jueves, 15 de noviembre de 2012

II. Escarabajo de plata

 

La investigación comenzaba a seguir los pasos de todos aquellos fracasados coleccionistas y traficantes que anteriormente habían intentado encontrar el escarabajo. Todos los caminos parecían detenerse en un solo punto, en la romántica idea de que el escarabajo no era más que un mito. Dada la casualidad de que ningún agencia respetable había esbozado intento alguno por encontrarlo y la anciana, tras veinte años de extravío, era la primera vez que intentaba recuperarlo. No me pareció tan descabellada la idea.
            Pregunté en los altos círculos de la joyería. La mayoría de los supuestos “expertos” declararon nunca haber visto u oído sobre un dije de semejantes características. Descubrí, entre tantas cosas, el nombre de un tal Roberto. Un diseñador de joyería, de poco renombre, pero quien probablemente había tenido que ver con el diseño del dichoso escarabajo. Lo encontré en un oscuro bar, visitado sólo por ancianos de su especie, jubilados y solitarios. Sentado a la barra bebía simple agua mineral, sin nada más. Lo abordé en cuanto tuve oportunidad. Obtuve su atención al mencionar el escarabajo y a Lucía. De cualquier otra forma me habrían sacado a golpes del lugar.
-Le diré lo que a todos –dijo molesto, retirándose de la barra para buscar un sitió más tranquilo, allá en una de las esquinas del bar-. Yo sólo hice el diseño –dijo mientras se sentaba-. Punto, es todo. No sé donde está, ni nada, sólo eso.
            Su molestia recaía en un copioso acoso vivido los años siguientes de cuando Lucía fue secuestrada. Más de uno quiso recuperar el escarabajo y acudieron a él en búsqueda de respuestas o para mostrarle replicas que rondaban por el mercado negro, para ver si podía reconocer su obra.
-Su amiga quiere recuperarlo –le dije, tras ahuyentar al mesero-.
-¿Y a mí qué? –Dijo levantándose en hombros- ¿me debe de importar? Yo no sé nada. Ya me cansé de estar escondiéndome de idiotas como usted. ¡Déjeme en paz!
            Alguien como él difícilmente me podría ser de utilidad. No parecía tan meticuloso ni obsesionado como para haber escondido el escarabajo tanto tiempo, sólo por el hecho de retenerlo. Aún así husmeé en su casa, una vieja construcción de dos pisos, atendida por una ama de llaves que acudía todas las mañanas hasta las 4 de la tarde. Me cobré un favor y un par de policías entretuvieron a Roberto el tiempo suficiente para poder indagar en cada rincón de la casa. No encontré nada, al parecer su hastío hacia el escarabajo era autentico. Volví entonces con Verónica, la anciana que me contrató.
            Tuve que esperar para verla, se encontraba delicada de salud y su estirado mayordomo insistía en dejarla descansar. Ella condicionó mi visita. Solamente me atendería si le entregaba información convincente sobre el caso. La verdad es que no tenía nada. Como antaño preparé un discurso convincente, ella lo aceptó sin meditarlo (en eso de mentir no había perdido el toque), parecía complacida con mi “avance” en la búsqueda. Me permití lanzar un par de preguntas. Necesitaba saber por qué la urgencia de recuperar el escarabajo. Ella respondió con la misma palabrería que cuando me ofreció la oferta. Alegó sentirse cercana a la muerte y no deseaba irse sin su preciado dije. Insistí. Veinte años y hasta el último momento se decidió para encontrar al escarabajo. Así que le pregunté sobre Lucía, ¿a ella qué tanto la buscó?
            La pregunta le molestó, obligándola a quedarse en silencio varios segundos. Dado su refinado comportamiento apeló a mi sentido común, acusándome de absurdo.
-Por supuesto que la busqué –dijo completamente indignada.
            La verdad era que no y ambos lo sabíamos. En los registros de la policía no se tenía investigación alguna al respecto, sólo una denuncia hacia la familia secuestradora. Ni siquiera la familia directa de Lucía había intentado encontrarla. Todo lo contrario, abandonaron el país y aún no lograba contactarlos.
-Quiero mi escarabajo –dijo Verónica, dándome la espalda, sentándose frente al tocador de su cuarto-. Lo mandé hacer por capricho y por capricho lo he de recuperar.
            Discutir con ella sería una pérdida de tiempo. Lo único que me quedaba claro era que tanto ella como el tal Ricardo, tenían mucho que ver. Quizá él estaba loco, pero su afortunado escape de la muerte me dejaba intranquilo. Por otro lado, Verónica parecía empecinada en encontrar el escarabajo, lo más rápido posible y con completo hermetismo. No por nada me había contratado. Un detective de bajo perfil difícilmente llamaría la atención. Estaba claro que no quería que alguien más se le adelantara. Mi mente comenzaba a trazar teorías. La joya llevaba veinte años desaparecida y en ese tiempo Verónica no movió ni un centavo para recuperarla, ni siquiera le importó. El creer que por ser una anciana solitaria y llena de complejos, podría ser un móvil convincente, era tan lógico como imaginar que el doctor del siquiátrico seguía buscando al escarabajo. Él sólo quería mantener el mito con vida y lo de ella debía girar en un fundamento emocional, más puro.
            Regresé a mi departamento, lleno de preguntas y sospechas. Llegué a imaginar que Verónica solamente me usaba como distracción y por lo mismo me di a la tarea de investigar si algún otro detective estaba tras el mismo caso, pero contratado por una persona diferente. Afortunadamente no fue así, al parecer yo era el único. Un presentimiento me advirtió, el dichoso escarabajo podría meterme en mayores problemas que mi última encrucijada. Alguien más debía estar buscándolo, de eso estaba convencido. Había demasiadas líneas que seguir. La experiencia me llevaba a orquestar escenarios demasiado perversos o simples. Inclusive llegué a fantasear con alguna posible conexión entre el secuestro, la desaparición de Lucía y la sobrevivencia de Ricardo. Volví a  revisar los archivos de la policía al respecto. La mañana siguiente indagué en varias hemerotecas, buscaba alguna nota relacionada que me pudiera decir algo más allá de los informes policiacos. Los periodistas suelen enredar más las cosas, pero entre sus enredos podría encontrar un hilo convincente que seguir.  
            Encontré una columna que hablaba sobre el secuestro de Lucía. Allí se mencionaba sobre los antiguos negocios de Verónica y su relación con la familia Ramírez, los otrora banda de secuestradores. El autor afirmaba que había rumores entre ella y el entonces, líder de la banda, pues ambos trabajaron juntos en un negocio de empeño, del cual ella era la dueña y él uno de los valuadores. Ignoré la romántica conclusión del periodista, la cual dictaba que entre los dos existía contubernio con los secuestros. Para mí fue la señal de que debía volver con Ricardo y preguntarle un par de cosas.

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