Todas las noches me despertaba el
ruido provocado por mi vecino de al lado. Por alguna extraña razón solía trabajar
durante la madrugada, sin poder precisar en qué, pero al aparecer empleaba
madera, martillo y serrucho. Los primeros días no me afectó tanto, me parecía
una extraña distracción y útil compañía durante las noches de insomnio. Creí
que duraría poco, unos cuantos días y él dejaría de trabajar en Dios sabe qué
cosa. Por las mañanas, cuando salía al trabajo, caminaba por el pasillo
deteniéndome frente a la puerta de mi vecino, fantaseaba con la idea de
irrumpir, descubriendo por fin sus intenciones. Un par de veces él me
sorprendió, abrió la puerta, asomándose como si sospechara que alguien yacía ante
la entrada. Un simple buenos días y
una sonrisa, fueron mi respuesta, para luego seguir mi camino. Por las tardes era
distinto, yo siempre salía a la misma hora, pero al parecer él no. A decir
verdad nunca supe a que se dedicaba. Sabía que salía cercano al medio día y
regresaba a la hora que le placía, a veces cercano a las ocho de la noche o hasta
la madrugada. Sin importar la hora, siempre se ponía a tallar madera, cortarla,
apuntalarla; lo que fuese, a la misma hora, después de la una o dos de la
mañana. Traté de medirle tiempo, pero por cansancio terminaba vencido, como a
eso de las cuatro o cinco, sin poder darme cuenta del tiempo destinado a sus nocturnas
costumbres.
Mi
prejuiciosa investigación me llevó un día a levantar el teléfono y hablar con
la verdadera dueña del departamento de mi vecino, una señora de voz chillona, a
quien imaginé de baja estatura, robusta y piel oscura; ignoro por qué. Al final
de cuentas ella se limitó a decirme que él “señor Rodríguez”, era un hombre
tranquilo, confiable, que pagaba a tiempo la renta y que si me molestaba, lo
más que podía hacer era sugerirle más discreción. Le agradecí el gesto, aunque seguía
igual de intranquilo.
Pasé
una dos o tres semanas padeciendo del mismo mal: golpes a madera, pedazos
cayendo al piso, clavos perdidos, cierras de dientes gastados rasgando madera y
pequeños momentos de silencio, quienes en un principio me dieron noción de paz
y luego de preocupación. Temía que por fin hubiera terminado, sin poder
enterarme de que se trataba. Pero de nuevo continuaba y entraba en mí una
tranquilidad enfermiza. Los vecinos, me miraban extraño, al parecer yo era el
único que detectaba la nocturna vida del “señor Rodríguez”. Muchos mencionaron
siquiera haber hablado con él y otros afirmaban que trabajaba en un taller
mecánico. En lo único en que congeniamos, fue que todos llegamos al edificio
después de él. Al parecer él venía de agregado. Sospeché sería familiar de
algún personaje de relevancia social o criminal, quien veía conveniente
mantenerlo oculto, por alguna oscura razón.
Una
noche reuní algo de agallas y abandoné mi cama para poner fin a todo. Sorpresivamente
su puerta estaba abierta, la luz amarilla escapaba inundando parte del
corredor. Discreto asomé la mirada, su departamento lucía vacío, más bien abandonado.
Había café caliente sobre la mesa y algunos sobres abiertos con violencia. Me adentré
mientras orquestaba excusas, en dado caso de ser descubierto. La recamara tenía
huellas de haber sido saqueada, no quedaba nada, sólo un paquete de papel café,
de envoltura maltrecha, sujetada con cordel grueso y un pedazo de papel con
algunas palabras. Pensativo decidí levantarlo y averiguar cuál sería el
mensaje. Noté entonces que el piso había sido barrido de manera improvisada,
pues aún había destellos de aserrín. “Para ti” decía la leyenda, “por mantener
tu discreción”. Me pareció correcto quedarme con aquel paquete, nadie más que
yo cumplía con aquel requisito.
De
vuelta en mi habitación rompí la envoltura encontrándome con una bien tallada
marioneta, carente de hilos, pero cuya estampa era mi viva imagen, con todo y
el traje sastre en color negro que llevaba todas las mañanas al trabajo. Es
más, poseía la misma expresión hierática, que por momentos daba la idea de una
sonrisa; la cual a su vez guardaba el misterio de su artífice y creador, un tal
Rodríguez de quien semanas después, lo único que supe fue que la casera lo
buscaba para cobrar la renta.
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