Los ojos de Santiago se abrieron de golpe, mostrándole una oscuridad que comenzaba a ceder paso al sol.
Respiraba agitado, víctima de un sueño
donde él y Erika, de nuevo deshacían la cama. Pronto cayó en cuenta de que no se
trataba de un evento onírico, sino de un recuerdo. Igual que la mañana
anterior, Erika yacía desnuda a un costado suyo, mostrándole la espalda, acurrucada
y completamente dormida. Para colmo a él le dolía el vientre bajo y tenía
demasiadas ganas de orinar. No le quedó más opción que irrumpir en el baño y
liberar la presión en su vejiga. Mientras lo hacía, su consciencia comenzó a
molestarlo. Sencillamente no encontraba explicación, hacía tiempo que sus heridas
habían sanado y de que Adler le había promedito dejarle partir. Aún así, seguía
ahí, prometiéndose huir, pero en lugar de eso, pasaba las noches teniendo sexo
con Erika. Ella era lo único que no le provocaba sentirse atrapado, pero
tampoco le servía de aliciente para quedarse, olvidarse de sí mismo y fingir
que la extraña realidad en la que habitaba, no merecía mayor atención.
Salió del baño y recuperó el
uniforme. Trató de vestirse a pesar de la parquedad luminosa y el rostro
apacible de Erika. Se calzó las botas, lanzando miradas escuetas a la ventana,
tratando de intuir la hora. Ignoraba el momento exacto en el que sol se asomaba
por el horizonte en la tierra de Kurtz. Aunque podía verlo en su intento por
lanzar rayos más potentes, las nubes de lluvia le complicaban leer la hora. Le
pareció increíble que siguiera lloviendo.
Se dispuso a salir de la habitación,
dudó en el momento en que puso mano en el cerrojo, pues nacía en él un deseo
por despedirse de Erika o en todo caso, convencerla de huir con él. Mejor no.
Ella era muy peculiar para el mundo real, además, sería injusto dejar a Adler
sin su hija. Ya de por sí le pesaba no poder ayudarle desposándola. Tal
conclusión le golpeó la memoria, haciéndole recordar la reunión que sostuvo
ayer con Herr Adler. Ahí fue cuando el doctor le inyectó quien sabe que basura
que le adormiló el cerebro y le sirvió de estímulo para entregarse a los brazos
de Erika. Pensándolo bien, saldría de la alcoba en silencio e iría a visitar la
morada de Adler. Le sacaría la verdad de una buena vez.
Caminó por el corredor, en silencio,
sigiloso hasta detenerse ante la habitación de Adler. A pesar de la similitud
entre puertas, pudo distinguirla. En cuanto la vio, también en su mente se
materializó el rostro de aquel anciano, a quien persiguiera por toda la casa.
El maldito viejo que lo trajo acuestas en la carreta. Si lo volvía a ver, le
preguntaría más que el nombre.
Abrió la puerta con delicadeza. Como
lo supuso, el sol viajaba con rapidez y la luz de mañana comenzaba a superar
por completo a la oscuridad. Así le fue más fácil advertir la presencia de
Adler, recostado en la cama. Se veía distinto. Su abultado cuerpo lucía
raquítico, el cabello pintado de blanco y la respiración susurrante. Igual que
cuando lo vio reflejado en el espejo. El cual dicho sea, esperaba a un costado
de la cama, colgado de la pared, presumiendo el reflejo de Santiago. No pudo
evitar dirigirle la mirada y atónito, verse a sí mismo. En el cristal sus
heridas seguían vigentes, la pierna rota, el brazo diezmado y cortadas en la
frente. Llevaba inclusive rastros de arena en las ropas. Tuvo que dejar de ver,
Adler le hablaba en voz baja. Se arrodilló ante su lecho para poder escucharlo.
-Beleth
–dijo entre susurros, repitiéndolo un par de veces-.
-Perdón,
pero no entiendo –dijo Santiago y gracias al silencio de la casa, pudo escuchar
una serie de pasos. Buscó escondite, encontrándolo finalmente en el armario,
donde se encerró. Afortunadamente el marco de la puerta dejaba una pequeña
abertura que le permitía ver dentro de la habitación.
El doctor y la mucama entraban. De
nuevo él con su maletín y el mandil ceñido, y ella con el tazón abrazado al
pecho. Pasaron a sentar el maltrecho cuerpo de Adler en la silla que precedía a
la cama, y respingándole las mangas, le conectaron la sonda para sacarle otra
poca de sangre. Siguieron el procedimiento cual lo mandaba la rutina y ambos
bebieron el plasma del señor Kurtz. Después lo regresaron a su lecho, arropándolo
como si de nuevo fuera a dormir.
En cuando la habitación quedó
despejada, Santiago salió de su escondite. Adler insistía repitiendo la misma
palabra.
-El
anciano –agregó en un esfuerzo por elevar la voz y con ello logró sacudir la
mente de Santiago-.
-¿Habla
del anciano que me trajo en la carreta?
-Beleth
–repitió Adler con un leve asentimiento de cabeza. Mismo que provocó un escalofrío
en Santiago, haciéndole recordar el día que conoció a Herr Kurtz. Le preguntó
por sus pertenencias y él le respondió, que Herr Beleth las tenía.
-¿Qué
sucede con él? –preguntó acercándose tanto como pudo. Inclusive le sostuvo la
mano, que no dejaba de tiritar-.
-La
casa –dijo susurrante- todo, no existe. Es él, sólo es él… vete, sal de aquí.
Tuvo que dejar de escuchar, Erika
gritaba, su escandalosa voz invadía toda la casa y de paso, alimentaba el miedo
que crecía en Santiago. Se sentía igual de aterrado como cuando el helicóptero
comenzó a desplomarse. Podía escuchar la alarma, parcialmente silenciada por
las aspas girando erráticamente.
Dejó en la cama a Adler y salió
disparado por el corredor. Supuso que Erika corría peligro, que quizá el doctor
y la mucama le echaban mano. A los dos los vio subiendo por las escaleras. Le
pidieron calma y les respondió con palabras altisonantes. Erika seguía
gritando, acusándose de haber sido abandonada.
Al llegar a la habitación cerró la
puerta y la atrancó con la silla. Después buscó a Erika. Esperaba de pie,
parada justo ante la ventana, mostrando la espalda. Se había cubierto el cuerpo
con aquel vestido escotado. Ahora que la veía ahí, impávida y en silencio, le
pareció una mala idea haberse encerrado. Lanzó una mirada rauda. Buscaba algún
objeto que pudiera servirle de arma. No encontró nada útil.
-Usted
no me ama –dijo Erika sin voltear la mirada-. Admítalo, piensa abandonarme.
Trató de pensar bien su respuesta.
Por desgracia el doctor llamaba a la puerta. La golpeaba con desesperación.
Mientras Raquel con palabras melosas, pedía a Santiago un poco de calma, pues
ellos sólo querían atender a la hija de Herr Kurtz.
-Dígame
–continuó Erika-, ¿por qué me detesta?, ¿qué hice para merecerme su desprecio?
Velé por usted en las noches, le hice compañía, le entregué mi cuerpo y aún así
no está satisfecho… ¿qué más necesita?
-Nada
–respondió sin querer expresarse de esa manera. Su pecho le exigía más espacio,
de lo contrario el corazón le rasgaría la piel, palpitando con vehemencia.
La puerta se azotaba con cada golpe,
pero por más que lo hiciera, no se animaba a contenerla. Se mantenía helado,
viendo como la silla temblaba, esperando el momento para ceder.
-¿Nada?
–Prosiguió Erika, acompañada por las voces del doctor y Raquel, quienes pedían entrada
libre-. Eso no fue lo que me dijo cuando lo encontré en la playa. ¿Ya lo ha
olvidado? Me pidió vivir, ¿lo recuerda?
Los ojos de Santiago abandonaron la
puerta y se fijaron en Erika, sólo a ella la escucharía. Ya no habría golpes a
la puerta, ni siquiera el susurro de las gotas de lluvia golpeando en el
cristal de la ventana. Nada se oiría a excepción de su voz.
-Tú
no estabas en la playa –dijo mientras en su mente repasaba desde el instante en
que la alarma sonó, hasta el momento en que el impactó lo lanzó fuera del
helicóptero, haciéndolo rodar por la arena, rompiéndole la pierna y
provocándole heridas internas que lo adormilaron, dejándolo inconsciente.
-Yo
lo salvé de la muerte –dijo Erika acelerando aún más las palpitaciones de
Santiago-. Y ahora huye de mí, me niega. ¿Qué no desea vivir por siempre?, ¿qué
no fue eso lo que me pidió antes de cerrar los ojos, vivir?
Las palabras de Erika las recordaba
como simples deseos que expresó en su mente, a decir verdad nunca los tomó en
serio. Fue el delirio de sentir el cuerpo pesado y somnoliento, a sabiendas que
en medio de la playa nada había más seguro que la muerte.
-¿Quién
eres? –preguntó y el golpe seco en la puerta le hizo estremecerse. Erika se dio
vuelta. Su rostro había sido suplantado, no era juvenil, ni femenino o terso.
Si no la fiel estampa de aquel anciano que lo sacó de la arena.
La puerta cedió finalmente, la silla
quedó tirada en el suelo y Gilbert entraba acompañado de Raquel. Sin embargo
sus rostros sufrían del mismo mal que aquejaba la tez de Erika. Presumían marcadas
arrugas y una papada alicaída. Aunque sus voces seguían siendo las mismas. No
vio más opción que perder el habla y en un despertar de sus músculos,
encerrarse en el baño. Ahí pudo recobrar el aliento y de pasó, vomitar en el
lavamanos, un líquido blanquecino que le lastimó la garganta. Sin notarlo
hablaba solo y en voz baja, repitiéndose que lo que había visto, no podía ni debía
ser real. Se lavó la cara y mientras el agua le escurría por la barbilla, los
tres llamaron a la puerta, a razón de delicados golpecitos. Apresuradamente
puso mano en la perilla y la sostuvo con fuerza, soltando maldiciones,
llenándose de sudor por el esfuerzo. Desesperado buscaba una salida. Había una
ventana en la pared contigua. Pequeña, pero lo suficientemente espaciosa para
permitirle salir.
-Déjame
entrar Santiago –se escuchó la voz del anciano, pudo reconocerla. Nunca olvidaría
ese timbre aguardentoso-.
Como respuesta golpeó la puerta,
intentaba con eso silenciar su mente, escuchar sólo el propio golpeteo.
Desahogó la desesperación que lo dominaba con impactos secos a la madera y
maldiciones, improperios que condenaban a la mansión, al anciano y cada persona
que habitaba la casa. Finalmente, cuando se hubo cansado, descubrió que ya
nadie llamaba. Escéptico pegó oreja. Aunque no escuchó nada más allá de la
lluvia, podía jurar que alguien esperaba en la habitación. Prefirió mejor
aprovechar la oportunidad, abrir la ventana y salir, en lugar de averiguar de
quien se trataba.
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