Existe una tendencia natural en el
hombre por mentir y con eso no develo el hilo negro. Lo que sí es que el
conocimiento de dicha condición, debería de reducir el impacto que causa al saberse
engañado. En mi profesión, descubrirse en medio de una mentira resulta algo
habitual, el punto es la profundidad del engaño. Paradójicamente admito que fue
mediante una artimaña con la que caí en cuenta del embaucamiento en el que
estaba metido.
Le
dije a Raúl, de manera poco directa, la hora exacta de mi encuentro con mi
contacto anónimo. Ocho de la noche. Reafirmé el sitio en donde celebraría
reunión con ese ficticio personaje, el que supuestamente me revelaría el paradero
del escarabajo. Para llegar a la cita utilicé de nueva cuenta el transporte
público. De igual forma, otra vez tenía gente siguiéndome. Logré eludirlos y lo
hice justo antes de abandonar la calle que me acercaría a la avenida que corría
en paralelo al rio. Ahí caminé, el sitió de reunión no estaba lejos y dicho
sea, las construcciones resultaban esporádicas. Además de la fábrica, un
corredor turístico, el cual iluminaba el lugar mediante puestos ambulantes y
exposiciones artísticas. El sitio me sirvió de escondite. Mientras tanto Víctor
y su gente vigilaban los alrededores. En caso de que la cosa se tornara
complicada, para así tener un medio de escape. Y lo digo como si se tratase de
una inmensa multitud, sólo por vanidad, la verdad es simplemente había un par de
sujetos.
Escondido
como un civil más, si así se le puede decir cuando se tiene una férula en el
brazo. Divisé a una persona cuya peculiaridad me puso los nervios de punta y de
paso, me hizo segregar bilis. El doctor. El tal Ezequiel caminaba por el corredor
en dirección a la fábrica. Si ya lo he dicho, lamento repetirlo, pero en mi
trabajo las coincidencias no existen. A lo mucho las considero errores de
ingenuidad. Seguí al doctor, a la distancia, sin llamar la atención. La fábrica
presumía una luminaria que dejaba a la vista la vieja entrada. Según eso, en
ese lugar había quedado de verme con el “contacto”.
Compré una bolsa
de palomitas y me dediqué a admirar las habilidades en los dardos de algunos
visitantes. Desde ahí lanzaba miradas. El imbécil de Ezequiel permanecía bajo
la luz, evidenciaba nerviosismo y continuamente volteaba la vista en cualquier
dirección. También miró su reloj, mínimo unas diez veces. Finalmente confirmó
mis sospechas y en ese momento me molesté de sobremanera. El doctor sacó su
celular y realizó una llamada. ¿A quién más podría llamar? No había excusa alguna
que justificara su presencia en ese lugar, a esa hora y acompañado de tanta
impaciencia. En teoría sólo Raúl y yo sabíamos lo que se suponía, debía pasar allí.
Al poco tiempo un par de hombres hicieron compañía al doctor. Individuos cuya
facha evidenciaba sus cartas credenciales de matones. Hice lo propio, saqué mi
celular y pedí a Víctor que pusiera a su gente en marcha, pues necesitaba salir
antes de ser descubierto. Algo me decía que el loquero podría reconocerme.
Caminaba justo en mi dirección, discutiendo acaloradamente con aquellos sujetos.
Víctor me
alcanzó, iba a bordo de un taxi que conducía uno de sus agentes. Un muchacho
que apenas si rebasaba la edad mínima para poder conducir. Le mencioné la
presencia de Ezequiel, de quien nunca había hecho referencia en el pasado. Eso
muy probablemente fue un grave error. No tuve tiempo para profundizar en
detalles. En cuanto doblamos por la avenida en dirección a una calle más angosta,
nos dimos cuenta de que un vehículo en color negro nos perseguía. Víctor confió
en la destreza de aquel mocoso, pero ese no fue el punto. Por ir eludiendo,
otro vehículo nos impactó de lado, varios cruces más adelante. El taxi se fue
directo contra un poste de alumbrado público.
Desperté en el
hospital. Tuve suerte de no sufrir más que una contusión en la cabeza y
lastimarme el brazo, de por sí ya mermado. Fuera de eso, me mantenían en cama
por otras razones. Un policía vigilaba la entrada y como explicación, Raúl
entró a visitarme. Se veía molesto o mejor dicho, fingía estarlo. En realidad
se sabía dominador de la situación y creía tener todos los cabos en la mano. En
ese momento yo sólo pensaba en Víctor, algo me decía que el accidente lo había
dejado en peores condiciones que las mías. Después supe que lo tenían en otra
habitación, entubado y en estado de gravedad.
-Me engañó –dijo Raúl, fijo en su papel.
Yo no tenía ganas de escucharlo. Mis sospechas le cambiaban la etiqueta de
estúpido a culpable. Además la cabeza me punzaba. Aún así, le di cuerda.
-Le regresé el favor –le dije, cerré los
ojos para exagerar la dolencia en mi cráneo-. ¿Qué me dices del doctor?
Una
pregunta demasiado sencilla. Di gracias de que para hablar con Raúl no fuera
necesario estresar la lengua. Permaneció callado por un momento, con la boca
entreabierta y los ojos llenos de furia.
-¿Dónde lo tienes? –Su pregunta, además
de gritarme el cambió inoportuno de su insulso lenguaje recatado a uno más
ordinario, también me puso en alerta. Al parecer el maldito sabía más de la
cuenta.
-¿Qué cosa?
-¡El escarabajo! –Comprobado, su estridencia
me provocó un dolor en el orgullo. ¿De qué manera supo que yo lo tenía? Mi
mente comenzaba a revolverse, por momentos viajaba del recuerdo del accidente,
a la imagen de Laura entregándome el escarabajo.
-Se que lo tienes –continuó y le
respondí quejándome del dolor en la cabeza.
En
silencio pensaba en mi añeja visita a Ezequiel. Trataba de recordar de qué
hablé con él ese día. Estaba claro que entre él y Raúl había contubernio, y que
la relación de mando ponía al galeno debajo del mayordomo de Verónica. Quizá
habían interrogado a Víctor. En ese momento ignoraba su estado de salud, como
dije antes, lo supe después. Luego pensé en el Títere. Una figura más mítica
que real. Sus llamadas a Laura. A decir verdad yo nunca las escuché. Ni Víctor.
Necesitaba información, comenzaba a apresurar conclusiones.
-Teníamos un trato, ¿no? –Dije,
intencionalmente buscaba desquiciarlo, para que hablara de más-.
-¡Me engañaste!
-¡Aún no termino mi trabajo! –mi intento
fallidlo de elevar la voz me dio un punzón en la cabeza, así que proseguí en
voz baja-. ¿Quién en gaña a quien, eh?
Me amenazas con tus estúpidos abogados, me persigues, me metes en un maldito hospital…
me acusas de mentiroso. ¡Por mi jódete con el escarabajo!
-No me puedes engañar –sentenció, entre
risas nerviosas y una cara de maniaco, que fuera de propiciar miedo, me llenó
de lástima-. Ella me dijo todo –agregó. Sin necesidad de mencionar el nombre,
estaba claro de quien hablaba-. Sé que te dio el escarabajo. Di lo que quieras,
yo sé que lo tienes y lo escondiste bien por cierto.
Le respondí presionando el botón que
daría alarma a las enfermeras. Era suficiente de tanta estúpida palabrería. Me
despedí de Raúl y éste hizo lo propio, acompañado de amenazas y sentencias de
muerte. Volvería mañana, por la tarde, según eso necesitaba arreglar unos
asuntos previos a nuestro futuro encuentro. En otras palabras, preparar el
ataque en mi contra. El ejército de abogados caería sobre mí igual que
langostas en un campo de trigo. Llegué a dos conclusiones, mi paga estaba
perdida y, que Laura era una víctima más. Difícilmente ella tendría algo que
ver con Raúl. Le habría dado el escarabajo desde un principio. Quizá el Títere
(real o ficticio) llegó antes de lo planeado. Eso quedaba de lado, necesitaba
salir de ahí.
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