jueves, 18 de octubre de 2012

Sólo un sueño

Daniel Arturo Guerrero Álavarez
 
Parado ante el espejo del baño, trataba de encontrar en su rostro algo más que la misma gris estampa de siempre: despeinada y con el vello desarreglado. Más tarde, vestido de saco y corbata, caminaba en silencio por la calle, hasta llegar a una vieja puerta de grueso metal, misma que hizo sonar a sazón de ligeros golpes con los nudillos. Lo sentaron en una silla maltrecha, crujiente sobre piso de madera, oscurecida por la falta de laca. Tras el escritorio esperaba un hombre, de semblante abultado, calvo y sonriente, quien reía sin compartir la razón. “Toma una” dijo conteniendo la risa, pero no vio objeto o insinuación alguna que atender. Tan sólo estaba la silla y el escritorio en blanco. Quiso contradecirle, pero aquel hombre respondió con escandalosas carcajadas.
            Despertó a grito de despertador, seguía escuchando las risas que lo atacaron durante el sueño. Al entrar al baño se miró en el espejo, desaprobando aquella barba incipiente. Bajo destreza de rastrillo la retiró por completo y más tarde estacionaba su vehículo, enfrente del imponente edificio de oficinas donde trabajaba. Como siempre lo recibieron con los buenos días. Tras varias horas de trabajo su jefe le interrumpió, recordándole debía visitar al señor Madrigal. Debían aclarar ciertas correcciones pertinentes a los planos de un edificio que tenía ya, dos semanas de retraso en el programa. Así lo hizo. No encontró al susodicho en su oficina, hubo que viajar en auto hasta la construcción. Al llegar lo condujeron por caminos de tierra y ruido hasta un remolque, cuya puerta le pareció del todo singular. Adentro esperaba Madrigal, quien le ofreció tomar asiento, mientras terminaba de acomodar algunas cosas en su escritorio. “Toma una” dijo, señalándole el par de sillas ante sí. Agradeció el gesto y vigilando los alrededores, esperó paciente a ser atendido.
            Pasó la noche pensativo, fantaseando en coincidencias y deseoso de volver a vivir alguna, más profunda y vaticinadora. El ruido en su casa no ayudaba, el chasquido de los trastes y el televisor le impedían concentrarse. Prefirió irse a dormir. 
            Hacía frío, sus pies descalzos le reclamaron, una capa de hielo cubría la superficie de concreto, todas las calles parecían tener la misma alfombra de agua congelada. La garganta le comenzó a incomodar y creyó enfermaría. Caminó para escapar, llegando a una vieja casa, azotada por vientos invernales. La sala estaba vacía, igual que el comedor, y la cocina. Un pequeño cuarto emanaba parpadeos luminosos. Asomándose descubrió un recinto provisto de piso alfombrado y un sillón emparentado con un televisor, quien mostraba la transmisión de un partido de futbol. Pero no había nadie. Dándose vuelta escuchó un perro ladrar desde afuera, empecinado en destruir el silencio. Acercándose a la ventana logró divisar al animal, sentado en medio del césped, agitando la cola en cada ladrido. Comenzó a llover, sin que eso inmutara al canino. “Adiós” le dijo sin que hubiera sido su intención y como respuesta la ventana se reventó, obligándolo a cubrirse el rostro. Tras el accidente descubrió un hilo de sangre en sus manos y afuera, el perro ya no ladraba.
            Al abandonar la cama sus pies resintieron el frío del suelo. No era algo nuevo, siempre dormía descalzo, pero aquel día el tacto directo con el azulejo de su recamara, le provocó cierta incomodidad en la garganta. Maldijo en voz baja, seguramente enfermaría. Pasó la mañana y parte de la tarde en la oficina. Atendió además una incómoda reunión sobre los planos, pues al aparecer Madrigal no hizo caso y dejó todo como estaba, argumentando haber tenido acuerdo con el licenciado. Prefirió no contradecir nada, aborrecía las discusiones. Al salir condujo hasta una vieja tienda de antigüedades. Debía comprar una absurda tetera china que su padre anhelaba adquirir, pero por decidía anteponía pretextos para comprarla. Desafortunadamente el local había cerrado y el cielo se tornaba lluvioso empujado por fuertes ráfagas de viento. Asomó la mirada por el cristal de la puerta. No vio a nadie, y al retroceder divisó el reflejo de un televisor, que trasmitía el previo del partido de futbol. Dándose la vuelta descubrió un restaurante, de donde provenía el reflejo. Apresurado abordó el auto y condujo al límite de velocidad, con la esperanza de llegar a casa antes que el encuentro empezara. Lo interrumpió su novia al hablarle al celular. Contestó de manera breve y anteponiendo disculpas, tenía prisa. “Adiós” dijo en cuanto vio la luz verde del siguiente cruce encenderse, y pisó a fondo el acelerador. Un perro se cruzó de improviso y para esquivarlo cometió el error de girar el volante, impactándose de lleno contra un poste de alumbrado público.
            Despertó en cama de hospital, su madre dormía en el sillón contiguo. La iluminación era pobre, provenía del pasillo, filtrada por las cortinas de la ventana. Decidió no dormir, ya no quería coincidencias. Comenzó a buscar distracciones, desde contar el tiempo hasta hablar consigo mismo. Le pareció empresa complicada, así que mejor abandonó la cama y vestido de bata blanca, salió de la habitación para dar un paseo. Afuera había poco movimiento, apenas un par de enfermeras de pies presurosos o un doctor recorriendo el pasillo sin mostrar el rostro. Reconoció entonces su error, no había advertido el número de la habitación y por tanto le sería imposible volver. Pidió ayuda a una enfermera, pero ella se limitó a sonreírle. Probó suerte con un médico, pero éste ni siquiera le hizo caso. Llegó hasta el recibidor del hospital, un par de mujeres, avejentadas y ganadas en peso, reían incansablemente. Las interrumpió sin lograr cambiarles el semblante y les preguntó si sabían cuál era su habitación. La respuesta fueron escandalosas carcajadas. Decidió dar marcha atrás y según sus recuerdos, regresar por el camino recorrido. Finalmente llegó a un pasillo custodiado por una decena de puertas. Una corazonada le hizo aproximarse a la última, la del número 102 y sin perder tiempo la abrió. Encontró una habitación oscura, en el sillón dormía su madre y en la cama esperaba él, dormido profundamente.

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