Verónica había muerto, víctima de la
edad y añejas enfermedades. Mientras el féretro era exhibido en el camposanto,
despedido por las plegarias de un acomedido sacerdote, yo y mi ropa maldecíamos
a la lluvia. Traté de observar los rostros de los familiares, trasmitiéndoles
sin intención mí desanimo. En realidad ansiaba ver si alguien lloraba de manera
autentica, al parecer no. Estaba claro que el caso se cerraría, y por seguridad
(así como sentido común) esperaba una compensación. Al fin y al cabo, la idea
de que el escarabajo plateado fuera un sueño romántico, no me resultaba tan
absurda. Poco y nada encontré al respecto, sencillamente me fue imposible salir
de la misma fosa en la que coleccionistas y traficantes cayeron. Quizá ya no
era el de antes, simplemente la edad comenzaba a desplazar a mi talento.
Después
del entierro hubo una de esas reuniones entre la gente adinerada, donde sirven
confiterías de compleja elaboración y café gourmet. Yo por mi parte preferí
apegarme a mi papel de detective fracasado y atendí el llamado del mayordomo de
Verónica. Un tipo de baja estatura, poco cabello y nariz respingada. Él me
daría los detalles de mi contrato. Hubiera preferido tener un abogado, la cosa
no pintaba bien. Al llegar al despacho de mi extinta jefa, Raúl, después de
ofrecerme un poco de escocés, me pidió un informe detallado de la investigación.
Le seguí el juego, apegándome a tecnicismos y oraciones cortas. No era asunto
suyo.
-Espero que lo encuentre pronto –me
dijo y al momento fuimos interrumpidos por un anciano, cuyo traje podría valer
lo mismo que la paga que me prometieron. Resultó ser el abogado de Verónica.
Argumento suficiente como para dejar que el alcohol me raspara la garganta.
Perdí
mi tiempo escuchado palabrería insulsa. El punto era que no se me pagaría, a no
ser que cumpliera con mi misión. Por supuesto que me rehusé, apegándome a mi contrato
y a la promesa de la entonces difunta. Sin embargo no estaba ahí para discutir
cuestiones legales, sino para ser amenazado. Mi pasado tenía demasiados errores
y el arcaico abogado los usaría para reabrir ciertas acusaciones en contra mía.
La intención era encerrarme, en caso de no encontrar al escarabajo. Me
acorralaron fácilmente, aunque quise aparentar lo contrario. Por desgracia, el
homicidio, aún siendo imprudencial, podría meterme en problemas, sobre todo por
la agravante de “arma de fuego”.
Regresé
a mi casa, enfurecido y dispuesto a destruirlo todo. Raúl y el abogado de
Verónica me dieron plazo de un mes, de lo contrario un ejército de juristas se
volcarían sobre mí y mi pasado. Tras mi berrinche y víctima de un dolor de
cabeza, decidí dejarme llevar. Al fin y al cabo no tenía trabajo. Interponer un
recurso legal, sin presupuesto y aludiendo a viejas amistades, era lo mismo que
no hacer nada. Me dispuse entonces a visitar a Ricardo, el pobre desquiciado y
secuestrador. Contra él desquitaría mi coraje, lo haría hablar sin importar
nada. Seguramente me metería en problemas por golpear a un loco, pero tenía la
garantía de que Raúl haría lo pertinente para sacarme, de lo contrario el
trabajo quedaría inconcluso y esa no era su intención. Mientras conducía al
hospital un camión de bomberos me ganó el paso y algo me dijo que se dirigía al
nosocomio. Tras de él un par de patrullas de la policía y una ambulancia.
Mis
sospechas se confirmaron cuando se me impidió el paso. Continúe a pie,
escabulléndome de los oficiales que trataban de impedir el paso de los
curiosos. El hospital ardía y aquello resultaba en una trágica estampa,
decorada por un séquito de locos, quienes corrían por los campos, tratando de
aferrarse a la libertad. Personal del hospital y policías trataban de contenerlos.
Al parecer una explosión fue la causante de todo. Algunas enfermeras habían
caído en crisis y una de ellas no dejaba de repetir el nombre de un tal José.
Pude haberme equivocado y debo admitir que fue una corazonada infantil, pero mi
mente recordó el nombre del gendarme que cuidaba a Ricardo. Maldije a ambos en
voz baja. Regresé a mi auto y lo eché en reversa, sin importar los gritos de
los oficiales. Traté de darle la vuelta a la manzana. Por la parte trasera del
hospital también había agitación. Entre patrullas, personal y curiosos
bloqueaban la calle. Salí del vehículo para tener una mejor perspectiva. A los
pocos segundos pude ver cuando sacaban en camilla a uno de los desquiciados.
Por la distancia y ajetreo me fue imposible verle el rostro, pero sí reconocí
el de José. Un hombre de cara redonda y bigote. Contrario al protocolo pidió
subir en la ambulancia. No sé qué excusa dio. Lo que me molestó fue la
ignorancia de los paramédicos. Un interno como Ricardo, por más herido que
estuviera, no podía ser trasladado con un custodio del hospital.
Volví
de nuevo a mi auto con la espera de perseguir a la ambulancia. No pasaron
varias cuadras cuando ésta se detuvo y los paramédicos fueron a obligados a descender,
amedrentados por la pistola de José. Me mantuve a la distancia, dio la
casualidad de que un auto compacto parecía unirse a mi improvisada persecución.
A lo mucho intuí se trataba de una mujer o por lo menos de un hombre joven,
delgado y de piel blanca. Traía puesta una gorra y unos lentes oscuros,
apegándose fielmente a la estúpida idea de que así no llamaría la atención. La
ambulancia se detuvo al entrar a calles menos transitadas. Ricardo y José
salieron, el desquiciado pedía silencio con el dedo índice en los labios.
Abordaron una carcacha color café, seguramente el tipo de auto que podría pagar
el salario de un vigilante de hospital. Siguieron su camino hasta llegar a una casa
color rojo, de dos pisos y visiblemente descuidada, igual que el resto del vecindario,
incluso las calles lucían imperfecciones. La verdad era que el barrió lucía un
bajo perfil, adecuado para cualquiera que quisiera vender droga al menudeo o
instalar una casa de seguridad.
Esperé
a dentro de mi auto. Como lo supuse el otro compacto apareció, estacionándose
diez metros tras de mí. Otro vehículo estorbaba, así que no pude ver de quien
se trataba. No tenía tiempo para investigar, pero estaba claro que su presencia
caía fuera de la casualidad. Busqué en la guatera, encontrándome con mi revólver
y dos infortunadas balas. Sin más lo escondí entre el cinturón y la espalda,
necesitaba hablar con Ricardo. No fuera ser que al igual que aquella vez, una
fortuita explosión le sirviera como medio para escapar. Sobre todo ayudado por
un custodio de quinta. Seguramente un buen samaritano, dispuesto ayudar a punta
de pistola.
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