jueves, 9 de mayo de 2013

III. Herr Adler Kurtz



Después de que Erika se fue, Santiago vivió unos minutos para sí solo. Hizo intento por meditar y pensar bien las cosas. Sin embargo, su mente no lograba salir del asombro, de ver como la pierna había sido curada a base de té, gotas traslucidas y un extraño ritual nocturno. El sólo recordarlo lo ponía nervioso. Decidió aventurarse, y probarse así mismo que el hueso había sanado completamente. Pisó fuerte, inclusive dio par de pisotones, sin experimentar un mínimo de dolor. Algo andaba mal, demasiado. Una lesión como la suya, de ninguna manera podría ser revertida de esa manera y en tan poco tiempo. Tenía que salir cuanto antes de la mansión. Ya no permitiría que le dieran a beber otra infusión, o más gotas, con tal de dejarlo somnoliento y aturdido. Apresurado se puso el uniforme, calzó las botas y colgó las placas de identificación al cuello. Hizo una pausa, alguien se acercaba. Prefirió esperar de pie, completamente vestido y dispuesto a defenderse.
            La puerta se abrió dejando entrada al doctor, quien por fin hacía por presentarse formalmente. Dijo llamarse Gilbert y acto seguido, pasó a realizarle una revisión de rutina. Santiago cuidó detalle, en cuanto viera otra jeringa o la intención del galeno por echarle mano, lo golpearía y saldría huyendo.
-Todo en orden –dijo Gilbert, tras examinar con la mirada. Luego fijó sus ojos en la enorme ventana de la habitación-. ¿No le parece extraño el clima?
            Santiago asintió. Afuera llovía aletargadamente. Las nubes se empecinaban por impedir al sol alumbrar a pleno, mediante un chubasco casi mezquino, de delicadas y esporádicas gotas. Pero longevo, desde la noche no paraba de lloviznar. Gilbert se acercó hasta la ventana y escondiendo las manos tras la espalda prosiguió:
-Herr Adler lo recibirá –dijo y de inmediato Santiago reconoció el nombre-.
-¿Adler Kus?
-Herr Adler Kurtz –replicó el doctor-. Se realizará una cena en su honor, Herr Santiago…
-Ah, lo siento –interrumpió rascándose la cabeza-. Digo, gracias, pero… yo quería ver cuándo podría irme. Soy un soldado ¿ve? –Dijo al momento que señalaba la insignia en su hombro, que lo acreditaba como sargento-. Tengo cosas que hacer…
-Entiendo Herr Santiago. Pero me temo que el clima ha complicado las cosas. Los caminos se han reblandecido y han nacido caudales que corren cuesta bajo. Es muy riesgoso. Sin embargo, tenga por seguro que Herr Adler hará todo lo posible por ayudarlo. Sólo él podría hacerlo. ¿Por qué no se lo pide hoy durante la celebración de la cena?
-Necesito comunicarme con mi unidad –dijo y el doctor lo miró con extrañeza-. ¿Dónde está mi radio? O por lo menos préstenme el teléfono.
-No hay tal cosa. Disculpe pero Herr Adler no ve con buenos ojos ese tipo de tecnología. Prefiere el correo. Si así lo desea, puedo conseguirle papel y tinta.
            No quiso discutir con el galeno y dadas las circunstancias, tampoco hizo por preguntarle  sobre sus extraños métodos curativos. Prefirió darle el gane y aguardar hasta la cena.
            Pasó las horas encerrado en la habitación. Así lo mandaba el protocolo de la casa o por lo menos eso le hicieron saber. Para matar el tiempo le entregaron varios libros, novelas románticas que dejó sobre el escritorio.
            Después de varias horas, el almuerzo. Intentó interrogar a Raquel,  quien de nuevo entraba con la charola de plata. Ella sólo tenía en mente, repetir frases serviciales y nada más. No consiguió más que discutir, pues ella quería verter las gotas y él, de manera poco decorosa, se las arrebató y prometió obedecer las indicaciones del médico por su cuenta. En cuanto la mucama se fue. Escondió el frasco y prosiguió a llenarse el estomago con la sopa. Una vez satisfecho, malgastó el tiempo buscando material con el cual armar un pequeño radio. No logró nada y la hora de cenar le dio alcance. La puerta se abrió de nueva cuenta. El doctor volvía, vestido con elegancia, bastón y zapatos relucientes. Él lo conduciría hasta el comedor. Prácticamente caminaron sin intercambiar palabra. Finalmente llegaron a un recinto amplio, cuya mesa bien podría albergar a más de una veintena de personas. Sobre ésta, cubiertos de plata, un ejército acompañado de vajillas del mismo metal y copas de cristal. Todo iluminado a base de un inmenso candelabro de luces incandescentes. Tomaron asiento cerca del extremo de la mesa. Ahí aguardaba una silla cuyo respaldo resultaba sobresaliente en comparación con el resto de los asientos.
            Santiago tragó saliva, se sentía nervioso, casi igual que cuando el helicóptero hizo sonar la alarma, previa al desplome. Empezó a sudar. Afortunadamente el calvario duró poco, Herr Adler y Erika entraban. Aunque debió depositar mirada en el dueño de la casa, sus ojos se fueron directo al prominente escote de la joven. En sus visitas anteriores, nunca pudo advertir el tamaño de sus senos, pero ahora que tenía oportunidad de admirarlos, semidesnudos y aprisionados, no podía apartarles la mirada. Hizo fuerzo al escuchar la voz de su anfitrión, quien vitoreaba su presencia.
-¡Bienvenido! –gritaba aquel hombre ganado en peso, de bigote espeso y cabello rubio. Ya avejentado, pero con profundos ojos azules y suficiente energía para mantener un caminar decoroso-.
            Contestó el saludo. Por un momento la paranoia y el deseo por fugarse habían quedado sepultados y sin más, tomó asiento mientras personal de la casa comenzaba a servirles. Para colmo Erika se sentó frente a él, lanzándole miradas que difícilmente podría evitar. De una u otra forma, terminaba admirándola. Pasaba de los senos al cuello, luego la boca y al llegar a los ojos, desviar la mirada o en su defecto, dibujar una sonrisa escueta.
-Me alegra mucho –dijo Adler tras la explicación del médico, quien anunciaba que Santiago estaba mucho mejor-. Te pido sinceras disculpas, Herr Santiago –prosiguió mirándolo fijamente. Él por su parte volvió a gradecer, mientras en su mente se preguntaba si la palabra “herr” sería equivalente a señor-. No es de humanos viajar en un carro de tablas viejas. Herr Santiago, ruego tu perdón a tan grande humillación…
-Está bien –dijo, al momento que cuchareaba una crema blanduzca e invadida por champiñones entrecortados-. No se preocupe, al contrario, gracias.
-Herr Santiago –insistió Adler, mientras los ojos de Erika eran nuevamente ignorados-. Sea honesto conmigo, ¿le ha gustado la crema?
-Ah –soltó sorprendido-. Sí, sí… está rica –dijo, sintiéndose un completo imbécil. Así que resopló tratando de ordenar sus ideas-.
-Crema de Kurtz –dijo Adler jactancioso-. No encontrará mejores champiñones, ni especias, que las de estas tierras. Pero Herr Santiago, permítame un atrevimiento. He notado su vestimenta y me han venido preguntas a la mente. ¿Cómo va la guerra? Usted comprenderá. Soy un patriota, pero también un hombre coherente a su naturaleza. Vine aquí para evitar los bombardeos en Berlín. Pero al parecer también se alejaron de mi los periódicos y radio.
            Tardó en responder. En parte porque un escalofrió le recorrió la espalda y también, gracias a que sus ojos encontraron los de Erika. Para distraerse comió un poco.
-¿Berlín?
-Si Herr Santiago. Mi amada ciudad sufre el ataque cobarde de los aliados. ¿Dígame, está próxima la caída?
            No supo que decir, balbuceó un momento y atiborró su lengua con crema grumosa. Las miradas le caían encima y para su sorpresa, la servidumbre retiraba los paltos sucios, dando paso a un lechón ahumado que era servido con ensalada y vino tinto.
-Bueno pues –logró decir-. Creo que sí, sí… pronto caerá. Sin ofender…
-¡Brindemos entonces! –Gruñó Adler alzando su copa-. Por el Führer y los gloriosos caídos.
            Santiago bebió de golpe y vació el recipiente. Luego sacudió la cabeza y prefirió tentar a su suerte.
-Herr Adler, ¿puedo yo, preguntarle algo también? –Aguardó hasta escuchar la aprobación, sin advertir como el tenedor en su mano, cascabeleaba contra el plato-. Bueno son varias cosas. Primero, ¿qué día, mes y año es hoy?.. Segundo, ¿en dónde estoy? y tercero, ¿pueden regresarme mis cosas, mi arma y la radio?
            Hubo silencio como respuesta. Él mismo se detuvo para respirar agitadamente. Por un momento le pareció que el vino le corría ya por la sangre, alterándole un poco la vista y el equilibrio. Parpadeaba tratando de controlarse, pero las manos le seguían temblando. Finalmente pudo escuchar algo más que el tintineo de plata y su respiración. Adler se reía sin mesura, igual que el doctor y Erika. Ella por lo menos trataba de ser discreta.
 -Herr Santiago –dijo después de hacer una seña a uno de sus sirvientes-. ¿Qué clase de pregunta es esa? Deje que el calendario se preocupe por la fecha. Para eso existe. ¿Qué más da? En tanto al lugar. Mírelo con sus propios ojos. Admire la casa de Kurtz. No encontrará mansión igual. Ninguna otra está hecha con madera de Kurtz, la mejor en el mundo. Y, en cuanto a sus pertenencias. Herr Beleth las debe tener bien guardadas. No se preocupe.
            El nombre le cosquilleó la nuca, quiso preguntar, pero él mismo se interrumpió maldiciendo en voz baja. Poco faltó para que gritase y diera golpe a la mesa exigiendo respuestas claras. Ya estaba harto del lenguaje, el hermetismo y las constantes miradas de Erika, que no hacían otra cosa que obligarlo a fijar los ojos en esos senos seductoramente sobresaltados. Por fortuna encontró un poco de calma a ritmo de violín. Un quinteto de cuerdas hacía acto de presencia. Mientras los miraba entrar, advirtió como le servían un trago. Un líquido café contenido en un recipiente diminuto.
-Bebo a su salud Herr Santiago –dijo Adler alzando el vaso y poniéndose de pie-. Bebo por usted, su singular compañía y peculiar carácter. Además, dejó este brindis como sello de un pacto. Un pacto con usted, Herr Santiago. Ha de saber que soy hombre de palabra y si le prometo que usted es hombre libre, así será. Mañana mismo arreglaré todo y estará de vuelta en el frente de batalla. ¡Salud!
            Prefirió beber que corresponder con palabras. El licor le raspó la garganta, al grado de obligarlo a toser y alejarse de la mesa. Adler y el doctor reían. Verlos sentados a la mesa, regodeándose bajo el placer de la comida y bebida, le provocó terror. Quiso maldecirlos, pero las piernas le fallaban. Al parecer el alcohol le había sentado golpe. Las manos de Erika lo sostuvieron.
-Baile conmigo ¿quiere? –dijo sonriéndole y él en su defensa, trató de volver a la mesa. Todo le daba vueltas-. Me lo debe. Recuerde que sigo ofendida y sólo así obtendrá mi perdón.
-Yo tengo que largarme –logró decir y ella le entregó otro trago.

       Le sucedió lo mismo que con el té, de sólo olerlo le entraron ansias por beberlo e inmediatamente correspondió al impulso. La música comenzó a sonar con mayor fuerza. El humo de tabaco quemado impregnó la sala hostigándolo, mientras se dejaba mangonear por los delicados brazos de Erika, quien lo hacían bailar a un costado de la mesa. Ya nada le importó, sólo verla a los ojos, sostenerla con fuerza de la cintura y embriagarse con su aroma.
          

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