viernes, 30 de noviembre de 2012

IV. Escarabajo de plata



Por dentro la casa presumía un descuido total. Entre polvo y muebles maltratados desenfundé la pistola y cuidadosamente caminé. Las voces de José y Ricardo me sirvieron como guía, mientras subía por unas escaleras. Me fue difícil entender lo que ambos decían. Ricardo susurraba, casi inteligiblemente y José se limitaba a responder con monosílabos. Al final de las escaleras logré entre ver la habitación donde los dos esperaban. El loco sentado en el borde la cama y el custodio escondido de mi vista, aunque su silueta se perdía entre el suelo y el colchón. Esperé entonces el momento oportuno y con pistola en mano me entrometí entre los dos, parándome bajo el marco de la puerta. José hizo intento nulo por desenfundar su arma. Carecía de experiencia, podía apostar que nunca había utilizado alguna. Asimismo debió conseguirla de contrabando, sería mucho que estuviera cargada.  
-¡Yo no fui! –Dijo Ricardo poniéndose de pie y con las manos levantadas-.
            Se disculpaba por el incendio.
Jugué mis cartas y mencioné haber llamado a la policía. José reaccionó de inmediato. Un hombre como él carecía de las agallas necesarias para soportar el sonido de la palabra “policía” y lo que implicaba. Comenzó a lloriquear y atropelladamente mencionó ser sólo una víctima y que todo era plan de Ricardo, quien le había prometido una paga sustanciosa. No era necesario preguntar de dónde sacaría el dinero.
-¿Dónde está? –pregunté a Ricardo y él meneó la cabeza, negándose a responder.
            Como lo pensé antes, él estaba loco, mas no estúpido. Se había guardado para sí la ubicación del escarabajo o por lo menos esa impresión me dio. Lo amenacé con regresarlo al hospital si no confesaba. Él insistió no saber y con hilaridad en la voz, mencionó desconocer cualquier detalle sobre el escarabajo y que sólo lo había utilizado para engañar a José. Al decirlo, el otrora guardia del hospital, desenfundó el arma. Cosa que me hizo pensar que Ricardo decía la verdad. A tal grado que correspondió a mis sospechas por medio de carcajadas. Riéndose como lo que era, un desquiciado, y para colmo de José, aderezaba su risa repitiendo la misma frase:
-¡Te engañé! –decía anteponiendo las manos. La poca humanidad que le quedaba le hacía intuir que tarde o temprano una bala le atravesaría el cráneo.
            Decidí arriesgarme y disparé primero, hacia el techo, gastando inútilmente la mitad de mis balas. Por fortuna José reaccionó como esperaba. Asustado el arma se le resbaló, permitiéndole a Ricardo reír plenamente. Ahí fue cuando mi plan falló. A la altura de la nuca sentí le boquilla fría de una nueve milímetros, dispuesta a volarme los sesos. Perdí mi arma y como consolación, vi el rostro de mi atacante. Una mujer, seguramente la conductora del compacto. Reconocida de inmediato por Ricardo, quien gritó su nombre.
-¡Lucía! –dijo y por primera vez denotó verdadero terror en su desquiciado rostro.
            Ella pareció no inmutarse y sin bajar la amenaza contra mí, levantó el arma de José.
            En un acto repentino su pistola dejó de mirarme fijamente y sin más disparó cuatro veces sobre Ricardo. Tomé aquello como una señal y me abalancé sobre de ella, tirándola al suelo, sujetándole las manos tras la espalda. Dos disparos más se escarparon durante el ajetreo sin encontrar objetivo. Todo ese tiempo José no hizo más que llorar y pedir le perdonaran la vida. Una vez recuperé mi arma, pregunté si en realidad “Lucía” era quien Ricardo dijo. Por mi mente circulaba la idea errónea de que Verónica, de una u otra manera, se había burlado de mí.
-Sí –respondió sin mucho ánimo y poniéndose de pie, accidentalmente me mostró lo que yo anhelaba ver.
            El escarabajo colgaba de su cuello. Al verlo deseché la verdad. La situación no podía ser tan obvia y simple. Una persona como Lucía, de familia adinerada y en su momento, futuro arreglado. De ninguna manera podría pasar desapercibida tanto tiempo. Comencé con deducciones sencillas. Las fotos que encontré sobre ella en los archivos, mostraban a una persona de complexión física distinta, ligeramente más alta, según la proporción. La cara más alargada, la nariz respingada y los ojos ligeramente juntos, enfatizados por un mentón discreto. Aquella mujer enfrente de mí, sólo congeniaba en una cosa, el tono de piel. Pedí me entregara algún tipo de identificación. Afortunadamente su nombre era otro, Laura. Confesó no ser en realidad quien Ricardo dijo. Sino una burda conocida de él, una antigua novia que buscaba venganza. Lo culpaba por una vida perdida en la cárcel, tras haber cumplido una condena por asociación delictuosa. Tenía apenas un par de meses libre.
-¿Y eso? –le pregunté, señalando el escarabajo alrededor de su cuello.
-Es mío –dijo retrocediendo ligeramente.
            Tanto su arma como la de José seguían en el piso. Decidí patearlas bajo la cama, aunque después me pareció algo estúpido, yo sólo tenía una bala en mi revólver.
-Es evidencia –le dije y ella me sonrió incrédula-. Lo necesito.
-Si lo quiere pague –refutó levantándose en hombros y deliberadamente siguió retrocediendo.
            José me distrajo con sus lloriqueos y en el desliz de voltear a verle, Laura se abalanzó sobre mí, enterrándome un cuchillo a la altura del pecho. Después salió corriendo, acompañada por el grito de terror de José, escandalizado por la sangre que me manchaba la camisa. Sentí cercana la muerte, pero en realidad fue el miedo propiciado por la falta de experiencia. En toda mi carrera la única herida que tuve fue por bala y en mi primer caso.
            Asustado abrí la ventana de aquella estrecha habitación, dispuesto a disparar en cuanto el cuerpo de Laura se asomara. Por alguna razón los dedos no me respondieron y desde ahí vi a Laura abordar el compacto, marchándose tras desaparecer en el primer cruce. Me sentí un estúpido. En primer lugar ni siquiera tenía la seguridad de que aquella baratija que colgaba en su cuello, fuse en realidad el escarabajo plateado. Para colmo mi único hilo conductual yacía muerto sobre la cama. La policía llegó a los pocos minutos, hice lo que pude para elaborar una historia convincente, de ninguna manera permitiría que se supiese lo que en realidad hacía allí. Al parecer no fue tan buena, pues sólo conseguí que se llevaran a José esposado y un viaje al hospital. A él tendría que visitarlo, en caso de ser necesario, mucho tiempo después, de lo contrario levantaría más sospechas. Antes de eso me quedaba enfrentar doctores y vendajes. Si bien mi herida carecía de la gravedad necesaria como para sacarme del caso, en ese momento hubiera dado lo que fuera para agravarla. Ansiaba una excusa, el maldito escarabajo me había metido en un laberinto de problemas.

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