Volví al negoció, con un caso
demasiado peculiar y en apariencia sencillo. Una mujer anciana y en extremo
adinerada, me había sacado del olvido para proponerme un trato. Buscar un
absurdo dije de plata, en forma de escarabajo y que bajo las alas ocultaba un
reloj con incrustaciones de diamantes. Valía mucho más que la paga prometida,
pero el monto ofrecido me permitiría vivir con holgura y devolverme la
sensación de aquellos días gloriosos, cuando era un detective de exitosa
reputación y no un simple malnacido enfrascado en develar infidelidades. La
afamada joya tenía más de veinte años desaparecida y la última persona que
la tuvo alrededor del cuello, fue la nieta de la anciana, quien fuera
secuestrada y cuyo cuerpo también yacía extraviado. Ese pequeño detalle fue lo
primero que llamó mi atención. Quizá la encomienda iba más allá de buscar una
joya, pero preferí acatar lo que se me había pedido. Una mujer vieja puede tener
razones difíciles de entender.
El
dichoso escarabajo se había creado fama entre traficantes y coleccionistas,
todos ansiaron alguna vez encontrarlo y cuando les preguntaba sobre su posible
paradero, me proponían convenios seductoramente lucrativos. No cometería el
mismo error dos veces, años atrás una tentación semejante me hizo caer en el
desprestigio. Debía aceptarlo, el encontrar el escarabajo significaba más que
una paga sustanciosa, era la manera de devolverle algo de dignidad a mi vida.
Así que revisé mis viejos casos y tracé los pasos a seguir, apegándome a mi
añejo profesionalismo y mi olvidada fuerza de voluntad. No más licor barato, ni
noches compartidas con mujeres desconocidas.
La
investigación me hizo llegar hasta las puertas de un hospital siquiátrico, en
busca de un tal Ricardo, de apellido Ramírez, quien era uno de los dos
sobrevivientes de la banda que presuntamente secuestró a Lucía, la nieta de mi
entonces benefactora. El contexto que envolvía a Ricardo le daba tintes
especiales al caso. Toda su familia dedicó sus últimos días al secuestro, desde
la abuela hasta un pequeño de diez, quien servía como halcón. El punto era que
la casa de seguridad, donde pudo haber estado resguardada Lucía, explotó por
una sospechosa fuga de gas. Curiosamente él fue el único que quedó con vida y
de no ser por aquel oportuno accidente, el resto de la familia habría seguido
en funciones. Ahora el tipo era un hombre escuálido, sin cabello y con
quemaduras en brazos y parte del arrugado rostro, propiciándole una voz seca,
casi inaudible. En cuanto lo vi supe que no obtendría mucho. Tenía la mirada
profundamente perdida y reaccionaba a destiempo, como si entre sus oídos y
cerebro existiera desfase. “¿Lucía?” dijo sentado en la fría silla metálica,
tras el vidrio de protección y con las manos encadenadas. Le repetí el nombre,
sólo con la intención de cosquillearle la memoria, pero se limitó a menear la
cabeza, liberando afónicas y débiles carcajadas. “Muy hermosa” dijo
súbitamente, tornándose serio y con las manos intentaba escribir en el aire, el
nombre de ella. “¡Me obligaron!” gritó estremeciéndome. Había perdido la
costumbre, me faltaba retomar ritmo. Así que pregunté lo obvio y él me
respondió con la misma frase, agregándole un “yo no quería”, que repitió varias
veces hasta susurrar. Después comenzó a lloriquear, tallándose el cuerpo con
violencia alegando estar sucio. El desgraciado cayó en crisis, colapsando contra
el piso y acosado por escalofriantes temblores. Por lo tanto tuve que echar
mano de lo que no quería, hablar con el médico encargado.
-Es su reacción habitual –dijo después
de desperdiciar mi tiempo, hablando en lenguaje médico, dándome explicaciones
que no me servían de nada. Caminábamos por los pasillos del hospital, una treta
típica de los doctores de su especie. Es difícil poner atención cuando
deambulas por corredores invadidos de desquiciados.
-¿Siempre convulsiona cuando le
mencionan el nombre?
-Sí –respondió tajantemente, aunque
continuó en cuanto le clavé la mirada-. Al parecer la violaba, cuando estaba
secuestrada. ¿Piensa visitarlo de nuevo?
-No por hoy. Pero con leer el
historial y todo el papeleo que tenga sobre él me conformo.
-Por supuesto –dijo sin poder ocultar
su molestia-, mañana mismo le entregaré todo...
-Preferiría tenerlos hoy mismo
–insistí cruzándome en su camino impidiéndole el paso. Estaba claro que no le
agradaba tenerme ahí y por lo mismo no le daría el lujo de entregarme información
maquillada.
-Está bien –respondió haciéndome a un
lado- pero va a tardar.
Tuve
que esperar casi tres horas, pero al final de cuentas conseguí los documentos.
El doctor padecía del mismo mal ambicioso de cualquier coleccionista. Desde que
Ricardo entró en el nosocomio supo del escarabajo y deseaba encontrarlo. No
necesitaba escucharlo de viva voz, las señales eran bastante claras. Ricardo
había mencionado la existencia de la joya, en más de una de las pláticas celebradas
con el doctor. Además de que en ninguna de ellas se mencionaba algún episodio
de convulsiones o colapsos, relacionados al nombre de Lucía. Muy probablemente
mi encuentro con Ricardo pudo haber estado acompañado de algún tipo de
barbitúrico. Cosa que confirmé al observar los dos únicos videos que me
proporcionaron, en los cuales Ricardo hablaba con completa soltura, sí con
algunas redundancias y la mirada perdida, pero no con la actitud pasmada y
cansina que presentó anteriormente. Así que decidí realizar una segunda visita,
sin previo aviso y durante la madrugada del día siguiente. Eso me costó algo de
dinero, tuve que sobornar al interno en turno y a uno de los guardias. Quien me
acompañó mientras visité a Ricardo en su dormitorio. Por precaución pedí le
pusieran a Ricardo las esposas. Y en cuanto obtuve su atención, le mostré una
de las fotografías del escarabajo plateado.
-Se perdió –dijo súbitamente y
levantando los hombros-. Yo no lo tengo, no sé donde está, ni dónde quedó.
-¿Y quién se lo quedó? –le pregunté
sarcásticamente y él, antes de responder, miró al guardia, como sí entre ellos
existiera confidencia-.
-Se perdió, ya te dije, pon atención,
¿sí? Antes del incendio, se fue. Jorge se lo llevó.
Jorge
era su padre y líder de la banda, de quien por desgracia sólo quedaban cenizas.
Inoportunamente estuvo presente el día que la casa explotó. Tenía sentido, pero
es difícil fiarse de un loco, cuyos ojos saltones y sonrisa te imposibilitan
pensar en otra cosa que en su desdichada vida. Por lo cual intuí que mentía.
Hice otro par de preguntas, pero sus respuestas tuvieron el mismo tono. Estaba
loco, mas no estúpido.
-Pero –dijo con suspicacia- él se lo
llevó –agregó señalando al guardia, quien me miró completamente aturdido- Jorge
lo devolvió y él se lo llevó.
El
nombre en la camisa del gendarme me dio una idea, José. Demasiado común, pero
coincidía con él de uno de los integrantes de la banda, quien dicho sea, fue el
único que no murió ni fue capturado.
-¿El títere? –pregunté al recordar el
sobrenombre del otrora sospechoso. Veinte años en fuga sin duda le otorgaban el
perdón; además de mí, nadie investigaba algo al respecto del secuestro, ni
había denuncia contra el susodicho. Como dije en un principio, me llamaba la
atención que la anciana se preocupara más por la joya, que por hacerle justicia
a su (muy seguramente) nieta muerta.
-Sip –respondió mordiéndose los
labios-.
Continué
con mis preguntas, pero Ricardo no quiso agregar más. Sólo me pidió le
prometiera encontrar el escarabajo, pues quería acariciarlo y ponerlo en el
cuello de una de las enfermeras que lo atendían, a quien no podía quitarle la
mirada de los senos.
Encontrar a José sólo complicaría las cosas. Así que
necesitaba realizar un par de llamadas a algunos viejos amigos y buscar otro
hilo que seguir
por su puesto. Por su puesto. Su puesto. Su Puesto. Supuesto. Ush.
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