jueves, 20 de septiembre de 2012

La Agencia


Daniel Arturo Guerrero


Era uno de esos días en los que la felicidad decide tomar un respiro y salir a buscar desdichados a quienes curvarles los labios. Sin embargo para Julia eso significaba lidiar con una jornada de trabajo en compañía de una incómoda sensación, un permanente nudo en la garganta que no desaparecía, pero insuficiente como para dar pie al llanto. Para colmo tendría que disimularlo y regalar a cualquiera que se cruzase en su camino, una sonrisa convincente. De lo contrario la señalarían, y los agentes no tardarían en aislarla, mandándola a rehabilitación.
            Superó con dificultad el viaje en el metro, así como los primeros encuentros febriles con los compañeros del trabajo. Por un momento le pareció que más de uno sufría como ella, de la misma ausencia momentánea de felicidad. Quizá e inconscientemente, decidieron cubrirse las espaldas. Más tarde una reunión con el jefe, un tipo de facciones duras, pero siempre al tanto de sonreír al inicio y fin de cada encuentro. Por fortuna él tampoco distinguió la falsa sonrisa de Julia, a decir verdad ni la notó. El problema vino más tarde, de camino a casa. El cansancio suele traicionar a los labios y los hace caer evidenciando la falta de endorfinas en la sangre. Mientras Julia subía las escaleras del subterráneo, para salir de las oscuras inmediaciones del metro, una anciana le fijó la mirada. Aquellos ojos impávidos y cafés la observaron librar uno a uno los escalones; le alentaron las piernas mediante el peso de la acusación y aumentaron el calor en la sangre con agitadas palpitaciones. A grito estridente de “¡deprimida!” la señalaron con su arrugado dedo y en respuesta una alarma comenzó a chillar. De la nada se aparecieron cuatro hombres de lentes oscuros, traje sastre y discretos auriculares en cada oreja izquierda. Sin preguntar tomaron a Julia de los brazos; uno le colocó una venda en los ojos, mientras los otros tres, con discretos tirones, se la llevaron de ahí.
            No pudo precisar cuánto tiempo pasó, pero después de varios ajetreos y movimientos bruscos, le permitieron ver de nuevo. Descubrió así que sus ropas habían sido cambiadas por un conjunto de una sola pieza en color naranja, el cual le incomodaba en la entrepierna. Asimismo estaba descalza y con la cabeza desprovista de cabello, a culpa de corte celoso de máquina. Ante ella quedaba una oficina compuesta de paredes color olivo, un escritorio y tras de éste una mujer de traje, lentes y cabello recogido; sentada en compañía de una carpeta, que presumía fotos de la vida cotidiana de Julia. Lo siguiente era superar una molesta entrevista, compuesta de preguntas sobre su vida personal, familia; pero ante todo, fundamentar las sospechas de infelicidad. Honestamente Julia no encontraba diferencia entre su rostro y la de aquella mujer, es más, se veía más sería y triste que el suyo. Al final de cuentas la clasificaron con el número S-0158, correspondiente al mes de septiembre, y la confinaron a una terapia de “rehabilitación personal”.
            El siguiente paso dictaba tomar un baño comunitario, rodeada de decenas de mujeres desnudas, sollozantes y apáticas; muchas de ellas de cuerpos abultados, lacerados por el tiempo o prejuicios vanidosos, que evidenciaban rostros repletos de cirugías o inyección de toxinas. Al parecer solamente ella y su escueta figura manifestaban vergüenza, tratando de ocultarse los senos y genitales. Aunque a decir verdad, nadie gastó mirada alguna en ella, todas parecían empecinadas en ver sin observar.
Después de recuperar la indumentaria, seguía un confinamiento en un cuarto oscuro y tenebrosamente silencioso. Los primeros minutos los pasó preguntándose si en realidad estaba triste o simplemente confundida. No recordaba alguna razón que le molestara en sí, tan sólo había despertado sin el mismo ánimo de siempre, no por ello tenían derecho de encerrarla sin pedirle opinión. Al poco tiempo fue interrumpida por una grabación de voz femenina, que comenzó a atosigarla repitiéndole que debía ser feliz, y manifestarlo con una sonrisa perpetua y convincente. Por lo oscuro del recinto aquella incógnita voz no tardó en malhumorarla por completo, al grado de a ciegas buscar la bocina y al no encontrarla, golpear las paredes pidiendo la dejasen salir. Por dos semanas vivió bajo tortura. Le hicieron compañía la grabación y un recurrente rechinido metálico de una diminuta escotilla, por la cual le dejaban un plato de comida grumosa y de carácter viscoso, misma que despertaba diferentes suposiciones. La comía solamente para apaciguar el dolor en el estomago y las agruras que le emanaban desde las entrañas.
            Mal alimentada y con el cabello ligeramente crecido, de nuevo sufría de un baño colectivo. La diferencia estuvo en que sus compañeras presumían sonrisas, inclusive hablaban entre sí, lanzándose cumplidos vanidosos. Para Julia era molesto. No estaba triste, ni deprimida, sino fastidiada: fue acusada por una vieja recalcitrante, quien debía estar ahí en su lugar.
De nuevo en la entrevista, con la misma mujer y el mismo trato. Las preguntas: cancinas y condicionadas a un sí o no; sin abarcar los temas que Julia deseaba, sino que iban dirigidas a hablar sobre ella y su evidente falta de felicidad. Cada dos interrogantes le pedían que mostrara una sonrisa, para poder evaluarla, y así lo hacía, aunque la difuminaba al instante. Quería preguntar sobre su madre, saber sobre su hermana y también entender que sería de su condición laboral. Le había costado conseguir aquel trabajo, el cual consideraba un sueño logrado de mucho esfuerzo y ahora obstaculizado por una estúpida terapia. “Yo no la veo feliz” dijo la mujer poniendo sello a la carpeta, justo en el apartado de “confinada a rehabilitación”. “Dos semanas más de terapia”, sentenció y con un movimiento de mano le pidió que abandonara la oficina.
            De nuevo en la ducha, pero con caras distintas, al parecer las otras habían sido reintegradas en la sociedad. Durante las dos siguientes semanas pasó malas comidas y el mismo mensaje resonando en la oscuridad. Ya no le perturbaba, lo había escuchado tantas veces que las palabras habían perdido relevancia; su mente se reusaba a escucharlas al grado de que si le preguntasen, le sería imposible repetir la frase. Pasados los días y la ducha: otra vez de frente con la funcionaria, quien la recibió con una mueca nefasta. Antes de empezar el interrogatorio le recordó la importancia de aparentar felicidad, pues la depresión era la base del suicidio, crímenes pasionales y muy probablemente, padecimientos cancerígenos. Julia asintió con la cabeza y pidió le permitiesen salir de una buena vez. No quería pasar otro baño en multitud, a eso nunca lograría acostumbrarse, no soportaba las miradas vacías y cualquier roce con otra piel, la ponía en alerta. “Yo no la veo feliz” dijo la mujer como respuesta y levantó la mano que sujetaba el sello, como amenaza para estamparlo con suma rudeza. “Yo tampoco la veo feliz” interrumpió Julia y con ello, sin intención, desencajó el rostro de la mujer. Los ojos se le tornaron vidriosos y el cuerpo le comenzó a sudar. De inmediato Julia se sintió culpable, pidió disculpas, pero fue inútil, pues una alarma comenzó a gritar: dos agentes interrumpieron en la oficina. Con sobria actitud la despojaron de sus ropas y se la llevaron dejando a Julia a solas, con la carpeta abierta y el sello sobre el escritorio. Aunque sabía que la espiaban por la cámara de vigilancia, sonrió con la idea de sabotear el sistema y puso sello en el apartado de “rehabilitada”. A los pocos segundos entró otra mujer, con semblante serio y nulos modales, inclusive se abstuvo de saludar. Tras revisar los papeles se disculpó con Julia, declarándola lista para regresar al mundo cotidiano.
            Le costó improvisar peinados, su cabello aún no recuperaba el tamaño ideal. Por otro lado, el gusto por la comida pronto le hizo temer un sobrepeso, pero logró contenerlo. Aunque perdió su trabajo, la reasignaron a otro igual, en unas oficinas ubicadas en las cercanías de su casa; gracias a ello su reencuentro con el transporte público tardó más tiempo. Asimismo nunca pudo mantener una sonrisa perpetua y convincente. Había días en los que no le era placentero sonreír y en condescendencia prefería ignorar los semblantes alicaídos de sus compañeros o conocidos. Sin embargo cuando alguien la acusaba de “deprimida” o “infeliz”, les sonreía sarcásticamente y repetía la frase que la hizo salir de la Agencia.

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