jueves, 1 de noviembre de 2012

El último viaje

Daniel Arturo Guerrero Álvarez

Por fin los incómodos visitantes decidieron marcharse y con ellos terminó también un largo periodo de nueve días, donde su cuerpo estuvo expuesto a la vista de una aparentemente, interminable multitud. En pocas palabras no recordaba haber conocido a tanta gente y al mismo tiempo, le era de difícil compresión entender porqué le lloraban tanto. La verdad es que cuando se da el paso trascendental en el camino de la vida, todo lo que concierne a ella se vuelve irrelevante. Sí sentía algo de nostalgia, pero hasta ahí, sobre todo con sus dos hijos y a la que fuera su segunda esposa, de los demás apenas si reconocía sus rostros. En tanto a la familia, sus hijos ya estaban grandes, entonces podían arreglárselas. Por otro lado, estaba seguro de haber trabajado demasiado tiempo para propiciarle una buena pensión a su otrora esposa. Al final de cuentas, todo estaba arreglado. ¿A qué venía pues tanto derroche de gotas saladas?
Viéndose solo, se despidió del féretro y caminó hasta la salida, ahí ya lo espera un compacto amarillo. El conductor no requirió de indicación alguna, estaba claro cuál sería el destino. Al poco tiempo, y tras un corto trayecto, abandonó el vehículo encontrándose ante un gigantesco inmueble de estilo barroco, verdaderamente imponente y por cuya entrada desfilaban decenas de almas que como él, necesitaban aclarar su situación legal. En la entrada un hombre le entregó una ficha con el número mil 588. La inspeccionó mientras caminaba por el piso de mármol, hasta llegar a un recibidor, donde hizo lo que los demás, tomar asiento y mirar al frente, donde una inmensa pantalla iba indicando el turno a seguir. Por fortuna no faltaban muchos. A su lado una mujer delgada hasta los huesos y profundamente resfriada, no podía dejar de sorberse la nariz y destornudar. Del otro lado un sujeto de semblante pálido, con los ojos completamente abiertos, como sí algo lo hubiera asustado en demasía. Permanecía impávido, casi sin respirar. Prefirió no preguntar y alzó la mirada. La bóveda lucía un mural decorado con querubines, todos felices, aunque en poses un tanto impropias, además de presumir señas obscenas y rostros funestos.
Una campañilla sonó haciéndole volver a la realidad, faltaban dos turnos para el suyo, así que reacomodó su trasero en el asiento, ansioso y dispuesto para  actuar con premura. Llegado el momento se levantó sonriente y un hombre de traje lo condujo hasta un salón, donde una jueza le leyó sus derechos. No había nadie más y cada palabra resonaba en las paredes, poniéndolo nervioso, como si fuera culpable de alguna absurda acusación. Trató de poner atención. En términos generales y por lo que escuchaba, había sido una buena persona. La vida está llena de tentaciones, pero es la intención la que cuenta o por lo menos así prefería pensarlo. Tras varios minutos la jueza le indicó que podía retirarse a la sala de espera número siete. Ahí debía aguardar hasta que su trámite estuviera concluido, cosa que podría consumir demasiado tiempo, a no ser que él les facilitara las cosas. Existían en los registros ciertas inexactitudes que debían aclararse, sobre todo con respecto a su segundo matrimonio. Necesitaban pruebas del primero, contundentes, no simples palabras. Con gusto aceptó ayudar, haría lo que fuera por agilizar las cosas. También le pidieron algún objeto o documento que reafirmaba las causas de muerte. Resultase que el registro había sido redactado con poco profesionalismo, sin fotografías ni testimonios.
Salió molesto de la corte, ya estaba muy viejo como para andar paseando entre mundos. Por lo menos una cosa le había quedado clara, el servicio dejaba mucho que desear. De nueva cuenta un taxi ya lo esperaba. A diferencia del anterior, en éste sí tuvo que indicarle al chofer cual sería el destino. Por fortuna ambos compartían aprecio por el cuidado del tiempo, así que el trayecto fue raudo, en breve llegaron hasta su casa. Ahí se dio cuenta que no tenía con que pagar, pero el chofer le dijo que no había problema y que en otra ocasión arreglarían cuentas. Agradecido se despidió y de inmediato salió para tocar timbre, el cual cantó esa odiosa tonada que tanto atesoraba su esposa y que a él nunca le agradó. Volvió a insistir. La mucama abrió finalmente. Como era de esperarse, ella no lo reconoció, es más, parecía asustada y asomándose trataba de ver quien había llamado. Él por su parte no tenía tiempo para dar explicaciones, así que dio los buenos días y se adentró en la casa. Subió las escaleras hasta llegar a su añorada alcoba. Si la corte necesitaba pruebas de su matrimonio, que mejor que las argollas. Por desgracia había olvidado donde las tenía guardadas, así que inició búsqueda. Esculcó en el closet, en su escritorio, bajo la cama. En todos lados abrió cajones sin encontrar nada. Pensativo tomó asiento en el colchón y recordó que las había guardado en otro lugar, en su despacho. Salió de la habitación y al llegar a su vieja oficina abrió uno de los cajones y en efecto, ahí estaban. En cuanto las metió en el bolcillo del pantalón, escuchó un grito agudo por parte de su esposa, seguido de un golpe seco en el piso. Acudió a ver de qué se trataba. Tras de él corría el ama de llaves, quien no dejaba de persignarse y lanzar plegarías. No era para tanto. Sí había revuelto la habitación, pero en seguida la recompondría. Cerró primero las puertas del closet y por alguna estúpida razón, la sirvienta gritó despavorida, pidiendo auxilio e intervención divina. No tenía tiempo para presenciar tal absurdo.
Paseó por la casa, necesitaba una prueba de que su muerte había sido por causas “naturales”, si así se le podría decir. El problema estaba en que ni siquiera recordaba de qué había muerto. Mientras divagaba, escuchó voces familiares, su hijo mayor entraba y con él dos paramédicos. Todos con actitud acelerada, mientras la sirvienta no dejaba de gritar plegarias al todopoderoso. Una de sus compañeras la sostenía de los hombros, pidiéndole calma. De estar vivo la hubiera despedido. Vaya manera de escandalizar por un poco de desorden. Subió de nuevo las escaleras, su mujer era atendida por los paramédicos y su hijo inspeccionaba la habitación. Trató de hablarle, pero ni caso le hizo. En fin, nunca pensó ser víctima de semejante grosería, que ingratitud. Ni siquiera cuando convaleciente se había sentido tan humillado. Prefirió no recriminarle, eso gracias a un grito de su memoria. Antes de morir pasó varios días en cama, asediado por un séquito de medicamentos, pastillas de todos tamaños y colores. La mayoría de los frascos esperaban en la mesa de cama, así que abrió uno de los cajones y en efecto, ahí estaban. Pero también estuvieron más gritos de terror y una cara de espanto tanto de su hijo como de los paramédicos. Algo andaba mal, qué tenía de malo que esculcara sus cosas y en su habitación. Ni hablar, tenía prisa, salió de ahí. Afuera ya lo esperaba el taxi.
En la corte lo hicieron esperar de más, algo había pasado en el otro mundo, porqué el lugar estaba completamente repleto y la mayoría de las personas vestían trajes militares, así como caras de confusión. Tuvo que aguardar más de 200 turnos y por poco no lo atendían, pues la hora de descanso estuvo cercana. La jueza lo recibió de mala gana, en la misma sala y con el mismo silencio. Al ver que las pruebas cumplían con los requisitos, pidió un asistente se hiciera presente, para que se las llevase. Después de eso fijó sentencia, firmando un documento que lo acreditaba como un alma libre. Agradecido pidió instrucciones. Fue el asistente quien le explicó, mandándolo a una ventanilla donde le entregaron un boleto para el tren, cuya estación estaba a un costado del edificio. Minutos más tarde, aguardaba lleno de entusiasmo la llegada de la locomotora. Estiró el cuello con esperanza de poder verla aproximarse. Igual que él, había demasiadas personas en la estación, todas con una actitud distinta, más alegre y sin aspavientos funestos. El tren silbó al entrar y se detuvo con estridencia. De manera ordenada todos lo abordaron, interrumpidos educadamente por personal del transporte, quienes, fuera del protocolo acostumbrado, les pidieron sus respectivos boletos para perforarlos. Tomó asiento en primera clase o al menos así le pareció, pues todo el tren tenía porte lujoso y que mejor, estaba seguro de que ese sería su último viaje y valía la pena hacerlo con los blasones apropiados.

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