jueves, 23 de mayo de 2013

V. Herr Adler Kurtz


Los ojos de Santiago se abrieron de golpe, mostrándole una oscuridad que comenzaba a ceder paso al sol.
Respiraba agitado, víctima de un sueño donde él y Erika, de nuevo deshacían la cama. Pronto cayó en cuenta de que no se trataba de un evento onírico, sino de un recuerdo. Igual que la mañana anterior, Erika yacía desnuda a un costado suyo, mostrándole la espalda, acurrucada y completamente dormida. Para colmo a él le dolía el vientre bajo y tenía demasiadas ganas de orinar. No le quedó más opción que irrumpir en el baño y liberar la presión en su vejiga. Mientras lo hacía, su consciencia comenzó a molestarlo. Sencillamente no encontraba explicación, hacía tiempo que sus heridas habían sanado y de que Adler le había promedito dejarle partir. Aún así, seguía ahí, prometiéndose huir, pero en lugar de eso, pasaba las noches teniendo sexo con Erika. Ella era lo único que no le provocaba sentirse atrapado, pero tampoco le servía de aliciente para quedarse, olvidarse de sí mismo y fingir que la extraña realidad en la que habitaba, no merecía mayor atención. 
            Salió del baño y recuperó el uniforme. Trató de vestirse a pesar de la parquedad luminosa y el rostro apacible de Erika. Se calzó las botas, lanzando miradas escuetas a la ventana, tratando de intuir la hora. Ignoraba el momento exacto en el que sol se asomaba por el horizonte en la tierra de Kurtz. Aunque podía verlo en su intento por lanzar rayos más potentes, las nubes de lluvia le complicaban leer la hora. Le pareció increíble que siguiera lloviendo. 
            Se dispuso a salir de la habitación, dudó en el momento en que puso mano en el cerrojo, pues nacía en él un deseo por despedirse de Erika o en todo caso, convencerla de huir con él. Mejor no. Ella era muy peculiar para el mundo real, además, sería injusto dejar a Adler sin su hija. Ya de por sí le pesaba no poder ayudarle desposándola. Tal conclusión le golpeó la memoria, haciéndole recordar la reunión que sostuvo ayer con Herr Adler. Ahí fue cuando el doctor le inyectó quien sabe que basura que le adormiló el cerebro y le sirvió de estímulo para entregarse a los brazos de Erika. Pensándolo bien, saldría de la alcoba en silencio e iría a visitar la morada de Adler. Le sacaría la verdad de una buena vez. 
            Caminó por el corredor, en silencio, sigiloso hasta detenerse ante la habitación de Adler. A pesar de la similitud entre puertas, pudo distinguirla. En cuanto la vio, también en su mente se materializó el rostro de aquel anciano, a quien persiguiera por toda la casa. El maldito viejo que lo trajo acuestas en la carreta. Si lo volvía a ver, le preguntaría más que el nombre. 
            Abrió la puerta con delicadeza. Como lo supuso, el sol viajaba con rapidez y la luz de mañana comenzaba a superar por completo a la oscuridad. Así le fue más fácil advertir la presencia de Adler, recostado en la cama. Se veía distinto. Su abultado cuerpo lucía raquítico, el cabello pintado de blanco y la respiración susurrante. Igual que cuando lo vio reflejado en el espejo. El cual dicho sea, esperaba a un costado de la cama, colgado de la pared, presumiendo el reflejo de Santiago. No pudo evitar dirigirle la mirada y atónito, verse a sí mismo. En el cristal sus heridas seguían vigentes, la pierna rota, el brazo diezmado y cortadas en la frente. Llevaba inclusive rastros de arena en las ropas. Tuvo que dejar de ver, Adler le hablaba en voz baja. Se arrodilló ante su lecho para poder escucharlo.
-Beleth –dijo entre susurros, repitiéndolo un par de veces-.
-Perdón, pero no entiendo –dijo Santiago y gracias al silencio de la casa, pudo escuchar una serie de pasos. Buscó escondite, encontrándolo finalmente en el armario, donde se encerró. Afortunadamente el marco de la puerta dejaba una pequeña abertura que le permitía ver dentro de la habitación. 
            El doctor y la mucama entraban. De nuevo él con su maletín y el mandil ceñido, y ella con el tazón abrazado al pecho. Pasaron a sentar el maltrecho cuerpo de Adler en la silla que precedía a la cama, y respingándole las mangas, le conectaron la sonda para sacarle otra poca de sangre. Siguieron el procedimiento cual lo mandaba la rutina y ambos bebieron el plasma del señor Kurtz. Después lo regresaron a su lecho, arropándolo como si de nuevo fuera a dormir. 
            En cuando la habitación quedó despejada, Santiago salió de su escondite. Adler insistía repitiendo la misma palabra.
-El anciano –agregó en un esfuerzo por elevar la voz y con ello logró sacudir la mente de Santiago-.
-¿Habla del anciano que me trajo en la carreta?
-Beleth –repitió Adler con un leve asentimiento de cabeza. Mismo que provocó un escalofrío en Santiago, haciéndole recordar el día que conoció a Herr Kurtz. Le preguntó por sus pertenencias y él le respondió, que Herr Beleth las tenía.
-¿Qué sucede con él? –preguntó acercándose tanto como pudo. Inclusive le sostuvo la mano, que no dejaba de tiritar-.
-La casa –dijo susurrante- todo, no existe. Es él, sólo es él… vete, sal de aquí. 
            Tuvo que dejar de escuchar, Erika gritaba, su escandalosa voz invadía toda la casa y de paso, alimentaba el miedo que crecía en Santiago. Se sentía igual de aterrado como cuando el helicóptero comenzó a desplomarse. Podía escuchar la alarma, parcialmente silenciada por las aspas girando erráticamente. 
            Dejó en la cama a Adler y salió disparado por el corredor. Supuso que Erika corría peligro, que quizá el doctor y la mucama le echaban mano. A los dos los vio subiendo por las escaleras. Le pidieron calma y les respondió con palabras altisonantes. Erika seguía gritando, acusándose de haber sido abandonada. 
            Al llegar a la habitación cerró la puerta y la atrancó con la silla. Después buscó a Erika. Esperaba de pie, parada justo ante la ventana, mostrando la espalda. Se había cubierto el cuerpo con aquel vestido escotado. Ahora que la veía ahí, impávida y en silencio, le pareció una mala idea haberse encerrado. Lanzó una mirada rauda. Buscaba algún objeto que pudiera servirle de arma. No encontró nada útil.
-Usted no me ama –dijo Erika sin voltear la mirada-. Admítalo, piensa abandonarme. 
            Trató de pensar bien su respuesta. Por desgracia el doctor llamaba a la puerta. La golpeaba con desesperación. Mientras Raquel con palabras melosas, pedía a Santiago un poco de calma, pues ellos sólo querían atender a la hija de Herr Kurtz.
-Dígame –continuó Erika-, ¿por qué me detesta?, ¿qué hice para merecerme su desprecio? Velé por usted en las noches, le hice compañía, le entregué mi cuerpo y aún así no está satisfecho… ¿qué más necesita?
-Nada –respondió sin querer expresarse de esa manera. Su pecho le exigía más espacio, de lo contrario el corazón le rasgaría la piel, palpitando con vehemencia.
La puerta se azotaba con cada golpe, pero por más que lo hiciera, no se animaba a contenerla. Se mantenía helado, viendo como la silla temblaba, esperando el momento para ceder.
-¿Nada? –Prosiguió Erika, acompañada por las voces del doctor y Raquel, quienes pedían entrada libre-. Eso no fue lo que me dijo cuando lo encontré en la playa. ¿Ya lo ha olvidado? Me pidió vivir, ¿lo recuerda? 
            Los ojos de Santiago abandonaron la puerta y se fijaron en Erika, sólo a ella la escucharía. Ya no habría golpes a la puerta, ni siquiera el susurro de las gotas de lluvia golpeando en el cristal de la ventana. Nada se oiría a excepción de su voz.
-Tú no estabas en la playa –dijo mientras en su mente repasaba desde el instante en que la alarma sonó, hasta el momento en que el impactó lo lanzó fuera del helicóptero, haciéndolo rodar por la arena, rompiéndole la pierna y provocándole heridas internas que lo adormilaron, dejándolo inconsciente.
-Yo lo salvé de la muerte –dijo Erika acelerando aún más las palpitaciones de Santiago-. Y ahora huye de mí, me niega. ¿Qué no desea vivir por siempre?, ¿qué no fue eso lo que me pidió antes de cerrar los ojos, vivir? 
            Las palabras de Erika las recordaba como simples deseos que expresó en su mente, a decir verdad nunca los tomó en serio. Fue el delirio de sentir el cuerpo pesado y somnoliento, a sabiendas que en medio de la playa nada había más seguro que la muerte.
-¿Quién eres? –preguntó y el golpe seco en la puerta le hizo estremecerse. Erika se dio vuelta. Su rostro había sido suplantado, no era juvenil, ni femenino o terso. Si no la fiel estampa de aquel anciano que lo sacó de la arena. 
            La puerta cedió finalmente, la silla quedó tirada en el suelo y Gilbert entraba acompañado de Raquel. Sin embargo sus rostros sufrían del mismo mal que aquejaba la tez de Erika. Presumían marcadas arrugas y una papada alicaída. Aunque sus voces seguían siendo las mismas. No vio más opción que perder el habla y en un despertar de sus músculos, encerrarse en el baño. Ahí pudo recobrar el aliento y de pasó, vomitar en el lavamanos, un líquido blanquecino que le lastimó la garganta. Sin notarlo hablaba solo y en voz baja, repitiéndose que lo que había visto, no podía ni debía ser real. Se lavó la cara y mientras el agua le escurría por la barbilla, los tres llamaron a la puerta, a razón de delicados golpecitos. Apresuradamente puso mano en la perilla y la sostuvo con fuerza, soltando maldiciones, llenándose de sudor por el esfuerzo. Desesperado buscaba una salida. Había una ventana en la pared contigua. Pequeña, pero lo suficientemente espaciosa para permitirle salir.
-Déjame entrar Santiago –se escuchó la voz del anciano, pudo reconocerla. Nunca olvidaría ese timbre aguardentoso-. 
            Como respuesta golpeó la puerta, intentaba con eso silenciar su mente, escuchar sólo el propio golpeteo. Desahogó la desesperación que lo dominaba con impactos secos a la madera y maldiciones, improperios que condenaban a la mansión, al anciano y cada persona que habitaba la casa. Finalmente, cuando se hubo cansado, descubrió que ya nadie llamaba. Escéptico pegó oreja. Aunque no escuchó nada más allá de la lluvia, podía jurar que alguien esperaba en la habitación. Prefirió mejor aprovechar la oportunidad, abrir la ventana y salir, en lugar de averiguar de quien se trataba.   

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