Un día ella realizaba la acostumbrada travesía del trabajo a la casa, en su ruidoso vehículo blanco, cuando la mala suerte se hizo presente en forma de perro, al cual atropelló haciéndolo gritar como agónica respuesta ates de perecer en medio de la calle. Profundamente aterrada frenó de golpe, al punto de casi ser impactada por una camioneta que venía detrás, cuya conductora reaccionó violentamente, sin mostrar mínima afectación por el trágico accidente. De un giro brusco al volante libró el obstáculo siguiendo su camino, no sin antes lanzar improperios y sonar el claxon. Aquella homicida principiante se vio presa del pánico y prefirió huir a bordo del arma homicida, sintiéndose juzgada por todo aquel que la miraba pasar. Al llegar a casa le dio la bienvenida el salto repentino de una solitaria canica. Clac, clac, clac, sus oídos le advirtieron, aunque prefirió acusarlos de prejuiciosos y aturdidos.
La
noche la pasó bajo azote de interrupciones, continuamente la invisible canica
rebotaba en el azulejo. Sumamente molesta decidió abandonar cama y buscar a la
pequeña intrusa o a quién la lanzaba, seguramente se trataba del algún vecino
cuya sonora travesura, atravesaba el grosor de las paredes. Perdió el tiempo
sin encontrar respuesta, ni desayuno, se le hizo tarde y tuvo que salir a
atender verdaderas responsabilidades.
De regreso
tras la jornada, el tráfico de la tarde le dictaba que por las calles andaba el
espíritu de aquel canino a quien arrebatara la vida, mediante afrenta de caucho. Le
pareció absurda la paranoia, mas a la distancia logró ver a un cuadrúpedo ser,
el reflejo mismo del can a quien hiciera gritar hasta desfallecer. Un mal
impropio se adueño de ella, creándole un falso razonamiento, que dictara que
ese perro podría ser el mismo de ayer, el fantasma incómodo que buscaba
venganza. Quizá fue el aire, el tráfico o el cansancio, pero el canino se perdió
de vista y fue alertada por el claxon de una camioneta. Buscó con la mirada,
mientras un hombre de traje le lanzaba improperios y alusiones machistas.
De
nuevo en casa y asimismo el recibimiento de la canica, saludándole con cada
estridente rebote de cristal. Víctima de la desesperación comenzó nueva
búsqueda, movió muebles, sillas, platos y libros, inclusive se asomó por la
ventana encontrándose con un par de niños corriendo a carcajadas. Entonces fue
con sus vecinos y a cada uno preguntó por el paradero del sonido de una esfera
de vidrio macizo impactándose en el piso. Más que respuesta recibió miradas
raras, sonrisas que juzgaban faltaba de cordura. Ya con el sol
tras el horizonte encontró cuartel en su habitación, miraba televisión con la
idea de tranquilizase. La canica de nuevo se hizo presente, acercándose a
brincos invisibles. La piel se le erizó, pensó en el perro y pidió perdón, sin
embargo la tortura no cesaba. La noche entera fue acosada y en cada parpado
inferior una mancha morada apareció. Enloquecida escapó en plena madrugada para
buscar asilo en una casa lejana corriendo despavorida por las calles. La
detuvieron a sonido de claxon y rechinido de llantas, a quienes imitó con un grito
agudo, quedándole de frente la estampa de un camión, cuyo motor respiraba
agitado, lanzándole su caliente aliento a la cara. El conductor asomó la cabeza
por la ventanilla, maldijo y al ver que ella no se movía, sonó el de nuevo la
bocina. Ella reaccionó haciéndose a un lado y así el camión prosiguió su
camino, siendo perseguido por una pequeña esfera en color blanco, que recorría el asfalto víctima de la pendiente pronunciada de la calle.
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