jueves, 8 de noviembre de 2012

I. Escarabajo de plata




Volví al negoció, con un caso demasiado peculiar y en apariencia sencillo. Una mujer anciana y en extremo adinerada, me había sacado del olvido para proponerme un trato. Buscar un absurdo dije de plata, en forma de escarabajo y que bajo las alas ocultaba un reloj con incrustaciones de diamantes. Valía mucho más que la paga prometida, pero el monto ofrecido me permitiría vivir con holgura y devolverme la sensación de aquellos días gloriosos, cuando era un detective de exitosa reputación y no un simple malnacido enfrascado en develar infidelidades. La afamada joya tenía más de veinte años desaparecida y la última persona que la tuvo alrededor del cuello, fue la nieta de la anciana, quien fuera secuestrada y cuyo cuerpo también yacía extraviado. Ese pequeño detalle fue lo primero que llamó mi atención. Quizá la encomienda iba más allá de buscar una joya, pero preferí acatar lo que se me había pedido. Una mujer vieja puede tener razones difíciles de entender.
            El dichoso escarabajo se había creado fama entre traficantes y coleccionistas, todos ansiaron alguna vez encontrarlo y cuando les preguntaba sobre su posible paradero, me proponían convenios seductoramente lucrativos. No cometería el mismo error dos veces, años atrás una tentación semejante me hizo caer en el desprestigio. Debía aceptarlo, el encontrar el escarabajo significaba más que una paga sustanciosa, era la manera de devolverle algo de dignidad a mi vida. Así que revisé mis viejos casos y tracé los pasos a seguir, apegándome a mi añejo profesionalismo y mi olvidada fuerza de voluntad. No más licor barato, ni noches compartidas con mujeres desconocidas.
            La investigación me hizo llegar hasta las puertas de un hospital siquiátrico, en busca de un tal Ricardo, de apellido Ramírez, quien era uno de los dos sobrevivientes de la banda que presuntamente secuestró a Lucía, la nieta de mi entonces benefactora. El contexto que envolvía a Ricardo le daba tintes especiales al caso. Toda su familia dedicó sus últimos días al secuestro, desde la abuela hasta un pequeño de diez, quien servía como halcón. El punto era que la casa de seguridad, donde pudo haber estado resguardada Lucía, explotó por una sospechosa fuga de gas. Curiosamente él fue el único que quedó con vida y de no ser por aquel oportuno accidente, el resto de la familia habría seguido en funciones. Ahora el tipo era un hombre escuálido, sin cabello y con quemaduras en brazos y parte del arrugado rostro, propiciándole una voz seca, casi inaudible. En cuanto lo vi supe que no obtendría mucho. Tenía la mirada profundamente perdida y reaccionaba a destiempo, como si entre sus oídos y cerebro existiera desfase. “¿Lucía?” dijo sentado en la fría silla metálica, tras el vidrio de protección y con las manos encadenadas. Le repetí el nombre, sólo con la intención de cosquillearle la memoria, pero se limitó a menear la cabeza, liberando afónicas y débiles carcajadas. “Muy hermosa” dijo súbitamente, tornándose serio y con las manos intentaba escribir en el aire, el nombre de ella. “¡Me obligaron!” gritó estremeciéndome. Había perdido la costumbre, me faltaba retomar ritmo. Así que pregunté lo obvio y él me respondió con la misma frase, agregándole un “yo no quería”, que repitió varias veces hasta susurrar. Después comenzó a lloriquear, tallándose el cuerpo con violencia alegando estar sucio. El desgraciado cayó en crisis, colapsando contra el piso y acosado por escalofriantes temblores. Por lo tanto tuve que echar mano de lo que no quería, hablar con el médico encargado.
-Es su reacción habitual –dijo después de desperdiciar mi tiempo, hablando en lenguaje médico, dándome explicaciones que no me servían de nada. Caminábamos por los pasillos del hospital, una treta típica de los doctores de su especie. Es difícil poner atención cuando deambulas por corredores invadidos de desquiciados.
-¿Siempre convulsiona cuando le mencionan el nombre?
-Sí –respondió tajantemente, aunque continuó en cuanto le clavé la mirada-. Al parecer la violaba, cuando estaba secuestrada. ¿Piensa visitarlo de nuevo?
-No por hoy. Pero con leer el historial y todo el papeleo que tenga sobre él me conformo.
-Por supuesto –dijo sin poder ocultar su molestia-, mañana mismo le entregaré todo...
-Preferiría tenerlos hoy mismo –insistí cruzándome en su camino impidiéndole el paso. Estaba claro que no le agradaba tenerme ahí y por lo mismo no le daría el lujo de entregarme información maquillada.
-Está bien –respondió haciéndome a un lado- pero va a tardar.
            Tuve que esperar casi tres horas, pero al final de cuentas conseguí los documentos. El doctor padecía del mismo mal ambicioso de cualquier coleccionista. Desde que Ricardo entró en el nosocomio supo del escarabajo y deseaba encontrarlo. No necesitaba escucharlo de viva voz, las señales eran bastante claras. Ricardo había mencionado la existencia de la joya, en más de una de las pláticas celebradas con el doctor. Además de que en ninguna de ellas se mencionaba algún episodio de convulsiones o colapsos, relacionados al nombre de Lucía. Muy probablemente mi encuentro con Ricardo pudo haber estado acompañado de algún tipo de barbitúrico. Cosa que confirmé al observar los dos únicos videos que me proporcionaron, en los cuales Ricardo hablaba con completa soltura, sí con algunas redundancias y la mirada perdida, pero no con la actitud pasmada y cansina que presentó anteriormente. Así que decidí realizar una segunda visita, sin previo aviso y durante la madrugada del día siguiente. Eso me costó algo de dinero, tuve que sobornar al interno en turno y a uno de los guardias. Quien me acompañó mientras visité a Ricardo en su dormitorio. Por precaución pedí le pusieran a Ricardo las esposas. Y en cuanto obtuve su atención, le mostré una de las fotografías del escarabajo plateado.
-Se perdió –dijo súbitamente y levantando los hombros-. Yo no lo tengo, no sé donde está, ni dónde quedó.
-¿Y quién se lo quedó? –le pregunté sarcásticamente y él, antes de responder, miró al guardia, como sí entre ellos existiera confidencia-.
-Se perdió, ya te dije, pon atención, ¿sí? Antes del incendio, se fue. Jorge se lo llevó.
            Jorge era su padre y líder de la banda, de quien por desgracia sólo quedaban cenizas. Inoportunamente estuvo presente el día que la casa explotó. Tenía sentido, pero es difícil fiarse de un loco, cuyos ojos saltones y sonrisa te imposibilitan pensar en otra cosa que en su desdichada vida. Por lo cual intuí que mentía. Hice otro par de preguntas, pero sus respuestas tuvieron el mismo tono. Estaba loco, mas no estúpido.
-Pero –dijo con suspicacia- él se lo llevó –agregó señalando al guardia, quien me miró completamente aturdido- Jorge lo devolvió y él se lo llevó.
            El nombre en la camisa del gendarme me dio una idea, José. Demasiado común, pero coincidía con él de uno de los integrantes de la banda, quien dicho sea, fue el único que no murió ni fue capturado.
-¿El títere? –pregunté al recordar el sobrenombre del otrora sospechoso. Veinte años en fuga sin duda le otorgaban el perdón; además de mí, nadie investigaba algo al respecto del secuestro, ni había denuncia contra el susodicho. Como dije en un principio, me llamaba la atención que la anciana se preocupara más por la joya, que por hacerle justicia a su (muy seguramente) nieta muerta.
-Sip –respondió mordiéndose los labios-.
            Continué con mis preguntas, pero Ricardo no quiso agregar más. Sólo me pidió le prometiera encontrar el escarabajo, pues quería acariciarlo y ponerlo en el cuello de una de las enfermeras que lo atendían, a quien no podía quitarle la mirada de los senos.
Encontrar a José sólo complicaría las cosas. Así que necesitaba realizar un par de llamadas a algunos viejos amigos y buscar otro hilo que seguir

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