Daniel Arturo Guerrero Álvarez
La
casa de la vieja Ester siempre me llamó la atención cuando niño. Mi madre cada
que podía miraba por la ventana hacia la imponente mansión de jardines
descuidados y pasto crecido, para después decirme:
-No
debes de jugar cerca de esa casa, ¿me entiendes? La gente mayor ya está muy
cansada y lo mejor es no molestarla-. Yo nunca le contestaba, sinceramente aquella
casa me daba miedo, sobre todo durante la época de lluvias.
Por mi ventana se podían ver los inmensos jardines,
repletos de plantas desatendidas, caminos de piedra desquebrajados y varios
árboles que impedían el paso de la luz del sol. Lo observaba todo desde lejos,
pero nunca pude ver a la señora Ester, ni siquiera los domingos. Siempre, antes
de ir a misa, forzosamente caminábamos mis padres y yo frente a la casa, pero
ella nunca se dejó ver.
Un día, pasada una semana de mí cumpleaños número
diez, una parvada de cuervos se posó en el techo de la vieja mansión. Todos en
el vecindario los miramos con atención. Yo me encerré en mi cuarto y desde la
ventana los observé. Me perdí al intentar admirarlos en silencio y por un
instante desvié la vista a uno de los ventanales de la casa. Logré entrever una
silueta; tal vez era ella.
-¡Aléjate
de la ventana! –me ordenó mi madre, al abrir la puerta, mientras me sonreía
junto con sus ojos tristes-. Más tarde escuché la sirena de una ambulancia: la
señora Ester había muerto.
Pasaron varios días y a pesar de que ya nadie
habitaba la gigantesca mansión, repetidas veces llegué a ver la luz encendida
en algunas de las habitaciones.
-A
los niños mentirosos se los lleva la hada de piedra –me decía mi madre cada que
le contaba lo que veía. Nunca me creyó, solamente me sonreía y repetía lo
mismo.
Una mañana desperté como siempre, me estiré en mi
cama, bostecé, pero al pisar el suelo me encontré con un cuervo muerto. Vaya
susto me dio, pegué un grito y enseguida mis padres subieron a toda prisa a ver
lo que sucedía. Refugiado entre los brazos de mi madre, miré a mi padre recoger
los restos del ave muerta.
Esa misma tarde salí a jugar con los niños de la
cuadra, debía contárselo a alguien más.
-Yo
también me encontré un cuervo muerto debajo de mi cama –me dijo Pablo-. También
Luis y Mónica. Mi abuela dice que se trata de la hada de piedra y que debemos
mudarnos de casa… lo ha escrito con gis en todas la paredes. Papá dice que está
loca.
-Pero
el hada sólo se lleva a los niños mentirosos –le dije convencido, aunque él
meneó la cabeza para decirme que no.
-Mi
abuela me dijo que el hada come niños y que para evitarlo hay que tragar las
plumas de un cuervo… pero mi mamá no me deja.
La mañana siguiente, temeroso me asomé con cuidado
debajo de mi cama; en efecto, había otro cuervo muerto. Lo levanté de un ala,
olía horrible, aún así comencé a arrancarle una por una las plumas y a
tragarlas. No pude engullir más de cinco. A punto de vomitar abrí la ventana y
arrojé al pobre animal. En la tardé quise salir a jugar, pero al abrir la
puerta me encontré con la mamá de Pablo, derramaba lágrimas, además de sollozos
y lamentos.
-¿Está
tu mamá? –le respondí que sí. Después mi madre llegó y enseguida atendió a la
pobre señora que no paraba de llorar.
-¿Dónde
está Pablo? –recibí como respuesta un grito de dolor.
Mi amigo había desaparecido, nadie sabía de él. Para
el domingo dos niños más se habían perdido, entre ellos Mónica. Desde ese momento
me dispuse a proteger mi alma, por lo que rezaba con mayor vehemencia antes de
dormir.
Días después el número había ascendido a cinco: mis
dos amigos y tres más que permanecían junto con ellos, sumidos en la nada.
Aquella noche me desperté, había ruidos en mi habitación, como si alguien
arrastrase piedras por mi recamara. Asustado me acurruqué bajo la sábana y
comencé a rezar desde padres nuestros hasta oraciones improvisadas que ya no
puedo recordar. Sin embargo me detuve al escuchar el rasposo canto de una
anciana.
A
los niños mentirosos
el
alma les devoro yo
y
a sus padres les regreso
solamente
el cascaron.
Cansado
y con el cuerpo temblándome de miedo perdí la noción del tiempo hasta quedarme
dormido.
Amanecí con un nudo en la garganta, me sentía a
ahogar. Comencé a toser hasta que logré vomitar una bola de plumas negras, una
vil esfera blanda y babosa que se pegó cual goma en el piso.
Miré con atención, no estaba sólo, recargadas en la
puerta de mí cuarto, cinco estatuillas de piedra me observaban con caritas
tristes. En el suelo, escrito con tiza, había una leyenda:
WOW! Chingón, muchacho. C H I N G Ó N. Que todos lo lean ya.
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