La investigación comenzaba a seguir
los pasos de todos aquellos fracasados coleccionistas y traficantes que anteriormente
habían intentado encontrar el escarabajo. Todos los caminos parecían detenerse
en un solo punto, en la romántica idea de que el escarabajo no era más que un
mito. Dada la casualidad de que ningún agencia respetable había esbozado
intento alguno por encontrarlo y la anciana, tras veinte años de extravío, era
la primera vez que intentaba recuperarlo. No me pareció tan descabellada la
idea.
Pregunté
en los altos círculos de la joyería. La mayoría de los supuestos “expertos”
declararon nunca haber visto u oído sobre un dije de semejantes
características. Descubrí, entre tantas cosas, el nombre de un tal Roberto. Un
diseñador de joyería, de poco renombre, pero quien probablemente había tenido
que ver con el diseño del dichoso escarabajo. Lo encontré en un oscuro bar,
visitado sólo por ancianos de su especie, jubilados y solitarios. Sentado a la
barra bebía simple agua mineral, sin nada más. Lo abordé en cuanto tuve
oportunidad. Obtuve su atención al mencionar el escarabajo y a Lucía. De
cualquier otra forma me habrían sacado a golpes del lugar.
-Le diré lo que a todos –dijo molesto,
retirándose de la barra para buscar un sitió más tranquilo, allá en una de las
esquinas del bar-. Yo sólo hice el diseño –dijo mientras se sentaba-. Punto, es
todo. No sé donde está, ni nada, sólo eso.
Su
molestia recaía en un copioso acoso vivido los años siguientes de cuando Lucía
fue secuestrada. Más de uno quiso recuperar el escarabajo y acudieron a él en
búsqueda de respuestas o para mostrarle replicas que rondaban por el mercado
negro, para ver si podía reconocer su obra.
-Su amiga quiere recuperarlo –le dije,
tras ahuyentar al mesero-.
-¿Y a mí qué? –Dijo levantándose en
hombros- ¿me debe de importar? Yo no sé nada. Ya me cansé de estar
escondiéndome de idiotas como usted. ¡Déjeme en paz!
Alguien
como él difícilmente me podría ser de utilidad. No parecía tan meticuloso ni
obsesionado como para haber escondido el escarabajo tanto tiempo, sólo por el
hecho de retenerlo. Aún así husmeé en su casa, una vieja construcción de dos
pisos, atendida por una ama de llaves que acudía todas las mañanas hasta las 4
de la tarde. Me cobré un favor y un par de policías entretuvieron a Roberto el
tiempo suficiente para poder indagar en cada rincón de la casa. No encontré
nada, al parecer su hastío hacia el escarabajo era autentico. Volví entonces
con Verónica, la anciana que me contrató.
Tuve
que esperar para verla, se encontraba delicada de salud y su estirado mayordomo
insistía en dejarla descansar. Ella condicionó mi visita. Solamente me
atendería si le entregaba información convincente sobre el caso. La verdad es
que no tenía nada. Como antaño preparé un discurso convincente, ella lo aceptó
sin meditarlo (en eso de mentir no había perdido el toque), parecía complacida
con mi “avance” en la búsqueda. Me permití lanzar un par de preguntas.
Necesitaba saber por qué la urgencia de recuperar el escarabajo. Ella respondió
con la misma palabrería que cuando me ofreció la oferta. Alegó sentirse cercana
a la muerte y no deseaba irse sin su preciado dije. Insistí. Veinte años y
hasta el último momento se decidió para encontrar al escarabajo. Así que le
pregunté sobre Lucía, ¿a ella qué tanto la buscó?
La
pregunta le molestó, obligándola a quedarse en silencio varios segundos. Dado
su refinado comportamiento apeló a mi sentido común, acusándome de absurdo.
-Por supuesto que la busqué –dijo
completamente indignada.
La
verdad era que no y ambos lo sabíamos. En los registros de la policía no se
tenía investigación alguna al respecto, sólo una denuncia hacia la familia
secuestradora. Ni siquiera la familia directa de Lucía había intentado
encontrarla. Todo lo contrario, abandonaron el país y aún no lograba
contactarlos.
-Quiero mi escarabajo –dijo Verónica,
dándome la espalda, sentándose frente al tocador de su cuarto-. Lo mandé hacer
por capricho y por capricho lo he de recuperar.
Discutir
con ella sería una pérdida de tiempo. Lo único que me quedaba claro era que
tanto ella como el tal Ricardo, tenían mucho que ver. Quizá él estaba loco,
pero su afortunado escape de la muerte me dejaba intranquilo. Por otro lado,
Verónica parecía empecinada en encontrar el escarabajo, lo más rápido posible y
con completo hermetismo. No por nada me había contratado. Un detective de bajo
perfil difícilmente llamaría la atención. Estaba claro que no quería que
alguien más se le adelantara. Mi mente comenzaba a trazar teorías. La joya
llevaba veinte años desaparecida y en ese tiempo Verónica no movió ni un
centavo para recuperarla, ni siquiera le importó. El creer que por ser una
anciana solitaria y llena de complejos, podría ser un móvil convincente, era
tan lógico como imaginar que el doctor del siquiátrico seguía buscando al
escarabajo. Él sólo quería mantener el mito con vida y lo de ella debía girar
en un fundamento emocional, más puro.
Regresé
a mi departamento, lleno de preguntas y sospechas. Llegué a imaginar que
Verónica solamente me usaba como distracción y por lo mismo me di a la tarea de
investigar si algún otro detective estaba tras el mismo caso, pero contratado
por una persona diferente. Afortunadamente no fue así, al parecer yo era el
único. Un presentimiento me advirtió, el dichoso escarabajo podría meterme en
mayores problemas que mi última encrucijada. Alguien más debía estar
buscándolo, de eso estaba convencido. Había demasiadas líneas que seguir. La
experiencia me llevaba a orquestar escenarios demasiado perversos o simples. Inclusive
llegué a fantasear con alguna posible conexión entre el secuestro, la
desaparición de Lucía y la sobrevivencia de Ricardo. Volví a revisar los archivos de la policía al
respecto. La mañana siguiente indagué en varias hemerotecas, buscaba alguna
nota relacionada que me pudiera decir algo más allá de los informes policiacos.
Los periodistas suelen enredar más las cosas, pero entre sus enredos podría
encontrar un hilo convincente que seguir.
Encontré
una columna que hablaba sobre el secuestro de Lucía. Allí se mencionaba sobre
los antiguos negocios de Verónica y su relación con la familia Ramírez, los
otrora banda de secuestradores. El autor afirmaba que había rumores entre ella
y el entonces, líder de la banda, pues ambos trabajaron juntos en un negocio de
empeño, del cual ella era la dueña y él uno de los valuadores. Ignoré la
romántica conclusión del periodista, la cual dictaba que entre los dos existía
contubernio con los secuestros. Para mí fue la señal de que debía volver con
Ricardo y preguntarle un par de cosas.
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