Al
despertar descubrió que la cabeza le punzaba, golpe a golpe lastimándole las
sienes. Un dolor que por desgracia tuvo que posponer, pues le dolía más tener
la memoria en blanco. De nuevo estaba en la cama, pero con la diferencia de haber
perdido las vestiduras y navegado toda la noche entre las sábanas, desnudo y en
compañía de Erika. Ella aún dormía. Su vestido escotado esperaba en el suelo,
entremezclado con su uniforme militar.
Tenía sed, recordó entonces la cena,
pero más aún el aroma de Erika. Le agitaba los recuerdos, provocándole un
escalofrío que lo llevaba a deshacer el semblante y agitarle la respiración. Maldijo
en voz baja. Acto seguido abandonó la cama para recuperar el uniforme. No tenía
otra prenda que ponerse. Apestaba a tabaco, alcohol y a ella. Ya lo había
decidió, esa misma mañana se largaría de una buena vez.
Al salir de la habitación procuró
caminar despacio. Toda la mansión aguardaba apacible, sólo se escuchaba el
tenue sollozar de la lluvia que continuaba azotando la región.
A punto estuvo de sobrepasar el último
escalón y adentrarse en piso de azulejo monocromático, cuando escuchó pasos.
Presuroso se escondió tras el barandal de mármol, musitando una plegaría. Raquel
cruzaba la recepción. Llevaba en las manos un tazón de cerámica, grande y
profundo. Desapareció junto con él al empujar un par de enormes y delgadas
puertas. Al verse de nuevo en soledad, tuvo la pulsión de indagar sobre la
rutina de la mucama. Salió pues de las escaleras y aguardó a un costado de
aquellas puertas. Pudo escuchar la voz del doctor Gilbert. No les podía
entender, hablaban una lengua extraña. En cuanto asomó mirada notó que ambos se
aproximaban. Logró esconderse tras una gigantesca maceta que custodiaba la
esquina. Desde ahí vio al galeno acompañado de la sirvienta, doblar a la
izquierda y subir las escaleras. Ella con el tazón y él con su maletín de
utensilios médicos. Pero también, con un mandil ceñido a la cintura.
Esperó el momento oportuno para
salir de su escondite y volvió a pisar escalones relucientes. La curiosidad lo
dominaba. Ansiaba saber que se traían entre manos Gilbert y Raquel. En un
principio supuso que planeaban algo en contra suya, para volverlo a dormir y
confundirlo. De eso estaba seguro, el famoso té de Kurtz y todas las demás
cosas con ese nombre, no eran sino drogas con las que buscaban desquícialo.
Caminó por un corredor ancho, hacía
la izquierda, alejándose de la habitación donde lo contenían. Lo recibieron,
cuando menos, una decena de puertas. Afortunadamente supo ante cual detenerse,
pues un gemido doloso le susurró. La entrada esperaba ligeramente abierta. Por
la abertura pudo ver a Adler. Esperaba sentado en una silla frente a su cama.
Le habían conectado una sonda al brazo, de donde le extraían sangre que caía en
el tazón. Raquel esperaba a un lado y el doctor revisaba los signos viales de
Herr Kurtz. Santiago trató de no exagerar las cosas, quizá lo que veía formaba
parte de un procedimiento médico. Sin embargo, sus ojos lo pusieron en alerta. Ellos
advirtieron que en la pared descansaba un espejo de cuerpo completo. En su
reflejo se podía ver a Adler sentado, solo, sin nadie más que le revisase las
pulsaciones o aguardara cerca. Además, la imagen que proyectaba el cristal, no
mostraba a un hombre de cuerpo abultado, sino a un anciano raquítico con
señales cadavéricas en el rostro. Parpadeó mientras la garganta se le secaba.
Apartó la mirada del espejo y llenándose de terror, vio como Raquel bebía del
tazón, la sangre de Herr Adler. Después Gilbert le hizo segunda.
Dejó de mirar. De haber tenido el
arma, habría entrado y vaciado el cargador agujerando el cuerpo del doctor. En
lugar de eso, el destino le permitió ver de nuevo el rostro del anciano que lo
trajo a la mansión, a cuestas de una maltrecha carreta. El viejo esperaba al
inició del pasillo. Sorprendido de ver a Santiago husmeando. No le dio tiempo a
preguntas, de inmediato se giró y salió corriendo. Santiago dio pie a la
persecución. Hizo cuanto pudo por trotar en silencio, eso le aminoró el paso.
En el fondo entendía que su intromisión, muy seguramente habría sido advertida
por la mucama o el galeno.
El anciano bajó las escaleras a toda
prisa. Para su edad y baja estatura, aún tenía celeridad en los pies. Santiago
se vio en problemas de seguirlo. Apenas si lo pudo ver atravesar la recepción y
llegar hasta la puerta principal, la cual abrió dejando paso libre al viento y
gotas de lluvia. No lo dejaría escapar, estaba dispuesto a sacarle la verdad a
base de golpes y torturas.
Afuera de la mansión la tormenta lo
recibió, salpicándole lodo en las bostas. Los árboles se mantenían estoicos ante
el azote de la tempestad. Mientras el suelo de piedra y tierra, yacía
convertido en un sutil lago color café, que absorbía el golpeteo de las gotas,
aminorando el sonido de los pies presurosos del anciano. Aún así pudo seguirlo.
Lo persiguió por las laderas de la mansión, cruzando un estrecho sendero que
por el costado presumía un abismo protagonizado por árboles y piedras
prominentes. Creyó ver al viejo adentrarse por una puerta diminuta y de madera avejentada.
Pero cuando la empujó, se encontró en la bodega de la casa, acompañado de
vegetales y algunas gallinas enjauladas. Caminó en silencio. Encontró en una
mesa un cuchillo y lo tomó, en caso de tener que defenderse. Otra puerta
esperaba, entreabierta y permitiendo el paso de luz cálida.
Había llegado hasta la cocina. No
había nadie, sólo los utensilios y el horno calentando el recinto.
-¿Qué
hace usted aquí? –escuchó la voz de Raquel y de inmediato se puso en guardia.
Ella entraba acompañada por un
cuarteto de mujeres, quienes seguramente atendían la concina. Santiago supuso
que lo mejor sería aparentar normalidad. Así que recompuso la postura y se
sorbió la nariz.
-Tenía
sed –dijo entregándole el cuchillo a una mujer ganada en peso-. Baje buscando
agua, pero alguien se metió y creí que, pues…
-Mire
como está –continuó Raquel entregándole el tazón a una de sus ayudantes, quien
de inmediato lo puso en el fregador-. Se ha empapado. Tendré que lavarle la
ropa…
-No,
no hay problema –dijo sacudiéndose con las manos-.
-Claro
que lo hay –dijo ella, por primera vez mostrándose enérgica-. Herr Adler espera
que lo acompañe para tomar el té de la tarde. Es inaceptable que se presente
así.
Aceptó despojarse del uniforme y
tomar un baño. Cosa que hizo en su habitación, dentro de la tina, y con la mirada
fija en la puerta. Hablaba solo, atendiendo sus pensamientos con la espera de
trazar alguna conclusión asequible. Sin embargo su concentración estaba a
prueba, sentía que la puerta del baño pronto se abriría y Raquel o el propio
Gilbert entrarían. Aunque a decir verdad, temía más que fuese Erika la que
cursase el umbral. Ante ella no sabría cómo actuaría. Afortunadamente ya no la
encontró recostada, desnuda en su cama. Si no estaría junto con él en la tina.
En la noche escaparía. Pensándolo
mejor, al amanecer, el clima lo mataría si se aventuraba a salir con la luna
como testigo. Desconocía el terreno. Lo menos que deseaba era caer por alguna
ladera o ser víctima de un riachuelo que arrastrase junto con él, ramas y
piedras.
Ya entrado el ocaso, cumplió los
deseos de su anfitrión y esperó en una peculiar sala; con el uniforme limpio y
planchado, observando las paredes recubiertas por un gigantesco librero,
acompañado por un reloj de péndulo y una ventana que presumía las cortinas
desplegadas. En la mesita de centro, el té, protagonizado por un juego de
porcelana. Había también confiterías. Herr Adler entró a los pocos minutos, apoyándose
en un bastón, caminando lento. Seguía robusto, pero con el rostro un poco
pálido. Aún así, Santiago lo veía raquítico, con la carne aferrada al hueso. Le
costó mirarlo a los ojos.
-Té
de Kurtz –dijo una vez tomó asiento en un canapé. Sus palabras salieron sin la
energía demostrada durante la cena de ayer, sonaron más a un susurro soltado
con aire estridente-.
-No
encontraré mejor –interrumpió Santiago con una sonrisa, aunque sus ojos
buscaban ver entre las ropas de su anfitrión, señal alguna que le indicase que
lo visto en la mañana, no fue una burda alucinación. Siguió el protocolo y
también se sentó en otro mueble similar-.
-Así
es Herr Santiago –dijo revolviendo un par de cubos de azúcar en aquel líquido
verdoso. Santiago no bebería, lo tenía resuelto, nada entraría en su boca antes
de huir-. Quiero ir directo al grano, ¿si me lo permite? Perfecto. Herr
Santiago. Veo en usted un hombre inteligente, decente y singular. Y de la misma
manera, usted ya debió ver en mí cualidades semejantes-.
-Bueno
sí –dijo agitando el té, sólo para calmar la mirada de Adler, quien advertía
que su invitado evitaba beber-. Lo normal.
-¿Lo
ve? –dijo entre risas, aunque éstas sonaron lentas y cansadas-. Ahí está de
nuevo. Usted es único, Herr Santiago. Igual que yo, sólo que con más suerte. Yo
ya soy un viejo olvidado, sin nadie con quien compartir lo que tengo. Vivo
ahogado por enfermedades y preocupaciones. Principalmente, temó por mí querida
Erika.
En cuanto lo dijo Santiago tragó
saliva. Su mente se revolvió en concusiones aceleradas y recuerdos. Temió que
Adler se hubiese enterado de que él y Erika habían dormido juntos. Así que
balbuceó mientras buscaba una respuesta convincente.
-¿Estaría
usted dispuesto? –Escuchó tras dejar el nerviosismo de lado-.
-¿Eh?,
perdón, es qué no le puse atención –dijo con sonrisa discreta y Herr Adler le
correspondió curveando los labios-.
-Le
pregunto –dijo tras beber un poco de té-, si estaría dispuesto a desposar a mi
hija. Convertirte en mi heredero y darle a un viejo como yo, la tranquilidad de
poder dejar este mundo en paz.
Su respuesta fue silencio, incómodos
segundos en los que sólo el sonido de la lluvia hablaba. Hostigándolo a romper
su promesa y en un arrebato, beber de la taza. Controló sus impulsos rascándose
la cabeza.
-Bueno
yo –dijo mientras Adler lo miraba fijamente-. Gracias, pero… yo no puedo quedarme.
Lo siento. Te… tengo cosas que hacer…
-Le
entiendo Herr Santiago –interrumpió con ecuanimidad-. Por eso me agrada. Es
usted un hombre Honesto y responsable. Comprometido con su palabra. Mañana
mismo cumpliré mi pacto. Arreglaré todo y pronto estará de vuelta en el frente
de batalla.
Santiago no pudo evitar
estremecerse. Su memoria le advirtió, haciéndole recordar la cena y ver la
imagen de Adler levantando su copa, brindando a su salud y garantizándole su
libertad.
-¿No
le ha gustado el té? –Preguntó Adler, sacándolo de sus pensamientos-. Comprendo
–dijo antes de que Santiago pudiera expresarse-. Yo tampoco debí beberlo –dijo
y una sensación extraña irrumpió en el estomago de Santiago-. Ya es tarde para
mi… yo, en su lugar, no volvería a beber nada.
Súbito abandonó el canapé, mientras Adler se
disculpaba anteponiendo las manos. No pudo reclamarle nada, algo le atacó el
cuello. Una jeringa que el doctor Gilbert le encajaba con premura. Logró
quitárselo de encima, pero la sustancia había alcanzado sus venas. Quiso
defenderse, moler a golpes la cara del doctor, pero la vista se le nublaba y
las piernas le fallaron haciéndolo caer contra el piso alfombrado.
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