miércoles, 12 de septiembre de 2012

El primer golpe


Daniel Arturo Guerrero Álvarez

No podía empezar de otra manera, qué mejor escenario que el cielo gris y el azote de gruesas gotas contra el suelo de concreto. La antesala perfecta para adentrarse en un centro de atención para criminales desquiciados, no como interno, sino como el médico encargado de atender un llamado de último minuto y de hermético tratamiento. Acompañado de un paraguas y a mitad de la nada, trató de ver por las gafas a pesar de las gotas que saltaban sobre los cristales. Mientras tanto el taxi se alejaba, zangoloteándose entre los baches reblandecidos. 
 Además de charcos y gruñidos de las nubes, lo recibieron tras la pesada puerta de metal, un hombre de traje y moño, acompañado por un par de custodios con trajes impermeables. El diálogo fue poco, pero apegado a la formalidad. Se tenían por lo menos ya cinco infectados. Uno de ellos acababa de morir, sin que se hubieran podido explicar las causas. Los médicos del penal tenían proclama de incompetentes y por precaución, estaban confinados a cuarentena. Al parecer aquel recluso falleció por una mala jugada del destino.
            Al interior del inmueble el comportamiento de los enjaulados y condenados, se asemejaba al de quienes en un momento fueron sus víctimas. Se sentían acorralados, maniatados a los confines de sus celdas, sabedores de que algo en el aire provocaba ese desastroso mal que tenía al borde de la muerte a cuatro de sus compañeros.
Visitó al primero. Sujetado a la cama por la fiebre, dispuesto en una estrecha habitación con solitaria lámpara en el techo; se expresaba mediante palabras entrecortadas. Clamaba por una explicación médica que fuera más allá de lo evidente. Existía en la periferia de sus fosas nasales, un sarpullido inusual para variar. Sin reparar en prejuicios, el médico pasó su dedo cubierto de látex por la nariz del enfermo, quedándole invadido por un líquido espeso y tibio de aparente vida propia, que emanaba un olor putrefacto.
-¿Análisis de sangre? –dijo al momento en que el hombre de traje y moño entraba en la habitación. Intercambiaron una mirada incómoda y el doctor repitió la pregunta.
            Una enfermera se aproximó y sin tardanza sacó de entre todas las capetas que cargaba consigo, una en color azul. Nada nuevo, el estudio carecía de respuestas. No existía anomalía alguna. Al parecer el destino se divertía en una de tantas formas.
            Más tarde, encerrado en una fría y oscura oficina, el letrado doctor revisaba los informes, fotografías y testimonios grabados. Tras la puerta, en el pasillo, esperaba un custodio quien pronto lo interrumpió, al mismo tiempo que una alarma que sonaba escandalosamente.
-Quédese aquí doctor –ordenó y al ínstate retiró el rostro. El doctor se quedó en compañía de la incertidumbre y una puerta con cerrojo
            Había una ventana, de tamaño ridículo, como si mirar al exterior estuviese prohibido. Sin más remedio acercó la silla, la vista llevaba al patio de recreo. Pudo ver decenas de gendarmes apresurados con toletes y armas; corrían entre la lluvia en dirección a las habitaciones de los reclusos, de donde salían gritos de furia y rebelión. Al poco tiempo el escándalo se enfatizó hasta de súbito cesar por completo, quedó así un silencio de tinte irritante.
Si bien la costumbre del doctor dictaba sacar conjeturas, en ese momento le fue imposible: pues la cabeza le punzaba, haciéndole sentir las agitadas palpitaciones que mandaba su corazón. Al parecer éste quería empujar la sangre con afán de hacerle explotar la cabeza. Sus ojos pronto comenzaron a cubrirse por un velo blanquecino, semejante a las nubes que continuaban el azote pluvial sobre la prisión. Sin más se desplomó, no sin antes mirarse el dedo que tocó la nariz del interno enfermo.
Al poco tiempo el hombre de moño llamó a la puerta y al no escuchar respuesta mandó abrirla. El médico terminó sus días en igualdad de condiciones que los otros cuatro reclusos. De las orejas le escurría el líquido peculiar de los infectados: granulado y rojizo.
-Llévenlo con los otros –ordenó limpiándose el sudor.
            Ahora era él quien permanecía encerrado en propia oficina, y en compañía de su segundo al mando, un hombre de menor edad, delgado y de traje sastre gris; quien le hizo pasar difíciles minutos de preguntas absurdas y redundantes.
-Hay que avisar –dijo al mismo tiempo que su petición era negada mediante el ofrecimiento de un poco de whisky-. ¿Qué hay sobre el médico?
-Para mí el nunca llegó.
            Dejaron el licor sobre la mesa, la misma enfermera acudía para dar aviso de que el guardia encargado del doctor, yacía con síntomas de la enfermedad. Lo aislaron junto con el resto del personal médico. Al día siguiente se unieron a él otro par más y finalmente la enfermera. Todos presentaban el mismo sarpullido de secreción rojiza. Para ese momento, no sólo los reclusos, sino el resto del personal pedían una explicación, así como una opción para abandonar el lugar. En vez de eso recibieron palabras tibias e ineficientes, una sonrisa de ánimo y para los más afortunados, un par de palmadas al hombro, acompañadas de un “todo está bajo control”.
            De nuevo en la oficina, el titular del penal y su asistente daban fin a la botella. El alcohol no lograba diezmarles la razón, pues la adrenalina y el estrés habían suplantado a la sangre que debía correrles por las venas.
-¿Cuánto hace de la inyección? –preguntó a su asistente, quien no dudo en sacar la agenda.
-Dos semanas, dijeron que debía protegernos por un mes.
-Es demasiado tiempo y poco whisky.
            Dos días les dieron para orquestar excusas, pero ninguna bastó. La tensión se intensificó cuando otro recluso fue presentado con los síntomas. Mientras en secreto los cuerpos de los primeros cuatro, recibían sepultura clandestina en las afueras del penal, acompañados del galeno. Para el asistente aquello le fundó nuevas dudas, no encontraba explicación por la cual el médico hubiera muerto en cuestión de horas y los otros en días. Seguro ya venía infectado, no le sorprendería que el chofer del taxi también estuviera muerto. Así no debían de ser las cosas. Sus inferencias fueron interrumpidas a la fuerza por un par de vigilantes, quienes lo tomaron por asalto cuando salía de la oficina para dirigirse al dormitorio. Lo encerraron en una celda putrefacta y lo sentaron en una silla con la intención de hacerlo hablar. Por desgracia él sólo conocía detalles y estos se perdieron al notar en la periferia de los ojos de sus captores, ese sarpullido. Uno más entró, rascándose el abdomen. Lo utilizaron como escarmiento. Sin miramiento alguno se despojó del uniforme para dejar ver todo su torso y espalda, invadidos por la infección.
            De un movimiento frívolo, el asistente se puso de pie. Acomodándose la corbata y el saco trataba de trazar una mentira creíble. El silencio fue su peor interrogador, lo hacía sudar, el peso de las miradas le caían como una pesada losa sobre los hombros. Faltaba aire. Con las manos temblorosas sacó un cigarrillo, que el sudor en los dedos le impidió encender, haciéndolo resbalar hasta caer al suelo. Comenzó a lloriquear, a pedir clemencia y el perdón que sabía no merecer. Su miedo de verse descubierto se transmitió a sus subalternos; uno de ellos se acercó y le tomó con brusquedad el brazo derecho. A navaja cortó la tela y así pudieron verle en la piel, una cicatriz asemejada a un lunar, postrada en el punto más alto del hombro. No hubo más palabras ni mayor explicación.

El director del penal se acomodó el moño y en seguida tomó precauciones. Los tres cerrojos de la puerta estaban puestos, la alarma silenciosa activada y la última botella de whisky a punto de terminarse. No esperó a su colega, si no llegó a la hora pactada estaba claro que no lo haría después. Miró el reloj sin fijarse realmente en la hora, se sirvió lo que quedaba de escocés y tras sentarse en el escritorio se dispuso a escuchar en silencio como las celdas se abrían, anunciando la revolución que estaba por alzarse, justificada, pero insuficiente. Los reclusos y custodios se unieron en cruzada. Primero irían por él, a sacarle la verdad, después no tenían idea de qué le harían. Sin exagerar, probablemente un cuarto de toda la población del penal tenía sarpullido en alguna parte del cuerpo. Cocineros, intendentes, utileros… nadie se escapaba de la infección. Él lo sabía bien, pero todo estaba o debía, estar bajo control. Sin mucha violencia, gracias a la falta de oposición, los insurgentes llegaron ante la puerta donde yacía escondido. No lograron dar el primer golpe cuando las aspas de un par de helicópteros superaron sus gritos eufóricos; los obligaron a callar de inmediato e ir a ver de qué se trataba.
            Hombres uniformados, con máscaras antigás y armas de asalto descendían por medio de sogas. A los pocos segundos las puertas del penal se abrieron, permitiendo el paso a vehículos militares y con ellos un mar de uniformados, quienes presumieron excelsa puntería. No dieron tiempo a explicaciones o palabra alguna, de inmediato abrieron fuego contra cada uno de los integrantes de la rebelión. Fue cosa de minutos. La poca resistencia fue desorganizada y grosera. No quedó nadie vivo. Cumplida la misión, personal de uniforme blanco comenzó a recoger los cadáveres. El dirigente de aquella masacre rompió la formación y acudió a la oficina del titular. Las balas no fallaron, la puerta estaba intacta, manchada solamente por un poco de sudor y sangre. Al instante la abrió. Lo encontró sentado en la silla, nervioso y lleno de ansia por la falta de whisky.
-Todo en orden señor –dijo poniéndose de pie, no sin antes acomodarse el moño.
            No le pudo ver el rostro, la máscara y el uniforme aislante se lo impedían, pero sabía bien de quien se trataba. Por desgracia en lugar de una respuesta recibió una bala en la frente.
-Llévenselo –ordenó mientras un par de soldados irrumpían en la oficina.
            Lo levantaron dejando entrever algo en su cuello. La curiosidad fue satisfecha, con cuidado retiraron el moño. Un salpullidlo incipiente les sonrió. Incrédulos le quitaron el saco y la camisa. La cicatriz de la inyección estaba ahí. Entonces concordaron guardar silencio y quemarlo junto con los reclusos

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