jueves, 6 de septiembre de 2012

La puerta de Joel


Daniel Arturo Guerrero Álvarez

Hace no mucho tiempo, existió  una vieja casa de campo visitada con frecuencia por millonarios que solían pasar ahí los últimos días de sus vidas, fuera del ajetreo de la ciudad y los negocios. Aquella mansión se había mantenido imperturbable al paso de los años, y poco faltó para verla convertida en toda una institución, de no ser por su último inquilino. Quien terminó por sepultarla en el olvido.
Aquella vez tocó el turno a un hombre delgado, de bigote espeso y la amenaza del cáncer carcomiéndole las entrañas. Después de arreglar los papeles legales en torno a la herencia, y tras haber saldado algunas cuentas pendientes, aquel hombre de nombre Joel, acudió a la vieja mansión, acompañado por su fiel sirvienta, una señora de caderas abultadas y evidente sobrepeso. Ella le había atendido fielmente durante varios años y por ende, esperaba alguna compensación cuando su patrón pasara a siguiente plano. Así que últimamente le cumplía, sin reproche, cada uno de sus caprichos y excéntricas peticiones. Estaba dispuesta a vivir con él dentro de la mansión. Sin embargo la condición no implícita para poder hospedarse en la casa, dictaba que los millonarios debían entrar por voluntad, sin compañía y dispuestos a las atenciones de la servidumbre del lugar. Por lo tanto Joel tuvo que despedirse de su sirvienta y ésta no tuvo más opción que verlo adentrarse en la mansión, sintiéndose profundamente humillada.
Le asignaron la habitación número dos, la cual estaba compuesta por una oficina y recamara. Encontró provechosa tal combinación, aún podría pasar tiempo escribiendo memorias y leyendo el periódico. El escritorio era de madera fina, de grandes dimensiones y el colchón, lo suficientemente suave para su gusto. Pidió le trajeran una taza de té y después le dejaran completamente solo. Mientras curioseaba por la ostentosa habitación de piso de madera, se topó con una maltrecha puerta, cerca de la cama, astillada y lesionada debido a toscos cortes de navaja sobre el marco, que evidenciaban los nombres de los anteriores huéspedes. Aquellas molduras se mezclaron oportunamente con el sonido de la lluvia que comenzaba a caer, y minaron la cordura de Joel al grado de no poder quitarle la vista de encima.
La primera noche el ruido del rechinar de la puerta lo despertó de golpe. Discreto asomó la mirada logrando divisar una sombra que recorrió por completo la habitación, hasta abandonarla por la entrada principal. Al principio, Joel decidió achacar tal suceso al cansancio y los efectos del té, por lo cual la segunda noche montó guardia. Sentado en la cama, con la oscuridad como escondite, esperó. Para contener el sueño se abstuvo de ingerir los sedantes y pasó la noche a merced de los dolores de su enfermedad. Quizá habría sido una mala idea. La tortura a la que voluntariamente se sometió, no tardó en derrumbarlo; llenarle el cuerpo de sudor y respiraciones profundas. En ese desliz de sufrimiento, sus ancianos oídos lograron escuchar una serie de pasos que se aproximaban; pero al levantar la vista solamente distinguió de nuevo esa sombra, que reiteradamente atravesaba la habitación.
A la mañana siguiente pidió referencias a la criada que le trajo el desayuno, sin embargo ella le contestó con sonrisas complacientes y le aseguró que aquella puerta nunca había sido abierta, pues la cerradura era tan antigua, que nunca encontraron la llave. Joel no quedó conforme, durante dos semanas mal durmió sintiéndose observado, escuchando pasos y la madera crujir. Así pues, una mañana decidió poner fin al asunto. Colocó una silla ante la vieja losa de madera y pasó las horas impávido, con la mirada fija en ella y los rumores de la servidumbre acusándolo de loco. Más de una vez hicieron por interrumpirlo, pero él contaba con una voluntad infalible. Tenía ojos y oídos solamente para aquella puerta y nada más. Su obsesión llegó a tal grado que la desnutrición se hizo evidente. Ansiaba ver el rostro de aquel intruso, reclamarle su osadía y mostrarlo al mundo. Una noche, dio paso importante para alcanzar su objetivo: despertó justo en el momento en que la sombra empujaba la puerta. Como lo había supuesto, nunca escuchó alguna cerradura ni ruido metálico. La dejaría escapar y cual cazador la miró recorrer la habitación hasta abandonarla. Entonces Joel saltó de la silla sigiloso y se aproximó para ver si podría abrir la pesada puerta de madera astillada. Se escondería a la espera de la sombra, para saltarle encima y de una vez por todas, cerrar el caso.

Martha, la desdichada sirvienta de Joel, tuvo que acudir de improviso a la casa de campo, pues su patrón había desaparecido. No es necesario mencionar la poca astucia de la desdichada mucama. Carecía de educación y muchas veces su sentido común rayaba demasiado en lo ordinario, a punto de caer en lo obtuso. A pesar de ello ahí estaba, vestida con la ropa más elegante que su precario salario le pudo comprar, esperando sentada en uno de los sillones de la sala. Se sentía profundamente perturbada, los cuadros y el ambiente de la casa la ponían nerviosa, pero todavía más la mirada del dueño de la mansión. Un hombre de cara alargada, dedos lánguidos y un rostro prácticamente inexpresivo, enfatizado por las profundas arrugas y el traje sastre en color negro. La voz ronca y resonante, parecía rebotar por las inmediaciones de la mansión y al mismo tiempo, provocaba un temblor discreto en las mejillas de Martha. La explicación fue corta y, en apariencia, muy clara: Joel había presentado un comportamiento poco usual y sin más, una noche no despertó en cama.
Martha difícilmente pudo haber intuido lo que pasaba, y hubiera sido peor de conocer los rumores que acosaban a la casa. Mucha gente decía que la servidumbre tenía costumbres poco propias, demasiado nocturnas y altamente sospechosas. En el pueblo nadie podía asegurar haber visto a alguna de las empleadas domesticas comprar en el mercado, al parecer todo lo mandaban pedir. Asimismo, a muchos sorprendía la nula visita de doctores o enfermeras, como si los ancianos no tuvieran problemas de salud. Pero todo eso estaba fuera de las triangulaciones de Martha, ella a lo mucho, deseaba salir cuanto antes y si se podía, con la noticia de si su patrón pudiera estar muerto o no. Por desgracia le impidieron abandonar el recinto, el dueño de la mansión ya había dispuesto una habitación, pues creía prudente mantener cerca a la única conocida del señor Joel. Aunque ella se negó, las puertas ya estaban cerradas y una joven de delantal blanco esperaba dispuesta para encaminarla a la habitación.
La recamara donde Martha dormiría carecía del lujo otorgado a los distinguidos clientes: demasiado estrecha, acompañada de una cama desgastada y una ventana que necesitaba ser limpiada. Nada más, ni siquiera un closet o buró. Dentro de su ingenuidad Martha pidió usar el teléfono, pero como respuesta recibió sonrisas complacientes y una sugerencia para cenar. Prefirió no comer, aquella jovencita no le inspiraba confianza. Pasó la noche en vela, tenía en mente la horrorosa cara del dueño de la mansión, quien ni siquiera se dignó en mencionar nombre o si lo hizo, fue sin la estridencia necesaria. Pensó en salir, buscar el teléfono y llamar a la policía, algo estaba mal.
Una persona como ella difícilmente podría pasar desapercibida por la noche, no por lo abultado de su cuerpo, sino por su errático caminar. Sus piernas eran muy pesadas y la madera del piso demasiado vieja. Además de eso, Martha era absurdamente asustadiza. Por ello al salir de la habitación, fue circunstancialmente sorprendida por la misma jovencita, quien caminaba por el pasillo. El susto fue tal que Martha arremetió contra ella, la creyó una especie de espectro maligno. Soltó golpes a puño cerrado hasta impactarle el rostro y después salió corriendo sin rumbo fijo. Las escaleras le marcaron el camino y rodó por ellas hasta impactar el piso, rompiéndose el cuello. El incidente dejó el cuerpo sin vida de Martha, la quijada de la sirvienta rota y un problema para el dueño de la casa. Esconder un cuerpo sería cosa difícil, pero aún más tratándose de una persona como Martha. No por lo ancho de sus caderas, sino por las sospechas que levantaría. En muy pocos días, personal de la policía acudió a la casa en búsqueda de respuestas. Las explicaciones sonaron a excusas y alimentaron los rumores, lo cual despertó el interés por el paradero de Joel, pues fue por él que Martha había sido requerida. Los agentes inspeccionaron todas las habitaciones hasta toparse con aquella que contenía la vieja puerta de madera astillada. Tras varias horas de arduo trabajo, lograron hacerla ceder, quedándoles así un pasillo de paredes de ladrillo y aroma fétido.
Las investigaciones sacaron a la luz la verdad. Aquella puerta conducía a un viejo pasadizo que desembocaba en el sótano de la casa, pero había sido sellado tras varios años de desuso. Eso no quitó que al final de éste se encontrara el cuerpo muerto de un hombre anciano, con el cabello y vello facial crecido en libertinaje, además de un claro estado de descomposición. Más tarde las pesquisas revelaron que se trataba de Joel. En uno de los bolcillos le encontraron una vieja llave de enorme tamaño y antigüedad, la cual muy seguramente abría aquella singular puerta. Un par de horas después el médico de Joel acudió a la escena del crimen, profundamente molesto, ya que nadie le había avisado que su paciente decidió hospedarse en la polémica mansión. Él nunca lo habría permitido. Tenía planes de internarlo en un hospital siquiátrico, y eso dado a que Joel nunca pudo asimilar la noticia de que el cáncer sería el encargado de llevarlo a la muerte. Le provocó grandes estragos en su cordura, y profundos tormentos, que lo hacían alucinar y perder la memoria. El galeno echó culpa a la sirvienta. Desafortunadamente la acusación sirvió de poco, pues Martha también se encontraba en pleno proceso cadavérico.
         La casa quedó clausurada y ya nunca más volvieron a ir los millonarios a pasar sus últimos días. Los rumores se exacerbaron para crear así miles de leyendas sobre cultos satánicos, brujería, canibalismo y hasta aseveraciones de que el lugar estaba bajo posesión fantasmal. Lo que nunca se dijo y a nadie le importó, fue que Joel había encontrado la llave entre las comisuras del escritorio. El mueble, tan antiguo y poco usado, sólo recibía atención cuando se le limpiaba la superficie. Nadie vio propicio indagar entre las faldas de madera, donde el último dueño de la casa escondió la llave que dio pie a las fantasías de un loco.

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