mismo lago,
que rodeada de los brazos de un pobretón. Casi lo logró. Finalmente la joven se
fugó una tarde, dejando en el buró de su padre, una carta que no fue leída,
sino arrojada a al fuego. Para después ser rescatada, apagada de manera
improvisada y ojeada a medias por los brillosos ojos de Don Everardo.
La
tragedia dormía en la cama de Don Everardo, respirándole en la nuca,
acariciándole su calva cabeza, enfriándole los pies y despertándolo por las
mañanas, anunciándole lo mal que comenzaban a desempeñarse sus negocios. Se
convirtió en su fiel compañera. Vivieron juntos unos cuantos años, los
suficientes para que Don Everardo decidiera ya no heredar, sino recaudar
capital y así poder pasar el resto de sus años con algo de dignidad. Quizá como
dicen por ahí, “el que nace para maceta nunca sale del corredor”. Él empezó
pobre, entonces tal vez así debía de terminar, viviendo en una reducida casa,
prácticamente solo y con el anhelo de tener un poco de juventud y volver a
empezar de nuevo. Qué mejor que hacerle una visita a ese lago.
Preparó
todo. Escribió carta, que dejó en su cama, sobre la almohada después de extender
las sábanas. Se llenó los bolcillos con fotografías de su esposa y la familia,
decenas de ellas. Metió en una bolsa la botella de tequila, de la misma marca
de la que llevó a su hijo a la muerte. Y se fue con todo a visitar aquel lago.
Ahí rentó una peculiar embarcación, del tamaño de un bote, pero con la estirpe
de todo un barco, pero empujado por una larga vara de Dios sabe que material. Eso
le costó capital y lanzar un par de improperios al muchachillo encargado del
negoció. Aquellos funestos armatostes, además de caros, estaban descuidados y
sucios. Pasado eso, se adentró lo más lejos que pudo sobre aguas tranquilas.
Una vez alcanzado al destino, arrojó la vara, se fue hasta la popa y con
botella en mano comenzó a revisar las fotografías.
-Nuestra boda –dijo tras sonríele a su
retrato, donde aparecía con la mejor ropa que pudo pagar en su vida. Abrazado
de su esposa, la mujer que creyó la acompañaría hasta el resto de sus días.
-Salud por la bruja –agregó. Ese mensaje
iba para la suegra-. Qué lástima que ella no se ahogó- sonrió, el alcohol, el
vacio en el estomago y el dolor del corazón, impulsaban a la embriaguez. Sin
notarlo, en su rostro yacía una sonrisa plena. Tiró la foto al lago.
-Nuestros muchachos –la foto mostraba
los quince años de su hija. Ese día celebraron una sesión fotográfica casi interminable-.
No quisiste más hijos. Te… te daba miedo. No querías terminar como mi madre,
ancha, con caderas… de vaca. ¡Yo quería siete!, ¿Me oyes? ¡Siete!, ¡machos,
hombres de bien! ¿Y que tuve, eh?
Se
detuvo a ver la foto, pensándolo bien, fueron buenos hijos. Sí algo
desobedientes, caprichosos, engreídos y rencorosos. Pero suyos.
-Con ellos no te metas –agregó,
guardándose la foto-. Se parecían a mí, a su padre. Pa’ qué querías más hijos,
¿eh? No, no. Dos son más que suficientes. Lo que pasa es que siempre te gustó
llevarme la contra, ¿no es así?
Esperó
respuesta. Bebió para hacer que el líquido en la botella pasara de medio lleno
a medio vacío. Al parecer el viento le contestó con una brisa suave.
-¡Todo es tu culpa! –Arremetió y la
botella alzó vuelo alejándose de la embarcación, cayendo al lago para hundirse
y nunca más volver a la superficie-. Pero no te preocupes, yo no te culpó. ¡No!
Sí la culpa es mía, ¿me oyes?, ¡mía! Yo me casé contigo pa’ empezar. Yo te fui
a buscar. Yo te saqué de ese muladar, yo te di todo. ¡Te aguanté tus
caprichitos esos! De comprarte disque ropa fina, zapatos, operaciones… ¿y pa’
que chingaos?, ¿pa’ que te murieras?, ¿pa’ eso los querías?
Lanzó
desplante, no valía la pena seguir con el monólogo. Hacía falta un respiro, arrojar
con violencia el resto de las fotografías, destrozar a medias el interior de la
embarcación, aventar todo por la borda, hasta llegar al cansancio puro, quedar a
punto de perder el control de los estribos y permitir a la saliva escaparse de
sus labios, víctima del alcohol y la falta de equilibrio. Para finalmente
terminar en el suelo, tirado, exhausto, lleno de lágrimas y con la boca
tiritando.
-¡Sabes que esto no me gusta! –gritó sin
lograr levantarse-. Son mariconadas. Llorar no es de hombres, ¡es de viejas!
¿Eso querías?, ¿así me querías? ¡Pos así me tienes!
Había
logrado enderezarse, pero las piernas le fallaron. Estaban confundidas, no
sabían si obedecer al alcohol, a las articulaciones o al coraje almacenado. Lo
pusieron de vuelta en el piso.
-Perdón –musitó, después de soltarse a
llorar y sentirse sumamente agobiado- ¡perdón!... ya voy –dijo arrastrándose.
Llegaría hasta la orilla y haría lo que todos, rendirse, entregarse al lago y
dejar de respirar-. ¡Ya voy vieja!, ¡no te vayas!... ya voy. ¡Espérame!
Se
paró justo en el borde, mientras el viento lo golpeaba por la espalda,
secándole las lágrimas, acariciándole el rostro tras haberle pasado por la
nuca. Llevándose sus palabras. El agua lo esperaba con los brazos abiertos. Sin
agitarse, bailando lentamente, susurrando aquella canción que Don Everardo
tanto atesoró y que sólo una vez pudo bailar con su mujer, y fue durante la
boda. Su vida le pasó por los ojos. Todo el esfuerzo, tantos años de trabajo
duro, de sacrificio, todo… y al final nada. Ya no tenía nada.
-No –dijo en susurro, meneando la cabeza
y alejándose lentamente- No… ya vi lo que pasa… no, a mí no me engañas. ¡Por
está que no! ¡Tú lo que quieres es verme muerto!, ¿verdad?, ¿quieres que flote,
como bule? ¡Pos no! Nomás eso me faltaba. ¡Sí soy hombre! Ya verás, ¡ya verás hortia
que vuelva!
Entre
que se daba vuelta para buscar la vara, y pensar en su venganza, las piernas le
volvieron a fallar y sin más contratiempo, lo llevaron a caer por la borda.
Horas más tarde, la hija de Don Everardo
dormía en el sillón, justo a un lado de la cama de hospital que contenía a su
padre. Debido a los fatídicos y recientes acontecimientos celebrados en el
lago, protección civil decidió montar operativos. Lograron sacar el cuerpo de
Don Everardo, justo antes de que el agua le llenase los pulmones y atrofiase su
corazón. Unos días en reposo y quedaría como nuevo. Ella se encargaría de
cuidarlo. Junto con su esposo le harían pie de casa. Al parecer, Don Everardo
necesitaba algo de compañía y medicamentos contra la depresión. Pero ella, su
única hija, estaba convencida que lo que su padre requería, era ver un rostro
nuevo. En menos de nueve meses le daría la noticia.