jueves, 11 de octubre de 2012

Días de discreción



Todas las noches me despertaba el ruido provocado por mi vecino de al lado. Por alguna extraña razón solía trabajar durante la madrugada, sin poder precisar en qué, pero al aparecer empleaba madera, martillo y serrucho. Los primeros días no me afectó tanto, me parecía una extraña distracción y útil compañía durante las noches de insomnio. Creí que duraría poco, unos cuantos días y él dejaría de trabajar en Dios sabe qué cosa. Por las mañanas, cuando salía al trabajo, caminaba por el pasillo deteniéndome frente a la puerta de mi vecino, fantaseaba con la idea de irrumpir, descubriendo por fin sus intenciones. Un par de veces él me sorprendió, abrió la puerta, asomándose como si sospechara que alguien yacía ante la entrada. Un simple buenos días y una sonrisa, fueron mi respuesta, para luego seguir mi camino. Por las tardes era distinto, yo siempre salía a la misma hora, pero al parecer él no. A decir verdad nunca supe a que se dedicaba. Sabía que salía cercano al medio día y regresaba a la hora que le placía, a veces cercano a las ocho de la noche o hasta la madrugada. Sin importar la hora, siempre se ponía a tallar madera, cortarla, apuntalarla; lo que fuese, a la misma hora, después de la una o dos de la mañana. Traté de medirle tiempo, pero por cansancio terminaba vencido, como a eso de las cuatro o cinco, sin poder darme cuenta del tiempo destinado a sus nocturnas costumbres.
            Mi prejuiciosa investigación me llevó un día a levantar el teléfono y hablar con la verdadera dueña del departamento de mi vecino, una señora de voz chillona, a quien imaginé de baja estatura, robusta y piel oscura; ignoro por qué. Al final de cuentas ella se limitó a decirme que él “señor Rodríguez”, era un hombre tranquilo, confiable, que pagaba a tiempo la renta y que si me molestaba, lo más que podía hacer era sugerirle más discreción. Le agradecí el gesto, aunque seguía igual de intranquilo.
            Pasé una dos o tres semanas padeciendo del mismo mal: golpes a madera, pedazos cayendo al piso, clavos perdidos, cierras de dientes gastados rasgando madera y pequeños momentos de silencio, quienes en un principio me dieron noción de paz y luego de preocupación. Temía que por fin hubiera terminado, sin poder enterarme de que se trataba. Pero de nuevo continuaba y entraba en mí una tranquilidad enfermiza. Los vecinos, me miraban extraño, al parecer yo era el único que detectaba la nocturna vida del “señor Rodríguez”. Muchos mencionaron siquiera haber hablado con él y otros afirmaban que trabajaba en un taller mecánico. En lo único en que congeniamos, fue que todos llegamos al edificio después de él. Al parecer él venía de agregado. Sospeché sería familiar de algún personaje de relevancia social o criminal, quien veía conveniente mantenerlo oculto, por alguna oscura razón.
            Una noche reuní algo de agallas y abandoné mi cama para poner fin a todo. Sorpresivamente su puerta estaba abierta, la luz amarilla escapaba inundando parte del corredor. Discreto asomé la mirada, su departamento lucía vacío, más bien abandonado. Había café caliente sobre la mesa y algunos sobres abiertos con violencia. Me adentré mientras orquestaba excusas, en dado caso de ser descubierto. La recamara tenía huellas de haber sido saqueada, no quedaba nada, sólo un paquete de papel café, de envoltura maltrecha, sujetada con cordel grueso y un pedazo de papel con algunas palabras. Pensativo decidí levantarlo y averiguar cuál sería el mensaje. Noté entonces que el piso había sido barrido de manera improvisada, pues aún había destellos de aserrín. “Para ti” decía la leyenda, “por mantener tu discreción”. Me pareció correcto quedarme con aquel paquete, nadie más que yo cumplía con aquel requisito.
            De vuelta en mi habitación rompí la envoltura encontrándome con una bien tallada marioneta, carente de hilos, pero cuya estampa era mi viva imagen, con todo y el traje sastre en color negro que llevaba todas las mañanas al trabajo. Es más, poseía la misma expresión hierática, que por momentos daba la idea de una sonrisa; la cual a su vez guardaba el misterio de su artífice y creador, un tal Rodríguez de quien semanas después, lo único que supe fue que la casera lo buscaba para cobrar la renta.

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