jueves, 21 de febrero de 2013

X. Escarabajo de plata



Mi escape del hospital fue un tanto torpe, tortuoso y pueril. El gendarme que custodiaba la puerta, fue víctima de un viejo engaño. La verdad me faltó creatividad, pero el tiempo me apretaba la garganta. El límite de un mes había quedado descartado, Raúl echaría mano de todo para obtener el paradero del escarabajo y después ponerme en prisión, sólo por placer. Así que tras terminar el desayuno, aguardé sentado sobre la cama, con la férula como compañía y mis ideas susurrándome posibles escenarios. Tomé la bacinica y colocándome al lado de la puerta, di tres golpecitos a la misma. Aguardé y volví a llamar. Al poco tiempo hubo respuesta, escuché la voz del gendarme preguntando qué sucedía. Repetí la serie de golpecitos y la perilla cedió. Escondido tras la abertura de la puerta, aguardé el momento justo, sostuve con fuerza el inodoro portátil y solté golpe a la cabeza de mi incauto. Un impacto seco en la nuca y el desdichado cayó fulminado.
            Los detalles siguientes los omito por cuestiones de decencia. Sólo diré que me fue tremebundamente difícil quitarle el uniforme, ponérmelo y salir caminando como si nada mientras él esperaba recostado en el piso y la habitación cerrada. Maniobrar con una mano y a mi edad, no fue buena combinación. Logrado el objetivo, el tiempo y mi paciencia entraron en conflicto. Aún así pude andar con naturalidad y llegué hasta la parada del transporte público. Contaba con dinero, gracias a la billetera del policía. Eso no aminoraba que todos me voltearan a ver. Me fue difícil tranquilizarme y pensar. Trataba de entrever si podría volver a mi casa e intuir en dónde estaría encerrada Laura, además, averiguar qué sería de la salud de Víctor. En tanto al escondite del escarabajo, el bicho estaba seguro. De ninguna manera lo hubiese dejado en casa. A pesar de ello deduje que Raúl habría mandado un contingente a registrarla. Me jugué mis cartas y tomé camino a mi hogar. Traté de pasar desapercibido. El uniforme complicó las cosas. Más de uno lanzó mirada inquisitiva, ninguno de los esporádicos vecinos logró reconocerme, en lugar de eso, hubo quien se acercó para lanzarme improperios. Dentro de mi departamento, el cual en efecto había sido asaltado, me quité la indumentaria para vestir más casual. Luego me senté a pensar. Cabe mencionar que la puerta yacía desplomada, no tuve la privacidad necesaria.
            Me quedaba un revólver escondido, vació y sin tiempo como para ir a reabastecerlo. Seguramente ya me estaban buscando. El arma esperaba dentro de una añeja caja de herramientas. Después de tomarla busqué entre el desorden algo de dinero, lo sumé con el restante del policía, y salí de mi hogar con la intención de nunca volver. Pude haber huido con el escarabajo, venderlo en el mercado negro y hacerme de suficiente dinero en efectivo como para salir del país. Pero la verdad me entró un aire vengativo. Así que compré un celular desechable y saldo suficiente como para gastármelo en un mes.
            Llamé a Raúl, le hice creer que de nuevo nos veríamos. Él alardeó, mencionó un montón de estupideces acerca de la policía, la cárcel, amenazas de muerte y demás. Lo callé con una puntual amenaza. Yo no le entregaría el escarabajo, sino que nos veríamos de nuevo ante el rio, para decirle donde encontrarlo. Exigí mi paga y la liberación de Laura, además de que el doctor Ezequiel también debía estar presente. Nos veríamos a las ocho de la noche. Yo con el revólver apuntándome en la sien y ante la menor amenaza, jalaría del gatillo y el escarabajo se iría conmigo. Raúl accedió a todas mis peticiones. Yo por mi parte hice un par de llamadas y en lugar de acudir al sitió, me fui directo a la casa de Verónica, la célebre guarida del insulso ex mayordomo. Dos agentes viales me hicieron el favor de crear una distracción en la entrada, así pude pasar. Debo mencionar que aquel par se jugó bastante por culpa mía. Nunca pude agradecerles.
            La servidumbre prácticamente se había marchado. Sólo quedaba el ahora mayordomo de Raúl, quien discutía con los agentes. Seguí el capricho que pulsaba en mi cabeza y fui hasta el despacho. Estaba dispuesto a dejar un mensaje, una carta concisa dónde plasmara todo mi pensar en menos de dos oraciones. Sin embargo, encontré varios documentos. Había fotografías, carpetas repletas de archivos referentes al caso del secuestro y muerte de Lucía. Encendí la computadora, una portátil postrada en el escritorio. No es de sorprender que Raúl fuese un sujeto bastante simple en cuestiones informáticas. Dentro de los diversos cajones una libreta llamó mi atención, hojeé las páginas, la contraseña me saltó a los ojos, mezclada entre anotaciones y tachones.
            A sabiendas de que mi tiempo era escaso. Abordé al mayordomo. Se deshizo fácilmente de los policías. Pero al ver el revólver su semblante perdió seriedad y como todos, pidió clemencia. Le di razones e interpreté el papel de detective malo. Lo cual resultó bastante sencillo. Faltaban cinco minutos para que Raúl llegase al punto de reunión y mientras tanto en su casa, su mayordomo se ofrecía a darme todos los pormenores. Encerrado en el despacho del otrora sirviente de Verónica, confirmó una de mis añejas y teorías. Hubo un detective antes de mí. Según esto contratado por Verónica y quizá antes de la llegada de Raúl. Lo único que pudo develar, fue que el tal Títere se quedó con la joya y que supuestamente la dejó escondida mientras huía de la justicia. De inmediato pensé en Laura.
-Murió –respondió el mayordomo cuando pregunté por el paradero del susodicho secuestrador- en una riña o algo así, lea la investigación –insistió lanzando una mirada a la computadora, pues las manos las mantenía en alto, protegiéndose de la amenaza de aire y residuos de pólvora.
            Mi capacidad para amedrentar y maniobrar la computadora, con una sola mano, me obligó a confiar en el infeliz. Le pedí que reuniera toda la documentación y la metiera en una maleta, junto con la computadora.
-El doctor hacia las llamadas –agregó cuando me disponía a retirarme, ya tenía la maleta colgada al hombro. Las palabras del mayordomo me hicieron pensar en las reiteradas amenazas telefónicas que Laura recibió del supuesto Títere.
-¿Aquí? –pregunté, incrédulo.
-Sí –respondió con aire cansado, quizá decepcionado de sí mismo-. Su paciente, el enfermo… le dijo sobre una joven…
-Él murió…
-¡Fue antes! –Gritó gracias a que le acerqué el revólver a la frente-. Antes del incendio… ¡por favor!
            El tiempo se agotaba. Con el arma empujándole la espalda, salimos del despacho. Afuera de la casa los oficiales me esperaban. Acordé que me sacarían de la ciudad. Me quedaba un escape o mejor dicho un pariente. Se trataba de una tía que vivía en un pueblo a no menos de cien kilómetros de la ciudad y a quien no veía desde los doce. La verdad ni la recordaba y dudo que ella hiciese lo propio. De cualquier forma tenía que salir. Dejé al mayordomo recostado bajo el sillón de la sala y salí de la mansión.

Pasé la noche encerrado en la habitación, sin hablar con nadie. Lo cual me costó reclamos por parte de mi olvidada tía, la señora cargaba con bastantes años y un bagaje de relatos familiares y achaques de la edad que ansiaba compartir. Por lo que leí, el mayordomo de Raúl nunca mintió. No tuve manera de comprobar que en efecto Ezequiel fue el encargado de amedrentar Laura y para ser sincero, nunca pude escuchar esas llamadas ni saber qué fue de ella. Pero como dije antes, dudo que ella se hubiese prestado. Encontré unos reportes donde el galeno informaba que Ricardo, el difunto desquiciado, mencionó a la madre de Laura, así como unas referencias. Por la fecha del archivo, los eventos concordaban. Resultase que José, el custodio de Ricardo, estaba en contubernio con Ezequiel y éste le pidió sacar al maniático para que encontrara a la madre de Laura. Le permitieron hacer una llamada, pero él muy imbécil respetó su naturaleza. Según lo que encontré en la libreta, Ricardo sería liberado bajo protección de José. Sin embargo hubo incendio. Una nota periodística mencionaba las palabras “provocado” y “escape”. Después recordé que el custodio seguía encerrado y la concatenación con la aparición de Laura y la muerte del lunático. Había además un número telefónico. A falta de información, me dejé llevar por mi intuición y supuse que Ezequiel llamó buscando a quien debía portar con el escarabajo. Ahí debió entrar Laura.  
            Tras terminar de leer todo y tranquilizar mi mente, dejé que el fuego se ocupara de la evidencia robada. Luego atendí a mí desconocida tía. Viví con ella un par de meses, conocí a otros parientes, perfectos extraños de los cuales pongo en duda el lazo sanguíneo, igual que el mío. Gente dedicada a la crianza y el campo. Años después la anciana murió víctima de la edad y yo salí del Estado para seguir viviendo a costa de mis apreciados parientes. En contubernio y furtivamente, ninguna de las partes hizo por revisar el árbol genealógico. Preferimos confiar en la apalabra de la difunta. Pasé unos ocho años cuidando vacas y vendiendo confiterías en la carretera. Algo verdaderamente placentero y no me avergüenza decirlo. Seguí leyendo periódicos, los pocos que llegaban. Supe que Vítor fue encarcelado y eso gracias a una nota que denunciaba el escape de algunos reos de alta peligrosidad, entre ellos él. Consideré eso una señal y decidí volver a la ciudad. A recuperar el escarabajo antes de que la edad me alcanzara.
            Lo encontré exactamente donde lo dejé. Después de que Laura me lo entregó, me tomé tiempo para asimilar el éxtasis y en cuanto tuve privacidad. Volví al panteón. Como nunca escuché noticias al respecto, asumí que seguiría escondido. Lo encontré bajo tierra, justo a un lado de la base de una lápida en forma de cruz, colocada a contra esquina del primer escondite de la joya. El oxido de plata lo cubría casi por completo, hacía falta trabajo de reconstrucción. Pude abrir las alas y descubrir el reloj, permanecía inmóvil marcando las cuatro quince. Volví a envolverlo en tela y salí de ahí. 
Tantos años trabajando en el campo moldearon las arrugas en mi cara, oscurecieron el color de piel y modificaron mi semblante. Adquirí la complexión robusta propiciada por lo que hoy sería una mala alimentación, cargada en harinas, carne y licores de alta graduación. Así que no me preocupó andar con el rostro desnudo. Tuve que comprarme ropa nueva. Me cambié en un motel de dudosa reputación y vestido de manera más decente, navegué por la ciudad hasta llegar al camposanto donde Verónica descansaba. Tuve problemas para entrar, el lugar era exclusivo. Pero el soborno funciona en cualquier parte. Ya a solas con mi última clienta, hice lo mismo que aquella vez que recibí el escarabajo. Rasgué la tierra y lo enterré a un lado de su lápida. Al final de cuentas, ella cumplió su palabra, no como yo lo hubiese imaginado. Pero mi vida volvió a ser apreciable

           

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