Pasó
la tarde solo, recostado en la cama, acosado por sus pensamientos. Gastaba los
minutos repasando cada uno de los momentos que debieron haber sucedido, antes
de terminar postrado sobre la arena, con el helicóptero hecho añicos y un
anciano prestándole ayuda. Tenía la mente en blanco. Lo único que recordaba era
el sonido de la alarma y el grito de sus compañeros vaticinando la colisión.
La mucama le interrumpió al traerle
el té. Ese que le recetaron y cuya esencia no podía conseguirse en ningún otro
sitio. Lo cual dicho sea, significaba para él la locación de la mansión, en
otras palabras, ningún lugar en específico.
-Aquí
tiene –dijo aquella mujer, de escueta figura y una tez que se rehusaba a
mostrar las arrugas pertinentes-. Trate de tomarlo lo antes posible, si se
enfría no le servirá de nada.
Agradeció la recomendación y
despidió con la mirada a la sirvienta. Ya una vez solo, pasó a olisquear el té.
Nunca fue aficionado a las infusiones y nunca en la vida había escuchado la
palabra Kurtz. Por ello de ninguna manera confiaría en el misterioso té
curativo. La intuición, pulida por entrenamiento militar, le mandaba sospechar.
Sin embargo, el té no olía a nada en particular. Tenía un color verdoso, pero
hasta ahí. Probó un poco, le supo dulce, alterándole las papilas gustativas al
grado de volver a beber casi de manera compulsiva. Tal vez fue el hambre o el
nerviosismo, pero no pudo sino vaciar la taza lo más rápido posible, quedándole
una sensación tibia en el vientre. Aunada a un remordimiento de conciencia.
De nuevo fue interrumpido, la mucama
volvía, ahora trayéndole el almuerzo. Sopa de verduras.
-Aquí tiene –dijo colocando la charola
en una peculiar mesita que se sostenía sobre la cama.
Él agradeció y ella le correspondió
con una sonrisa, para después verter las gotas que el doctor le recetó junto
con el té. Esas que contenía el frasco metálico.
-¿Qué
son? –Preguntó Santiago, haciendo esfuerzo por ignorar la agitación que se
celebraba en su estomago. Ansiaba comer-.
-No
tiene de que preocuparse –respondió ella mientras revolvía la sopa, dispersando
las traslucidas gotas-. Es medicamento. Le sentara bien. Ya verá.
-Tengo
que saber que como –insistió él al momento que ella le acercaba la cuchara a la
boca-. Soy alérgico a muchas cosas y no es bueno tomar cualquier medicina sin
consultar antes. Una vez, en un campamento…
No lo dejaron continuar, la cuchara
se adentró en su boca esparciendo el caldo. Técnicamente ya no hablaría. La
mucama tenía especial talento. Mirándolo a los ojos le hacía sentirse
intimidado, obligándolo a sólo abrir la boca para recibir alimento. A manera de
defensa, apenas si logró balbucear. Nada más.
Terminó relamiéndose los labios,
viendo a la mucama recoger la mesita y la charola plateada, con el plato vacío;
llevándoselos lejos de la habitación. Él por su parte maldijo en voz baja.
Fuera de la sensación de tener el estomago lleno, nada le agradaba. Comenzaba a
realizar cálculos. Por la gravedad de sus heridas, tomaría tiempo escapar.
Además, no había visto ni oído la palabra teléfono o algo parecido. Lo primero
sería hacerse de un mapa. Luego recuperar sus cosas, desde el uniforme hasta
las placas de identificación, las cuales debían colgarle del cuello. Luego,
investigar la naturaleza de los inusuales métodos médicos que implementaban en
él para curarle las lesiones, convencionales sí, pero no lo suficiente como
para té, gotas misteriosas y guisados sencillos. Debía haber algo más.
Sus pensamientos recibieron pausa.
Poco a poco los ojos se le cerraban y aunque lo intentaba, no podía mantenerse
despabilado. Lo sabía. El té o el caldo tenían responsabilidad en ello. No
sabía que intenciones escondía esa gente reteniéndolo en la mansión, pero una
cosa sí podía asegurar. En cuanto lograra entender lo que sucedía, no dudaría
en tomar las medidas necesarias. Mejor matar antes que despertar envuelto en
algún extraño experimento de dimensiones bizarras. Una vez vio una película
sobre una isla, donde un doctor hacía atrocidades con la gente. Bueno, si
intentaban algo, primero estrangularía a todos antes de dejarse cortar por
bisturí.
Despertó con dolor en la cabeza y
fiebre. La habitación yacía parcialmente iluminada por focos incandescentes. La
mucama le retiraba los vendajes y el doctor esperaba de pie, a su lado, fumando
pipa y revisando su reloj de bolcillo. Santiago quiso preguntar, impedir que
las gazas fueran retiradas. A lo mucho esbozó un mugido entrecortado, mientras
levantaba ligeramente la cabeza. Prácticamente no sentía el cuerpo. Sólo la
sensación del sudor recorriéndole la piel.
-Ya
ha empezado –dijo el doctor dándose la vuelta para abrir el maletín y sacar una
jeringa, cuya aguja llenó de terror los ojos de Santiago.
-Todo
listo doctor-.
-Le
agradezco Raquel –continuó el galeno posicionando sus manos en la pierna rota
de Santiago. La aguja hundía la piel, esperando el momento para atravesarla-.
Ahora le agradecería mucho si me ayuda con las oraciones.
La mucama tomó un grueso libro
forrado en piel y comenzó a leer en una lengua inteligible para los oídos de
Santiago. Él de nuevo hizo por defenderse, pero sus mugidos parecían
debilitarse. Logró expulsar un grito lastimoso y eso gracias a que la aguja perforó
la carne. Inmediatamente comenzó a sudar en exceso, sintiéndose más y más
pesado. Le faltaban las fuerzas para mantener los parpados a medio abrir.
Encontró impulso al sentir en sus heridas y lesiones, un ardor punzante que le
hacía sacudir las piernas y el brazo.
Mientras Santiago se agitaba sobre
las sábanas, el doctor le acercaba un vaso con aguar, vertiendo el líquido por
su garganta, manejándolo cual títere de trapo. Tras de ellos Raquel seguía
leyendo, cada vez con mayor vehemencia. Afuera la oscuridad de la noche
nulificaba los estragos del viento, quien ferozmente golpeaba las ventanas y
hacía sacudir las ramas de los árboles. Un trueno centelló superando por un
momento la luz de los focos. Santiago recuperó algo de fuerza y sujetó con la
mano el cubre cama. Todo el cuerpo le temblaba. Su boca seguía bajo el azote de
borbotones de agua que le resbalaban por las comisuras de los labios, sus ojos
abiertos de par en par, absortos en mirar hacia la nada. Aguardando el momento
en que el ardor pasara de largo y el sudor cesara. Eso sucedió varios minutos
después, cuando Raquel dejó de leer.
Más tarde volvió a despertar. Ahora
rodeado de sábanas limpias y con rayos discretos de sol, golpeándole la cara.
Afuera el cielo lucía nublado y un ligero chubasco provocaba murmullos en el
techo de la mansión.
Su cuerpo ya estaba libre de
vendajes y las heridas, junto con el dolor vivido durante la noche, habían
desaparecido por completo. Seguía en ropa interior. Afortunadamente para eso sí
tenía una solución. Al fondo de la habitación, sobre una silla, esperaba su
uniforme. Suspiró aliviado. Aunque se sentía cansado y con pesadez, le daba la
impresión que sólo requería descansar y comer, para así recobrar fuerzas.
Inclusive podía mover la pierna, quien jactanciosa presumía haber sanado en una
sola noche. Sea como fuere, lo habían curado. Por fin pudo dibujar una sonrisa
autentica, misma que de inmediato se difuminó, al notar que Erika yacía
dormida, recargada en el bode de la cama, con las rodillas al piso y su listón
blanco sujetándole el cabello. Verla ahí le hizo navegar en recuerdos. Ella no
estuvo presente en la pesadilla de ayer.
Las conjeturas tuvieron que esperar,
Erika despertaba. Al no poder huir físicamente, encontró escape en arroparse y
fingir que dormía. Sin embargo ella pronto advirtió sus ojos despabilados y la
respiración agitada que le obligó a soltar un suspiro inoportuno.
-Discúlpeme
–dijo la joven poniéndose de pie, alisándose el vestido y reacomodándose el
lazo-.
-No,
no –dijo Santiago revolviéndose el cabello-. Está bien, no te preocupes.
-De
ninguna manera –replicó ella sentándose en la silla, dirigiendo la mirada a
cualquier parte-. No es propio de una dama de mi clase.
-Ok
–soltó Santiago sintiéndose molesto. Algo le decía que de nuevo hablaría con
Erika sin llegar a nada.
-Es
culpa suya –dijo ella, ahora sí depositándole la mirada-.
-¿Mi
culpa? –Respondió Santiago con altivez-.
-Sí,
suya. Ha pasado mala noche y todo por sus heridas. ¿Quién le manda hacerse
tanto daño?
Santiago respondió con un
asentimiento de cabeza. Sabía que de responder como pensaba, recibiría otra
bofetada, así que le quedó consuelo en morderse los labios.
-Me
ha robado el sueño, ¿me oye? –Prosiguió Erika-. Tuve que pasar la noche en
vela. Y todo por cuidarlo. Sabe, lloró como niño toda la madrugada. Por más que
le tomé de la mano y le di mi aliento, usted no hacía más que lloriquear y gritar
ese horrible nombre…
-¿Cuál
nombre? –Dijo Santiago, denotando hartazgo-.
-Muy
conveniente que le fiebre le haya borrado la memoria, ¿no le parece? A mí no me
engaña. No se haga muchas ilusiones. Es por lástima que decidí cuidarle… y por
sus ojos, tiene una mirada que envenena. Me ha ofendido de nuevo. Pero sepa que
no le guardo rencor. Es más, espero que sane cuando antes y que vuelva con su
adorada Leslie. Así las dos dejaremos de sufrir por un hombre como usted.
-¡Hey!..
No –dijo Santiago al ver como Erika se dirigía a la salida-. Espera maldición…
oye. Perdona, no te vayas espera…
-Lamento
haberlo importunado –dijo Erika al abrir la puerta-. No volverá a suceder.
Tras decirlo abandonó la habitación,
dejándolo hundido en maldiciones. Comenzaba a cansarse de las visitas de Erika.
Nunca había conocido a alguien que encajara a la perfección en el calificativo
de “odioso”. La estirada muchachita se ofendía demasiado fácil o por lo menos
eso decía. Ignoraba que en realidad Leslie, era el nombre de la doctora que él
y sus compañeros quisieron llevar a aquella aldea bajo el yugo del dictador. Y
que él, único sobreviviente, sólo quería saber cómo diablos salir de la
mansión.
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