jueves, 7 de febrero de 2013

IX. Escarabajo de plata



Existe una tendencia natural en el hombre por mentir y con eso no develo el hilo negro. Lo que sí es que el conocimiento de dicha condición, debería de reducir el impacto que causa al saberse engañado. En mi profesión, descubrirse en medio de una mentira resulta algo habitual, el punto es la profundidad del engaño. Paradójicamente admito que fue mediante una artimaña con la que caí en cuenta del embaucamiento en el que estaba metido.

            Le dije a Raúl, de manera poco directa, la hora exacta de mi encuentro con mi contacto anónimo. Ocho de la noche. Reafirmé el sitio en donde celebraría reunión con ese ficticio personaje, el que supuestamente me revelaría el paradero del escarabajo. Para llegar a la cita utilicé de nueva cuenta el transporte público. De igual forma, otra vez tenía gente siguiéndome. Logré eludirlos y lo hice justo antes de abandonar la calle que me acercaría a la avenida que corría en paralelo al rio. Ahí caminé, el sitió de reunión no estaba lejos y dicho sea, las construcciones resultaban esporádicas. Además de la fábrica, un corredor turístico, el cual iluminaba el lugar mediante puestos ambulantes y exposiciones artísticas. El sitio me sirvió de escondite. Mientras tanto Víctor y su gente vigilaban los alrededores. En caso de que la cosa se tornara complicada, para así tener un medio de escape. Y lo digo como si se tratase de una inmensa multitud, sólo por vanidad, la verdad es simplemente había un par de sujetos.

            Escondido como un civil más, si así se le puede decir cuando se tiene una férula en el brazo. Divisé a una persona cuya peculiaridad me puso los nervios de punta y de paso, me hizo segregar bilis. El doctor. El tal Ezequiel caminaba por el corredor en dirección a la fábrica. Si ya lo he dicho, lamento repetirlo, pero en mi trabajo las coincidencias no existen. A lo mucho las considero errores de ingenuidad. Seguí al doctor, a la distancia, sin llamar la atención. La fábrica presumía una luminaria que dejaba a la vista la vieja entrada. Según eso, en ese lugar había quedado de verme con el “contacto”.

Compré una bolsa de palomitas y me dediqué a admirar las habilidades en los dardos de algunos visitantes. Desde ahí lanzaba miradas. El imbécil de Ezequiel permanecía bajo la luz, evidenciaba nerviosismo y continuamente volteaba la vista en cualquier dirección. También miró su reloj, mínimo unas diez veces. Finalmente confirmó mis sospechas y en ese momento me molesté de sobremanera. El doctor sacó su celular y realizó una llamada. ¿A quién más podría llamar? No había excusa alguna que justificara su presencia en ese lugar, a esa hora y acompañado de tanta impaciencia. En teoría sólo Raúl y yo sabíamos lo que se suponía, debía pasar allí. Al poco tiempo un par de hombres hicieron compañía al doctor. Individuos cuya facha evidenciaba sus cartas credenciales de matones. Hice lo propio, saqué mi celular y pedí a Víctor que pusiera a su gente en marcha, pues necesitaba salir antes de ser descubierto. Algo me decía que el loquero podría reconocerme. Caminaba justo en mi dirección, discutiendo acaloradamente con aquellos sujetos.

Víctor me alcanzó, iba a bordo de un taxi que conducía uno de sus agentes. Un muchacho que apenas si rebasaba la edad mínima para poder conducir. Le mencioné la presencia de Ezequiel, de quien nunca había hecho referencia en el pasado. Eso muy probablemente fue un grave error. No tuve tiempo para profundizar en detalles. En cuanto doblamos por la avenida en dirección a una calle más angosta, nos dimos cuenta de que un vehículo en color negro nos perseguía. Víctor confió en la destreza de aquel mocoso, pero ese no fue el punto. Por ir eludiendo, otro vehículo nos impactó de lado, varios cruces más adelante. El taxi se fue directo contra un poste de alumbrado público.

Desperté en el hospital. Tuve suerte de no sufrir más que una contusión en la cabeza y lastimarme el brazo, de por sí ya mermado. Fuera de eso, me mantenían en cama por otras razones. Un policía vigilaba la entrada y como explicación, Raúl entró a visitarme. Se veía molesto o mejor dicho, fingía estarlo. En realidad se sabía dominador de la situación y creía tener todos los cabos en la mano. En ese momento yo sólo pensaba en Víctor, algo me decía que el accidente lo había dejado en peores condiciones que las mías. Después supe que lo tenían en otra habitación, entubado y en estado de gravedad.

-Me engañó –dijo Raúl, fijo en su papel. Yo no tenía ganas de escucharlo. Mis sospechas le cambiaban la etiqueta de estúpido a culpable. Además la cabeza me punzaba. Aún así, le di cuerda.

-Le regresé el favor –le dije, cerré los ojos para exagerar la dolencia en mi cráneo-. ¿Qué me dices del doctor?

            Una pregunta demasiado sencilla. Di gracias de que para hablar con Raúl no fuera necesario estresar la lengua. Permaneció callado por un momento, con la boca entreabierta y los ojos llenos de furia.

-¿Dónde lo tienes? –Su pregunta, además de gritarme el cambió inoportuno de su insulso lenguaje recatado a uno más ordinario, también me puso en alerta. Al parecer el maldito sabía más de la cuenta.

-¿Qué cosa?

-¡El escarabajo! –Comprobado, su estridencia me provocó un dolor en el orgullo. ¿De qué manera supo que yo lo tenía? Mi mente comenzaba a revolverse, por momentos viajaba del recuerdo del accidente, a la imagen de Laura entregándome el escarabajo.

-Se que lo tienes –continuó y le respondí quejándome del dolor en la cabeza.

            En silencio pensaba en mi añeja visita a Ezequiel. Trataba de recordar de qué hablé con él ese día. Estaba claro que entre él y Raúl había contubernio, y que la relación de mando ponía al galeno debajo del mayordomo de Verónica. Quizá habían interrogado a Víctor. En ese momento ignoraba su estado de salud, como dije antes, lo supe después. Luego pensé en el Títere. Una figura más mítica que real. Sus llamadas a Laura. A decir verdad yo nunca las escuché. Ni Víctor. Necesitaba información, comenzaba a apresurar conclusiones.

-Teníamos un trato, ¿no? –Dije, intencionalmente buscaba desquiciarlo, para que hablara de más-.

-¡Me engañaste!

-¡Aún no termino mi trabajo! –mi intento fallidlo de elevar la voz me dio un punzón en la cabeza, así que proseguí en voz baja-.  ¿Quién en gaña a quien, eh? Me amenazas con tus estúpidos abogados, me persigues, me metes en un maldito hospital… me acusas de mentiroso. ¡Por mi jódete con el escarabajo!

-No me puedes engañar –sentenció, entre risas nerviosas y una cara de maniaco, que fuera de propiciar miedo, me llenó de lástima-. Ella me dijo todo –agregó. Sin necesidad de mencionar el nombre, estaba claro de quien hablaba-. Sé que te dio el escarabajo. Di lo que quieras, yo sé que lo tienes y lo escondiste bien por cierto.
            Le respondí presionando el botón que daría alarma a las enfermeras. Era suficiente de tanta estúpida palabrería. Me despedí de Raúl y éste hizo lo propio, acompañado de amenazas y sentencias de muerte. Volvería mañana, por la tarde, según eso necesitaba arreglar unos asuntos previos a nuestro futuro encuentro. En otras palabras, preparar el ataque en mi contra. El ejército de abogados caería sobre mí igual que langostas en un campo de trigo. Llegué a dos conclusiones, mi paga estaba perdida y, que Laura era una víctima más. Difícilmente ella tendría algo que ver con Raúl. Le habría dado el escarabajo desde un principio. Quizá el Títere (real o ficticio) llegó antes de lo planeado. Eso quedaba de lado, necesitaba salir de ahí.

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