Mientras
los abogados de Raúl solucionaban los estragos de mi visita a Ezequiel, yo
quedé de verme con el malnacido de Víctor. Lo esperaba afuera de un templo cuya
explanada solía ser frecuentada por ambulantes y vendedores de fritangas
durante las tardes. Acompañado de la férula, pasé el tiempo sentado en una
banca, devorando con parsimonia un puñado de cacahuates, dispuestos en una
sugestiva bolsa de papel. Me recordó mis años de infancia. De entre la
muchedumbre divisé a Víctor. En ese momento lo hice oficial. Al parecer algún infeliz
dictó norma de que cada que se quisiera pasar desapercibido, lo mejor sería
usar lentes oscuros. El ocaso estaba cercano y el sol lanzaba los últimos rayos
color naranja.
-La
encontré –me dijo. Sentándose a mi lado y con sus gordas manos, asaltando la
bolsa de cacahuates. Si algo caracterizaba a Víctor, era un viejo vicio a la
comida. Maldición y bendición. Él resultaba ser de ese tipo de personas, que
suelen llevar vidas nada saludables y pasan los años sin verse afectados de manera
categórica.
-¿Es
accesible? –pregunté, arrojando la bolsa al bote de basura que esperaba a mi
costado derecho.
-Para
nada viejo –contestó, con aire molesto-. En ese barrio ni Dios entra. Ahí los
cerdos tienen a mucha gente protegida.
-Eso
no me sirve gordo.
-Tranquilo
–insistió, ayudándose con un ademán y con aletargamiento en la voz-. Necesito
comida –dijo poniéndose de pie- luego te digo donde encontrarla.
-Primeo
la encontramos –le repliqué al abandonar la banca- y luego buscas que tragar.
Navegamos entre la gente y los
puestos. Tanto Víctor como yo conocíamos el paso siguiente, arriesgado, pero no
me quedaba de otra. Secuestraríamos a Laura.
Ella trabajaba en uno de los
puestos. Bueno, fingía hacerlo, sentada en una vieja silla desplegable, dando
la espalda al mundo y con la vista fija en una diminuta y vieja televisión a
blanco y negro. Un joven, cuyas facciones denotaban su origen indígena, era el
encargado de vender aquellas copias ilegales de películas en DVD. El plan fue
sencillo. Víctor me indicó en donde había dejado estacionado su vehículo,
espaldas al templo. Yo esperaría dentro, mientras él y uno de sus agentes
(recién contratados), extraían a Laura.
Víctor llegó al puesto, pretendió
comprar algo y mientras era atendido, su acompañante inició un coqueteo con
Laura. Ella opuso resistencia, pero al final, estaba harta de no hacer más que
mirar la televisión. A regañadientes de quien presuntamente era su hermano,
salió del puesto. Después de eso, la llevaron al auto. Víctor conduciría mientras
a ella la amordazaban y cubrían los ojos.
Después de deshacernos del agente de
Víctor, llegamos a mi casa, el sucio departamento con aroma a humedad y tierra.
Sentamos a Laura en una de las sillas del comedor, la cual llevamos a una de
las recamaras. Me da pena admitirlo, pero mi vecindario tampoco gozaba de ser
un lugar, digno se visitas. Víctor suavizó la situación, me dejó sólo con Laura
mientras salía a buscar algo que comer. Todo ese tiempo no hice más que
escuchar lloriqueos, gemidos y latigazos de las coyunturas de Laura,
esforzándose por soltar los amarres. Medité bien las cosas. Noté que ya no
llevaba la baratija en el cuello. Me abstuve de suponer, pero una idea vaga me saltó
de inmediato. Quizá de nuevo me equivocaba y el escarabajo que vi, no era el
autentico.
Le retiré la mordaza y descubrí sus
ojos. Me reconoció al instante, justo en el momento en que Víctor entraba en el
departamento, haciendo alarde de haber conseguido hot dogs. Gracias a Dios Laura se quedó completamente perpleja.
Preferí eso que una serie de alaridos y plegarias, que me hubiesen llevado a
ponerle la mordaza de nuevo. Sus ojos se fijaron en la férula.
-Gracias
a ti –dije, recargándome en la pared. En aquella habitación sólo había cajas y
suciedad. En medio de todo, Laura sentada, boquiabierta y yo, pensando en si
estaba cometiendo un garrafal error al haberla secuestrado. La verdad mis
opciones se agotaban. Si ella confesaba no tener ninguna relación con la joya,
pediría dinero a Víctor y me largaría del país. En algún lugar podría escapar
de los abogados de Raúl y vivir los pocos años que debían quedarme.
-¿Dónde
está? –pregunté y al mismo tiempo fui interrumpido por Víctor, quien entró, con
comida en mano y la boca sucia, bañada de mostaza y crema. Sus ojos reflejaron
un destello lujurioso que viajó hacia la figura de Laura. Lo que me faltaba, el
maldito imaginaba prevenciones. El verla ahí dispuesta, amarrada a una silla,
indefensa y con cierto aire de inocencia, le agitaba la entrepierna.
Bruscamente lo saqué de la
habitación, bajo amenaza. Después tomé aire y antes de estallar repetí le
pregunta. Fui más directo.
-El
escarabajo –dije-. ¿Dónde está? Lo traías el día que –tuve problemas para hacer
la referencia a mi lesión, así que sólo la señalé.
Sabía que Laura seguramente estaría
navegando por un estado de shock y que difícilmente me daría respuesta. Por lo
menos, y lo digo con alivio, en eso sí me equivoqué.
-Ayúdame
–dijo, sin parpadear, dándome señal de que por lo menos, la baratija sí sería
autentica. Sonreí con discreción.
-Primero
el dije –insistí-. ¿Dónde lo tienes?
-Lo
escondí –respondió, con nerviosismo, casi entre tartamudeos y falta de aire-.
¡Ayúdame por favor!
-¿De
quién lo escondiste? –lancé la pregunta, impulsado por una corazonada.
Esa noche tuve dos problemas. Laura
estaba muy alterada. La solté de la silla y le di algo que comer. A cambió ella
se transformó en un indició útil y a la vez, una complicación. Resultase que
Laura heredó la joya, una práctica bastante inusual entre la gente de su nivel
socioeconómico. Su madre se la dio, bajo condición de mantenerla oculta y en
hermético secreto. Así lo hizo, sobre todo cuando estuvo en prisión. Al salir,
cumplió una promesa de venganza y prosiguió a dar muerte al estúpido de
Ricardo. Hasta ahí, todo iba acorde a los hechos. Ese día se colgó el
escarabajo, ya que deseaba restregarlo en el rostro del maniaco, presumiéndole
lo que nunca pudo conseguir. Eso me hizo aventurar un par de conclusiones. El
problema vino después. Tras asesinar a Ricardo, regresó la baratija a su
escondite y al llegar a casa, recibió una peculiar llamada telefónica. Un
hombre, quien dijo ser el Títere, advirtió que pronto vendría a reclamar lo que
dio a esconder a la madre de Laura. El maldito volvía del anonimato.
-¿Por
qué no te desases de ella? –la interrumpí, refiriéndome al bicho de plata.
Laura contestó diciéndome que en el
“barrio”, todos sabían del Títere y de su regreso. Que no habría manera de
eludirlo y aunque nadie sabía del escarabajo, ya había varios que intuían una
especie de ganancia. Si Laura desaparecía, más de uno iría a buscarla. Además, ella
estaba amenazada de muerte por parte del Títere. Si cuando él llegase la joya
no estaba, lo pagaría con su vida.
Dejé que Laura soltara la lengua,
hablaba impulsada por un nerviosismo autentico, vigilada por la mirada atenta
de Víctor. He ahí mi otro problema. Tendría que pasar la noche en vela,
pensando y con los ojos atentos. Aunque intenté resolver la segunda
complicación al correr a Víctor de mi casa, el bastardo podía volver,
acompañado y dispuesto a satisfacer sus necesidades. Me hacía falta espacio
para pensar. Si todo lo que Laura decía era cierto, la joya estaba a mi
alcance. Sin embargo algo me decía que entregarla a Raúl, podría complicarlo
todo. Vaya inoportuna coincidencia que Verónica me mandara buscar al
escarabajo, justo cuando el Títere planeaba volver. Aunado a la fecha límite
puesta por Raúl.
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