Dado
a que el tiempo que tenía contaba con límite menor a 30 días, puse en marcha
una improvisada investigación en torno al doctor Ezequiel y su rutina diaria.
Para mi suerte, el primer día que pasé revisando sus cuentas en internet, siguiéndolo
a su casa y escuchar una conversación telefónica, descubrí que la esposa del
galeno se encontraba fuera del Estado. Resultase que la señora pertenecía una
asociación de superación personal y la habían mandado a dar conferencias a desdichados.
Así pude ahorrarme unos días.
La mañana siguiente esperé a que el
personal de aseo abandonara la seudo mansión del doctor y tras haber comido
algo frito y nada saludable, me dispuse a trabajar. Librar el sistema de
seguridad fue cosa fácil, sobre todo cuando se conoce a gente con talento al
respecto. Husmeé por la casa. Estaba seguro que no habría cámaras de seguridad.
Un loquero como Ezequiel no sería tan esquizofrénico. Sin embargo, mi
apresurada investigación me abstuvo de advertir un curioso detalle. Ezequiel
traería compañía.
Oculto en su despacho me senté en la
cómoda silla de piel y elevé los pies para descansarlos sobre el lujoso
escritorio. Mi mano imposibilitada por la férula aplastándome el pecho y un nuevo
revólver en la otra, apuntando el cañón hacia la puerta. Tuve que conseguir
otro, ya que el anterior esperaba en la jefatura, como pieza de evidencia sobre
el homicidio de Ricardo. Ahí se me fue algo de dinero, bastante para ser
sincero. Me urgía la paga. Esperé a escuchar agitación. Oí el cerrojo de la
puerta principal y un par de voces. Eso se salía del plan. Había cometido un
error bastante pueril.
-Vamos
a mi oficina y te muestro –escuché a Ezequiel y tras su voz, un timbre femenino
respondía con aire inocente.
Recordé que Ezequiel, como buen doctor
de sepa, compartía algo de su tiempo en una universidad. Pues bien, su
acompañante era una de sus estudiantes. Una muchachita que veía oportuno usar
blusas abotonadas, las cuales tenían el defecto de no cerrar los dos primeros.
Tanto ella como Ezequiel entraron sin advertir nada. Enfrascados en su papel de
ingenuos, dispuestos para un fortuito y posible encuentro sexual. Finalmente
ella gritó al ver el revólver. Después Ezequiel me miró perplejo.
-Cierre
la puerta –dije entrado en mi papel, bien o mal ya no me podía retractar.
Ezequiel alegó clemencia para la
joven; como si en realidad fuera yo a gastar balas. A decir verdad, hasta para
eso se necesita capital. En el contrabando las cosas a veces suelen ser
baratas, pero nunca tanto como para desperdiciar.
-Ella
se queda –continué- y cierre la puerta.
La joven en realidad hacía honor a
mis suposiciones. Un rostro fino, piel blanca, unos pantalones blancos
ajustados, casi como si estuvieran pintados a sus seductoras caderas y bien
tronadas piernas. Además de un sostén, seguramente de talla menor a la
adecuada, esos senos saltaban demasiado a la vista. La importunada tomó asiento
en un diminuto mueble que esperaba cerca de un egocéntrico librero. A Ezequiel
no le permití descansar las sentaderas. Eso sí, lo dejé balbucear estupideces.
La lengua le bailaba con tartamudeos y su palabrería iba y venía entre
sollozos, llamados a la concordia y explicaciones de inocencia.
-Basta,
basta –dije, fastidiado. La verdad la molestia era conmigo mismo-. Ricardo
murió, ¿si se enteró?
Respondió con un sí, que pareció más
un gemido lacerante. Eso me recuperó el ánimo y me sentí de vuelta en mis años
gloriosos, cuando el control estaba en mis manos, precedido por una pistola y
los aturdidos ojos de un infeliz.
-¿Qué
hay sobre el escarabajo? –pregunté. Directo al punto.
Necesitaba salir de ahí lo antes
posible, para evitar que la invitada de Ezequiel pudiera recordarme. Contaba con
que el estado de shock le durara unos minutos más.
-Nunca
me dijo donde estaba –respondió el doctor y prosiguió con una cantaleta
cansina, trataba de dibujarse como una simple y burda víctima del otrora
desquiciado.
-Diga
la verdad Doc, por las buenas.
-Iba
ayudarlo –dijo casi a manera de grito, atrayendo la atención de la joven. Quien
dicho sea, derramaba lágrimas en silencio. Sin jactarme de sádico, debo admitir
que me divirtió verla así. Encontraba divertimento en la simpleza de mis dos
incautos.
-¿Y
qué pasó?, ¿por qué no lo hizo?
Mis preguntas agitaron más el
temblor en las rodillas del galeno. El sudor en su frente le corría casi de
manera exagerada. El muy imbécil realmente se sentía en peligro de muerte. Su enamorada
entró a escena. Me pidió entrar en razón mediante un tremuloso “no le hagas
daño”. De manera respetuosa le pedí silencio siseando con estridencia.
-¿Usted
lo ayudó con el incendio del hospital?
-¡No!
–Respondió Ezequiel, igual como lo hubiera hecho frente a un juez-. Él ya no
quiso. Escuche, alguien llamó, no sé quién, pero preguntó por él, por Ricardo.
Yo se lo comenté y desde ese día ya no quiso. Fue todo.
-¿Tiene
el número del teléfono?
Estaba de suerte. Ezequiel no sólo
poseía el número telefónico, sino que además concordaba con el de Verónica.
-¿Hombre
o mujer? –pregunté mientras Ezequiel me mostraba en su celular la serie de
números.
-Un
hombre –respondió con temblor en la voz-. No me dijeron quien era, la
secretaria me dijo que quería visitarlo, pero nunca fue. Yo se lo comenté a
Ricardo y después de eso ya no quiso hablar del escarabajo y…
Lo dejé hablar. Verdades a medias. En
mi mente caía en cuanta que Raúl cumplía con mis predicciones de estúpido.
Podía apostar lo que fuera y atinaría en que él fue quien habló al hospital.
Ese bastardo sabía algo más que no me quería contar. Seguramente de él nació la
idea de pedirle a Verónica iniciar una búsqueda. Interrumpí a Ezequiel
preguntando la fecha. En efecto, una semana antes de mi primera visita con la
señora. Eso me llevó a dos conclusiones, ambas con consecuencias negativas. La
primera, que Raúl actuó por mera intuición y creyó que Ricardo sabría donde
estaba el escarabajo, dada la relación con el secuestro de Lucía. Cosa que me
negaba a creer. Para mí el desquiciado sólo utilizaba su relación con la joya para
buscar una manera de salir del nosocomio. La otra conclusión, que de nuevo yo
me equivocaba y que Ricardo sí sabía algo respecto al bicho. Y que me
contrataron para hacer el trabajo sucio. En ambos casos yo salía perdiendo. Si
Raúl era tan estúpido como yo creía, entonces la investigación seguía donde
mismo. De lo contrario, con Ricardo muerto, había perdido un hilo conductual
bastante crucial.
-Gracias
por su cooperación –dije poniéndome de pie. Provocando en Ezequiel y la joven,
rostros obtusos. Ellos estaban más confundidos que yo.
Necesitaba llamar a Víctor. Esperaba que él me tuviera
mejores noticias sobre el paradero de Laura. Tenía fe que la baratija en su
cuello, fuera el autentico escarabajo y no una nube de humo más.
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