Daniel Arturo Guerrero Álvarez
Hace no mucho tiempo, existió una vieja casa de campo visitada con frecuencia
por millonarios que solían pasar ahí los últimos días de sus vidas, fuera del
ajetreo de la ciudad y los negocios. Aquella mansión se había mantenido imperturbable
al paso de los años, y poco faltó para verla convertida en toda una
institución, de no ser por su último inquilino. Quien terminó por sepultarla en
el olvido.
Aquella vez tocó el turno a
un hombre delgado, de bigote espeso y la amenaza del cáncer carcomiéndole las
entrañas. Después de arreglar los papeles legales en torno a la herencia, y
tras haber saldado algunas cuentas pendientes, aquel hombre de nombre Joel,
acudió a la vieja mansión, acompañado por su fiel sirvienta, una señora de
caderas abultadas y evidente sobrepeso. Ella le había atendido fielmente
durante varios años y por ende, esperaba alguna compensación cuando su patrón
pasara a siguiente plano. Así que últimamente le cumplía, sin reproche, cada
uno de sus caprichos y excéntricas peticiones. Estaba dispuesta a vivir con él
dentro de la mansión. Sin embargo la condición no implícita para poder
hospedarse en la casa, dictaba que los millonarios debían entrar por voluntad,
sin compañía y dispuestos a las atenciones de la servidumbre del lugar. Por lo
tanto Joel tuvo que despedirse de su sirvienta y ésta no tuvo más opción que verlo
adentrarse en la mansión, sintiéndose profundamente humillada.
Le asignaron la habitación
número dos, la cual estaba compuesta por una oficina y recamara. Encontró
provechosa tal combinación, aún podría pasar tiempo escribiendo memorias y
leyendo el periódico. El escritorio era de madera fina, de grandes dimensiones
y el colchón, lo suficientemente suave para su gusto. Pidió le trajeran una
taza de té y después le dejaran completamente solo. Mientras curioseaba por la
ostentosa habitación de piso de madera, se topó con una maltrecha puerta, cerca
de la cama, astillada y lesionada debido a toscos cortes de navaja sobre el
marco, que evidenciaban los nombres de los anteriores huéspedes. Aquellas
molduras se mezclaron oportunamente con el sonido de la lluvia que comenzaba a
caer, y minaron la cordura de Joel al grado de no poder quitarle la vista de
encima.
La primera noche el ruido
del rechinar de la puerta lo despertó de golpe. Discreto asomó la mirada
logrando divisar una sombra que recorrió por completo la habitación, hasta
abandonarla por la entrada principal. Al principio, Joel decidió achacar tal
suceso al cansancio y los efectos del té, por lo cual la segunda noche montó
guardia. Sentado en la cama, con la oscuridad como escondite, esperó. Para contener
el sueño se abstuvo de ingerir los sedantes y pasó la noche a merced de los
dolores de su enfermedad. Quizá habría sido una mala idea. La tortura a la que
voluntariamente se sometió, no tardó en derrumbarlo; llenarle el cuerpo de
sudor y respiraciones profundas. En ese desliz de sufrimiento, sus ancianos
oídos lograron escuchar una serie de pasos que se aproximaban; pero al levantar
la vista solamente distinguió de nuevo esa sombra, que reiteradamente
atravesaba la habitación.
A la mañana siguiente pidió
referencias a la criada que le trajo el desayuno, sin embargo ella le contestó
con sonrisas complacientes y le aseguró que aquella puerta nunca había sido
abierta, pues la cerradura era tan antigua, que nunca encontraron la llave.
Joel no quedó conforme, durante dos semanas mal durmió sintiéndose observado,
escuchando pasos y la madera crujir. Así pues, una mañana decidió poner fin al
asunto. Colocó una silla ante la vieja losa de madera y pasó las horas
impávido, con la mirada fija en ella y los rumores de la servidumbre acusándolo
de loco. Más de una vez hicieron por interrumpirlo, pero él contaba con una
voluntad infalible. Tenía ojos y oídos solamente para aquella puerta y nada
más. Su obsesión llegó a tal grado que la desnutrición se hizo evidente. Ansiaba
ver el rostro de aquel intruso, reclamarle su osadía y mostrarlo al mundo. Una
noche, dio paso importante para alcanzar su objetivo: despertó justo en el
momento en que la sombra empujaba la puerta. Como lo había supuesto, nunca
escuchó alguna cerradura ni ruido metálico. La dejaría escapar y cual cazador la
miró recorrer la habitación hasta abandonarla. Entonces Joel saltó de la silla
sigiloso y se aproximó para ver si podría abrir la pesada puerta de madera
astillada. Se escondería a la espera de la sombra, para saltarle encima y de
una vez por todas, cerrar el caso.
Martha, la desdichada sirvienta de Joel, tuvo que
acudir de improviso a la casa de campo, pues su patrón había desaparecido. No
es necesario mencionar la poca astucia de la desdichada mucama. Carecía de
educación y muchas veces su sentido común rayaba demasiado en lo ordinario, a
punto de caer en lo obtuso. A pesar de ello ahí estaba, vestida con la ropa más
elegante que su precario salario le pudo comprar, esperando sentada en uno de
los sillones de la sala. Se sentía profundamente perturbada, los cuadros y el
ambiente de la casa la ponían nerviosa, pero todavía más la mirada del dueño de
la mansión. Un hombre de cara alargada, dedos lánguidos y un rostro
prácticamente inexpresivo, enfatizado por las profundas arrugas y el traje
sastre en color negro. La voz ronca y resonante, parecía rebotar por las
inmediaciones de la mansión y al mismo tiempo, provocaba un temblor discreto en
las mejillas de Martha. La explicación fue corta y, en apariencia, muy clara:
Joel había presentado un comportamiento poco usual y sin más, una noche no
despertó en cama.
Martha difícilmente pudo
haber intuido lo que pasaba, y hubiera sido peor de conocer los rumores que
acosaban a la casa. Mucha gente decía que la servidumbre tenía costumbres poco
propias, demasiado nocturnas y altamente sospechosas. En el pueblo nadie podía
asegurar haber visto a alguna de las empleadas domesticas comprar en el
mercado, al parecer todo lo mandaban pedir. Asimismo, a muchos sorprendía la
nula visita de doctores o enfermeras, como si los ancianos no tuvieran
problemas de salud. Pero todo eso estaba fuera de las triangulaciones de
Martha, ella a lo mucho, deseaba salir cuanto antes y si se podía, con la
noticia de si su patrón pudiera estar muerto o no. Por desgracia le impidieron
abandonar el recinto, el dueño de la mansión ya había dispuesto una habitación,
pues creía prudente mantener cerca a la única conocida del señor Joel. Aunque
ella se negó, las puertas ya estaban cerradas y una joven de delantal blanco
esperaba dispuesta para encaminarla a la habitación.
La recamara donde Martha
dormiría carecía del lujo otorgado a los distinguidos clientes: demasiado
estrecha, acompañada de una cama desgastada y una ventana que necesitaba ser
limpiada. Nada más, ni siquiera un closet o buró. Dentro de su ingenuidad
Martha pidió usar el teléfono, pero como respuesta recibió sonrisas
complacientes y una sugerencia para cenar. Prefirió no comer, aquella jovencita
no le inspiraba confianza. Pasó la noche en vela, tenía en mente la horrorosa
cara del dueño de la mansión, quien ni siquiera se dignó en mencionar nombre o
si lo hizo, fue sin la estridencia necesaria. Pensó en salir, buscar el
teléfono y llamar a la policía, algo estaba mal.
Una persona como ella
difícilmente podría pasar desapercibida por la noche, no por lo abultado de su
cuerpo, sino por su errático caminar. Sus piernas eran muy pesadas y la madera
del piso demasiado vieja. Además de eso, Martha era absurdamente asustadiza.
Por ello al salir de la habitación, fue circunstancialmente sorprendida por la
misma jovencita, quien caminaba por el pasillo. El susto fue tal que Martha
arremetió contra ella, la creyó una especie de espectro maligno. Soltó golpes a
puño cerrado hasta impactarle el rostro y después salió corriendo sin rumbo
fijo. Las escaleras le marcaron el camino y rodó por ellas hasta impactar el
piso, rompiéndose el cuello. El incidente dejó el cuerpo sin vida de Martha, la
quijada de la sirvienta rota y un problema para el dueño de la casa. Esconder
un cuerpo sería cosa difícil, pero aún más tratándose de una persona como
Martha. No por lo ancho de sus caderas, sino por las sospechas que levantaría. En
muy pocos días, personal de la policía acudió a la casa en búsqueda de respuestas.
Las explicaciones sonaron a excusas y alimentaron los rumores, lo cual despertó
el interés por el paradero de Joel, pues fue por él que Martha había sido
requerida. Los agentes inspeccionaron todas las habitaciones hasta toparse con
aquella que contenía la vieja puerta de madera astillada. Tras varias horas de
arduo trabajo, lograron hacerla ceder, quedándoles así un pasillo de paredes de
ladrillo y aroma fétido.
Las investigaciones sacaron
a la luz la verdad. Aquella puerta conducía a un viejo pasadizo que desembocaba
en el sótano de la casa, pero había sido sellado tras varios años de desuso.
Eso no quitó que al final de éste se encontrara el cuerpo muerto de un hombre
anciano, con el cabello y vello facial crecido en libertinaje, además de un claro
estado de descomposición. Más tarde las pesquisas revelaron que se trataba de
Joel. En uno de los bolcillos le encontraron una vieja llave de enorme tamaño y
antigüedad, la cual muy seguramente abría aquella singular puerta. Un par de
horas después el médico de Joel acudió a la escena del crimen, profundamente
molesto, ya que nadie le había avisado que su paciente decidió hospedarse en la
polémica mansión. Él nunca lo habría permitido. Tenía planes de internarlo en
un hospital siquiátrico, y eso dado a que Joel nunca pudo asimilar la noticia
de que el cáncer sería el encargado de llevarlo a la muerte. Le provocó grandes
estragos en su cordura, y profundos tormentos, que lo hacían alucinar y perder
la memoria. El galeno echó culpa a la sirvienta. Desafortunadamente la
acusación sirvió de poco, pues Martha también se encontraba en pleno proceso
cadavérico.
La casa quedó clausurada y ya nunca más volvieron a ir
los millonarios a pasar sus últimos días. Los rumores se exacerbaron para crear
así miles de leyendas sobre cultos satánicos, brujería, canibalismo y hasta
aseveraciones de que el lugar estaba bajo posesión fantasmal. Lo que nunca se
dijo y a nadie le importó, fue que Joel había encontrado la llave entre las
comisuras del escritorio. El mueble, tan antiguo y poco usado, sólo recibía
atención cuando se le limpiaba la superficie. Nadie vio propicio indagar entre
las faldas de madera, donde el último dueño de la casa escondió la llave que
dio pie a las fantasías de un loco.
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