Temprano en la mañana permití a Laura
marcharse. Mis días como secuestrador terminaron. El temor en sus ojos era más
que latente. Ella debía volver, sino levantaría sospechas. De cualquier forma,
Víctor y sus contactos no tardarían en encontrarla, en caso de haberme mentido.
Aún así, le pedí al maldito que la vigilara. Sólo eso. La necesitaba de mi
lado. Tenía en mente un plan, con el cual podría explicarme algunas cosas.
Volvería a ver a Laura, pero hasta la tarde. Ella con el escarabajo y yo con
una prueba fehaciente de poder servirle como nicho de seguridad. Sí bien antes
mi intuición me habría obligado a confiar, necesitaba primero ver al bicho.
Constatar su existencia antes de aventurarme a cerrar el caso. Sí lo que ella
dijo fue verdad y el tal José o el “Títere”, vendría a recuperarlo, hacía falta
saber qué relación tendría con Raúl. A quien dicho sea visité de improviso.
Hice
intentó por no prejuzgar, algo prohibido en mi profesión, pero bastante común.
Digno de cualquier novela policiaca, Raúl había heredado la mansión de
Verónica. Bastante afortunado para mí gusto. Claro está que también le tocó
algo de dinero. Quizá no suficiente para el resto de su vida, pero sí para
pagar mis servicios. Eso me hizo pensar. Apacigüé mi mente con algo de whisky.
-¿Dice que ya casi la tiene? –Preguntó,
envuelto en una bata, sentándose a la mesa mientras la servidumbre le servía el
desayuno. De nuevo ese tonito. Una patada directa al hígado. Ansiaba gritarle
que se dejase de estupideces y hablara como los hombres.
-Sí –respondí, justo después de refrescarme
la garganta. Curiosamente la férula me estorbaba. Nunca creí que necesitaría de
ambas manos para poder disfrutar del escocés.
-Explíquese-. Repetí esa palabrita unas tres
veces, como cuando se cuenta hasta diez para normalizar el carácter.
-Veré a alguien –dije, sin tomar asiento. Me
faltaban ganas para poner las sentaderas en muebles finos. Discretamente lancé
una mirada hacia el… bueno, el mayordomo de Raúl.
-Ah –dijo, con un tono de voz distinto, más
natural. Luego dio seña a su otrora homólogo, de que nos dejara solos. Contuve
la risa, cargada de ironía.
-La situación es complicada –continué en
cuanto la puerta se cerró-. Para serte honesto, quizá me equivoque. Pero al fin
encontré a alguien que sabe algo sobre el escarabajo.
-¿Y cómo se llama?
-Anónimo –contesté-. No quiero arriesgarme.
Sin ofender. Quedé de verlo en el muelle, el que está en el lado este del rio…
-¿Junto a la fábrica?
-Ese exactamente-. Bebí de golpe el whisky,
me hubiera servido más. Me abstuve por respeto a mi estomago. El alcohol en
vacío no es buena idea.
-¿Se puede saber cuándo? – Con aire amanerado
pinchó algo de fruta con ese absurdo tenedor plateado y en un movimiento
certero lo dirigió a la boca. De manera presumida se limpió los labios con un
pañuelo blanco. Demasiado amaneramiento para no denostarlo con una mirada.
Misma que me puso a prueba. Me dieron ganas de derribar la mesa y meter ese
estúpido pañuelo hasta lo más profundo de su egocéntrica garganta.
-Aún no –respondí. Volteé la mirada a
cualquier parte. El techo me pareció demasiado alto-. Pero yo le avisó,
necesito hacer una llamada y listo. El contacto parece ser de fiar. Pero uno
nunca sabe.
-Esplendido –dijo casi a tono de grito y yo
por poco le contesto desenfundando el revólver.
Eliminé
de mi memoria el resto de su insulsa palabrería y salí de la mansión. Víctor me
llamó al celular. El cual debo admitir, era una reliquia aferrándose a morir.
Pantalla monocromática e inteligencia raquítica. Nos veríamos en un viejo
panteón, ahí decidió Laura develarnos el paradero del escarabajo. Además de
que, según lo que me comentó Víctor. Ella mencionó haber recibido una incómoda
llamada. Supuse que del tal títere.
Dada
mi pobreza, viajé en transporte público. Algo bastante incómodo. Primero porque
me hacía falta la versatilidad, no sólo de mi brazo inmovilizado, sino de mis
rodillas. La edad me pesó bastante. Por otro lado, descubrí que un par de
sujetos iban siguiéndome. Lo supe gracias a que uno, llevaba gafas oscuras.
Solté risa al instante y ambos se incomodaron. Lo que reafirmó mis sospechas.
La verdad es que mucha gente, sobre todo en el transporte comunitario, usa
lentes oscuros, es sólo que aquel tipo lucía como un completo imbécil. Al
parecer alguien estaba empecinado en imponer una seudo cultura del espionaje.
Gracias
a ello me vi en la necesidad de hacer un cambió en la ruta y bajé al inframundo
del tren ligero. Ahí esperé a que los vagones se detuvieran. Caminé despacio
con la intención de abordar y aquel par cometió el error de creer que así lo
haría. Se adelantaron. Al detener mi andar no me quedó más que mirarlos partir,
deseándoles un buen viaje.
Llegué finalmente al
dichoso panteón. De bajo perfil, como era de esperarse, con lápidas en mal
estado y epítetos comunes. La distribución de las tumbas presumía la misma
planeación que las calles de la ciudad, anarquía mezclada con caminos sinuosos.
Al final había una zona reservada para criptas. Un muro alto donde una cuadrícula
de cantera presumía el número de sepulcros. Ahí esperaban Laura y Víctor. Sorpresivamente
hablaban con soltura, inclusive me pareció que ella encontraba agradable la
compañía de aquel gordo de pensamientos libidinosos.
Laura
lanzó miradas escrutadoras en todas direcciones. Más allá de los muertos que
yacían bajo tierra, nadie más nos vigilaba. Entonces se dirigió a la esquina
inferior, justo donde la pared delimitaba las dimensiones del parénquima
mortuorio. Levantó una pequeña losa del suelo y de ahí sacó una caja de
aluminio. Presumía estampas de una vieja caricatura, contemporánea a mis
tiempos. Bueno, a los días en que se suponía debí ver televisión. Nunca hice
tal cosa, pero reconocí los dibujos. Dentro de la caja un envoltorio de paños resecos
y dentro de ellos el escarabajo. Lo tomé de inmediato. Caí en cuenta que
aquella vez que Laura lo traía en el cuello, me pareció verlo reluciente. Ahora
presumía oxido y suciedad.
-Lo limpié –dijo, como si hubiese advertido
mis sospechas-. Hay soluciones muy baratas. Una vecina vende, si quieres
podemos…
-No, no –dije para callarla. Sufrí de un
espasmo moral. Tuve la tentación de sacar el revólver, amenazar a los dos y
salir huyendo con el escarabajo. Por suerte Víctor, sin saberlo, me hizo volver
en sí.
-Le llamaron de nuevo –dijo, haciéndome
recordar al Títere y Laura ayudó, volviendo a hablar-.
-Va a venir en dos días. Tengo que darle el…
-Suficiente –dije, controlándome y de paso me
guardé el bicho en los bolsillos del pantalón-. Vamos a un lugar seguro,
necesito pensar.
Víctor entendió mi mensaje. Laura
por su parte tuvo que volver a su cotidiana y aburrida vida, con la promesa
claro está, de que la ayudaríamos. Fallé en el intercambió, pero las opciones
de ella resultaban tan parcas como las mías.
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