jueves, 23 de agosto de 2012

El Hada de Piedra


Daniel Arturo Guerrero Álvarez 

La casa de la vieja Ester siempre me llamó la atención cuando niño. Mi madre cada que podía miraba por la ventana hacia la imponente mansión de jardines descuidados y pasto crecido, para después decirme:
-No debes de jugar cerca de esa casa, ¿me entiendes? La gente mayor ya está muy cansada y lo mejor es no molestarla-. Yo nunca le contestaba, sinceramente aquella casa me daba miedo, sobre todo durante la época de lluvias.
Por mi ventana se podían ver los inmensos jardines, repletos de plantas desatendidas, caminos de piedra desquebrajados y varios árboles que impedían el paso de la luz del sol. Lo observaba todo desde lejos, pero nunca pude ver a la señora Ester, ni siquiera los domingos. Siempre, antes de ir a misa, forzosamente caminábamos mis padres y yo frente a la casa, pero ella nunca se dejó ver.
Un día, pasada una semana de mí cumpleaños número diez, una parvada de cuervos se posó en el techo de la vieja mansión. Todos en el vecindario los miramos con atención. Yo me encerré en mi cuarto y desde la ventana los observé. Me perdí al intentar admirarlos en silencio y por un instante desvié la vista a uno de los ventanales de la casa. Logré entrever una silueta; tal vez era ella.
-¡Aléjate de la ventana! –me ordenó mi madre, al abrir la puerta, mientras me sonreía junto con sus ojos tristes-. Más tarde escuché la sirena de una ambulancia: la señora Ester había muerto.
Pasaron varios días y a pesar de que ya nadie habitaba la gigantesca mansión, repetidas veces llegué a ver la luz encendida en algunas de las habitaciones.
-A los niños mentirosos se los lleva la hada de piedra –me decía mi madre cada que le contaba lo que veía. Nunca me creyó, solamente me sonreía y repetía lo mismo.
Una mañana desperté como siempre, me estiré en mi cama, bostecé, pero al pisar el suelo me encontré con un cuervo muerto. Vaya susto me dio, pegué un grito y enseguida mis padres subieron a toda prisa a ver lo que sucedía. Refugiado entre los brazos de mi madre, miré a mi padre recoger los restos del ave muerta.
Esa misma tarde salí a jugar con los niños de la cuadra, debía contárselo a alguien más.
-Yo también me encontré un cuervo muerto debajo de mi cama –me dijo Pablo-. También Luis y Mónica. Mi abuela dice que se trata de la hada de piedra y que debemos mudarnos de casa… lo ha escrito con gis en todas la paredes. Papá dice que está loca.
-Pero el hada sólo se lleva a los niños mentirosos –le dije convencido, aunque él meneó la cabeza para decirme que no.
-Mi abuela me dijo que el hada come niños y que para evitarlo hay que tragar las plumas de un cuervo… pero mi mamá no me deja.
La mañana siguiente, temeroso me asomé con cuidado debajo de mi cama; en efecto, había otro cuervo muerto. Lo levanté de un ala, olía horrible, aún así comencé a arrancarle una por una las plumas y a tragarlas. No pude engullir más de cinco. A punto de vomitar abrí la ventana y arrojé al pobre animal. En la tardé quise salir a jugar, pero al abrir la puerta me encontré con la mamá de Pablo, derramaba lágrimas, además de sollozos y lamentos.
-¿Está tu mamá? –le respondí que sí. Después mi madre llegó y enseguida atendió a la pobre señora que no paraba de llorar.
-¿Dónde está Pablo? –recibí como respuesta un grito de dolor.
Mi amigo había desaparecido, nadie sabía de él. Para el domingo dos niños más se habían perdido, entre ellos Mónica. Desde ese momento me dispuse a proteger mi alma, por lo que rezaba con mayor vehemencia antes de dormir.
Días después el número había ascendido a cinco: mis dos amigos y tres más que permanecían junto con ellos, sumidos en la nada. Aquella noche me desperté, había ruidos en mi habitación, como si alguien arrastrase piedras por mi recamara. Asustado me acurruqué bajo la sábana y comencé a rezar desde padres nuestros hasta oraciones improvisadas que ya no puedo recordar. Sin embargo me detuve al escuchar el rasposo canto de una anciana.

A los niños mentirosos
el alma les devoro yo
y a sus padres les regreso
solamente el cascaron.

Cansado y con el cuerpo temblándome de miedo perdí la noción del tiempo hasta quedarme dormido.
Amanecí con un nudo en la garganta, me sentía a ahogar. Comencé a toser hasta que logré vomitar una bola de plumas negras, una vil esfera blanda y babosa que se pegó cual goma en el piso.
Miré con atención, no estaba sólo, recargadas en la puerta de mí cuarto, cinco estatuillas de piedra me observaban con caritas tristes. En el suelo, escrito con tiza, había una leyenda:

Plumas de cuervo Ester, plumas de cuervo.

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