Daniel Arturo Guerrero Álvarez
Por
fin los incómodos visitantes decidieron marcharse y con ellos terminó también
un largo periodo de nueve días, donde su cuerpo estuvo expuesto a la vista de
una aparentemente, interminable multitud. En pocas palabras no recordaba haber
conocido a tanta gente y al mismo tiempo, le era de difícil compresión entender
porqué le lloraban tanto. La verdad es que cuando se da el paso trascendental
en el camino de la vida, todo lo que concierne a ella se vuelve irrelevante. Sí
sentía algo de nostalgia, pero hasta ahí, sobre todo con sus dos hijos y a la
que fuera su segunda esposa, de los demás apenas si reconocía sus rostros. En
tanto a la familia, sus hijos ya estaban grandes, entonces podían
arreglárselas. Por otro lado, estaba seguro de haber trabajado demasiado tiempo
para propiciarle una buena pensión a su otrora esposa. Al final de cuentas,
todo estaba arreglado. ¿A qué venía pues tanto derroche de gotas saladas?
Viéndose solo, se despidió del féretro
y caminó hasta la salida, ahí ya lo espera un compacto amarillo. El conductor
no requirió de indicación alguna, estaba claro cuál sería el destino. Al poco
tiempo, y tras un corto trayecto, abandonó el vehículo encontrándose ante un
gigantesco inmueble de estilo barroco, verdaderamente imponente y por cuya
entrada desfilaban decenas de almas que como él, necesitaban aclarar su
situación legal. En la entrada un hombre le entregó una ficha con el número mil
588. La inspeccionó mientras caminaba por el piso de mármol, hasta llegar a un
recibidor, donde hizo lo que los demás, tomar asiento y mirar al frente, donde
una inmensa pantalla iba indicando el turno a seguir. Por fortuna no faltaban
muchos. A su lado una mujer delgada hasta los huesos y profundamente resfriada,
no podía dejar de sorberse la nariz y destornudar. Del otro lado un sujeto de
semblante pálido, con los ojos completamente abiertos, como sí algo lo hubiera
asustado en demasía. Permanecía impávido, casi sin respirar. Prefirió no
preguntar y alzó la mirada. La bóveda lucía un mural decorado con querubines,
todos felices, aunque en poses un tanto impropias, además de presumir señas
obscenas y rostros funestos.
Una campañilla sonó haciéndole volver
a la realidad, faltaban dos turnos para el suyo, así que reacomodó su trasero
en el asiento, ansioso y dispuesto para
actuar con premura. Llegado el momento se levantó sonriente y un hombre
de traje lo condujo hasta un salón, donde una jueza le leyó sus derechos. No
había nadie más y cada palabra resonaba en las paredes, poniéndolo nervioso,
como si fuera culpable de alguna absurda acusación. Trató de poner atención. En
términos generales y por lo que escuchaba, había sido una buena persona. La
vida está llena de tentaciones, pero es la intención la que cuenta o por lo
menos así prefería pensarlo. Tras varios minutos la jueza le indicó que podía
retirarse a la sala de espera número siete. Ahí debía aguardar hasta que su
trámite estuviera concluido, cosa que podría consumir demasiado tiempo, a no
ser que él les facilitara las cosas. Existían en los registros ciertas
inexactitudes que debían aclararse, sobre todo con respecto a su segundo
matrimonio. Necesitaban pruebas del primero, contundentes, no simples palabras.
Con gusto aceptó ayudar, haría lo que fuera por agilizar las cosas. También le
pidieron algún objeto o documento que reafirmaba las causas de muerte.
Resultase que el registro había sido redactado con poco profesionalismo, sin
fotografías ni testimonios.
Salió molesto de la corte, ya estaba
muy viejo como para andar paseando entre mundos. Por lo menos una cosa le había
quedado clara, el servicio dejaba mucho que desear. De nueva cuenta un taxi ya
lo esperaba. A diferencia del anterior, en éste sí tuvo que indicarle al chofer
cual sería el destino. Por fortuna ambos compartían aprecio por el cuidado del
tiempo, así que el trayecto fue raudo, en breve llegaron hasta su casa. Ahí se
dio cuenta que no tenía con que pagar, pero el chofer le dijo que no había
problema y que en otra ocasión arreglarían cuentas. Agradecido se despidió y de
inmediato salió para tocar timbre, el cual cantó esa odiosa tonada que tanto
atesoraba su esposa y que a él nunca le agradó. Volvió a insistir. La mucama
abrió finalmente. Como era de esperarse, ella no lo reconoció, es más, parecía
asustada y asomándose trataba de ver quien había llamado. Él por su parte no
tenía tiempo para dar explicaciones, así que dio los buenos días y se adentró
en la casa. Subió las escaleras hasta llegar a su añorada alcoba. Si la corte
necesitaba pruebas de su matrimonio, que mejor que las argollas. Por desgracia
había olvidado donde las tenía guardadas, así que inició búsqueda. Esculcó en
el closet, en su escritorio, bajo la cama. En todos lados abrió cajones sin
encontrar nada. Pensativo tomó asiento en el colchón y recordó que las había
guardado en otro lugar, en su despacho. Salió de la habitación y al llegar a su
vieja oficina abrió uno de los cajones y en efecto, ahí estaban. En cuanto las
metió en el bolcillo del pantalón, escuchó un grito agudo por parte de su
esposa, seguido de un golpe seco en el piso. Acudió a ver de qué se trataba.
Tras de él corría el ama de llaves, quien no dejaba de persignarse y lanzar
plegarías. No era para tanto. Sí había revuelto la habitación, pero en seguida
la recompondría. Cerró primero las puertas del closet y por alguna estúpida
razón, la sirvienta gritó despavorida, pidiendo auxilio e intervención divina.
No tenía tiempo para presenciar tal absurdo.
Paseó por la casa, necesitaba una
prueba de que su muerte había sido por causas “naturales”, si así se le podría
decir. El problema estaba en que ni siquiera recordaba de qué había muerto.
Mientras divagaba, escuchó voces familiares, su hijo mayor entraba y con él dos
paramédicos. Todos con actitud acelerada, mientras la sirvienta no dejaba de
gritar plegarias al todopoderoso. Una de sus compañeras la sostenía de los hombros,
pidiéndole calma. De estar vivo la hubiera despedido. Vaya manera de
escandalizar por un poco de desorden. Subió de nuevo las escaleras, su mujer
era atendida por los paramédicos y su hijo inspeccionaba la habitación. Trató
de hablarle, pero ni caso le hizo. En fin, nunca pensó ser víctima de semejante
grosería, que ingratitud. Ni siquiera cuando convaleciente se había sentido tan
humillado. Prefirió no recriminarle, eso gracias a un grito de su memoria.
Antes de morir pasó varios días en cama, asediado por un séquito de
medicamentos, pastillas de todos tamaños y colores. La mayoría de los frascos
esperaban en la mesa de cama, así que abrió uno de los cajones y en efecto, ahí
estaban. Pero también estuvieron más gritos de terror y una cara de espanto
tanto de su hijo como de los paramédicos. Algo andaba mal, qué tenía de malo
que esculcara sus cosas y en su habitación. Ni hablar, tenía prisa, salió de
ahí. Afuera ya lo esperaba el taxi.
En la corte lo hicieron esperar de
más, algo había pasado en el otro mundo, porqué el lugar estaba completamente
repleto y la mayoría de las personas vestían trajes militares, así como caras
de confusión. Tuvo que aguardar más de 200 turnos y por poco no lo atendían,
pues la hora de descanso estuvo cercana. La jueza lo recibió de mala gana, en
la misma sala y con el mismo silencio. Al ver que las pruebas cumplían con los
requisitos, pidió un asistente se hiciera presente, para que se las llevase.
Después de eso fijó sentencia, firmando un documento que lo acreditaba como un
alma libre. Agradecido pidió instrucciones. Fue el asistente quien le explicó,
mandándolo a una ventanilla donde le entregaron un boleto para el tren, cuya
estación estaba a un costado del edificio. Minutos más tarde, aguardaba lleno
de entusiasmo la llegada de la locomotora. Estiró el cuello con esperanza de
poder verla aproximarse. Igual que él, había demasiadas personas en la
estación, todas con una actitud distinta, más alegre y sin aspavientos
funestos. El tren silbó al entrar y se detuvo con estridencia. De manera
ordenada todos lo abordaron, interrumpidos educadamente por personal del
transporte, quienes, fuera del protocolo acostumbrado, les pidieron sus
respectivos boletos para perforarlos. Tomó
asiento en primera clase o al menos así le pareció, pues todo el tren tenía
porte lujoso y que mejor, estaba seguro de que ese sería su último viaje y
valía la pena hacerlo con los blasones apropiados.
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