Daniel Arturo Guerrero Álvarez
No
podía empezar de otra manera, qué mejor escenario que el cielo gris y el azote
de gruesas gotas contra el suelo de concreto. La antesala perfecta para
adentrarse en un centro de atención para criminales desquiciados, no como
interno, sino como el médico encargado de atender un llamado de último minuto y
de hermético tratamiento. Acompañado de un paraguas y a mitad de la nada, trató
de ver por las gafas a pesar de las gotas que saltaban sobre los cristales. Mientras
tanto el taxi se alejaba, zangoloteándose entre los baches reblandecidos.
Además de charcos
y gruñidos de las nubes, lo recibieron tras la pesada puerta de metal, un
hombre de traje y moño, acompañado por un par de custodios con trajes
impermeables. El diálogo fue poco, pero apegado a la formalidad. Se tenían por
lo menos ya cinco infectados. Uno de ellos acababa de morir, sin que se
hubieran podido explicar las causas. Los médicos del penal tenían proclama de incompetentes
y por precaución, estaban confinados a cuarentena. Al parecer aquel recluso
falleció por una mala jugada del destino.
Al interior del inmueble el
comportamiento de los enjaulados y condenados, se asemejaba al de quienes en un
momento fueron sus víctimas. Se sentían acorralados, maniatados a los confines
de sus celdas, sabedores de que algo en el aire provocaba ese desastroso mal
que tenía al borde de la muerte a cuatro de sus compañeros.
Visitó al primero. Sujetado a la cama por la fiebre,
dispuesto en una estrecha habitación con solitaria lámpara en el techo; se
expresaba mediante palabras entrecortadas. Clamaba por una explicación médica
que fuera más allá de lo evidente. Existía en la periferia de sus fosas
nasales, un sarpullido inusual para variar. Sin reparar en prejuicios, el
médico pasó su dedo cubierto de látex por la nariz del enfermo, quedándole
invadido por un líquido espeso y tibio de aparente vida propia, que emanaba un
olor putrefacto.
-¿Análisis
de sangre? –dijo al momento en que el hombre de traje y moño entraba en la
habitación. Intercambiaron una mirada incómoda y el doctor repitió la pregunta.
Una enfermera se aproximó y sin tardanza
sacó de entre todas las capetas que cargaba consigo, una en color azul. Nada
nuevo, el estudio carecía de respuestas. No existía anomalía alguna. Al parecer
el destino se divertía en una de tantas formas.
Más tarde, encerrado en una fría y
oscura oficina, el letrado doctor revisaba los informes, fotografías y
testimonios grabados. Tras la puerta, en el pasillo, esperaba un custodio quien
pronto lo interrumpió, al mismo tiempo que una alarma que sonaba
escandalosamente.
-Quédese
aquí doctor –ordenó y al ínstate retiró el rostro. El doctor se quedó en
compañía de la incertidumbre y una puerta con cerrojo
Había una ventana, de tamaño
ridículo, como si mirar al exterior estuviese prohibido. Sin más remedio acercó
la silla, la vista llevaba al patio de recreo. Pudo ver decenas de gendarmes apresurados
con toletes y armas; corrían entre la lluvia en dirección a las habitaciones de
los reclusos, de donde salían gritos de furia y rebelión. Al poco tiempo el
escándalo se enfatizó hasta de súbito cesar por completo, quedó así un silencio
de tinte irritante.
Si bien la costumbre del doctor dictaba sacar conjeturas,
en ese momento le fue imposible: pues la cabeza le punzaba, haciéndole sentir
las agitadas palpitaciones que mandaba su corazón. Al parecer éste quería
empujar la sangre con afán de hacerle explotar la cabeza. Sus ojos pronto
comenzaron a cubrirse por un velo blanquecino, semejante a las nubes que
continuaban el azote pluvial sobre la prisión. Sin más se desplomó, no sin
antes mirarse el dedo que tocó la nariz del interno enfermo.
Al poco tiempo el hombre de moño llamó a la puerta y al
no escuchar respuesta mandó abrirla. El médico terminó sus días en igualdad de
condiciones que los otros cuatro reclusos. De las orejas le escurría el líquido
peculiar de los infectados: granulado y rojizo.
-Llévenlo
con los otros –ordenó limpiándose el sudor.
Ahora era él quien permanecía
encerrado en propia oficina, y en compañía de su segundo al mando, un hombre de
menor edad, delgado y de traje sastre gris; quien le hizo pasar difíciles
minutos de preguntas absurdas y redundantes.
-Hay
que avisar –dijo al mismo tiempo que su petición era negada mediante el
ofrecimiento de un poco de whisky-. ¿Qué hay sobre el médico?
-Para
mí el nunca llegó.
Dejaron el licor sobre la mesa, la
misma enfermera acudía para dar aviso de que el guardia encargado del doctor,
yacía con síntomas de la enfermedad. Lo aislaron junto con el resto del
personal médico. Al día siguiente se unieron a él otro par más y finalmente la
enfermera. Todos presentaban el mismo sarpullido de secreción rojiza. Para ese
momento, no sólo los reclusos, sino el resto del personal pedían una
explicación, así como una opción para abandonar el lugar. En vez de eso
recibieron palabras tibias e ineficientes, una sonrisa de ánimo y para los más
afortunados, un par de palmadas al hombro, acompañadas de un “todo está bajo
control”.
De nuevo en la oficina, el titular
del penal y su asistente daban fin a la botella. El alcohol no lograba
diezmarles la razón, pues la adrenalina y el estrés habían suplantado a la
sangre que debía correrles por las venas.
-¿Cuánto
hace de la inyección? –preguntó a su asistente, quien no dudo en sacar la
agenda.
-Dos
semanas, dijeron que debía protegernos por un mes.
-Es
demasiado tiempo y poco whisky.
Dos días les dieron para orquestar
excusas, pero ninguna bastó. La tensión se intensificó cuando otro recluso fue
presentado con los síntomas. Mientras en secreto los cuerpos de los primeros
cuatro, recibían sepultura clandestina en las afueras del penal, acompañados
del galeno. Para el asistente aquello le fundó nuevas dudas, no encontraba
explicación por la cual el médico hubiera muerto en cuestión de horas y los
otros en días. Seguro ya venía infectado, no le sorprendería que el chofer del
taxi también estuviera muerto. Así no debían de ser las cosas. Sus inferencias
fueron interrumpidas a la fuerza por un par de vigilantes, quienes lo tomaron
por asalto cuando salía de la oficina para dirigirse al dormitorio. Lo encerraron
en una celda putrefacta y lo sentaron en una silla con la intención de hacerlo
hablar. Por desgracia él sólo conocía detalles y estos se perdieron al notar en
la periferia de los ojos de sus captores, ese sarpullido. Uno más entró,
rascándose el abdomen. Lo utilizaron como escarmiento. Sin miramiento alguno se
despojó del uniforme para dejar ver todo su torso y espalda, invadidos por la
infección.
De un movimiento frívolo, el
asistente se puso de pie. Acomodándose la corbata y el saco trataba de trazar
una mentira creíble. El silencio fue su peor interrogador, lo hacía sudar, el
peso de las miradas le caían como una pesada losa sobre los hombros. Faltaba
aire. Con las manos temblorosas sacó un cigarrillo, que el sudor en los dedos
le impidió encender, haciéndolo resbalar hasta caer al suelo. Comenzó a
lloriquear, a pedir clemencia y el perdón que sabía no merecer. Su miedo de
verse descubierto se transmitió a sus subalternos; uno de ellos se acercó y le tomó
con brusquedad el brazo derecho. A navaja cortó la tela y así pudieron verle en
la piel, una cicatriz asemejada a un lunar, postrada en el punto más alto del
hombro. No hubo más palabras ni mayor explicación.
El
director del penal se acomodó el moño y en seguida tomó precauciones. Los tres
cerrojos de la puerta estaban puestos, la alarma silenciosa activada y la
última botella de whisky a punto de terminarse. No esperó a su colega, si no
llegó a la hora pactada estaba claro que no lo haría después. Miró el reloj sin
fijarse realmente en la hora, se sirvió lo que quedaba de escocés y tras sentarse
en el escritorio se dispuso a escuchar en silencio como las celdas se abrían,
anunciando la revolución que estaba por alzarse, justificada, pero
insuficiente. Los reclusos y custodios se unieron en cruzada. Primero irían por
él, a sacarle la verdad, después no tenían idea de qué le harían. Sin exagerar,
probablemente un cuarto de toda la población del penal tenía sarpullido en
alguna parte del cuerpo. Cocineros, intendentes, utileros… nadie se escapaba de
la infección. Él lo sabía bien, pero todo estaba o debía, estar bajo control.
Sin mucha violencia, gracias a la falta de oposición, los insurgentes llegaron
ante la puerta donde yacía escondido. No lograron dar el primer golpe cuando
las aspas de un par de helicópteros superaron sus gritos eufóricos; los
obligaron a callar de inmediato e ir a ver de qué se trataba.
Hombres uniformados, con máscaras
antigás y armas de asalto descendían por medio de sogas. A los pocos segundos
las puertas del penal se abrieron, permitiendo el paso a vehículos militares y
con ellos un mar de uniformados, quienes presumieron excelsa puntería. No
dieron tiempo a explicaciones o palabra alguna, de inmediato abrieron fuego
contra cada uno de los integrantes de la rebelión. Fue cosa de minutos. La poca
resistencia fue desorganizada y grosera. No quedó nadie vivo. Cumplida la
misión, personal de uniforme blanco comenzó a recoger los cadáveres. El
dirigente de aquella masacre rompió la formación y acudió a la oficina del
titular. Las balas no fallaron, la puerta estaba intacta, manchada solamente
por un poco de sudor y sangre. Al instante la abrió. Lo encontró sentado en la
silla, nervioso y lleno de ansia por la falta de whisky.
-Todo
en orden señor –dijo poniéndose de pie, no sin antes acomodarse el moño.
No le pudo ver el rostro, la máscara
y el uniforme aislante se lo impedían, pero sabía bien de quien se trataba. Por
desgracia en lugar de una respuesta recibió una bala en la frente.
-Llévenselo
–ordenó mientras un par de soldados irrumpían en la oficina.
Lo
levantaron dejando entrever algo en su cuello. La curiosidad fue satisfecha,
con cuidado retiraron el moño. Un salpullidlo incipiente les sonrió. Incrédulos
le quitaron el saco y la camisa. La cicatriz de la inyección estaba ahí. Entonces
concordaron guardar silencio y quemarlo junto con los reclusos
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