Daniel Arturo Guerrero
Era
uno de esos días en los que la felicidad decide tomar un respiro y salir a
buscar desdichados a quienes curvarles los labios. Sin embargo para Julia eso
significaba lidiar con una jornada de trabajo en compañía de una incómoda
sensación, un permanente nudo en la garganta que no desaparecía, pero
insuficiente como para dar pie al llanto. Para colmo tendría que disimularlo y
regalar a cualquiera que se cruzase en su camino, una sonrisa convincente. De
lo contrario la señalarían, y los agentes no tardarían en aislarla, mandándola
a rehabilitación.
Superó con dificultad el viaje en el
metro, así como los primeros encuentros febriles con los compañeros del
trabajo. Por un momento le pareció que más de uno sufría como ella, de la misma
ausencia momentánea de felicidad. Quizá e inconscientemente, decidieron
cubrirse las espaldas. Más tarde una reunión con el jefe, un tipo de facciones
duras, pero siempre al tanto de sonreír al inicio y fin de cada encuentro. Por
fortuna él tampoco distinguió la falsa sonrisa de Julia, a decir verdad ni la
notó. El problema vino más tarde, de camino a casa. El cansancio suele
traicionar a los labios y los hace caer evidenciando la falta de endorfinas en
la sangre. Mientras Julia subía las escaleras del subterráneo, para salir de
las oscuras inmediaciones del metro, una anciana le fijó la mirada. Aquellos
ojos impávidos y cafés la observaron librar uno a uno los escalones; le
alentaron las piernas mediante el peso de la acusación y aumentaron el calor en
la sangre con agitadas palpitaciones. A grito estridente de “¡deprimida!” la
señalaron con su arrugado dedo y en respuesta una alarma comenzó a chillar. De
la nada se aparecieron cuatro hombres de lentes oscuros, traje sastre y
discretos auriculares en cada oreja izquierda. Sin preguntar tomaron a Julia de
los brazos; uno le colocó una venda en los ojos, mientras los otros tres, con
discretos tirones, se la llevaron de ahí.
No pudo precisar cuánto tiempo pasó,
pero después de varios ajetreos y movimientos bruscos, le permitieron ver de
nuevo. Descubrió así que sus ropas habían sido cambiadas por un conjunto de una
sola pieza en color naranja, el cual le incomodaba en la entrepierna. Asimismo
estaba descalza y con la cabeza desprovista de cabello, a culpa de corte celoso
de máquina. Ante ella quedaba una oficina compuesta de paredes color olivo, un
escritorio y tras de éste una mujer de traje, lentes y cabello recogido;
sentada en compañía de una carpeta, que presumía fotos de la vida cotidiana de
Julia. Lo siguiente era superar una molesta entrevista, compuesta de preguntas
sobre su vida personal, familia; pero ante todo, fundamentar las sospechas de
infelicidad. Honestamente Julia no encontraba diferencia entre su rostro y la
de aquella mujer, es más, se veía más sería y triste que el suyo. Al final de
cuentas la clasificaron con el número S-0158, correspondiente al mes de
septiembre, y la confinaron a una terapia de “rehabilitación personal”.
El siguiente paso dictaba tomar un
baño comunitario, rodeada de decenas de mujeres desnudas, sollozantes y
apáticas; muchas de ellas de cuerpos abultados, lacerados por el tiempo o
prejuicios vanidosos, que evidenciaban rostros repletos de cirugías o inyección
de toxinas. Al parecer solamente ella y su escueta figura manifestaban
vergüenza, tratando de ocultarse los senos y genitales. Aunque a decir verdad,
nadie gastó mirada alguna en ella, todas parecían empecinadas en ver sin
observar.
Después de recuperar la indumentaria, seguía un
confinamiento en un cuarto oscuro y tenebrosamente silencioso. Los primeros
minutos los pasó preguntándose si en realidad estaba triste o simplemente
confundida. No recordaba alguna razón que le molestara en sí, tan sólo había
despertado sin el mismo ánimo de siempre, no por ello tenían derecho de
encerrarla sin pedirle opinión. Al poco tiempo fue interrumpida por una
grabación de voz femenina, que comenzó a atosigarla repitiéndole que debía ser
feliz, y manifestarlo con una sonrisa perpetua y convincente. Por lo oscuro del
recinto aquella incógnita voz no tardó en malhumorarla por completo, al grado
de a ciegas buscar la bocina y al no encontrarla, golpear las paredes pidiendo
la dejasen salir. Por dos semanas vivió bajo tortura. Le hicieron compañía la
grabación y un recurrente rechinido metálico de una diminuta escotilla, por la
cual le dejaban un plato de comida grumosa y de carácter viscoso, misma que
despertaba diferentes suposiciones. La comía solamente para apaciguar el dolor
en el estomago y las agruras que le emanaban desde las entrañas.
Mal alimentada y con el cabello
ligeramente crecido, de nuevo sufría de un baño colectivo. La diferencia estuvo
en que sus compañeras presumían sonrisas, inclusive hablaban entre sí,
lanzándose cumplidos vanidosos. Para Julia era molesto. No estaba triste, ni
deprimida, sino fastidiada: fue acusada por una vieja recalcitrante, quien
debía estar ahí en su lugar.
De nuevo en la entrevista, con la misma mujer y el
mismo trato. Las preguntas: cancinas y condicionadas a un sí o no; sin abarcar
los temas que Julia deseaba, sino que iban dirigidas a hablar sobre ella y su
evidente falta de felicidad. Cada dos interrogantes le pedían que mostrara una
sonrisa, para poder evaluarla, y así lo hacía, aunque la difuminaba al
instante. Quería preguntar sobre su madre, saber sobre su hermana y también
entender que sería de su condición laboral. Le había costado conseguir aquel
trabajo, el cual consideraba un sueño logrado de mucho esfuerzo y ahora
obstaculizado por una estúpida terapia. “Yo no la veo feliz” dijo la mujer
poniendo sello a la carpeta, justo en el apartado de “confinada a
rehabilitación”. “Dos semanas más de terapia”, sentenció y con un movimiento de
mano le pidió que abandonara la oficina.
De nuevo en la ducha, pero con caras
distintas, al parecer las otras habían sido reintegradas en la sociedad.
Durante las dos siguientes semanas pasó malas comidas y el mismo mensaje
resonando en la oscuridad. Ya no le perturbaba, lo había escuchado tantas veces
que las palabras habían perdido relevancia; su mente se reusaba a escucharlas
al grado de que si le preguntasen, le sería imposible repetir la frase. Pasados
los días y la ducha: otra vez de frente con la funcionaria, quien la recibió
con una mueca nefasta. Antes de empezar el interrogatorio le recordó la
importancia de aparentar felicidad, pues la depresión era la base del suicidio,
crímenes pasionales y muy probablemente, padecimientos cancerígenos. Julia
asintió con la cabeza y pidió le permitiesen salir de una buena vez. No quería
pasar otro baño en multitud, a eso nunca lograría acostumbrarse, no soportaba
las miradas vacías y cualquier roce con otra piel, la ponía en alerta. “Yo no
la veo feliz” dijo la mujer como respuesta y levantó la mano que sujetaba el
sello, como amenaza para estamparlo con suma rudeza. “Yo tampoco la veo feliz”
interrumpió Julia y con ello, sin intención, desencajó el rostro de la mujer.
Los ojos se le tornaron vidriosos y el cuerpo le comenzó a sudar. De inmediato
Julia se sintió culpable, pidió disculpas, pero fue inútil, pues una alarma
comenzó a gritar: dos agentes interrumpieron en la oficina. Con sobria actitud
la despojaron de sus ropas y se la llevaron dejando a Julia a solas, con la
carpeta abierta y el sello sobre el escritorio. Aunque sabía que la espiaban
por la cámara de vigilancia, sonrió con la idea de sabotear el sistema y puso
sello en el apartado de “rehabilitada”. A los pocos segundos entró otra mujer,
con semblante serio y nulos modales, inclusive se abstuvo de saludar. Tras
revisar los papeles se disculpó con Julia, declarándola lista para regresar al
mundo cotidiano.
Le
costó improvisar peinados, su cabello aún no recuperaba el tamaño ideal. Por
otro lado, el gusto por la comida pronto le hizo temer un sobrepeso, pero logró
contenerlo. Aunque perdió su trabajo, la reasignaron a otro igual, en unas oficinas
ubicadas en las cercanías de su casa; gracias a ello su reencuentro con el
transporte público tardó más tiempo. Asimismo nunca pudo mantener una sonrisa
perpetua y convincente. Había días en los que no le era placentero sonreír y en
condescendencia prefería ignorar los semblantes alicaídos de sus compañeros o
conocidos. Sin embargo cuando alguien la acusaba de “deprimida” o “infeliz”,
les sonreía sarcásticamente y repetía la frase que la hizo salir de la Agencia.
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