jueves, 20 de diciembre de 2012

V. Escarabajo de plata



Acepté la recomendación de los médicos y decidí pasar mi rehabilitación dentro de una habitación de hospital. Así por lo menos alguien me cocinaría y podría volver a dormir entre sábanas limpias y un colchón cómodo. El incidente con Laura y la muerte de Ricardo me dejó con una férula en el brazo, atándolo a mi cuerpo en compañía de vendajes y antibióticos. Nada de gravedad. Si mi atacante hubiera poseído algo más de fuerza y un poco de técnica, la cosa hubiera sido diferente. Aunque para ser honestos, en ese momento no me habría molestado tener que enfrentarme a una herida de mayor profundidad. Eso quizá me hubiera librado de la visita de Raúl.
            El muy imbécil entró sin darme tiempo de terminar el desayuno. Alegó estar sumamente molesto, indignado por mis acciones. Le parecía una completa estupidez el que hubiera dejado morir a Ricardo, sin sacarle nada de provecho.
-Contrata a otro –dije empecinado en terminar con la gelatina de limón, el postre patrocinado por el hospital-. Alguien menos estúpido.
            Raúl contestó como era de esperarse, altanero y egocéntricamente atinado. Yo no desconocía el “convenio” que existía entre los dos. Tan sólo quería tiempo para pensar en Laura. En primer lugar tenía que cerciorarme de que en realidad, la baratija en su cuello fuera el escarabajo y no una insulsa imitación. Por lo mismo me reservé el derecho de mencionarla. Con abogados o sin ellos, necesitaba extremar precauciones.  Raúl y su séquito de colegiados se tornarían más agresivos conforme pasara el tiempo. Y a no ser que tuvieran a alguien más investigando, podrían llamarlo y arruinarme el trabajo. Tenía una corazonada respecto a Laura, lo de ella adquirió tintes personales en cuanto me encajó el cuchillo.
-¿Qué va hacer? –preguntó de forma altiva-. ¿Dígame cómo piensa resolverlo si ya inmiscuyó a la policía?
            Reí, esa fue mi respuesta. Algo me decía que el recatado léxico del mayordomo de la difunta Verónica, iba más allá que de ser una característica de su profesionalismo. Ese cabrón fingía. Podía apostar que nunca en la vida había hablado con tal amaneramiento. Me faltaban fundamentos para validar mi teoría, pero no los necesitaba.
-Visitaré al doctor que atendió a Ricardo en el, ahora quemado hospital –dije alzándome en hombros, la gelatina de limón me sabía a gloria.
-¿Se refiere a Ezequiel?
            Los dos nos quedamos en silencio. Sobre todo él. Por mi parte, mencioné lo del doctor sólo para calmar los ánimos, no tenía intención de volverlo a ver. Pero el hecho de que Raúl lo mencionara, con todo y nombre de pila, me dejó entrever que por lo menos, una pequeña visita al curioso loquero no estaría de más. El mayordomo fingió demencia, volteó discretamente la cara y continuó con su palabrería. Mencionó me quedaba poco tiempo y que de lo contrario los abogados caerían encima de mí como buitres sobre carroña. Asentí con aire exagerado.
-¿Cómo conoció al doctor, a Ezequiel? –pregunté mientras escarbaba con la cuchara los últimos pedazos de gelatina verde.
            Raúl aguardó, se tomó tiempo para contestarme, con eso sólo apuntalaba mis suposiciones. Difícilmente él y el doctor pudieron haberse conocido en circunstancias alejadas al secuestro de Lucía y por tanto, a la desaparición del escarabajo. Además de que Raúl parecía ser un hombre aún con algo de juventud en las piernas. Alguien como él difícilmente habría estado en compañía de Verónica tanto tiempo, mucho menos veinte años como para haber sabido tanto de Ricardo y el titular del nosocomio. El maldito anhelaba algo más que cumplir cabalmente el último deseo de su patrona.
-No es relevante –dijo al final de cuentas y honestamente hice un esfuerzo tremebundo para evitar reírme.
            Me dejó con la palabra en la boca y disculpándose se retiró, no sin antes recordarme que el tiempo seguía su curso y por tanto el mío se agotaba. Asentí de nuevo y sarcásticamente me despedí de Raúl, pidiéndole permiso para terminar mi desayuno. Él se marchó tras esbozar una mustia sonrisa. Más tarde, después de llegar a un par de conclusiones, tracé los pasos que debía seguir. En primer lugar la visita al galeno resultaba obligatoria. Pero dadas mis condiciones físicas, no me podía permitir otro furibundo encuentro. El tal Ezequiel muy seguramente opondría resistencia. De ninguna manera celebraría visita con él dentro del hospital. Decidí que lo mejor sería caerle de improvisto en su decorosa morada. Tenía la dirección, lo que me faltaba era una coartada, quería hablar con él a solas, sin terceros. La esposa debía de darnos un poco de espacio. Lo segundo que me mantenía pensativo era Laura. Necesitaba despejar dudas.
            Levanté la bocina y marqué al teléfono de un viejo amigo. Su nombre, Víctor. Él desgraciado me ayudó tiempo atrás. Distaba mucho de ser un detective, pero poseía un talento único para encontrar gente “desaparecida”. Mejor dicho, su vida entre lo más bajo y deplorable de la sociedad, le había permitido hacerse de buenos contactos.
-Necesito que busques a alguien –le dije después de saludarlo. Víctor gastaba su tiempo como prestamista, adicto a las mujeres y algunas drogas de carácter poco pernicioso, si así se le quiere ver. Aunque ultimadamente comenzaba a retirarse del negocio.
-Laura –continué mientras lanzaba un vistazo al closet de la habitación. Ahí habían dejado mis pertenencias, todo menos el revólver- ven por la identificación, la tengo aquí en la habitación.
            Laura cometió el error de haberme dado su credencial y aunque no fuese suya, con eso bastaba para que Víctor pudiera buscar algún indicio. Por lo menos y a lo que recordaba, la fotografía sí concordaba con el rostro de Laura.
-Habitación 102 –continué mientras esculcaba en el closet. En efecto, ahí estaba la identificación-. Perfecto desgraciado, tu apresúrate y luego me cuentas sobre lo obeso que estás, ¿de acuerdo?
            Colgué tras sentir un poco de alivio. La mañana siguiente me darían de alta, según eso algo de reposo y buena alimentación bastarían para dejarme como nuevo. Al parecer la comida rápida y constantes viajes en automóvil surtieron el mismo efecto.
            Si bien consideraba a Raúl un completo imbécil, eso no quitaba el punto de que podía encerrarme en la cárcel y todo gracias a un viejo homicidio imprudencial en mis años mozos. En aquellos días mi orgullo estaba demasiado elevado y se me hizo fácil amenazar a un pobre borracho que impactó por detrás mi auto. Creí que el revólver estaba vació y apreté el gatillo con la intención de asustar al incauto. La bala le dio justo en el la frente. De no haber cobrado algunos favores, eso habría acabado con mi carrera. Al fin y al cabo el recuerdo volvía para meterme en problemas.

viernes, 30 de noviembre de 2012

IV. Escarabajo de plata



Por dentro la casa presumía un descuido total. Entre polvo y muebles maltratados desenfundé la pistola y cuidadosamente caminé. Las voces de José y Ricardo me sirvieron como guía, mientras subía por unas escaleras. Me fue difícil entender lo que ambos decían. Ricardo susurraba, casi inteligiblemente y José se limitaba a responder con monosílabos. Al final de las escaleras logré entre ver la habitación donde los dos esperaban. El loco sentado en el borde la cama y el custodio escondido de mi vista, aunque su silueta se perdía entre el suelo y el colchón. Esperé entonces el momento oportuno y con pistola en mano me entrometí entre los dos, parándome bajo el marco de la puerta. José hizo intento nulo por desenfundar su arma. Carecía de experiencia, podía apostar que nunca había utilizado alguna. Asimismo debió conseguirla de contrabando, sería mucho que estuviera cargada.  
-¡Yo no fui! –Dijo Ricardo poniéndose de pie y con las manos levantadas-.
            Se disculpaba por el incendio.
Jugué mis cartas y mencioné haber llamado a la policía. José reaccionó de inmediato. Un hombre como él carecía de las agallas necesarias para soportar el sonido de la palabra “policía” y lo que implicaba. Comenzó a lloriquear y atropelladamente mencionó ser sólo una víctima y que todo era plan de Ricardo, quien le había prometido una paga sustanciosa. No era necesario preguntar de dónde sacaría el dinero.
-¿Dónde está? –pregunté a Ricardo y él meneó la cabeza, negándose a responder.
            Como lo pensé antes, él estaba loco, mas no estúpido. Se había guardado para sí la ubicación del escarabajo o por lo menos esa impresión me dio. Lo amenacé con regresarlo al hospital si no confesaba. Él insistió no saber y con hilaridad en la voz, mencionó desconocer cualquier detalle sobre el escarabajo y que sólo lo había utilizado para engañar a José. Al decirlo, el otrora guardia del hospital, desenfundó el arma. Cosa que me hizo pensar que Ricardo decía la verdad. A tal grado que correspondió a mis sospechas por medio de carcajadas. Riéndose como lo que era, un desquiciado, y para colmo de José, aderezaba su risa repitiendo la misma frase:
-¡Te engañé! –decía anteponiendo las manos. La poca humanidad que le quedaba le hacía intuir que tarde o temprano una bala le atravesaría el cráneo.
            Decidí arriesgarme y disparé primero, hacia el techo, gastando inútilmente la mitad de mis balas. Por fortuna José reaccionó como esperaba. Asustado el arma se le resbaló, permitiéndole a Ricardo reír plenamente. Ahí fue cuando mi plan falló. A la altura de la nuca sentí le boquilla fría de una nueve milímetros, dispuesta a volarme los sesos. Perdí mi arma y como consolación, vi el rostro de mi atacante. Una mujer, seguramente la conductora del compacto. Reconocida de inmediato por Ricardo, quien gritó su nombre.
-¡Lucía! –dijo y por primera vez denotó verdadero terror en su desquiciado rostro.
            Ella pareció no inmutarse y sin bajar la amenaza contra mí, levantó el arma de José.
            En un acto repentino su pistola dejó de mirarme fijamente y sin más disparó cuatro veces sobre Ricardo. Tomé aquello como una señal y me abalancé sobre de ella, tirándola al suelo, sujetándole las manos tras la espalda. Dos disparos más se escarparon durante el ajetreo sin encontrar objetivo. Todo ese tiempo José no hizo más que llorar y pedir le perdonaran la vida. Una vez recuperé mi arma, pregunté si en realidad “Lucía” era quien Ricardo dijo. Por mi mente circulaba la idea errónea de que Verónica, de una u otra manera, se había burlado de mí.
-Sí –respondió sin mucho ánimo y poniéndose de pie, accidentalmente me mostró lo que yo anhelaba ver.
            El escarabajo colgaba de su cuello. Al verlo deseché la verdad. La situación no podía ser tan obvia y simple. Una persona como Lucía, de familia adinerada y en su momento, futuro arreglado. De ninguna manera podría pasar desapercibida tanto tiempo. Comencé con deducciones sencillas. Las fotos que encontré sobre ella en los archivos, mostraban a una persona de complexión física distinta, ligeramente más alta, según la proporción. La cara más alargada, la nariz respingada y los ojos ligeramente juntos, enfatizados por un mentón discreto. Aquella mujer enfrente de mí, sólo congeniaba en una cosa, el tono de piel. Pedí me entregara algún tipo de identificación. Afortunadamente su nombre era otro, Laura. Confesó no ser en realidad quien Ricardo dijo. Sino una burda conocida de él, una antigua novia que buscaba venganza. Lo culpaba por una vida perdida en la cárcel, tras haber cumplido una condena por asociación delictuosa. Tenía apenas un par de meses libre.
-¿Y eso? –le pregunté, señalando el escarabajo alrededor de su cuello.
-Es mío –dijo retrocediendo ligeramente.
            Tanto su arma como la de José seguían en el piso. Decidí patearlas bajo la cama, aunque después me pareció algo estúpido, yo sólo tenía una bala en mi revólver.
-Es evidencia –le dije y ella me sonrió incrédula-. Lo necesito.
-Si lo quiere pague –refutó levantándose en hombros y deliberadamente siguió retrocediendo.
            José me distrajo con sus lloriqueos y en el desliz de voltear a verle, Laura se abalanzó sobre mí, enterrándome un cuchillo a la altura del pecho. Después salió corriendo, acompañada por el grito de terror de José, escandalizado por la sangre que me manchaba la camisa. Sentí cercana la muerte, pero en realidad fue el miedo propiciado por la falta de experiencia. En toda mi carrera la única herida que tuve fue por bala y en mi primer caso.
            Asustado abrí la ventana de aquella estrecha habitación, dispuesto a disparar en cuanto el cuerpo de Laura se asomara. Por alguna razón los dedos no me respondieron y desde ahí vi a Laura abordar el compacto, marchándose tras desaparecer en el primer cruce. Me sentí un estúpido. En primer lugar ni siquiera tenía la seguridad de que aquella baratija que colgaba en su cuello, fuse en realidad el escarabajo plateado. Para colmo mi único hilo conductual yacía muerto sobre la cama. La policía llegó a los pocos minutos, hice lo que pude para elaborar una historia convincente, de ninguna manera permitiría que se supiese lo que en realidad hacía allí. Al parecer no fue tan buena, pues sólo conseguí que se llevaran a José esposado y un viaje al hospital. A él tendría que visitarlo, en caso de ser necesario, mucho tiempo después, de lo contrario levantaría más sospechas. Antes de eso me quedaba enfrentar doctores y vendajes. Si bien mi herida carecía de la gravedad necesaria como para sacarme del caso, en ese momento hubiera dado lo que fuera para agravarla. Ansiaba una excusa, el maldito escarabajo me había metido en un laberinto de problemas.

jueves, 22 de noviembre de 2012

III. Escarabajo de plata


Verónica había muerto, víctima de la edad y añejas enfermedades. Mientras el féretro era exhibido en el camposanto, despedido por las plegarias de un acomedido sacerdote, yo y mi ropa maldecíamos a la lluvia. Traté de observar los rostros de los familiares, trasmitiéndoles sin intención mí desanimo. En realidad ansiaba ver si alguien lloraba de manera autentica, al parecer no. Estaba claro que el caso se cerraría, y por seguridad (así como sentido común) esperaba una compensación. Al fin y al cabo, la idea de que el escarabajo plateado fuera un sueño romántico, no me resultaba tan absurda. Poco y nada encontré al respecto, sencillamente me fue imposible salir de la misma fosa en la que coleccionistas y traficantes cayeron. Quizá ya no era el de antes, simplemente la edad comenzaba a desplazar a mi talento.
            Después del entierro hubo una de esas reuniones entre la gente adinerada, donde sirven confiterías de compleja elaboración y café gourmet. Yo por mi parte preferí apegarme a mi papel de detective fracasado y atendí el llamado del mayordomo de Verónica. Un tipo de baja estatura, poco cabello y nariz respingada. Él me daría los detalles de mi contrato. Hubiera preferido tener un abogado, la cosa no pintaba bien. Al llegar al despacho de mi extinta jefa, Raúl, después de ofrecerme un poco de escocés, me pidió un informe detallado de la investigación. Le seguí el juego, apegándome a tecnicismos y oraciones cortas. No era asunto suyo.
-Espero que lo encuentre pronto –me dijo y al momento fuimos interrumpidos por un anciano, cuyo traje podría valer lo mismo que la paga que me prometieron. Resultó ser el abogado de Verónica. Argumento suficiente como para dejar que el alcohol me raspara la garganta.
            Perdí mi tiempo escuchado palabrería insulsa. El punto era que no se me pagaría, a no ser que cumpliera con mi misión. Por supuesto que me rehusé, apegándome a mi contrato y a la promesa de la entonces difunta. Sin embargo no estaba ahí para discutir cuestiones legales, sino para ser amenazado. Mi pasado tenía demasiados errores y el arcaico abogado los usaría para reabrir ciertas acusaciones en contra mía. La intención era encerrarme, en caso de no encontrar al escarabajo. Me acorralaron fácilmente, aunque quise aparentar lo contrario. Por desgracia, el homicidio, aún siendo imprudencial, podría meterme en problemas, sobre todo por la agravante de “arma de fuego”.
            Regresé a mi casa, enfurecido y dispuesto a destruirlo todo. Raúl y el abogado de Verónica me dieron plazo de un mes, de lo contrario un ejército de juristas se volcarían sobre mí y mi pasado. Tras mi berrinche y víctima de un dolor de cabeza, decidí dejarme llevar. Al fin y al cabo no tenía trabajo. Interponer un recurso legal, sin presupuesto y aludiendo a viejas amistades, era lo mismo que no hacer nada. Me dispuse entonces a visitar a Ricardo, el pobre desquiciado y secuestrador. Contra él desquitaría mi coraje, lo haría hablar sin importar nada. Seguramente me metería en problemas por golpear a un loco, pero tenía la garantía de que Raúl haría lo pertinente para sacarme, de lo contrario el trabajo quedaría inconcluso y esa no era su intención. Mientras conducía al hospital un camión de bomberos me ganó el paso y algo me dijo que se dirigía al nosocomio. Tras de él un par de patrullas de la policía y una ambulancia.
            Mis sospechas se confirmaron cuando se me impidió el paso. Continúe a pie, escabulléndome de los oficiales que trataban de impedir el paso de los curiosos. El hospital ardía y aquello resultaba en una trágica estampa, decorada por un séquito de locos, quienes corrían por los campos, tratando de aferrarse a la libertad. Personal del hospital y policías trataban de contenerlos. Al parecer una explosión fue la causante de todo. Algunas enfermeras habían caído en crisis y una de ellas no dejaba de repetir el nombre de un tal José. Pude haberme equivocado y debo admitir que fue una corazonada infantil, pero mi mente recordó el nombre del gendarme que cuidaba a Ricardo. Maldije a ambos en voz baja. Regresé a mi auto y lo eché en reversa, sin importar los gritos de los oficiales. Traté de darle la vuelta a la manzana. Por la parte trasera del hospital también había agitación. Entre patrullas, personal y curiosos bloqueaban la calle. Salí del vehículo para tener una mejor perspectiva. A los pocos segundos pude ver cuando sacaban en camilla a uno de los desquiciados. Por la distancia y ajetreo me fue imposible verle el rostro, pero sí reconocí el de José. Un hombre de cara redonda y bigote. Contrario al protocolo pidió subir en la ambulancia. No sé qué excusa dio. Lo que me molestó fue la ignorancia de los paramédicos. Un interno como Ricardo, por más herido que estuviera, no podía ser trasladado con un custodio del hospital.
            Volví de nuevo a mi auto con la espera de perseguir a la ambulancia. No pasaron varias cuadras cuando ésta se detuvo y los paramédicos fueron a obligados a descender, amedrentados por la pistola de José. Me mantuve a la distancia, dio la casualidad de que un auto compacto parecía unirse a mi improvisada persecución. A lo mucho intuí se trataba de una mujer o por lo menos de un hombre joven, delgado y de piel blanca. Traía puesta una gorra y unos lentes oscuros, apegándose fielmente a la estúpida idea de que así no llamaría la atención. La ambulancia se detuvo al entrar a calles menos transitadas. Ricardo y José salieron, el desquiciado pedía silencio con el dedo índice en los labios. Abordaron una carcacha color café, seguramente el tipo de auto que podría pagar el salario de un vigilante de hospital. Siguieron su camino hasta llegar a una casa color rojo, de dos pisos y visiblemente descuidada, igual que el resto del vecindario, incluso las calles lucían imperfecciones. La verdad era que el barrió lucía un bajo perfil, adecuado para cualquiera que quisiera vender droga al menudeo o instalar una casa de seguridad.
            Esperé a dentro de mi auto. Como lo supuse el otro compacto apareció, estacionándose diez metros tras de mí. Otro vehículo estorbaba, así que no pude ver de quien se trataba. No tenía tiempo para investigar, pero estaba claro que su presencia caía fuera de la casualidad. Busqué en la guatera, encontrándome con mi revólver y dos infortunadas balas. Sin más lo escondí entre el cinturón y la espalda, necesitaba hablar con Ricardo. No fuera ser que al igual que aquella vez, una fortuita explosión le sirviera como medio para escapar. Sobre todo ayudado por un custodio de quinta. Seguramente un buen samaritano, dispuesto ayudar a punta de pistola.

jueves, 15 de noviembre de 2012

II. Escarabajo de plata

 

La investigación comenzaba a seguir los pasos de todos aquellos fracasados coleccionistas y traficantes que anteriormente habían intentado encontrar el escarabajo. Todos los caminos parecían detenerse en un solo punto, en la romántica idea de que el escarabajo no era más que un mito. Dada la casualidad de que ningún agencia respetable había esbozado intento alguno por encontrarlo y la anciana, tras veinte años de extravío, era la primera vez que intentaba recuperarlo. No me pareció tan descabellada la idea.
            Pregunté en los altos círculos de la joyería. La mayoría de los supuestos “expertos” declararon nunca haber visto u oído sobre un dije de semejantes características. Descubrí, entre tantas cosas, el nombre de un tal Roberto. Un diseñador de joyería, de poco renombre, pero quien probablemente había tenido que ver con el diseño del dichoso escarabajo. Lo encontré en un oscuro bar, visitado sólo por ancianos de su especie, jubilados y solitarios. Sentado a la barra bebía simple agua mineral, sin nada más. Lo abordé en cuanto tuve oportunidad. Obtuve su atención al mencionar el escarabajo y a Lucía. De cualquier otra forma me habrían sacado a golpes del lugar.
-Le diré lo que a todos –dijo molesto, retirándose de la barra para buscar un sitió más tranquilo, allá en una de las esquinas del bar-. Yo sólo hice el diseño –dijo mientras se sentaba-. Punto, es todo. No sé donde está, ni nada, sólo eso.
            Su molestia recaía en un copioso acoso vivido los años siguientes de cuando Lucía fue secuestrada. Más de uno quiso recuperar el escarabajo y acudieron a él en búsqueda de respuestas o para mostrarle replicas que rondaban por el mercado negro, para ver si podía reconocer su obra.
-Su amiga quiere recuperarlo –le dije, tras ahuyentar al mesero-.
-¿Y a mí qué? –Dijo levantándose en hombros- ¿me debe de importar? Yo no sé nada. Ya me cansé de estar escondiéndome de idiotas como usted. ¡Déjeme en paz!
            Alguien como él difícilmente me podría ser de utilidad. No parecía tan meticuloso ni obsesionado como para haber escondido el escarabajo tanto tiempo, sólo por el hecho de retenerlo. Aún así husmeé en su casa, una vieja construcción de dos pisos, atendida por una ama de llaves que acudía todas las mañanas hasta las 4 de la tarde. Me cobré un favor y un par de policías entretuvieron a Roberto el tiempo suficiente para poder indagar en cada rincón de la casa. No encontré nada, al parecer su hastío hacia el escarabajo era autentico. Volví entonces con Verónica, la anciana que me contrató.
            Tuve que esperar para verla, se encontraba delicada de salud y su estirado mayordomo insistía en dejarla descansar. Ella condicionó mi visita. Solamente me atendería si le entregaba información convincente sobre el caso. La verdad es que no tenía nada. Como antaño preparé un discurso convincente, ella lo aceptó sin meditarlo (en eso de mentir no había perdido el toque), parecía complacida con mi “avance” en la búsqueda. Me permití lanzar un par de preguntas. Necesitaba saber por qué la urgencia de recuperar el escarabajo. Ella respondió con la misma palabrería que cuando me ofreció la oferta. Alegó sentirse cercana a la muerte y no deseaba irse sin su preciado dije. Insistí. Veinte años y hasta el último momento se decidió para encontrar al escarabajo. Así que le pregunté sobre Lucía, ¿a ella qué tanto la buscó?
            La pregunta le molestó, obligándola a quedarse en silencio varios segundos. Dado su refinado comportamiento apeló a mi sentido común, acusándome de absurdo.
-Por supuesto que la busqué –dijo completamente indignada.
            La verdad era que no y ambos lo sabíamos. En los registros de la policía no se tenía investigación alguna al respecto, sólo una denuncia hacia la familia secuestradora. Ni siquiera la familia directa de Lucía había intentado encontrarla. Todo lo contrario, abandonaron el país y aún no lograba contactarlos.
-Quiero mi escarabajo –dijo Verónica, dándome la espalda, sentándose frente al tocador de su cuarto-. Lo mandé hacer por capricho y por capricho lo he de recuperar.
            Discutir con ella sería una pérdida de tiempo. Lo único que me quedaba claro era que tanto ella como el tal Ricardo, tenían mucho que ver. Quizá él estaba loco, pero su afortunado escape de la muerte me dejaba intranquilo. Por otro lado, Verónica parecía empecinada en encontrar el escarabajo, lo más rápido posible y con completo hermetismo. No por nada me había contratado. Un detective de bajo perfil difícilmente llamaría la atención. Estaba claro que no quería que alguien más se le adelantara. Mi mente comenzaba a trazar teorías. La joya llevaba veinte años desaparecida y en ese tiempo Verónica no movió ni un centavo para recuperarla, ni siquiera le importó. El creer que por ser una anciana solitaria y llena de complejos, podría ser un móvil convincente, era tan lógico como imaginar que el doctor del siquiátrico seguía buscando al escarabajo. Él sólo quería mantener el mito con vida y lo de ella debía girar en un fundamento emocional, más puro.
            Regresé a mi departamento, lleno de preguntas y sospechas. Llegué a imaginar que Verónica solamente me usaba como distracción y por lo mismo me di a la tarea de investigar si algún otro detective estaba tras el mismo caso, pero contratado por una persona diferente. Afortunadamente no fue así, al parecer yo era el único. Un presentimiento me advirtió, el dichoso escarabajo podría meterme en mayores problemas que mi última encrucijada. Alguien más debía estar buscándolo, de eso estaba convencido. Había demasiadas líneas que seguir. La experiencia me llevaba a orquestar escenarios demasiado perversos o simples. Inclusive llegué a fantasear con alguna posible conexión entre el secuestro, la desaparición de Lucía y la sobrevivencia de Ricardo. Volví a  revisar los archivos de la policía al respecto. La mañana siguiente indagué en varias hemerotecas, buscaba alguna nota relacionada que me pudiera decir algo más allá de los informes policiacos. Los periodistas suelen enredar más las cosas, pero entre sus enredos podría encontrar un hilo convincente que seguir.  
            Encontré una columna que hablaba sobre el secuestro de Lucía. Allí se mencionaba sobre los antiguos negocios de Verónica y su relación con la familia Ramírez, los otrora banda de secuestradores. El autor afirmaba que había rumores entre ella y el entonces, líder de la banda, pues ambos trabajaron juntos en un negocio de empeño, del cual ella era la dueña y él uno de los valuadores. Ignoré la romántica conclusión del periodista, la cual dictaba que entre los dos existía contubernio con los secuestros. Para mí fue la señal de que debía volver con Ricardo y preguntarle un par de cosas.