viernes, 25 de enero de 2013

VIII. Escarabajo de plata


Temprano en la mañana permití a Laura marcharse. Mis días como secuestrador terminaron. El temor en sus ojos era más que latente. Ella debía volver, sino levantaría sospechas. De cualquier forma, Víctor y sus contactos no tardarían en encontrarla, en caso de haberme mentido. Aún así, le pedí al maldito que la vigilara. Sólo eso. La necesitaba de mi lado. Tenía en mente un plan, con el cual podría explicarme algunas cosas. Volvería a ver a Laura, pero hasta la tarde. Ella con el escarabajo y yo con una prueba fehaciente de poder servirle como nicho de seguridad. Sí bien antes mi intuición me habría obligado a confiar, necesitaba primero ver al bicho. Constatar su existencia antes de aventurarme a cerrar el caso. Sí lo que ella dijo fue verdad y el tal José o el “Títere”, vendría a recuperarlo, hacía falta saber qué relación tendría con Raúl. A quien dicho sea visité de improviso.
            Hice intentó por no prejuzgar, algo prohibido en mi profesión, pero bastante común. Digno de cualquier novela policiaca, Raúl había heredado la mansión de Verónica. Bastante afortunado para mí gusto. Claro está que también le tocó algo de dinero. Quizá no suficiente para el resto de su vida, pero sí para pagar mis servicios. Eso me hizo pensar. Apacigüé mi mente con algo de whisky.

-¿Dice que ya casi la tiene? –Preguntó, envuelto en una bata, sentándose a la mesa mientras la servidumbre le servía el desayuno. De nuevo ese tonito. Una patada directa al hígado. Ansiaba gritarle que se dejase de estupideces y hablara como los hombres.

-Sí –respondí, justo después de refrescarme la garganta. Curiosamente la férula me estorbaba. Nunca creí que necesitaría de ambas manos para poder disfrutar del escocés.

-Explíquese-. Repetí esa palabrita unas tres veces, como cuando se cuenta hasta diez para normalizar el carácter.

-Veré a alguien –dije, sin tomar asiento. Me faltaban ganas para poner las sentaderas en muebles finos. Discretamente lancé una mirada hacia el… bueno, el mayordomo de Raúl.

-Ah –dijo, con un tono de voz distinto, más natural. Luego dio seña a su otrora homólogo, de que nos dejara solos. Contuve la risa, cargada de ironía.

-La situación es complicada –continué en cuanto la puerta se cerró-. Para serte honesto, quizá me equivoque. Pero al fin encontré a alguien que sabe algo sobre el escarabajo.

-¿Y cómo se llama?

-Anónimo –contesté-. No quiero arriesgarme. Sin ofender. Quedé de verlo en el muelle, el que está en el lado este del rio…

-¿Junto a la fábrica?

-Ese exactamente-. Bebí de golpe el whisky, me hubiera servido más. Me abstuve por respeto a mi estomago. El alcohol en vacío no es buena idea.

-¿Se puede saber cuándo? – Con aire amanerado pinchó algo de fruta con ese absurdo tenedor plateado y en un movimiento certero lo dirigió a la boca. De manera presumida se limpió los labios con un pañuelo blanco. Demasiado amaneramiento para no denostarlo con una mirada. Misma que me puso a prueba. Me dieron ganas de derribar la mesa y meter ese estúpido pañuelo hasta lo más profundo de su egocéntrica garganta.

-Aún no –respondí. Volteé la mirada a cualquier parte. El techo me pareció demasiado alto-. Pero yo le avisó, necesito hacer una llamada y listo. El contacto parece ser de fiar. Pero uno nunca sabe.

-Esplendido –dijo casi a tono de grito y yo por poco le contesto desenfundando el revólver.

            Eliminé de mi memoria el resto de su insulsa palabrería y salí de la mansión. Víctor me llamó al celular. El cual debo admitir, era una reliquia aferrándose a morir. Pantalla monocromática e inteligencia raquítica. Nos veríamos en un viejo panteón, ahí decidió Laura develarnos el paradero del escarabajo. Además de que, según lo que me comentó Víctor. Ella mencionó haber recibido una incómoda llamada. Supuse que del tal títere.

            Dada mi pobreza, viajé en transporte público. Algo bastante incómodo. Primero porque me hacía falta la versatilidad, no sólo de mi brazo inmovilizado, sino de mis rodillas. La edad me pesó bastante. Por otro lado, descubrí que un par de sujetos iban siguiéndome. Lo supe gracias a que uno, llevaba gafas oscuras. Solté risa al instante y ambos se incomodaron. Lo que reafirmó mis sospechas. La verdad es que mucha gente, sobre todo en el transporte comunitario, usa lentes oscuros, es sólo que aquel tipo lucía como un completo imbécil. Al parecer alguien estaba empecinado en imponer una seudo cultura del espionaje.  

            Gracias a ello me vi en la necesidad de hacer un cambió en la ruta y bajé al inframundo del tren ligero. Ahí esperé a que los vagones se detuvieran. Caminé despacio con la intención de abordar y aquel par cometió el error de creer que así lo haría. Se adelantaron. Al detener mi andar no me quedó más que mirarlos partir, deseándoles un buen viaje.

Llegué finalmente al dichoso panteón. De bajo perfil, como era de esperarse, con lápidas en mal estado y epítetos comunes. La distribución de las tumbas presumía la misma planeación que las calles de la ciudad, anarquía mezclada con caminos sinuosos. Al final había una zona reservada para criptas. Un muro alto donde una cuadrícula de cantera presumía el número de sepulcros. Ahí esperaban Laura y Víctor. Sorpresivamente hablaban con soltura, inclusive me pareció que ella encontraba agradable la compañía de aquel gordo de pensamientos libidinosos.

            Laura lanzó miradas escrutadoras en todas direcciones. Más allá de los muertos que yacían bajo tierra, nadie más nos vigilaba. Entonces se dirigió a la esquina inferior, justo donde la pared delimitaba las dimensiones del parénquima mortuorio. Levantó una pequeña losa del suelo y de ahí sacó una caja de aluminio. Presumía estampas de una vieja caricatura, contemporánea a mis tiempos. Bueno, a los días en que se suponía debí ver televisión. Nunca hice tal cosa, pero reconocí los dibujos. Dentro de la caja un envoltorio de paños resecos y dentro de ellos el escarabajo. Lo tomé de inmediato. Caí en cuenta que aquella vez que Laura lo traía en el cuello, me pareció verlo reluciente. Ahora presumía oxido y suciedad.

-Lo limpié –dijo, como si hubiese advertido mis sospechas-. Hay soluciones muy baratas. Una vecina vende, si quieres podemos…

-No, no –dije para callarla. Sufrí de un espasmo moral. Tuve la tentación de sacar el revólver, amenazar a los dos y salir huyendo con el escarabajo. Por suerte Víctor, sin saberlo, me hizo volver en sí.

-Le llamaron de nuevo –dijo, haciéndome recordar al Títere y Laura ayudó, volviendo a hablar-.

-Va a venir en dos días. Tengo que darle el…

-Suficiente –dije, controlándome y de paso me guardé el bicho en los bolsillos del pantalón-. Vamos a un lugar seguro, necesito pensar.
            Víctor entendió mi mensaje. Laura por su parte tuvo que volver a su cotidiana y aburrida vida, con la promesa claro está, de que la ayudaríamos. Fallé en el intercambió, pero las opciones de ella resultaban tan parcas como las mías.

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