Daniel Arturo Guerrero Álavarez
Parado
ante el espejo del baño, trataba de encontrar en su rostro algo más que la misma
gris estampa de siempre: despeinada y con el vello desarreglado. Más tarde,
vestido de saco y corbata, caminaba en silencio por la calle, hasta llegar a
una vieja puerta de grueso metal, misma que hizo sonar a sazón de ligeros
golpes con los nudillos. Lo sentaron en una silla maltrecha, crujiente sobre
piso de madera, oscurecida por la falta de laca. Tras el escritorio esperaba un
hombre, de semblante abultado, calvo y sonriente, quien reía sin compartir la
razón. “Toma una” dijo conteniendo la risa, pero no vio objeto o insinuación
alguna que atender. Tan sólo estaba la silla y el escritorio en blanco. Quiso
contradecirle, pero aquel hombre respondió con escandalosas carcajadas.
Despertó a grito de despertador,
seguía escuchando las risas que lo atacaron durante el sueño. Al entrar al baño
se miró en el espejo, desaprobando aquella barba incipiente. Bajo destreza de
rastrillo la retiró por completo y más tarde estacionaba su vehículo, enfrente
del imponente edificio de oficinas donde trabajaba. Como siempre lo recibieron
con los buenos días. Tras varias horas de trabajo su jefe le interrumpió,
recordándole debía visitar al señor Madrigal. Debían aclarar ciertas
correcciones pertinentes a los planos de un edificio que tenía ya, dos semanas
de retraso en el programa. Así lo hizo. No encontró al susodicho en su oficina,
hubo que viajar en auto hasta la construcción. Al llegar lo condujeron por
caminos de tierra y ruido hasta un remolque, cuya puerta le pareció del todo
singular. Adentro esperaba Madrigal, quien le ofreció tomar asiento, mientras
terminaba de acomodar algunas cosas en su escritorio. “Toma una” dijo,
señalándole el par de sillas ante sí. Agradeció el gesto y vigilando los
alrededores, esperó paciente a ser atendido.
Pasó la noche pensativo, fantaseando
en coincidencias y deseoso de volver a vivir alguna, más profunda y
vaticinadora. El ruido en su casa no ayudaba, el chasquido de los trastes y el
televisor le impedían concentrarse. Prefirió irse a dormir.
Hacía frío, sus pies descalzos le reclamaron,
una capa de hielo cubría la superficie de concreto, todas las calles parecían
tener la misma alfombra de agua congelada. La garganta le comenzó a incomodar y
creyó enfermaría. Caminó para escapar, llegando a una vieja casa, azotada por
vientos invernales. La sala estaba vacía, igual que el comedor, y la cocina. Un
pequeño cuarto emanaba parpadeos luminosos. Asomándose descubrió un recinto
provisto de piso alfombrado y un sillón emparentado con un televisor, quien
mostraba la transmisión de un partido de futbol. Pero no había nadie. Dándose
vuelta escuchó un perro ladrar desde afuera, empecinado en destruir el
silencio. Acercándose a la ventana logró divisar al animal, sentado en medio
del césped, agitando la cola en cada ladrido. Comenzó a llover, sin que eso
inmutara al canino. “Adiós” le dijo sin que hubiera sido su intención y como
respuesta la ventana se reventó, obligándolo a cubrirse el rostro. Tras el
accidente descubrió un hilo de sangre en sus manos y afuera, el perro ya no
ladraba.
Al abandonar la cama sus pies
resintieron el frío del suelo. No era algo nuevo, siempre dormía descalzo, pero
aquel día el tacto directo con el azulejo de su recamara, le provocó cierta
incomodidad en la garganta. Maldijo en voz baja, seguramente enfermaría. Pasó
la mañana y parte de la tarde en la oficina. Atendió además una incómoda
reunión sobre los planos, pues al aparecer Madrigal no hizo caso y dejó todo
como estaba, argumentando haber tenido acuerdo con el licenciado. Prefirió no
contradecir nada, aborrecía las discusiones. Al salir condujo hasta una vieja
tienda de antigüedades. Debía comprar una absurda tetera china que su padre
anhelaba adquirir, pero por decidía anteponía pretextos para comprarla.
Desafortunadamente el local había cerrado y el cielo se tornaba lluvioso
empujado por fuertes ráfagas de viento. Asomó la mirada por el cristal de la
puerta. No vio a nadie, y al retroceder divisó el reflejo de un televisor, que
trasmitía el previo del partido de futbol. Dándose la vuelta descubrió un
restaurante, de donde provenía el reflejo. Apresurado abordó el auto y condujo
al límite de velocidad, con la esperanza de llegar a casa antes que el
encuentro empezara. Lo interrumpió su novia al hablarle al celular. Contestó de
manera breve y anteponiendo disculpas, tenía prisa. “Adiós” dijo en cuanto vio
la luz verde del siguiente cruce encenderse, y pisó a fondo el acelerador. Un
perro se cruzó de improviso y para esquivarlo cometió el error de girar el
volante, impactándose de lleno contra un poste de alumbrado público.
Despertó en cama de hospital, su
madre dormía en el sillón contiguo. La iluminación era pobre, provenía del
pasillo, filtrada por las cortinas de la ventana. Decidió no dormir, ya no
quería coincidencias. Comenzó a buscar distracciones, desde contar el tiempo
hasta hablar consigo mismo. Le pareció empresa complicada, así que mejor
abandonó la cama y vestido de bata blanca, salió de la habitación para dar un
paseo. Afuera había poco movimiento, apenas un par de enfermeras de pies
presurosos o un doctor recorriendo el pasillo sin mostrar el rostro. Reconoció
entonces su error, no había advertido el número de la habitación y por tanto le
sería imposible volver. Pidió ayuda a una enfermera, pero ella se limitó a
sonreírle. Probó suerte con un médico, pero éste ni siquiera le hizo caso.
Llegó hasta el recibidor del hospital, un par de mujeres, avejentadas y ganadas
en peso, reían incansablemente. Las interrumpió sin lograr cambiarles el
semblante y les preguntó si sabían cuál era su habitación. La respuesta fueron
escandalosas carcajadas. Decidió dar marcha atrás y según sus recuerdos,
regresar por el camino recorrido. Finalmente llegó a un pasillo custodiado por
una decena de puertas. Una corazonada le hizo aproximarse a la última, la del
número 102 y sin perder tiempo la abrió. Encontró una habitación oscura, en el
sillón dormía su madre y en la cama esperaba él, dormido profundamente.
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