Acepté
la recomendación de los médicos y decidí pasar mi rehabilitación dentro de una
habitación de hospital. Así por lo menos alguien me cocinaría y podría volver a
dormir entre sábanas limpias y un colchón cómodo. El incidente con Laura y la muerte
de Ricardo me dejó con una férula en el brazo, atándolo a mi cuerpo en compañía
de vendajes y antibióticos. Nada de gravedad. Si mi atacante hubiera poseído
algo más de fuerza y un poco de técnica, la cosa hubiera sido diferente. Aunque
para ser honestos, en ese momento no me habría molestado tener que enfrentarme
a una herida de mayor profundidad. Eso quizá me hubiera librado de la visita de
Raúl.
El muy imbécil entró sin darme
tiempo de terminar el desayuno. Alegó estar sumamente molesto, indignado por
mis acciones. Le parecía una completa estupidez el que hubiera dejado morir a
Ricardo, sin sacarle nada de provecho.
-Contrata
a otro –dije empecinado en terminar con la gelatina de limón, el postre
patrocinado por el hospital-. Alguien menos estúpido.
Raúl contestó como era de esperarse,
altanero y egocéntricamente atinado. Yo no desconocía el “convenio” que existía
entre los dos. Tan sólo quería tiempo para pensar en Laura. En primer lugar
tenía que cerciorarme de que en realidad, la baratija en su cuello fuera el
escarabajo y no una insulsa imitación. Por lo mismo me reservé el derecho de
mencionarla. Con abogados o sin ellos, necesitaba extremar precauciones. Raúl y su séquito de colegiados se tornarían
más agresivos conforme pasara el tiempo. Y a no ser que tuvieran a alguien más
investigando, podrían llamarlo y arruinarme el trabajo. Tenía una corazonada
respecto a Laura, lo de ella adquirió tintes personales en cuanto me encajó el
cuchillo.
-¿Qué
va hacer? –preguntó de forma altiva-. ¿Dígame cómo piensa resolverlo si ya
inmiscuyó a la policía?
Reí, esa fue mi respuesta. Algo me
decía que el recatado léxico del mayordomo de la difunta Verónica, iba más allá
que de ser una característica de su profesionalismo. Ese cabrón fingía. Podía
apostar que nunca en la vida había hablado con tal amaneramiento. Me faltaban
fundamentos para validar mi teoría, pero no los necesitaba.
-Visitaré
al doctor que atendió a Ricardo en el, ahora quemado hospital –dije alzándome
en hombros, la gelatina de limón me sabía a gloria.
-¿Se
refiere a Ezequiel?
Los dos nos quedamos en silencio.
Sobre todo él. Por mi parte, mencioné lo del doctor sólo para calmar los
ánimos, no tenía intención de volverlo a ver. Pero el hecho de que Raúl lo
mencionara, con todo y nombre de pila, me dejó entrever que por lo menos, una
pequeña visita al curioso loquero no estaría de más. El mayordomo fingió
demencia, volteó discretamente la cara y continuó con su palabrería. Mencionó
me quedaba poco tiempo y que de lo contrario los abogados caerían encima de mí
como buitres sobre carroña. Asentí con aire exagerado.
-¿Cómo
conoció al doctor, a Ezequiel? –pregunté mientras escarbaba con la cuchara los
últimos pedazos de gelatina verde.
Raúl aguardó, se tomó tiempo para
contestarme, con eso sólo apuntalaba mis suposiciones. Difícilmente él y el
doctor pudieron haberse conocido en circunstancias alejadas al secuestro de
Lucía y por tanto, a la desaparición del escarabajo. Además de que Raúl parecía
ser un hombre aún con algo de juventud en las piernas. Alguien como él
difícilmente habría estado en compañía de Verónica tanto tiempo, mucho menos
veinte años como para haber sabido tanto de Ricardo y el titular del nosocomio.
El maldito anhelaba algo más que cumplir cabalmente el último deseo de su
patrona.
-No
es relevante –dijo al final de cuentas y honestamente hice un esfuerzo
tremebundo para evitar reírme.
Me dejó con la palabra en la boca y
disculpándose se retiró, no sin antes recordarme que el tiempo seguía su curso
y por tanto el mío se agotaba. Asentí de nuevo y sarcásticamente me despedí de
Raúl, pidiéndole permiso para terminar mi desayuno. Él se marchó tras esbozar
una mustia sonrisa. Más tarde, después de llegar a un par de conclusiones,
tracé los pasos que debía seguir. En primer lugar la visita al galeno resultaba
obligatoria. Pero dadas mis condiciones físicas, no me podía permitir otro
furibundo encuentro. El tal Ezequiel muy seguramente opondría resistencia. De
ninguna manera celebraría visita con él dentro del hospital. Decidí que lo
mejor sería caerle de improvisto en su decorosa morada. Tenía la dirección, lo
que me faltaba era una coartada, quería hablar con él a solas, sin terceros. La
esposa debía de darnos un poco de espacio. Lo segundo que me mantenía pensativo
era Laura. Necesitaba despejar dudas.
Levanté la bocina y marqué al
teléfono de un viejo amigo. Su nombre, Víctor. Él desgraciado me ayudó tiempo
atrás. Distaba mucho de ser un detective, pero poseía un talento único para
encontrar gente “desaparecida”. Mejor dicho, su vida entre lo más bajo y deplorable
de la sociedad, le había permitido hacerse de buenos contactos.
-Necesito
que busques a alguien –le dije después de saludarlo. Víctor gastaba su tiempo como
prestamista, adicto a las mujeres y algunas drogas de carácter poco pernicioso,
si así se le quiere ver. Aunque ultimadamente comenzaba a retirarse del
negocio.
-Laura
–continué mientras lanzaba un vistazo al closet de la habitación. Ahí habían
dejado mis pertenencias, todo menos el revólver- ven por la identificación, la
tengo aquí en la habitación.
Laura cometió el error de haberme
dado su credencial y aunque no fuese suya, con eso bastaba para que Víctor
pudiera buscar algún indicio. Por lo menos y a lo que recordaba, la fotografía
sí concordaba con el rostro de Laura.
-Habitación
102 –continué mientras esculcaba en el closet. En efecto, ahí estaba la
identificación-. Perfecto desgraciado, tu apresúrate y luego me cuentas sobre
lo obeso que estás, ¿de acuerdo?
Colgué tras sentir un poco de
alivio. La mañana siguiente me darían de alta, según eso algo de reposo y buena
alimentación bastarían para dejarme como nuevo. Al parecer la comida rápida y
constantes viajes en automóvil surtieron el mismo efecto.
Si
bien consideraba a Raúl un completo imbécil, eso no quitaba el punto de que podía
encerrarme en la cárcel y todo gracias a un viejo homicidio imprudencial en mis
años mozos. En aquellos días mi orgullo estaba demasiado elevado y se me hizo
fácil amenazar a un pobre borracho que impactó por detrás mi auto. Creí que el
revólver estaba vació y apreté el gatillo con la intención de asustar al
incauto. La bala le dio justo en el la frente. De no haber cobrado algunos
favores, eso habría acabado con mi carrera. Al fin y al cabo el recuerdo volvía
para meterme en problemas.